miércoles, 1 de octubre de 2008

Adivinación y ocultismo

Todas las formas de adivinación y ocultismo deben ser rechazadas.

Esto constituye un delito y una ofensa grave a nuestro Creador, y está en directa contradicción con el respeto, que impregnado de un santo temor, debemos todos profesar solamente a Dios Padre Todopoderoso.

La gente no repara en “tragarse” cualquier idea u opinión infundada sobre cualquier tema, especialmente cuando se trata de algo extraordinario, mágico-religioso, dirigiéndolos directamente hacia la superstición. Es el primer obstáculo conque se tropieza cuando se pierde la fe en Dios, el sentido común y la razón. Cualquier cosa que nos diga el menos autorizado, afirmando que se trata de algo profundo y misterioso, basta para que nos afecte indefinidamente como si fuera un sueño, resucitando, en pleno siglo XXI, un neopaganismo babilónico sin igual.

Todo ello, por temor a tres palabras: SE HIZO HOMBRE.



Si recurrimos a la astrología y al horóscopo creyendo en ello, cometemos pecado mortal de idolatría. Si lo hacemos por curiosidad, no hacemos otra cosa que incurrir en un pasatiempo fútil, desgastando peligrosamente nuestra fe. Si lo hacemos para granjearnos la “protección” de los poderes ocultos de este mundo, de Satanás y sus secuaces, los demonios, cometemos el pecado mortal de idolatría diabólica, y tal vez tengamos que decir en algún momento como el poeta Goëthe: «No puedo librarme de los espíritus a quienes una vez invoqué».

En todos los tiempos el hombre ha sentido gran interés por conocer el porvenir, principalmente, en tiempos de confusión espiritual y religiosa este interés se ha convertido en una obsesión. El hombre moderno se parece mucho al «supersticioso» de los tiempos precristianos, corriendo febrilmente de un “augur” a un “adivino”, y de éste a un "intérprete de sueños". La utilización por parte del hombre de la astrología tiene una larga historia, teniendo sus influencias en algunos de los más notables filósofos de Oriente, sobre todo en el mundo islámico. En el cristianismo estas creencias se desarrollaron poco mientras la fe estuvo bien arraigada entre los fieles, pero ya a partir del siglo XVI no había soberano que no consultara a su astrólogo particular, ganando terreno con la reforma protestante, y el positivismo y el racionalismo del siglo XIX.

La reedición de estos cultos paganos, como hoy se nos presentan con tanta frecuencia, tiene sus precisas explicaciones. Si no existe una verdad común, vigente precisamente porque es verdadera, el cristianismo es como algo importado desde fuera, una especie de IMPERIALISMO ESPIRITUAL, al que debemos combatir con no menos fuerza que a ese poder político y militar que una vez nos aplastaba.

Si en la celebración de los sacramentos no vivimos el contacto personal con ese Dios vivo de todos los hombres, entonces esos rituales resultan vacíos, no nos dicen ni nos ofrecen nada. Si la “sobria ebriedad” del misterio de salvación cristiano no puede embriagarnos de Dios, entonces tenemos que invocar la embriaguez real de otros éxtasis más “eficaces”, cuya pasión nos arrebata y nos convierte, al menos por un instante, y nos deja percibir por un momento el placer de lo infinito y olvidar las miserias de lo finito.

Nos encontramos, en resumidas cuentas, ante una situación muy singular. El neopaganismo está intentando dar al cristianismo, cansado de la fe y de los dogmas, una nueva praxis mediante la cual finalmente tendrá lugar la redención. Pero esa acción ha dejado tras de sí la ruina en lugar de la libertad, el “relativismo” o el libre albedrío protestante y la realidad de tener que conformarnos con él. Lo que se nos ofrece resulta algo tan vacío y falto de fundamento que dichas teorías buscan a su vez ayuda en otras ideas filosóficas, para que, desde ellas, podamos llevarlas a la práctica. La Nueva Era nos dice que “dejemos el fracasado cristianismo, volvamos a los dioses paganos, así se vive mejor”.


Al considerar la presente situación, nos debe francamente parecer un milagro que, a pesar de todo, todavía exista la fe en Jesús de Nazaret. Y no sólo en las formas sustitutas de cientos de denominaciones cristianas, sino en la fe completa y serena del Nuevo Testamento, La Iglesia de todos los tiempos, la Iglesia católica.

¿Tiene la fe en Cristo Jesús todavía una oportunidad?

Claro que sí, es que está de acuerdo con la propia sustancia de lo que es el hombre, algo más de lo que los mismos filósofos quieren comprender. En el hombre se anida el anhelo inextinguible por lo Divino, y ninguna de las propuestas que nos presenta el protestantismo y el neopaganismo han sido suficientes para satisfacerlo. Sólo el Dios que se hizo ÉL mismo finito para abrir nuestra finitud y conducirnos a la amplitud de su infinidad, puede dar respuesta a todas las preguntas de nuestro ser. Por eso, la fe cristiana se encontrará siempre con el hombre. Nuestra tarea, como buenos hijos de Dios, es servirle con ánimo humilde y con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestro entendimiento.

