Nota original: Eleuterio Fernández Guzmán para InfoCatólica
"En un momento, me encontré en un lugar oscuro,
profundo y pestilente; escuché voces de toros, rebuznos de burros,
rugidos de leones, silbidos de serpientes, confusiones de voces
espantosas y truenos grandes que me dieron terror y me asustaron.
También vi relámpagos de fuego y humo denso. ¡Despacio! que todavía esto
no es nada.
"Jesús llama a los pobres y sencillos pastores por medio de los ángeles para manifestarse a ellos. Llama a los sabios por medio de su misma ciencia. Y todos, movidos por la fuerza interna de su gracia, corren hacia él para adorarlo." (San Pío de Pietrelcina)
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sábado, 2 de noviembre de 2013
Visión del Infierno de Santa Verónica Giuliani
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Revista Fides et Ratio
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jueves, 1 de octubre de 2009
El Nacimiento de Jesús: Hechos Extraordinarios
La beata Ana Catalina Emmerich se destacó por su don profética, del cual nos hemos extendido oportunamente. Entre otras maravillas, fue transportada en éxtasis para vislumbrar los acontecimientos que ocurrieron en distintas partes de la Tierra en el momento del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.
Transcribimos a continuación los párrafos que la Beata narró al escritor Clemente Brentano en su lecho de enferma y que describen estos sucesos extraordinarios.
“Esta noche vi en el Templo a Noemí, la maestra de María, a la profetisa Ana y al anciano Simeón. Vi en Nazaret a Ana y en Juta a Santa Isabel. Todos tenían visiones y revelaciones del Nacimiento del Salvador. He visto al pequeño Juan Bautista, cerca de su madre, manifestando una alegría muy grande. Vieron y reconocieron a María en medio de aquellas visiones, aunque no sabían donde había tenido lugar el acontecimiento. Isabel tampoco lo sabía. Sólo Ana sabía que tenía lugar en Belén.”
“Esta noche vi en el Templo un acontecimiento admirable y extraño: todos los rollos de escrituras de los saduceos saltaban fuera de los armarios donde estaban encerrados, dispersándose. Este suceso causó mucho espanto en todos, pero los saduceos lo atribuyeron a efectos de brujería y repartieron dinero a los que lo sabían para que mantuvieran el secreto.”
“He visto muchas cosas en Roma esta noche. Cuando Jesús nació, vi un barrio de la ciudad, donde vivían muchos judíos: allí brotó una fuente de aceite que causó maravilla a todos los que la vieron. Una estatua magnífica de Júpiter cayó de su pedestal en añicos, porque se desplomó la bóveda del templo. Los paganos se llenaron de terror, hicieron sacrificios y preguntaron a otro ídolo, el de Venus, creo, qué significaba aquello. El demonio respondió, por medio de la estatua: «Esto ha sucedido porque una Virgen ha concebido un Hijo sin dejar de ser virgen; y este Niño acaba de nacer». Este ídolo habló también desde la fuente de aceite. En el sitio donde brotó la fuente se alzó una iglesia dedicada a la Virgen María, Madre de Dios. Los sacerdotes paganos estaban consternados y hacían averiguaciones.”
“Setenta años antes de estos hechos vivía en Roma una buena y piadosa mujer. No recuerdo ahora si era judía. Se llamaba algo así como Serena o Cyrena y poseía algunos bienes de fortuna. Por ese tiempo se había recubierto de oro y piedras preciosas el ídolo de Júpiter y se le ofrecían sacrificios solemnes. La mujer tuvo visiones y a consecuencia de ellas hizo varias profecías, diciendo públicamente a los paganos que no debían rendir honores al ídolo de Júpiter ni hacerle sacrificios, pues vendría un día en que lo verían caer hecho pedazos. Los sacerdotes la hicieron comparecer y le preguntaron cuándo habían de suceder estas cosas. Como no pudo determinar el tiempo, fue encerrada en prisión y maltratada, hasta que Dios le hizo conocer que ello sucedería cuando una Virgen purísima diera a luz un Niño. Cuando dio esta respuesta, se burlaron de ella y la dejaron en libertad, reputándola por loca. Sólo cuando se derrumbó el templo, haciendo pedazos al ídolo, reconocieron que había dicho la verdad, maravillándose de la época fijada y del acontecimiento, aunque no sabían que la Santísima Virgen había sido la Madre, e ignorando el Nacimiento del Salvador.”
