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martes, 1 de abril de 2008

La Luna es un Cuerpo Geológicamente Activo

Nuestra hermosa Luna es un cuerpo geológicamente activo. A lo largo de los últimos siglos, por medio de los distintos tipos de telescopios desarrollados, los observadores nos han descriptos cambios de color, brillo, distribución de «manchas» y distintos fenómenos en la superficie lunar. Basta recordar al astrónomo más conocido del siglo XVIII, William Herschel (el descubridor de Urano y de los sistemas de estrellas dobles, entre otros), quien relata incluso fenómenos volcánicos activos en sus diarias observaciones de la superficie lunar.


Estos procesos suelen ser de corta duración, motivo por el cual se los ha denominado Fenómenos Lunares Transitorios (TLP, por la abreviatura inglesa de Transient Lunar Phenomena).
A partir del siglo XIX se ha especulado con una edad lunar del orden de los 4500 millones de años, lo cual, de acuerdo con las hipótesis que se sostienen para su origen, obligarían a una Luna geológicamente inactiva (dado que nuestro satélite tiene una masa sensiblemente menor que la de la Tierra, debería haberse enfriado mucho más rápidamente y carecer prácticamente de magma en su interior).


En contraste con dicha hipótesis, el número de los citados TLP es tan alto, que obligó a la publicación inicial en 1968 de un reporte por parte de la NASA que conocemos como Chronological Catalog of Reported Lunar Events (haciendo un click aquí puede accederse al documento original en inglés). Este catálogo, también llamado NASA TR R-277, es el listado más completo de eventos de la superficie lunar desde el siglo XVI hasta la fecha de su publicación, incluyendo más de 500 citas por alrededor de 300 observadores diferentes en Occidente.


Resulta difícil compatibilizar la presunción teórica de un cuerpo celeste "muerto" desde hace teóricos miles de millones de años con siglos y siglos de observaciones debidamente reportadas por centenares de astrónomos sobre eventos en la superficie lunar.


Si la Luna es una esfera rocosa de interior glacial, sin terremotos ni actividad volcánica, resulta difícil explicar este frondoso anecdotario de TLP. Esta contradicción es explicable acaso si en realidad nuestro sistema Tierra - Luna es notablamente más joven de lo que pensamos, con lo cual nuestro satélite, aún en proceso de enfriamiento, nos revela que aún está geológicamente vivo, en coincidencia con lo descripto por astrónomos de la talla de Galileo, Herschel o los modernos observadores de fines del siglo XX.

martes, 1 de agosto de 2006

Io y sus Volcanes

Como hemos comentado en otros artículos, nuestro sistema solar se conforma de una estrella (el Sol), ocho planetas (desde Mercurio a Neptuno), algunos plutoides o planetas enanos (como Plutón), decenas de lunas o satélites, miríadas de asteroides y otros pequeños cuerpos.


Es por todos nosotros conocida la actividad geológica del planeta en el cual vivimos. Repartidos por la superficie de la Tierra existen centenares de volcanes, los cuales con diversa periodicidad erupcionan y emiten materiales del interior del planeta hacia la superficie. Por otro lado, los terremotos nos demuestran movimientos de distintas capas de la corteza terrestre, con sus repercusiones violentas en zonas terrestres y marítimas (maremotos, tsunamis, etcétera).
Hasta hace unas pocas décadas, se especulaba que los otros cuerpos sólidos del Sistema Solar (Mercurio, Venus, Marte, Plutón, nuestra propia Luna y los satélites de los grandes planetas Júpiter y Saturno, sobre todo) carecían de actividad geológica.


Sin embargo, allá por 1979, las sondas no tripuladas Voyager 1 y 2 ingresaron en el sistema de satélites de Júpiter, fundamentalmente con el objetivo de estudiar a las 4 lunas de mayor tamaño, incluso tan grandes como el planeta Mercurio: se trata de Calixto, Ganímedes, Europa e Io. Y fue este último el particular centro de atención.


De acuerdo a las teorías convencionales en danza, estas lunas jovianas se habrían formado a partir de la «nebulosa solar» al mismo tiempo que Júpiter, hace unos presuntos 4500 millones de años. Si bien ya hemos debatido que la estructura de Mercurio desafía abiertamente esta posibilidad, la luna Io resulta tanto o más estremecedora, en todos los sentidos etimológicos de la palabra.



Si se conjetura que el sistema solar es tan antiguo, las bajas temperaturas del espacio sideral deberían haber enfriado a estos pequeños mundos, cuya consecuencia habría sido la pérdida de su actividad geológica a lo largo de los eones. Sin embargo, grande fue la sorpresa de los astrónomos de la NASA al observar volcanes activos en la superficie de Io, fotografiados con lujo de detalles por las citadas sondas Voyager.





Imagen de la superficie de Io, con detalle de erupción volcánica (foto de la NASA)




De hecho, esta actividad es lo suficientemente intensa como para emitir gran cantidad de material volcánico al espacio circundante y, por otro lado, para remodelar la superficie del satélite, según surge de la comparación entre las imágenes remitidas por las citadas sondas Voyager y la más reciente misión Galileo en 1996. A raíz de este proceso, Io es el único cuerpo sólido del sistema solar sin cráteres de impacto, fruto de la citada remodelación.


