Un borrador de documento entregado durante el encuentro en autoridades vaticanas
y de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X propone “una Prelatura
Personal como el instrumento más adecuado para el eventual
reconocimiento canónico” de este grupo.
"Jesús llama a los pobres y sencillos pastores por medio de los ángeles para manifestarse a ellos. Llama a los sabios por medio de su misma ciencia. Y todos, movidos por la fuerza interna de su gracia, corren hacia él para adorarlo." (San Pío de Pietrelcina)
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domingo, 1 de julio de 2012
¿Prelatura Personal para Fraternidad San Pío X?
Fuente: EWTN
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martes, 1 de julio de 2008
El Galicanismo
Se ha brindado el nombre de galicanismo a un grupo de tendencias surgidas hacia el siglo XVI, promovidas en cierto modo por el clero francés con el apoyo de la monarquía reinante.
Algunos historiadores sugieren que el galicanismo ha sido una herejía, pero acaso el verdadero papel de este movimiento fue el de restringir el poder y las prerrogativas de la Santa Sede frente al poder del Estado, algo análogo a lo ocurrido con el cisma protestante. Se considera que su antecedente más directo se remonta al enfrentamiento entre el Papa Bonifacio VIII (1294-1303) y el rey francés Felipe el Hermoso (1286-1314), fruto de los impuestos exigidos por el monarca al clero, sin contar con permiso pontificio. Esta actitud le valió al rey una bula de excomunión en su contra denominada Unam Sanctam, según la cual se reafirmaba la supremacía del poder espiritual por sobre el temporal.
Otro eslabón de esta historia fue la difusión de la idea que las decisiones de los concilios tenían prioridad en desmedro del Pontífice, como así también las que consideraban que, en materia jurisdiccional, los Obispos y el clero en general tenían dicha facultad por haber sido otorgada directamente de Dios, sin necesidad de intervención alguna del Papado.
La crisis inmediata surgió en 1682 con la promulgación de la ‘Declaración del Clero Galicano’ (París, 1682), que sostenía entre sus argumentos:
Algunos historiadores sugieren que el galicanismo ha sido una herejía, pero acaso el verdadero papel de este movimiento fue el de restringir el poder y las prerrogativas de la Santa Sede frente al poder del Estado, algo análogo a lo ocurrido con el cisma protestante. Se considera que su antecedente más directo se remonta al enfrentamiento entre el Papa Bonifacio VIII (1294-1303) y el rey francés Felipe el Hermoso (1286-1314), fruto de los impuestos exigidos por el monarca al clero, sin contar con permiso pontificio. Esta actitud le valió al rey una bula de excomunión en su contra denominada Unam Sanctam, según la cual se reafirmaba la supremacía del poder espiritual por sobre el temporal.
Otro eslabón de esta historia fue la difusión de la idea que las decisiones de los concilios tenían prioridad en desmedro del Pontífice, como así también las que consideraban que, en materia jurisdiccional, los Obispos y el clero en general tenían dicha facultad por haber sido otorgada directamente de Dios, sin necesidad de intervención alguna del Papado.
La crisis inmediata surgió en 1682 con la promulgación de la ‘Declaración del Clero Galicano’ (París, 1682), que sostenía entre sus argumentos:
- La independencia de reyes y príncipes de la autoridad eclesiástica en materias temporales
- La subordinación papal a los concilios
- La imposibilidad de modificar las reglas del clero francés por la Santa Sede
- El concepto de que el juicio del Papa tiene valor en materias de Fe, pero para su promulgación se requiere siempre de la necesaria aceptación de la Iglesia entera.
Esta declaración fue condenada sucesivamente por Inocencio X (1682) y Alejandro VIII (1690). Finalmente, durante las sesiones llevadas a cabo en el Concilio Ecuménico Vaticano I (1869-1870), el galicanismo recibió un duro golpe al ser definida dogmáticamente la doctrina de la ‘Infalibilidad del Romano Pontífice’, siendo nuevamente censuradas sus doctrinas.