“He visto que los magistrados de Roma se informaron de estos hechos, como de la fuente que había brotado. Uno de ellos fue un tal Léntulo, abuelo de Moisés, sacerdote y mártir y de aquel otro Léntulo, que fue amigo de San Pedro en Roma. Relacionado con el emperador Augusto he visto algo que ahora no recuerdo bien. Vi al emperador con otras personas sobre una colina de Roma, en uno de cuyos lados se encontraba el Templo, cuya techumbre se había derrumbado. Por unas gradas se llegaba hasta la cumbre de la colina donde había una puerta dorada. Era un lugar donde se ventilaban asuntos de interés.”
“Cuando el emperador bajó de la colina, vio a la derecha, encima de ella, una aparición en el cielo. Era una Virgen sobre un arco iris, con un Niño en el aire, que parecía salir de Ella. Creo que, el emperador fue el único que vio esta aparición. Para conocer su significado hizo consultar a un oráculo que había enmudecido, el cual en esa ocasión habló de un Niño recién nacido, a quien todos debían adorar y rendir homenaje. El emperador hizo erigir un altar en el sitio de la colina donde había visto la aparición, y después de haber ofrecido sacrificios, lo dedicó al Primogénito de Dios. He olvidado otros detalles de este hecho.”
“He visto en Egipto un hecho que anunció el Nacimiento de Jesucristo. Mucho más allá de Matarea, de Heliópolis y de Menfis había un gran ídolo que pronunciaba habitualmente toda clase de oráculos y que de pronto enmudeció. El Faraón mandó hacer sacrificios en todo el país a fin de saber por qué causa había callado. El ídolo fue obligado por Dios a responder que guardaba silencio y debía desaparecer, porque había nacido el Hijo de la Virgen y que en aquel mismo sitio se levantaría un templo en honor de la Virgen. El Faraón hizo levantar un templo allí mismo cerca del que había antes en honor del ídolo. No recuerdo todo lo sucedido; sólo sé que el ídolo fue retirado y que se levantó un templo a la anunciada Virgen y a su Niño, siendo honrados a la manera de ellos.”
“Al tiempo del Nacimiento de Jesucristo, vi una maravillosa aparición que se presentó a los Reyes Magos en su país. Estos Magos eran observadores de los astros y tenían sobre una montaña una torre en forma de pirámide, donde siempre se encontraba uno de ellos con los sacerdotes observando el curso de los astros y las estrellas. Escribían sus observaciones y se las comunicaban unos a otros. Esta noche creo haber visto a dos de los Reyes Magos sobre la torre piramidal. El tercero, que habitaba al Este del Mar Caspio, no estaba allí. Observaban una determinada constelación en la cual veían de cuando en cuando variantes, con diversas apariciones. Esta noche vi la imagen que se les presentaba. No la vieron en una estrella, sino en una figura compuesta de varias de ellas, entre las cuales parecía efectuarse un movimiento.”
“Vieron un hermoso arco iris sobre la media luna y sobre el arco iris sentada a la Virgen. Tenía la rodilla izquierda ligeramente levantada y la pierna derecha más alargada, descansando el pie sobre la media luna. A la izquierda de la Virgen, encima del arco iris, apareció una cepa de vid y a la derecha, un haz de espigas de trigo. Delante de la Virgen vi elevarse como un cáliz semejante al de la Última Cena. Del cáliz vi salir al Niño y por encima de Él, un disco luminoso parecido a una custodia vacía, de la que partían rayos semejantes a espigas. Por eso pensé en el Santísimo Sacramento. Del costado derecho del Niño salió una rama, en cuya extremidad apareció, a semejanza de una flor, una iglesia octogonal con una gran puerta dorada y dos pequeñas laterales. La Virgen hizo entrar al cáliz, al Niño y a la Hostia en la Iglesia, cuyo interior pude ver, y que en aquel momento me pareció muy grande. En el fondo había una manifestación de la Santísima Trinidad. La iglesia se transformó luego en una ciudad brillante, que me pareció la Jerusalén celestial.”
“En este cuadro vi muchas cosas que se sucedían y parecían nacer unas de otras, mientras yo miraba el interior de la iglesia. Ya no puedo recordar en qué forma se fueron sucediendo. Tampoco recuerdo de qué manera supieron los Reyes Magos que Jesús había nacido en Judea. El tercero de los Reyes, que vivía muy distante, vio la aparición al mismo tiempo que los otros. Los días que precedieron al Nacimiento de Jesús, los veía sobre su observatorio donde tuvieron varias visiones. Los Reyes sintieron una alegría muy grande, juntaron sus dones y regalos y se dispusieron para el viaje. Se encontraron al cabo de varios días de camino.”