El filósofo norteamericano Thomas Molnar, siempre pensó que las sociedades con raíces profundas en el cristianismo (Europa) habían apartado equivocadamente de la vida de los hombres los signos de lo sagrado. El escenario de cualquier ciudad del mundo occidental (Latinoamérica) muestra que la religión ha sido sistemáticamente excluida de la vida activa de sus ciudadanos. Los templos y las nuevas iglesias parecen naves industriales, oficinas comerciales, y residencias familiares reacondicionadas. Los pastores y reverendos lucen como empresarios y burócratas muy atareados, sobre todo cuando no ostentan signo alguno de su vocación sagrada. Las prédicas y los sermones, como las primeras páginas de todos los diarios, presentan una clara visión del fin del mundo, dilucidando temas políticos, sociales y económicos de candente actualidad.

Cada día que pasa es más difícil encontrar rastros del gran acervo cristiano que nos legó el viejo mundo en algún sector de la vida pública y privada de nuestro país, ni decir de los medios de comunicación, el cine, la literatura y el arte. La descripción de Molnar es algo drástica, pues responde a la situación actual de los Estados Unidos. Sin embargo, con esta tendencia dominante en toda la sociedad latinoamericana, es innegable el empuje que tenemos hacia un secularismo cada día más creciente.

El neopaganismo del siglo XXI ha renunciado a 3 de los componentes básicos del paganismo grecorromano: la piedad, es decir, el sentido de lo sagrado que debe ser venerado; la moderación; y la conciencia de que existe, ante todo, una ley moral universal. La espiritualidad subyacente en el neo paganismo es profundamente “subjetiva”, porque desconoce la realidad de un Dios personal y cercano a nosotros. De este modo, el dios “panteísta” resulta inmensamente popular, ya que es asequible cuando lo queremos, y desechable cuando no lo deseamos. Es más conveniente pensar que somos como burbujas dentro de una gran espuma espiritual, que hijos rebeldes de un razonable y misericordioso Padre Divino.

El panteísmo adolece de todo el sentido del pecado, porque para estos el pecado significa separación, cuando nadie puede ser separado nunca del ‘todo’ (taoísmo). El neopaganismo del siglo XXI es el triunfo más importante del “ilusionismo”, que sin perder la emoción y el barniz de la verdadera religión, elimina por completo el santo temor de Dios.

Muchos practican la astrología como parte de un culto a Lucifer y los demonios, y es gracias a la intervención de éstos que los más porfiados “astrólogos” son capaces de “predecir” hechos futuros con alguna exactitud, por cuanto los demonios a quienes recurren, siendo seres espirituales puros y con mucho poder, conocen mejor que los hombres la relación entre las causas y los efectos naturales de las cosas, así como que tienen una gran experiencia sobre como obra el ser humano, con sus debilidades y miserias. Todas las “predicciones” sobre actos futuros y libres del hombre no son más que meras conjeturas y especulaciones.

Chesterton, un gran pensador de este tiempo, en cuyos escritos brilla cada vez con más luz un talante profético, se preocupó por desenmascarar el falso atractivo que el paganismo tenía para nuestros contemporáneos. Estaba convencido de que el cristianismo, vivido con autenticidad, es capaz de vencer, mano a mano, a cualquier forma de paganismo, porque la alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se ha convertido en el gran misterio del cristiano.

La respuesta de Chesterton es que la dicha humana, las alegrías más intensas y el disfrute pleno de los bienes de esta tierra, sólo es posible de verdad para aquellos que miran el horizonte confiados en la eternidad. La alegría cristiana puede ser plena porque está respaldada por una fe en el Dios verdadero, por una fe en el porvenir que no es ciega, torpe y obstinada, y por una fe que encuentra en la razón una verdadera aliada.


La desacralización y secularización de la civilización occidental contemporánea se produce como la continuidad de una corriente filosófica que llega hasta nosotros desde el siglo XIII, mediante un proceso de intelectualización de la religión y de la fe, los neofariseos. Su origen lo encontramos también en Maquiavelo, Ockamm, Descartes y Lutero. Su génesis está en el ‘racionalismo’, que según Chesterton no es más que una herejía acerca de la función de la inteligencia en la vida del hombre, una verdad que se ha vuelto loca.

El neopaganismo, que parece liberar al hombre del yugo ligero de la fe en Cristo Jesús, supone el tener que regresar a los miedos y esclavitudes de un hombre desarmado, rodeado de poderes y fuerzas maléficas, ante las cuales no tiene ninguna garantía de sobrevivir. Una de las curiosas características del poder del cristianismo es que, desde que llegó, ningún pagano ha sido capaz de ser realmente humano.

Mario Saviñón Navarro (República Dominicana) para www.apologetica.org
Publicado en formato 1.0 en octubre de 2008

Los Católicos y la Política

«El hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moralidad» (Juan Pablo II)

Los católicos debemos participar en la política porque somos ciudadanos responsables por el bien de la sociedad y del país. La solución a la corrupción política no es abandonarla, sino participar con principios cristianos. Jesús nos dijo que somos sal y luz del mundo. Esto debe aplicar primero a nuestra vida interior pero, si esta es auténtica, se manifiesta también en la política. La sal preserva de la corrupción, la luz permite que se vea la verdad.