Lamentablemente, el espíritu galicano aflora, de tanto en tanto, en algunos sectores disidentes de la Santa Iglesia Católica, tema que excede el contenido de este ensayo.
jueves, 1 de mayo de 2008
Los Husitas
Prácticamente la totalidad de los cismas surgidos en el cristianismo, acaso con la excepción del arrianismo, han tenido su origen en motivaciones económicas y políticas, sutilmente ocultas con apariencias teológicas. Acaso el movimiento husita de fines del siglo XIV nos demuestra con claridad esta realidad.
De hecho, puede considerarse a la herejía husita como una suerte de prólogo de la Reforma protestante. Ha tomado su nombre de Jan Hus, sacerdote checo que llegó a ser rector de la Universidad de Praga. Profundamente nacionalista, este gran orador aprovechó la repulsión de sus conciudadanos contra el dominio alemán para protestar contra los abusos en la distribución en las indulgencias.
De hecho, puede considerarse a la herejía husita como una suerte de prólogo de la Reforma protestante. Ha tomado su nombre de Jan Hus, sacerdote checo que llegó a ser rector de la Universidad de Praga. Profundamente nacionalista, este gran orador aprovechó la repulsión de sus conciudadanos contra el dominio alemán para protestar contra los abusos en la distribución en las indulgencias.
Hus se consideró a sí mismo el intérprete verdadero de las Sagrado Escrituras, exigiendo de la autoridad papal una reforma de la Iglesia. El arzobispado de Praga prohibió sus prédicas, lo cual provocó la expulsión de Hus y sus principales discípulos de la ciudad. El antipapa Alejandro V decidió finalmente su excomunión en 1412.
Sin embargo, tres años después el papa Gregorio XII lo convocó al Concilio Ecuménico de Constanza a fines de que intentara defender sus teorías, las cuales fueron condenadas al ser consideradas una herejía.
La situación fue aprovechada políticamente por el emperador alemán Segismundo, quien condenó a muerte a Hus y sus principales discípulos, lo cual motivó sublevaciones en la población, quien consideraba a Hus como un prócer. De hecho, Hus es considerado clave en la difusión de la cultura y la literatura de su pueblo, siendo el creador del háček que simplificó notablemente la escritura popular en lengua checa.
Pese a ello, la pérdida del jefe del movimiento llevó a sucesivas divisiones entre los husitas, incluyendo a aquellos que se alzaron en armas contra el poder imperial. Este último grupo, también conocido como taboritas, liderado por Ziska, se convirtió en un verdadero ejército, responsable de masacres de cientos de católicos checos, alemanes y húngaros. Para mediar la situación de tensión, el papa Martín V ofreció a los husitas participar en el Concilio de Basilea para pacificar el interior del Imperio.
Los taboritas propusieron la eliminación de los bienes del clero y la pena de muerte para aquellos sacerdotes que se encontraran en pecado mortal. La resistencia inicial obtenida concluyó con el retiro de los husitas del concilio. Sin embargo, los obispos enviaron en actitud de mediación a un grupo de teólogos a la capital checa con el objeto de revisar dichas propuestas: los husitas moderados llegaron así a un acuerdo conocido como Compactata, logrando con esto la vuelta a la comunión con la Iglesia Católica. Los taboritas, sin embargo, rechazaron esta postura, llevando a un nuevo enfrentamiento militar que concluyó con la batalla de Lipania en 1434, la cual significó la disolución de los husitas.
Las notables similitudes con la Reforma explican acaso porque los últimos seguidores del movimiento se incorporaron oportunamente a los discípulos de Lutero casi cien años después.
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sábado, 1 de marzo de 2008
El gnosticismo
Con el nombre de gnosticismo se conoce a un grupo de doctrinas ocultistas y religiosas, con amplio predominio de los antiguos paganismos, amalgamadas en un gran sincretismo.
Conocemos en la actualidad que los primeros gnósticos se nutrieron de raíces mesopotámicas, durante el tiempo del cautiverio babilónico del pueblo judío. De allí obtuvieron elementos panteístas y de culto a los astros, los cuales se fusionaron con la temible Kabbalah. Esta asociación nefasta fue progresivamente intentando ser racionalizada hasta desprenderse de parte de su contenido dogmático, el cual fue reemplazado con ideas astrológicas, en algunos casos, y doctrinas filosóficas en otros.