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jueves, 1 de mayo de 2008
Beata Ana Catalina Emmerich
Anne Catherine Emmerick nació el 8 de septiembre de 1774, en Flamsche, diócesis de Münster en Alemania, siendo además bautizada en ese mismo día.
Desde muy pequeña gozó del don de comprender el latín litúrgico y ya desde los cuatro años fue bendecida con visiones de la Historia Sagrada, incluyendo la Creación, la caída de los ángeles malvados, la vida de los patriarcas del Antiguo Testamento, la Encarnación, Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Además de sus visiones, tenía locuciones interiores y frecuentes estados de éxtasis.
Sus visiones eran lo suficientemente intensas para sentirse verdaderamente transportada hacia los sitios y épocas en cuestión, resultándole hasta más familiares los rostros de Noé, Elías o la Santísima Virgen que los de sus contemporáneos en Alemania.
Este don se vio acompañado de enormes sufrimientos y un estado de progresiva postración por enfermedad. Pese a la oposición de su familia, ingresó en 1802 a la vida religiosa en el monasterio de Agnetenberg, en Dülmen.
La guerra contra las huestes de Napoleón llevó a la supresión del monasterio por los gobernantes, donde fue forzosamente enclaustrada. Recibió entonces los estigmas de Jesucristo y la enfermedad la llevó a la inmovilidad definitiva, nutriéndose durante 11 años solamente de la Sagrada Eucaristía. Por otro lado, en su condición de alma víctima, Ana Catalina ofrecía sus penitencias y sufrimientos por los pecadores.
Fue sometida a distintas investigaciones por las autoridades de la diócesis y por las tropas napoleónicas. Durante este periodo final de su vida experimentó la pasión de Nuestro Señor, la cual describió con claridad en su alemán natal.
Su compatriota escritor, Clemens Brentano, al tener noticia de ello, comenzó a transcribir los relatos de Ana Catalina en sus diarios. Brentano, reconocido ateo, se convirtió a la fe católica y empezó a visitar diariamente a la vidente, a quien releía los textos para corroborar su fidelidad. De este modo, durante 6 años, el escritor volcó al papel volúmenes sobre la vida terrena de Jesucristo, de la Santísima Virgen, de los apóstoles y Santos, sin olvidar los relatos de la Creación.
El lunes 9 de febrero de 1824, Ana Catalina falleció con sólo 50 años de vida. Al fallecer la religiosa, Brentano ordenó sus textos, preparando un índice y editándolos. En primer lugar se publicó «La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo». El escritor alemán comenzó entonces a ordenar las visiones de la «Vida de María», pero murió antes de concluir su trabajo. Distintos especialistas luego editaron los «Diarios» y compilaron las visiones sobre la Iglesia, el Antiguo Testamento, la Vida Pública de Jesús y la Iglesia naciente. Muchas de ellas se encuentran disponibles en América Latina gracias a editoriales locales.
Entre otras pruebas históricas, fue merced a una de sus visiones que se logró encontrar la casa de la Santísima Virgen en Éfeso.
Fue declarada Venerable a fines del siglo XIX, pero su beatificación llegó recién por Juan Pablo II en octubre de 2004. «Llevó consigo los estigmas de la Pasión del Señor y recibió carismas extraordinarios que empleó para consuelo de numerosos visitantes. Desde el lecho desarrolló un gran y fructífero apostolado», constató el prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, el cardenal José Saraiva Martins, al leer el decreto de reconocimiento del milagro ante el Santo Padre.
¡Beata Ana Catalina Emmerick, ruega por nosotros!
Desde muy pequeña gozó del don de comprender el latín litúrgico y ya desde los cuatro años fue bendecida con visiones de la Historia Sagrada, incluyendo la Creación, la caída de los ángeles malvados, la vida de los patriarcas del Antiguo Testamento, la Encarnación, Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Además de sus visiones, tenía locuciones interiores y frecuentes estados de éxtasis.
Sus visiones eran lo suficientemente intensas para sentirse verdaderamente transportada hacia los sitios y épocas en cuestión, resultándole hasta más familiares los rostros de Noé, Elías o la Santísima Virgen que los de sus contemporáneos en Alemania.