Es necesario formarse en la fe y la Doctrina Social de la Iglesia para discernir sin dejarse seducir por las pasiones y las mentiras que se presentan en las campañas electorales. (Cf. Gaudium es Spes, 43). Es sorprendente como la propaganda de los medios engaña a la gente, como creemos las cosas sólo porque se repiten. Debemos examinar objetivamente como los candidatos han actuado en el pasado.

Hay una jerarquía de valores. El valor principal es el respeto a la vida humana. Si un candidato favorece el aborto o la eutanasia, no respeta al ser humano y no se debe votar por él aunque en otros aspectos parezca bueno. Los derechos humanos forman parte de la ley natural, la cual es accesible a la razón cuando se busca con sincero corazón. Toda autoridad legítima procede de Dios y debe someterse totalmente a Dios. Cuidado que no sea sólo de palabra, sino que en efecto demuestre coherencia con la moral.

Ningún gobierno, partido o político se puede confundir con el Reino de Dios. Cuidado con los mesianismos políticos, que se presentan como salvadores de la humanidad. "Ningún partido representa a la Iglesia y los católicos pueden militar o dar su voto libremente al partido o al candidato que mejor responda a sus convicciones personales, con tal de que sean compatibles con la ley moral natural y que sirvan sinceramente al bien común de la sociedad. Nuestra misión, en cambio, ha de ser la de orientar con los principios éticos de la doctrina social cristiana sobre los derechos y deberes políticos de los fieles laicos, ayudando a formar una conciencia social." (Obispos mexicanos)


Evitar:

1- Apasionarse o preferir la afiliación política por encima de la razón y la moral.


2- Un concepto teocrático de la política. Cardinal Ratzinger: «La justa profanidad de la política excluye la teocracia».


La Doctrina Social de la Iglesia expone las obligaciones de los gobernantes y de los ciudadanos de promover y defender todos los derechos humanos (el más fundamental es el derecho a la vida) y buscar el bienestar de todos. Que nadie esté por encima de la ley y nadie fuera de su amparo.

Los obispos de México a los políticos: "A los políticos católicos les recordamos el deber moral que tienen en su actuación pública, especialmente a los legisladores, de mantenerse fieles a la doctrina del evangelio, conservando su compromiso claro con la fe católica y no apoyando leyes contrarias a los principios morales y éticos como son los que atentan contra el derecho a la vida o en contra de las instituciones de la familia y el matrimonio. Sólo la adhesión a convicciones éticas profundas y una actuación coherente pueden garantizar una acción pública, honesta y desinteresada, de los legisladores y gobernantes."

«Todo aquel que ha proclamado que quiere prestar un servicio, un servicio a nuestra patria en funciones muy diversas, tiene que mostrar en la práctica que en realidad ha llegado a ese puesto para servir y no para servirse, no para enriquecerse; sino para dar lo mejor que tiene en favor del pueblo que tanto lo necesita» (Cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México).

"El criterio fundamental para configurar la propia conciencia es la obligación de evitar el mal y de favorecer el bien. En temas que afectan a la vida y los derechos de la persona, el criterio básico es el de aceptar y favorecer lo que esté conforme con la ley natural, según una valoración moral apoyada en la misma naturaleza humana que favorece el desarrollo de las potencialidades humanas de acuerdo con el bien de la persona, en verdad y justicia. Según este criterio difícilmente discutible, los católicos tenemos claro que no podemos apoyar programas o proyectos políticos que amenazan el derecho a la vida de los seres humanos desde su concepción hasta la muerte natural, alteran esencialmente la concepción del matrimonio desprotegiendo la realidad de la familia, debilitan las bases de la convivencia. En el caso, nada infrecuente, de que ninguna opción política satisfaga las exigencias morales de nuestra conciencia, la recta conciencia nos induce a votar aquella alternativa que nos parezca menos contraria a la ley natural, más apta para proteger los derechos de la persona y de la familia, más adecuada para favorecer la estabilidad social y la convivencia, y mejor dispuesta para respetar la ley moral en sus actividades legislativas, judiciales y administrativas...

...Para votar responsablemente, es preciso anteponer los criterios morales a las cuestiones y preferencias opinables y contingentes de orden estrictamente político. Habrá cuestiones secundarias que tengamos que dejar en un segundo plano para atender en primer lugar a los aspectos y consecuencias de orden moral de nuestro voto. Esto ocurre siempre que las propuestas de los partidos desbordan sus legítimas competencias y afectan a cuestiones de orden moral que tienen que estar por encima de los avatares políticos
." (Monseñor Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela)


Examinar la verdad. Se deben estudiar las propuestas antes de apoyarlas. Hablar es fácil, obrar en la verdad cuesta la vida. Hay que buscar la verdad con la mayor objetividad posible. Más que basarse en lo que dicen los políticos, hay que analizar lo que han hecho para ver si son coherentes, íntegros y honestos. El malvado siempre disfraza sus intenciones con argumentos hermosos.