Este aspecto racionalista del movimiento gnóstico fue progresivamente imponiéndose, llegándose a la conclusión de que la verdad sólo podía alcanzada mediante el uso de la razón. Así, siendo quizás excesivamente sinópticos, el gnosticismo llegó al concepto de la existencia de un nivel de conocimiento de la Verdad superior a la Fe, la «gnosis». Sólo este conocimiento, revelado por seres superiores a un grupo de elegidos (iniciados), constituía la garantía de la salvación del hombre.
Conocemos en la actualidad que los primeros gnósticos se nutrieron de raíces mesopotámicas, durante el tiempo del cautiverio babilónico del pueblo judío. De allí obtuvieron elementos panteístas y de culto a los astros, los cuales se fusionaron con la temible Kabbalah. Esta asociación nefasta fue progresivamente intentando ser racionalizada hasta desprenderse de parte de su contenido dogmático, el cual fue reemplazado con ideas astrológicas, en algunos casos, y doctrinas filosóficas en otros.
Este aspecto racionalista del movimiento gnóstico fue progresivamente imponiéndose, llegándose a la conclusión de que la verdad sólo podía alcanzada mediante el uso de la razón. Así, siendo quizás excesivamente sinópticos, el gnosticismo llegó al concepto de la existencia de un nivel de conocimiento de la Verdad superior a la Fe, la «gnosis». Sólo este conocimiento, revelado por seres superiores a un grupo de elegidos (iniciados), constituía la garantía de la salvación del hombre.
Bajo esta concepción, no sólo se demolía el recurso de la Fe, sino que se dejaba de lado la importancia de las buenas obras. Por otro lado, la mayor parte de los gnósticos dio lugar a la concepción dualista. Esto significa que creían que la totalidad de lo existente (el Bien y el mal, la materia y lo inmaterial) provenía de una divinidad que se encontraba fuera del contacto con el mundo.
Así, con una divinidad puramente espiritual y ajena al Universo, encontraron en la figura de una suerte de semidios (Demiurgo) al creador del mundo material, tanto del bien como del mal (esto es, los gnósticos consideran al mal como una realidad positiva y creada y no como la ausencia del bien). La consecuencia inmediata fue el desprecio al concepto judeocristiano de pecado y por supuesto a los Sacramentos del naciente cristianismo del siglo I.
En aquellos tiempos, consideraron a Nuestro Señor Jesucristo como la encarnación de un ser espiritual intermedio, cuyas enseñanzas sólo podían comprenderse merced al conocimiento gnóstico; de hecho, entendían a la redención como un simple acto de iluminación espiritual.
Fueron muchas las tendencias gnósticas en los albores de nuestra era, pero acaso merecen destacarse 2 de sus representantes en particular: Valentín (acaso el compilador y propagador más importante de esta corriente de pensamiento entre judíos y egipcios) y Simón el Mago, citado en el capítulo 12 de los Hechos de los Apóstoles y que llegó a identificarse a sí mismo como una encarnación espiritual divina, siendo incluso adorado por muchos de sus seguidores.
Vale destacar que, según la Sagrada Escritura, Simón el Mago intentó «comprar» la facultad de los Apóstoles de hacer milagros en nombre de Jesucristo, siendo rechazado por ellos. De allí se aplica el nombre de «Simonía» actualmente para el comercio con lo sagrado.
Acaso la más notable de las características del movimiento gnóstico, históricamente desaparecido hacia el siglo IV, es que sus enseñanzas han ido adquiriendo un perfil moderno, siendo tomadas entre otros por muchos iluministas de la Edad Moderna, por el nazismo alemán del siglo XX y sobre todo por el actual movimiento de la Nueva Era, verdadero florecimiento de esta absurda divinización del hombre que se opone abierta y francamente al mensaje de los Evangelios.
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viernes, 1 de febrero de 2008
Los Iconoclastas
Es bien conocida la férrea oposición de nuestros hermanos separados, los protestantes, en cuanto a la veneración de imágenes en el culto, confundida en sus conceptos teológicos con la adoración sólo debida a Dios Nuestro Señor.
Sin embargo, se trata de un error doctrinal, surgido de la aislada interpretación del texto bíblico del Éxodo en su capítulo 20, en el cual se ordena al pueblo judío “No te harás escultura ni imagen alguna ni de los que hay arriba en los cielos, ni de los que hay abajo de la tierra, ni de los que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hastal a tercera y cuarta generación de los que me odian”. Sólo 5 capítulos después, el propio Dios le pide a Moisés colocar las imágenes de 2 querubines en el Arca de la Antigua Alianza... y Dios Nuestro Señor no es contradictorio.