Este don se vio acompañado de enormes sufrimientos y un estado de progresiva postración por enfermedad. Pese a la oposición de su familia, ingresó en 1802 a la vida religiosa en el monasterio de Agnetenberg, en Dülmen.
La guerra contra las huestes de Napoleón llevó a la supresión del monasterio por los gobernantes, donde fue forzosamente enclaustrada. Recibió entonces los estigmas de Jesucristo y la enfermedad la llevó a la inmovilidad definitiva, nutriéndose durante 11 años solamente de la Sagrada Eucaristía. Por otro lado, en su condición de alma víctima, Ana Catalina ofrecía sus penitencias y sufrimientos por los pecadores.
Fue sometida a distintas investigaciones por las autoridades de la diócesis y por las tropas napoleónicas. Durante este periodo final de su vida experimentó la pasión de Nuestro Señor, la cual describió con claridad en su alemán natal.
Su compatriota escritor, Clemens Brentano, al tener noticia de ello, comenzó a transcribir los relatos de Ana Catalina en sus diarios. Brentano, reconocido ateo, se convirtió a la fe católica y empezó a visitar diariamente a la vidente, a quien releía los textos para corroborar su fidelidad. De este modo, durante 6 años, el escritor volcó al papel volúmenes sobre la vida terrena de Jesucristo, de la Santísima Virgen, de los apóstoles y Santos, sin olvidar los relatos de la Creación.
El lunes 9 de febrero de 1824, Ana Catalina falleció con sólo 50 años de vida. Al fallecer la religiosa, Brentano ordenó sus textos, preparando un índice y editándolos. En primer lugar se publicó «La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo». El escritor alemán comenzó entonces a ordenar las visiones de la «Vida de María», pero murió antes de concluir su trabajo. Distintos especialistas luego editaron los «Diarios» y compilaron las visiones sobre la Iglesia, el Antiguo Testamento, la Vida Pública de Jesús y la Iglesia naciente. Muchas de ellas se encuentran disponibles en América Latina gracias a editoriales locales.
Entre otras pruebas históricas, fue merced a una de sus visiones que se logró encontrar la casa de la Santísima Virgen en Éfeso.
Fue declarada Venerable a fines del siglo XIX, pero su beatificación llegó recién por Juan Pablo II en octubre de 2004. «Llevó consigo los estigmas de la Pasión del Señor y recibió carismas extraordinarios que empleó para consuelo de numerosos visitantes. Desde el lecho desarrolló un gran y fructífero apostolado», constató el prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, el cardenal José Saraiva Martins, al leer el decreto de reconocimiento del milagro ante el Santo Padre.
¡Beata Ana Catalina Emmerick, ruega por nosotros!
Publicado en formato 1.0 en mayo de 2008
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domingo, 1 de julio de 2007
La Casa de la Virgen Santísima en Éfeso
Ana Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 en el seno de una familia muy humilde. Fue bendecida por Dios de una manera particular, ya que se sabe que poseía uso de razón desde su mismo nacimiento y que podía comprender el latín litúrgico desde su primera Misa.
Ingresó en la Orden Agustina en Dulmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.
Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)
El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.
Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, narrados en otro de nuestros artículos, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.
« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.
Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.
La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.
Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.
A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.
La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.
Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.
Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.
A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.
La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.
La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.
Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.
Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»
Ingresó en la Orden Agustina en Dulmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.
Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)
El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.
Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, narrados en otro de nuestros artículos, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.
« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.
Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.
La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.
Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.
A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.
La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.
Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.
Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.
A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.
La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.
La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.
Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.
Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»
Publicado en formato 1.0 en julio de 2007
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Revista Fides et Ratio
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11:47
Etiquetas:
artículo especial,
historia,
Virgen María,
visiones
Casa de la Virgen María en Éfeso
Ana Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 en el seno de una familia muy humilde. Fue bendecida por Dios de una manera particular, ya que se sabe que poseía uso de razón desde su mismo nacimiento y que podía comprender el latín litúrgico desde su primera Misa.
Ingresó en la Orden Agustina en Dülmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.
Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)
El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.
Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, que se detallan en otro artículo de Fides et Ratio, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.
« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.
Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.
La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.
Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.
A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.
La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.
Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.
Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.
A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.
La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.
La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.
Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.
Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»
Ingresó en la Orden Agustina en Dülmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.
Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)
El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.
Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, que se detallan en otro artículo de Fides et Ratio, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.
« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.
Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.
La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.
Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.
A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.
La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.
Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.
Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.
A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.
La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.
La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.
Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.
Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»
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