Evitar la demagogia. Los políticos saben qué teclas tocar para encender las emociones, muchas veces irresponsablemente. Cuidado con la manipulación de los sentimientos hacia la patria, la raza, el sufrimiento de los pobres, la libertad, etc. Con frecuencia se crea un mito en torno a un político o se destruye su reputación basado en la repetición de falacias. El cristiano no se debe llevar por las emociones ni por la fiebre que incita a las masas. No debe dejarse engañar por promesas. La prosperidad de los pueblos requiere un largo proceso de construcción y fortalecimiento de un sistema de gobierno, de educación, de trabajo, etc. bajo un estado de derecho que proteja justamente a todos los ciudadanos. Esto no se consigue con la demagogia. Hay que estar preparado para tomar opciones que no sean populares, pero que sean justas. Recordemos como Jesucristo fue condenado por las masas porque matarlo "era conveniente".


El fin no justifica los medios. Nunca será aceptable utilizar un medio en sí mismo perverso para lograr un bien. Por eso debemos condenar, por ejemplo, el terrorismo, el aborto, el secuestro, la mentira y la difamación.


Ordenar las prioridades. El bien común debe estar por encima de intereses personales. Al mismo tiempo no se deben violar los derechos naturales de ninguna persona. No se debe votar por quien viola la ley natural aunque por otra parte tenga buenas propuestas. Un católico no debe votar por candidatos que favorecen la inmoralidad, tal como es, por ejemplo, el aborto. En casos, como ocurre con frecuencia, en que todos los candidatos carecen de una clara posición moral que cubra todos los campos, el votante debe decidirse por el que al menos promueva los valores fundamentales.


Obligación de participar en la política. En una democracia los gobernantes son elegidos por el voto popular. Por eso todo ciudadano tiene la responsabilidad de votar habiendo seriamente estudiado los temas y conocido la posición de los candidatos. Un católico no puede eludir su responsabilidad civil ya que eso sería cederle el paso al mal. El hecho de que haya mucha corrupción en la política no exonera al cristiano de su responsabilidad. Más bien le debe retar a trabajar por un mundo mejor. El que no vota o vota sin atención a las leyes de Dios es culpable de los resultantes males. “Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política” (Concilio Vaticano II, Ch L 42).

Los obispos de Estados Unidos declararon en 1995: "En la tradición católica, la ciudadanía es una virtud y la participación en el proceso político es una obligación" (Documento "Political Responsibility")


La libertad. La libertad es un don que conlleva una gran responsabilidad. Como católicos estamos comprometidos a ejercer nuestra libertad siempre para hacer el bien y nunca para violar los derechos ajenos.


«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29)
Padre Jordi Rivero para Corazones.org
Publicado en formato 1.0 en octubre de 2008

Las Cruzadas

El profesor del Departamento de Historia de la Universidad de San Luis (Estados Unidos), Thomas Madden, fue entrevistado en 2005 por la agente de noticias Zenit, después de la publicación de su libro "Una historia concisa de las Cruzadas", en el cual, a partir de datos objetivos, logró desmitificar algunos aspectos inherentes a esta leyenda negra de la historia de la Iglesia.

Reproducimos a continuación el contenido de esos comentarios, según fueron publicados en la edición 495 de El Observador En Línea, importante medio católico digital que se edita desde México.


Las cruzadas no fueron como nos las han pintado popularmente
Nuevos hallazgos permiten a un historiador desenmascarar los mitos


Los cruzados no eran ávidos depredadores o colonizadores medievales, como afirman algunos libros de historia, afirma un experto, Thomas Madden, profesor asociado de la Facultad de Historia de la Universidad de San Luis (Estados Unidos) y autor de A Concise History of the Crusades («Breve Historia de las Cruzadas»). Madden ha recorrido los mitos más difundidos sobre los cruzados, y con los nuevos descubrimientos históricos ha encontrado que carecen de fundamento:

Mito número 1: Las cruzadas eran guerras de agresión contra un mundo musulmán pacífico


Esta afirmación es completamente errónea. Desde los tiempos de Mahoma los musulmanes habían intentado conquistar el mundo cristiano, y a finales del siglo XI ya habían conquistado dos terceras partes. Y los imperios musulmanes siguieron expandiéndose llegando hasta los mismos confines de Europa. Las agresiones provenían, por tanto, de la parte musulmana. Llegados a un cierto punto, la parte que quedaba del mundo cristiano no tenía más remedio que defenderse si no quería sucumbir bajo la conquista islámica.