También fruto del análisis literal de la Sagrada Escritura, 700 años antes que Lutero, el emperador romano de Oriente, León el Isáurico, tras defender valerosamente la caída de Constantinopla en manos de los musulmanes, promulgó la llamada Eclega, ordenando la prohibición del culto a las imágenes y su destrucción, al considerar que se trata de idolatría. Este movimiento se denominó iconoclasta.
Más allá de la probable influencia de la doctrina judía y del propio Islam, esta determinación fue el punto de partida teológico para comenzar con la separación de las iglesias de Occidente y Oriente, dada la inflexibilidad de los Papas en el rechazo a la Eclega.
Es deseable remarcar que la veneración de las imágenes data de los primeros tiempos del cristianismo, excepto quizás aquellos de origen judío, atentos a los expresado antes sobre la ley mosaica. Así, se reprodujeron a lo largo de los siglos imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de los apóstoles y de los mártires. Esto permitió además el nacimiento del arte propiamente cristiano, por medio del cual a su vez se dio a conocer la Sagrada Escritura a los pueblos paganos.
El movimiento iconoclasta, dada la difusión de la veneración de las imágenes en el siglo VIII, fue rechazado por gran parte de la población y de muchos apologistas contemporáneos, los entonces llamados iconódulos. Estos teólogos fueron perseguidos durante años hasta que la emperatriz Irene restauró en 787 la veneración en función de lo resuelto en el II Concilio ecuménico de Nicea.
Allí se manifestó que la acusación dirigida a los iconódulos no tenía fundamento, dado que lo que ellos defendían con la veneración de las imágenes era el resaltar la naturaleza humana de Cristo y el profundo vínculo establecido por Dios entre el tiempo y la eternidad, sin que ello implicara menoscabar el sentido trascendental y único de Aquél, y menos aún, pretender crear un vínculo substancial con la imagen, circunstancia remarcada hasta nuestros días por la Iglesia Católica.
Sin embargo, existió una segunda etapa iconoclasta durante el reinado de León V, el Armenio (813-820), menos violenta que la primera y combatida por patriarcas de la talla de Nicéforo, san Germán y san Juan Damasceno. El siguiente soberano, Miguel II, debió soportar verdaderos estallidos populares contra sus ideas iconoclastas; su poder se debilitó lo suficiente para no poder evitar el avance islámico en el Mediterráneo, incluyendo la caída del Sur de Italia y de la isla de Creta.
Sólo con la llegada al poder de Teodora, regente del trono de Miguel III, se revocaron en forma definitiva las medidas iconoclastas, el 11 de marzo de 843, fecha aún conmemorada por las Iglesias de Oriente.
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martes, 1 de enero de 2008
El arrianismo
El arrianismo ha sido la primera gran herejía de la historia de la Iglesia. Para muchos apologistas e intérpretes, incluyendo al Padre Castellani, es el resultado de la profecía de la Primera Trompeta en el Apocalipsis de San Juan.
Ha tomado su nombre de Arrio, obispo de Libia en los siglos III y IV, quien desde 318 AD propagó la idea de que no existía una Santísima Trinidad con 3 personas en un solo Dios, sino una sola persona, el Padre. Por lo tanto, Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por Dios de la nada como una creatura más, con un principio en el tiempo. En consecuencia, habría habido un tiempo en que Nuestro Redentor no existía. Esta teoría negaba la eternidad del Verbo, lo cual equivale a negar su divinidad. Así, a Jesús se le podría llamar Dios, pero tan sólo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios.
Sintéticamente, Arrio afirmaba la existencia del Dios único y eterno, pero el Verbo, Cristo, no era divino sino una creatura particularmente excelsa y elegida como intermediaria entre la creación y la redención del mundo. Como corolario, Arrio despojó en sus ideas de divinidad al Espíritu Santo, también descripto como creatura, incluso inferior al Verbo.