La superficie de Io en remodelación (la fotografía de la izquierda corresponde a 1979 y la de la derecha a 1996, por las sondas Vogayer 2 y Galileo, respectivamente)

Es virtualmente imposible que un cuerpo antiguo y glaciar, carente de una atmósfera que le permita regular su temperatura, presente vulcanismo en la magnitud en que lo hace Io; paradójicamente, la propia NASA lo reconoce hoy como el cuerpo geológicamente más activo del Sistema Solar.

En este contexto, cabe el planteo de al menos tres posibilidades:
-> el Sistema Solar es menos antiguo de lo que pensamos, y por ese motivo el interior de Io aún se conserva lo suficientemente activo y caliente como para permitir la actividad volcánica;

-> la nebulosa solar es una hipótesis incorrecta, y el Sistema Solar fue creado ex nihilo, en forma completa y de una sola vez

-> como explicación alternativa, formulada a los pocos años del descubrimiento de los volcanes, se ha postulado que la extraordinaria fuerza de gravedad de Júpiter desencadenaría flujos en el interior de Io, cuya consecuencia sería la actividad volcánica (gravitational pumping theory). Esta hipótesis, sin embargo, no explica que el mismo fenómeno no ocurra en otras lunas jupiterianas vecinas de igual tamaño y, en teoría, de igual edad (¿otra hipótesis ad hoc?)

En sinopsis, uno tras otro los cuerpos de nuestro sistema solar derriban las barreras ficticias de una ciencia que no incluye a Dios Creador. Se hace evidente con Mercurio y con Io, y en otro artículo detallaremos algunas ideas similares vinculadas con nuestra Luna.

sábado, 1 de julio de 2006

Mercurio: un Dilema


De acuerdo con los modelos actualmente aceptados, la edad del sistema solar en el cual vivimos se acercaría a los 4 500 millones de años, cuando, "por fruto del azar", un cúmulo de gases (la «nebulosa solar»), por acción de diversas fuerzas (en especial la de gravedad) habría empezado a condensarse en los cuerpos sólidos y gaseosos que lo conforman. Dentro de esos "productos de la causalidad" se encontrarían nuestro planeta y todas sus formas de vida, incluyéndonos a usted y a mí, frutos de lo aleatorio y presuntamente sin sentido y sin fines trascendentes.


Si bien sería muy interesante abrir un debate filosófico, moral o teológico acerca de esta hipótesis del origen fortuito de la especie humana, el objetivo de este artículo es otro: retroceder aún más en el tiempo y establecer ese mismo debate, pero en relación con nuestro sistema solar completo.



Una forma más que llamativa de hacerlo es empezar por el benjamín de los planetas: Mercurio. Como un fugaz recordatorio, detallaremos que Mercurio es el planeta más cercano al Sol, uno de los más pequeños (*), careciente de atmósfera y con varias particularidades que lo hacen, como a todo lo creado, único.






Dentro de los planetas sólidos, Mercurio tiene la inusual particularidad de ser el de mayor densidad, según los datos recolectados desde el envío de la sonda Mariner 10 en 1974 hasta entrado el siglo XXI. Sin embargo, sólo podría explicarse esta realidad merced a la existencia de un núcleo planetario constituido fundamentalmente por hierro, ocupando al menos un 75% del diámetro de Mercurio.
No obstante, esto resulta una abierta contradicción al modelo de nebulosa solar que habría dado origen a los planetas: en un marco de desarrollo gradual de los planetas por acción de la gravedad sobre esa presunta nebulosa, se hace imposible encajar esta evidencia científica. Por otra parte, si realmente nuestro sistema solar tiene miles de millones de años de edad, ese núcleo claramente debe hallarse en estado sólido debido a que, por el pequeño tamaño de Mercurio, el núcleo ha tenido sobrado tiempo para congelarse.






A estos «detalles», debemos agregar uno aún más impactante... y es que Mercurio es uno de los planetas que poseen campo magnético. Es momento quizás de recordar que en aquellos planetas con núcleo formado por metal fundido, el movimiento de rotación es capaz de generar un campo magnético que hace que el planeta se comporte como un gran imán con polos (fundamento, entre otras cosas, del uso de las brújulas en la Tierra). Sin embargo, Mercurio posee un campo magnético activo y detectable, pero con un núcleo metálico francamente denso y sólido.

Una hipótesis ad hoc plantea que quizás el núcleo de Mercurio esté formado por sulfuro de hierro (una sal de hierro y azufre), por lo cual podría haberse conservado en estado líquido a lo largo de millones de años. El conflicto con esta aseveración es que el azufre es un elemento fácilmente volátil por lo cual no podría haberse preservado en el modelo de nebulosa solar que discutíamos líneas arriba.

Caben a esta altura una serie de especulaciones:

-> Primera posibilidad: los vastos conocimientos actuales de física cuántica, electricidad y magnetismo son burdamente incapaces de explicar la cotidiana realidad, incluyendo a nuestras simples brújulas inventadas en el siglo XI;

-> Segunda posibilidad: Mercurio es un «cuerpo agregado», procedente por algún mecanismo incierto de otra parte del universo e insertado en el sistema solar (otra hipótesis ad hoc semejante se ha intentado para explicar la composición química de la Luna y sus diferencias con la Tierra)

-> Tercera posibilidad: el sistema solar es mucho más joven de lo que se especula, motivo por el cual Mercurio conserva todavía su campo magnético aún con un núcleo sólido

-> Cuarta posibilidad (¿complemento de la anterior?): el sistema solar tiene un diseño inteligente, que nuestra diminuta ciencia ateista pretende negar...