Mito número 2: Los cruzados llevaban crucifijos, pero lo único que les interesaba era conquistar riquezas y tierras


Hace tiempo se afirmaba que en Europa había un número excesivo de nobles segundones adiestrados en las artes de la guerra caballeresca, pero privados de tierras feudales. Las cruzadas, por tanto, eran como una válvula de escape que impulsaba a estos hombres guerreros a salir de Europa, hacia tierras por conquistar a expensas de otros. La historiografía moderna ha destruido este mito. Hoy sabemos que eran más bien los primogénitos de Europa los que respondieron al llamamiento del Papa en 1095 y a la consiguiente cruzada. Ir a una cruzada era una operación muy costosa. Los señores se veían obligados a vender o hipotecar las propias tierras para conseguir los fondos necesarios.
Como los soldados de hoy, los cruzados medievales se sentían orgullosos de cumplir con su deber, pero al mismo tiempo deseaban volver a casa. Tras los éxitos espectaculares de la Primera Cruzada, con la conquista de Jerusalén y de gran parte de Palestina, sólo una mínima parte de los soldados se quedó para consolidar y gobernar los nuevos territorios. Asimismo, el botín era escaso; aunque los cruzados hubieran soñado con grandes riquezas, casi ninguno logró ni siquiera recuperar los gastos.

Sin embargo, el dinero y la tierra no eran el motivo para lanzarse a la aventura de una cruzada. Iban a expiar los pecados y ganarse la salvación mediante las buenas obras en una tierra lejana. Afrontaban gastos y fatigas porque creían que, yendo a socorrer a sus hermanas y hermanos cristianos en Oriente, habrían acumulado riquezas que ni el orín ni la polilla las corroen.

Mito número 3: Cuando los cruzados conquistaron Jerusalén, en 1099, masacraron a todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad, hasta inundar las calles de sangre

El principio moral aceptado en todas las civilizaciones de la época era que una ciudad que se había resistido a la captura y había sido tomada por la fuerza, pertenecía a los vencedores. Y esto no incluía sólo los edificios y los bienes, sino los habitantes. Por esta razón, cada ciudad o fortaleza tenía que sopesar si podía permitirse resistir a los sitiadores o negociar los términos de la rendición. En el caso de Jerusalén, se intentó la defensa hasta el último momento, y cuando la ciudad cayó, fue saqueada. Se dio muerte a muchos habitantes pero otros muchos fueron rescatados o liberados.

Hay que observar que en las ciudades musulmanas que se rindieron a los cruzados la gente no fue atacada. Se incautaban sus propiedades y se les dejaba libres de profesar la propia fe.


Mito número 4: Las cruzadas eran una forma de colonialismo medieval revestido de oropeles religiosos

Occidente en la Edad Media no era una cultura poderosa y dominante. Quien era potente, acomodado y opulento era el Oriente musulmán. Europa era el Tercer Mundo. Los Estados cruzados, fundados tras la primera cruzada, no eran nuevos asentamientos de católicos en un mundo musulmán, semejantes a las colonizaciones británicas en América, sino puestos de avanzadilla. La finalidad última de los Estados cruzados era defender los santos lugares en Palestina, especialmente Jerusalén, y proporcionar un ambiente seguro para los peregrinos cristianos que visitaban aquellos lugares.

Los europeos no obtenían beneficios económicos de estos Estados; por el contrario, los gastos de las cruzadas gravaban fuertemente sobre los recursos europeos. Mientras los musulmanes combatían entre ellos, los Estados cruzados estaban a salvo; pero, cuando los musulmanes se unieron, fueron capaces de derrumbar las fortificaciones, tomar las ciudades, y en 1291 expulsar a los cristianos.

Mito número 5: Las cruzadas se hicieron también contra los judíos

Ningún Papa ha lanzado jamás una cruzada contra los judíos. Durante la Primera Cruzada, una numerosa banda de malhechores, no pertenecientes al ejército principal, invadieron las ciudades de Renania y decidieron depredar y asesinar a los judíos que allí residían. Esto se produjo en parte por pura avidez y en parte por una errónea concepción por la que los judíos, en cuanto responsables de la crucifixión de Cristo, eran objetivos legítimos de la guerra.

El papa Urbano II y los papas sucesivos condenaron enérgicamente estos ataques contra los judíos. Los obispos locales y los otros eclesiásticos y laicos trataron de defender a los judíos aunque con poco éxito.

De modo parecido, durante la fase inicial de la segunda cruzada, un grupo de renegados asesinó a muchos judíos en Alemania, antes de que san Bernardo lograra alcanzarlos y detenerlos. Estas desviaciones del movimiento eran un indeseado subproducto del entusiasmo de las cruzadas, pero no eran el objetivo de las cruzadas.
Publicado en formato 1.0 en octubre de 2008

La Mejor Cosecha

1) Para saber

Recordábamos en la ocasión pasada las respuestas que el Papa Benedicto XVI contestaba a varias personas. En una ellas, el Papa hizo una interesante observación: “Si vivimos con Cristo, también las cosas humanas nos saldrán bien. En efecto, la fe no implica sólo un aspecto sobrenatural; además, reconstruye al hombre, devolviéndolo a su humanidad”.
El ser buen cristiano, no sólo nos ayuda y hace mejores en la vida espiritual, sino también en nuestra vida ordinaria. Podemos decir que lo espiritual ayuda a lo humano y lo humano a lo espiritual.

Seguía diciendo el Papa que “la fe se basa precisamente en las virtudes naturales: la honradez, la alegría, la disponibilidad a escuchar al prójimo, la capacidad de perdonar, la generosidad, la bondad, la cordialidad entre las personas. Estas virtudes humanas indican que la fe está realmente presente, que verdaderamente estamos con Cristo”.