Arrio difundió sus conceptos en Alejandría. En 320 fue convocado un sínodo de obispos que desembocó en la excomunión de Arrio y sus seguidores. Pese a esto, la herejía se expandió de modo tal que se requirió la intervención directa del propio emperador Constantino: se convocó así al Concilio de Nicea.
En mayo de 325, el Concilio resolvió la condena de los escritos de Arrio y el destierro de él y de sus seguidores y se reafirmó la fe en la consustancialidad de Cristo con el Padre («Creemos en un solo Dios Padre omnipotente... y en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre...»).
Sin embargo, acaso por la influencia de su hermana arriana, Constantino progresivamente relajó su posición de oposición de la herejía y autorizó el regreso del principal seguidor de Arrio, Eusebio de Nicomedia. Esto le permitió al arrianismo ganar terreno hasta convertirse, de hecho, en la religión del Imperio al asumir el poder Constancio II, abierto arriano.
La situación llegó al extremo de convocar un concilio no ecuménico en Antioquia, encabezado por el mencionado Eusebio de Nicomedia, donde se aceptaron distintos conceptos heréticos. El nivel de tensión entre Constancio II (emperador de Oriente) y Constante (emperador de Occidente) llevó a la realización de un real Concilio Ecuménico en 343, con sede en Sárdica.
Sin embargo, Constante fallecería al poco tiempo con la consecuente unificación del gobierno en manos de Constancio II. Se inició prontamente una persecución a la Iglesia y la oficialización del arrianismo con más concilios autoconvocados. Esta expansión puso en abierto riesgo la existencia misma de la Fe católica.
Cuando en 361 se produjo el fallecimiento del emperador Constancio, los arrianos perdieron protección política y fue durante el gobierno de Valentiniano, bajo el amparo ejemplar de San Basilio y San Gregorio Nacianceno, que la Fe en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, recuperó su lugar hasta llegar a la derrota teológica definitiva de los arrianos en el Concilio de Constantinopla.
Sin embargo, remanentes de esta herejía persistieron en algunas tribus germánicas que habían sido evangelizadas por arrianos. Esta herejía desapareció finalmente como profesión hacia el siglo VI. Hoy día, existen grupos que podrían definirse como arrianos en el Norte de África y acaso la secta de los Testigos de Jehová sean quienes en la actualidad se encuentran ideológicamente más emparentados con este antiguo movimiento cismático.
Publicado en versión 1.0 en enero de 2008
Ha tomado su nombre de Arrio, obispo de Libia en los siglos III y IV, quien desde 318 AD propagó la idea de que no existía una Santísima Trinidad con 3 personas en un solo Dios, sino una sola persona, el Padre. Por lo tanto, Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por Dios de la nada como una creatura más, con un principio en el tiempo. En consecuencia, habría habido un tiempo en que Nuestro Redentor no existía. Esta teoría negaba la eternidad del Verbo, lo cual equivale a negar su divinidad. Así, a Jesús se le podría llamar Dios, pero tan sólo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios.
Sintéticamente, Arrio afirmaba la existencia del Dios único y eterno, pero el Verbo, Cristo, no era divino sino una creatura particularmente excelsa y elegida como intermediaria entre la creación y la redención del mundo. Como corolario, Arrio despojó en sus ideas de divinidad al Espíritu Santo, también descripto como creatura, incluso inferior al Verbo.
Arrio difundió sus conceptos en Alejandría. En 320 fue convocado un sínodo de obispos que desembocó en la excomunión de Arrio y sus seguidores. Pese a esto, la herejía se expandió de modo tal que se requirió la intervención directa del propio emperador Constantino: se convocó así al Concilio de Nicea.
En mayo de 325, el Concilio resolvió la condena de los escritos de Arrio y el destierro de él y de sus seguidores y se reafirmó la fe en la consustancialidad de Cristo con el Padre («Creemos en un solo Dios Padre omnipotente... y en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre...»).
Sin embargo, acaso por la influencia de su hermana arriana, Constantino progresivamente relajó su posición de oposición de la herejía y autorizó el regreso del principal seguidor de Arrio, Eusebio de Nicomedia. Esto le permitió al arrianismo ganar terreno hasta convertirse, de hecho, en la religión del Imperio al asumir el poder Constancio II, abierto arriano.