2) Para pensar

Estas consideraciones del Santo Padre hacen recordar un curioso relato que me envió un amigo llamado Oscar y que nos debe llevar a pensar.

Sucede que había un agricultor que participaba todos los años en la principal feria de agricultura de la ciudad, y lo más extraordinario es que ya llevaba varios años en que siempre ganaba el primer lugar y se llevaba el trofeo al “Maíz del año”.

Cada año llegaba con el maíz cosechado y salía vencedor portando una faja azul recubriendo su pecho que indicaba que su maíz era el mejor de todos. Y no sólo eso, sino que iba superando a sus cosechas pasadas. Todos estaban asombrados.

Al final de la premiación los periodistas lo entrevistaron. Uno de la televisión le hizo la pregunta que a todos les interesaba: ¿Cómo acostumbraba cultivar su valioso producto? ¿Cuál era su secreto?

Al agricultor no le importó revelarle su secreto: su método consistía en compartir buena parte de sus mejores semillas con sus vecinos, para que ellos también las sembraran. El periodista quedó sorprendido: “¿Cómo es posible que les comparta sus semillas cuando ellos están compitiendo directamente con usted?” Pero el agricultor le confirmó: “Bueno, es muy simple. Usted sabrá que el viento recoge el polen del maíz maduro y lo lleva de campo en campo, y eso ayuda a que sea mejor el producto. Si mis vecinos cultivaran un maíz de baja calidad, la polinización degradaría continuamente la calidad de mi maíz. Si yo quiero cultivar maíz bueno, tengo que ayudarles a cultivar el mejor maíz, y por ello les doy a ellos mis mejores semillas. A fin de cuentas es como todo: uno cosecha lo que siembra. Si decidimos estar en paz, no solo hemos de estar en paz con nosotros mismos, sino hemos de hacer que los demás consigan estar en paz. Y si queremos vivir felices, hemos de procurar que los demás sean felices también.

3) Para vivir

Si hacemos bien las cosas humanas, estaremos también poniendo el “buen terreno” para que crezca la “semilla espiritual”, la Palabra de Dios”.

El Papa concluía: “deberíamos poner mucha atención en realizar bien y de modo correcto nuestros deberes humanos: en la profesión, en el respeto al prójimo, preocupándonos de los demás, que es el mejor modo de preocuparnos de nosotros mismos, pues pensar en el prójimo es el mejor modo de pensar en nosotros mismos”.

Embriones Fósiles


Un antiguo precepto en Biología sostiene que “la ontogénesis resume la filogénesis”, esto es, que el desarrollo embrionario reproduce lo ocurrido presuntamente en la evolución. Así, todos los seres vivos somos una única célula al principio, con posterior aparición de tejidos, órganos más complejos y una progresión hasta el nacimiento.

Sin embargo, el descubrimiento de embriones fósiles que datan, en teoría, de hace 500 millones de años, debe hacer reflexionar sobre aquel viejo axioma… y sobre la misma idea de la “evolución de las especies”.

Según publicó la prestigiosa revista Science, el Dr James Hagadorn, del Amherst College de Massachusetts, lideró un equipo de investigación formado por científicos de 15 países que descubrió cerca de 160 embriones fosilizados, de al menos 1000 células cada uno, en un yacimiento en China. Se trata de animales primitivos, probablemente espongiarios, que fueron virtualmente “disecados” por las nuevas técnicas de tomografía con rayos X de alta energía, con la cual se obtuvieron cortes milimetrados para el análisis preciso.


Imágenes por tomografía de los embriones fósiles (microfotos de la Universidad de Oxford)


Los biólogos documentaron la presencia de diferenciación celular y de divisiones celulares asincrónicas, que no son habituales en las mitosis. Además, lograron descubrir la presencia de organelas, esto es, de las estructuras subcelulares encargadas de procesos específicos, como las mitocondrias.


El sorprendente grado de conservación, por un lado, y la presencia de desarrollo embrionario en las formas hipotéticamente más primitivas de animales pluricelulares, por el otro, vuelven a poner en tela de juicio los conceptos actuales sobre la presunta evolución de las especies.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Astrología (2da parte)



Es patente la extensión que este fenómeno tiene en nuestros días. No hay casi diario o revista que no incluya entre sus columnas, aquélla dedicada al horóscopo; en algunos países hay canales de televisión dedicados exclusivamente a temas astrológicos y esotéricos con programas al respecto, y lo mismo se diga de la radio.

La literatura sobre el tema es muy abultada. Es más, hoy en día los horoscoperos se presentan como «profesores», «licenciados en ciencias ocultas», «especialistas en ciencias parapsicológicas». La experiencia nos muestra que gran parte de nuestros contemporáneos si no consultan sus respectivos horóscopos convencidos de su exactitud, lo hacen al menos concediéndoles el privilegio de la duda: «no es que yo crea en el horóscopo, pero algo de verdad debe tener».

Al menos muchos, guiados por cierto fatalismo supersticioso, piensan que permanecer totalmente incrédulos ante las predicciones horoscopales puede traerles mala suerte. Y de hecho un dejo de consuelo les queda cuando leen allí pronosticado: se está por iniciar para usted una nueva etapa; pronto hallará anheladas respuestas; diez puntos en salud; los rosados influjos del amor no han logrado atemperar su fuego combativo; como todo felino tiene siete vidas y luchará valerosamente; aproveche el momento, sobre todo el financiero; la relación con los socios y con la pareja es muy buena; etc.

Los hombres, para vivir, necesitan la esperanza, y cuando pierden la que nace de la fe verdadera, están dispuestos a creerle al primero que les prometa un venturoso porvenir: Mundus vult decipi, el mundo quiere ser engañado, dice un antiguo proverbio. ¿Qué podemos decir de esto? El horóscopo es un desprendimiento de la antigua astrología, no de la astrología natural, que es madre de la actual astronomía, sino de la astrología judiciaria, que se empeñaba en descubrir la influencia de los astros sobre el destino de los hombres y de las cosas. En tal sentido, hay que colocarlo dentro del fenómeno más amplio de las «artes adivinatorias», puesto que, como su nombre mismo lo indica (oros-scopeo, examinar las horas), el horóscopo designaba originariamente la observación que los astrólogos hacían del estado del cielo en el momento del nacimiento de un hombre pretendiendo con ello adivinar los sucesos futuros de su vida. Para mayor exactitud, el horóscopo designa el mapa con la posición de los planetas en un instante dado por su relación con el Sol y la Tierra. Por derivación se llama también horóscopo a las predicciones que pretenden sacarse de tal observación. La astrología judiciaria se divide, a su vez, en varias clases. Tenemos así la astrología mundial, que intenta fijar la evolución de la historia y de la política; la astrología genetlíaca o individual que, levantando el horóscopo del momento del nacimiento, pretende predecir los eventos futuros del sujeto implicado; la astrología horaria, destinada a contestar preguntas concretas, para lo cual se estudia el horóscopo del momento en que se formula la pregunta al astrólogo.