La situación llegó al extremo de convocar un concilio no ecuménico en Antioquia, encabezado por el mencionado Eusebio de Nicomedia, donde se aceptaron distintos conceptos heréticos. El nivel de tensión entre Constancio II (emperador de Oriente) y Constante (emperador de Occidente) llevó a la realización de un real Concilio Ecuménico en 343, con sede en Sárdica.
Sin embargo, Constante fallecería al poco tiempo con la consecuente unificación del gobierno en manos de Constancio II. Se inició prontamente una persecución a la Iglesia y la oficialización del arrianismo con más concilios autoconvocados. Esta expansión puso en abierto riesgo la existencia misma de la Fe católica.
Cuando en 361 se produjo el fallecimiento del emperador Constancio, los arrianos perdieron protección política y fue durante el gobierno de Valentiniano, bajo el amparo ejemplar de San Basilio y San Gregorio Nacianceno, que la Fe en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, recuperó su lugar hasta llegar a la derrota teológica definitiva de los arrianos en el Concilio de Constantinopla.
Sin embargo, remanentes de esta herejía persistieron en algunas tribus germánicas que habían sido evangelizadas por arrianos. Esta herejía desapareció finalmente como profesión hacia el siglo VI. Hoy día, existen grupos que podrían definirse como arrianos en el Norte de África y acaso la secta de los Testigos de Jehová sean quienes en la actualidad se encuentran ideológicamente más emparentados con este antiguo movimiento cismático.
Publicado en versión 1.0 en enero de 2008
sábado, 1 de diciembre de 2007
Los Cátaros (un Ejemplo de Manipulación Ideológica)
La manipulación ideológica ha existido como herramienta a lo largo de los siglos, adaptándose a métodos de difusión y tecnologías novedosas. Lo ocurrido con los herejes de fines de la Edad Media conocidos como cátaros (o albigenses, por la ciudad de Albi) ha sido motivo de deformaciones múltiples. El reconocido periodista Vittorio Messori se refería en La Razón de Madrid al respecto, con la siguiente editorial:
«Hace tiempo que vengo diciendo que los católicos, reducidos ya a una minoría (al menos en el plano cultural), deberían seguir el ejemplo de otra minoría, la judía, y crear también ellos una "Liga Anticalumnia", que intervenga en los medios para restablecer las verdades históricas deformadas, sin pretender, por otra parte, ninguna censura ni privilegio, sino sólo la posibilidad de rectificaciones basadas en datos exactos y documentos auténticos.
Tomemos, por ejemplo, el asunto de los cátaros (también llamados albigenses) hoy tan de moda porque gozan de protagonismo en el "El Código da Vinci" y similares y a los que les gustaría revalorizarse, olvidando que eran seguidores de una oscura, feroz y sanguinaria secta de origen asiático.
Paul Sabatier -historiador de la Edad Media e insospechado pastor calvinista- ha escrito: "El papado no ha estado siempre de parte de la reacción y del oscurantismo: cuando desbarató a los cátaros, su victoria fue la de la civilización y la razón". Y otro protestante, radicalmente anticatólico y célebre estudioso de la Inquisición, el americano Henry C. Lea: "Una victoria de los cátaros habría llevado a Europa a los tiempos salvajes primitivos". De la campaña católica contra aquellos sectarios (apoyados por los nobles del Midi -el Mediodía francés- no por motivos religiosos, sino porque querían meter mano a las tierras de la Iglesia), son recordados sobre todo el asedio y la toma de Béziers, en julio de 1209. Veo ahora en «Il Messaggero» que un divulgador de la Historia como Roberto Gervaso no duda en dar por buena la réplica de Dom Arnaldo Amalrico, abad de Citeaux y "asistente espiritual" de los cruzados, a los barones que le preguntaban qué tenían que hacer con la ciudad conquistada. La respuesta se ha hecho famosa por sus innumerables repetidores: "¡Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos!". A la cual siguió una masacre que, según Gervaso -seguidor, también aquí, de la vulgata corriente-, alcanzó los 40 000 muertos. El divulgador se halla, por tanto, en sorprendente compañía: hasta un verdadero especialista en el Medievo como Umberto Eco, en su novela «El Nombre de la Rosa» acredita la frase terrible del abad y el desmesurado número de víctimas.
Pues bien: se da la casualidad de que poseemos muchas crónicas contemporáneas de la caída de Béziers, pero en ninguna de ellas hay noticia de aquel «matadlos a todos». La realidad es que más de sesenta años después, un monje, Cesáreo de Heisterbach, que vivía en una abadía del Norte de Alemania de la que nunca se había movido, escribió un pastiche fantasioso conocido como «Dialogus Miracolorum». Entre los «milagros» pensó inventar también éste: mientras los cruzados hacían estragos en Béziers (que fray Cesáreo ni siquiera sabía dónde estaba) Dios había "reconocido a los suyos", permitiendo a aquellos que no eran cátaros huir de la matanza.
Es decir, la frase atribuida a don Arnaldo tiene la misma credibilidad que el «Eppur si muove!» que se supone que fue pronunciado por Galileo Galilei ante sus jueces, y que sin embargo fue inventado en Londres en 1757, casi un siglo y medio después, por uno de los padres del periodismo, Giuseppe Baretti. En realidad, en Béziers, en aquel año de 1209, los católicos deseaban tan poco una matanza que enviaron embajadores a los asediados para que se rindiesen, salvando su vida y sus bienes. Por lo demás, tras un largo periodo de tolerancia, el Papa Inocencio III se había decidido a la guerra sólo cuando los cátaros, el año anterior, asesinaron a su enviado que proponía un acuerdo y una paz. Habían fallado también las tentativas pacíficas de grandes santos como Bernardo y Domingo. También en Béziers, los cátaros replicaron con la violencia de su fanatismo a la oferta de diálogo y negociación: intentaron, de hecho, un ataque sorpresa pero, para su desventura, los primeros con los que se encontraron eran los Ribauds, cuyo nombre ha asumido el significado inquietante que conocemos (en italiano, «delincuente, mercenario»). Eran, de hecho, compañías de mercenarios y aventureros de pésima fama. Esta mesnada de irregulares, no sólo rechazó a los asaltantes, sino que los persiguió hasta el interior de la ciudad. Cuando los comandantes católicos acudieron con las tropas regulares, la masacre ya había comenzado y no hubo modo de frenar aquellos «ribaldos» enfurecidos.
¿Veinte, quizá cuarenta mil muertos? Hubo una matanza, impensable para la mentalidad de entonces y explicable con la exasperación provocada por la crueldad de los cátaros, que no sólo en Béziers, sino desde hacía años perseguían a los católicos. Sólo un cuenta cuentos tipo Dan Brown puede hablar con ignorancia de una «mansedumbre albigense». El episodio principal tuvo lugar en la iglesia de la Magdalena, en la cual no cabían, abigarradas, más de mil personas. ¿Béziers despoblada y derrocada? No lo parece, dado que la ciudad se organizó poco después para ulteriores resistencias y fue necesario un nuevo asedio. En resumen: un episodio entre tantos otros de manipulación ideológica.
Una Liga Anticalumnia no sólo sería deseable y necesaria para los católicos, sino para dar lugar a un juicio ecuánime y realista sobre el pasado de una Europa forjada durante tantos siglos también por la Iglesia.»
«Hace tiempo que vengo diciendo que los católicos, reducidos ya a una minoría (al menos en el plano cultural), deberían seguir el ejemplo de otra minoría, la judía, y crear también ellos una "Liga Anticalumnia", que intervenga en los medios para restablecer las verdades históricas deformadas, sin pretender, por otra parte, ninguna censura ni privilegio, sino sólo la posibilidad de rectificaciones basadas en datos exactos y documentos auténticos.
Tomemos, por ejemplo, el asunto de los cátaros (también llamados albigenses) hoy tan de moda porque gozan de protagonismo en el "El Código da Vinci" y similares y a los que les gustaría revalorizarse, olvidando que eran seguidores de una oscura, feroz y sanguinaria secta de origen asiático.
Paul Sabatier -historiador de la Edad Media e insospechado pastor calvinista- ha escrito: "El papado no ha estado siempre de parte de la reacción y del oscurantismo: cuando desbarató a los cátaros, su victoria fue la de la civilización y la razón". Y otro protestante, radicalmente anticatólico y célebre estudioso de la Inquisición, el americano Henry C. Lea: "Una victoria de los cátaros habría llevado a Europa a los tiempos salvajes primitivos". De la campaña católica contra aquellos sectarios (apoyados por los nobles del Midi -el Mediodía francés- no por motivos religiosos, sino porque querían meter mano a las tierras de la Iglesia), son recordados sobre todo el asedio y la toma de Béziers, en julio de 1209. Veo ahora en «Il Messaggero» que un divulgador de la Historia como Roberto Gervaso no duda en dar por buena la réplica de Dom Arnaldo Amalrico, abad de Citeaux y "asistente espiritual" de los cruzados, a los barones que le preguntaban qué tenían que hacer con la ciudad conquistada. La respuesta se ha hecho famosa por sus innumerables repetidores: "¡Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos!". A la cual siguió una masacre que, según Gervaso -seguidor, también aquí, de la vulgata corriente-, alcanzó los 40 000 muertos. El divulgador se halla, por tanto, en sorprendente compañía: hasta un verdadero especialista en el Medievo como Umberto Eco, en su novela «El Nombre de la Rosa» acredita la frase terrible del abad y el desmesurado número de víctimas.
Pues bien: se da la casualidad de que poseemos muchas crónicas contemporáneas de la caída de Béziers, pero en ninguna de ellas hay noticia de aquel «matadlos a todos». La realidad es que más de sesenta años después, un monje, Cesáreo de Heisterbach, que vivía en una abadía del Norte de Alemania de la que nunca se había movido, escribió un pastiche fantasioso conocido como «Dialogus Miracolorum». Entre los «milagros» pensó inventar también éste: mientras los cruzados hacían estragos en Béziers (que fray Cesáreo ni siquiera sabía dónde estaba) Dios había "reconocido a los suyos", permitiendo a aquellos que no eran cátaros huir de la matanza.
Es decir, la frase atribuida a don Arnaldo tiene la misma credibilidad que el «Eppur si muove!» que se supone que fue pronunciado por Galileo Galilei ante sus jueces, y que sin embargo fue inventado en Londres en 1757, casi un siglo y medio después, por uno de los padres del periodismo, Giuseppe Baretti. En realidad, en Béziers, en aquel año de 1209, los católicos deseaban tan poco una matanza que enviaron embajadores a los asediados para que se rindiesen, salvando su vida y sus bienes. Por lo demás, tras un largo periodo de tolerancia, el Papa Inocencio III se había decidido a la guerra sólo cuando los cátaros, el año anterior, asesinaron a su enviado que proponía un acuerdo y una paz. Habían fallado también las tentativas pacíficas de grandes santos como Bernardo y Domingo. También en Béziers, los cátaros replicaron con la violencia de su fanatismo a la oferta de diálogo y negociación: intentaron, de hecho, un ataque sorpresa pero, para su desventura, los primeros con los que se encontraron eran los Ribauds, cuyo nombre ha asumido el significado inquietante que conocemos (en italiano, «delincuente, mercenario»). Eran, de hecho, compañías de mercenarios y aventureros de pésima fama. Esta mesnada de irregulares, no sólo rechazó a los asaltantes, sino que los persiguió hasta el interior de la ciudad. Cuando los comandantes católicos acudieron con las tropas regulares, la masacre ya había comenzado y no hubo modo de frenar aquellos «ribaldos» enfurecidos.
¿Veinte, quizá cuarenta mil muertos? Hubo una matanza, impensable para la mentalidad de entonces y explicable con la exasperación provocada por la crueldad de los cátaros, que no sólo en Béziers, sino desde hacía años perseguían a los católicos. Sólo un cuenta cuentos tipo Dan Brown puede hablar con ignorancia de una «mansedumbre albigense». El episodio principal tuvo lugar en la iglesia de la Magdalena, en la cual no cabían, abigarradas, más de mil personas. ¿Béziers despoblada y derrocada? No lo parece, dado que la ciudad se organizó poco después para ulteriores resistencias y fue necesario un nuevo asedio. En resumen: un episodio entre tantos otros de manipulación ideológica.
Una Liga Anticalumnia no sólo sería deseable y necesaria para los católicos, sino para dar lugar a un juicio ecuánime y realista sobre el pasado de una Europa forjada durante tantos siglos también por la Iglesia.»
Publicado en formato 1.0 en diciembre de 2007
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