En todos los tiempos el hombre ha sentido el interés por conocer el porvenir, y en los tiempos de decadencia religiosa, tal interés se ha transformado en obsesión. El hombre moderno se parece mucho al «supersticioso» que describe Teofrasto en sus Caracteres, corriendo febrilmente de un augur a un adivino, y de éste a un intérprete de sueños. El recurso de los hombres a la astrología tiene una larga historia, desde su origen babilónico; tuvo influencia en algunos filósofos de Grecia (presocráticos, epicúreos y estoicos), y sobre todo en el mundo islámico (donde adquirió un desenvolvimiento singular); en el mundo cristiano estas creencias se desarrollaron poco mientras la fe era más profunda y arraigada (aunque no faltaron monarcas que tenían astrólogos en su corte), pero ya en el siglo XVI no había soberano que no consultara a su astrólogo particular, y sobre todo ganó terreno con el positivismo y el racionalismo del siglo XIX.
Incluso, durante la segunda guerra mundial, después que el suizo Krafft predijo el atentado que Hitler sufrió en Munich el 8 de noviembre de 1939, la guerra psicológica añadió un departamento más, el astrológico. Es verdad, y nadie podrá negarlo, que los astros ejercen algún tipo de influencia sobre las realidades del mundo, incluido el hombre: ¿quién no nota los efectos que producen los cambios de estaciones y condiciones meteorológicas, no sólo sobre las realidades materiales (como las mareas) sino sobre el humor, los estados anímicos y la misma salud humana? Por eso, Santo Tomás admite cierto influjo de los astros sobre la parte corpórea del hombre (en cuanto todo el universo se influye mutuamente), y, consecuente e indirectamente, sobre sus sentidos corporales (imaginación, memoria, instintos). Pero de ningún modo pueden servir para predecir los actos futuros libres de los hombres, puesto que sólo puede predecirse el futuro a partir de un hecho concreto, siempre y cuando el evento futuro se encuentre en este hecho o realidad presente como el efecto en su causa; y los hechos futuros de los hombres no son efecto de los movimientos o posiciones astrales.
A lo sumo, como indica agudamente el mismo Santo Tomás, podría conjeturarse aquello que con mayor probabilidad harán algunos hombres basándonos en la experiencia que nos dice que la mayoría de los mortales se deja llevar de sus estados anímicos y de sus disposiciones corporales; en tal sentido, si conociéramos la influencia que algún astro o estación climática ejercerá sobre los cuerpos en tal fecha, podríamos también conjeturar cómo obrarían aquellos que se dejen llevar por tales estados. Afirmar otro tipo de influencia y, peor aún, pretender determinar los hechos futuros a partir de los astros, plantea necesariamente la negación de la libertad humana, de la Providencia Divina, y afirma, por el contrario, el fatalismo y el predestinacionismo absoluto. Por ello, la astrología puede constituir herejía (si presupone la negación de la libertad y la Providencia), superstición e idolatría (si conlleva la adoración de los astros), o simplemente vana observancia, es decir, el recurso a medios desproporcionados para obtener un efecto en sí mismo natural (como en el caso de las consultas a los modernos horóscopos).
En cuanto a los horoscoperos, adivinos y astrólogos (licenciados o no en ciencias ocultas y parapsicológicas), hay que decir que la gran mayoría son vividores que se aprovechan de la credulidad de mucha gente (¿No dice el libro del Eclesiástico 1,15: "el número de los necios es infinito"?). Otros, forman parte convencida de la moderna seducción por el ocultismo, de la fascinación por lo misterioso y de la búsqueda de lo asombroso como alternativa a su fe superficial o vacía.
Algunos, por último, practican la astrología como parte del culto a los demonios, y es por la intervención de éstos últimos que algunos «astrólogos» son capaces a veces de «predecir» algunos hechos futuros, por cuanto los demonios a quienes recurren, siendo ángeles caídos, conocen mejor que los hombres la relación entre las causas y los efectos naturales, así como tienen una gran experiencia del obrar humano, con sus debilidades y miserias. Pero todas sus «predicciones» sobre los actos futuros libres de los hombres no son más que conjeturas. Por eso decía ya el Profeta Jeremías (10,2): "No temáis por los pronósticos celestes, pues son los paganos los que temen de ellos"; e Isaías (47,13): "Estás cansada de tanto consultar. Que se presenten, pues; que te salven los que dividen los cielos, y observan las estrellas, y hacen la cuenta de los meses, de lo que ha de venir sobre tí"; y el Levítico (19,31): "No acudáis a los que evocan a los muertos ni a los adivinos, ni los consultéis, para no mancharos con su trato."La Iglesia ha hablado sobre este tema desde antiguo, condenando la creencia en la astrología, por ejemplo el Concilio de Toledo del año 400, o el Concilio de Braga del 561.
El juicio del Magisterio de la Iglesia puede resumirse en lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica. «Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “develan” el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a mediums encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios».
Todo género de adivinación, en definitiva, nace de la falta de fe en el Dios verdadero; y es el castigo del abandono de la auténtica fe. Por eso, en uno de sus cuentos escribía Chesterton: «La gente no vacila en tragarse cualquier opinión no comprobada sobre cualquier cosa... Y esto lleva el nombre de superstición... Es el primer paso con que se tropieza cuando no se cree en Dios: se pierde el sentido común y se dejan de ver las cosas como son en realidad. Cualquier cosa que opine el menos autorizado afirmando que se trata de algo profundo, basta para que se propague indefinidamente como una pesadilla. Un perro resulta entonces una predicción; un gato negro, un misterio; un cerdo, una cábala; un insecto, una insignia, resucitando con ello el politeísmo del viejo Egipto y de la antigua India... y todo ello por temor a tres palabras: SE HIZO HOMBRE».
En conclusión, si uno recurre a las prácticas astrológicas o consulta los horóscopos, creyendo seriamente en ello, comete un pecado de superstición propiamente dicho (pudiendo, incluso, llegar a la idolatría); si lo hace sólo por curiosidad y diversión, no hace otra cosa que recurrir a un pasatiempo fútil, que va poco a poco desgastando peligrosamente su fe verdadera. Si lo hace para granjearse la «protección» de los demonios, comete un pecado de idolatría diabólica, y tal vez tenga que decir alguna vez con el poeta Goëthe: «No puedo librarme de los espíritus que invoqué».

Padre Miguel Fuentes para El Teólogo Responde

Publicado en formato 1.0 en septiembre de 2008

La Condena Inicial de la Masonería

La Santa Iglesia Católica ha condenada desde sus inicios históricos a la Masonería, institución rodeada de misterio y dedicada de modo implícito y explícito a preparar el camino para la manifestación del último y personal Anticristo que nos mencionan San Pablo y San Juan en sus textos.

La primera mención sobre la Masonería fue formulada en la encíclica In eminente, del papa Clemente XII, el 28 de abril de 1738. Transcribimos la traducción castellana oficial a continuación:

“Habiéndonos colocado la Divina Providencia, a pesar de nuestra indignidad, en la cátedra más elevada del Apostolado, para vigilar sin cesar por la seguridad del rebaño que Nos ha sido confiado, hemos dedicado todos nuestros cuidados, en lo que la ayuda de lo alto nos ha permitido, y toda nuestra aplicación ha sido para oponer al vicio y al error una barrera que detenga su progreso, para conservar especialmente la integridad de la religión ortodoxa, y para alejar del Universo católico en estos tiempos tan difíciles, todo lo que pudiera ser para ellos motivo de perturbación."


Clemente XII (Papa entre 1730 y 1740)


"Nos hemos enterado, y el rumor público no nos ha permitido ponerlo en duda, que se han formado, y que se afirmaban de día en día, centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos, que bajo el nombre de Liberi Muratori o Francmasones o bajo otra denominación equivalente, según la diversidad de lengua, en las cuales eran admitidas indiferentemente personas de todas las religiones, y de todas las sectas, que con la apariencia exterior de una natural probidad, que allí se exige y se cumple, han establecido ciertas leyes, ciertos estatutos que las ligan entre sí, y que, en particular, les obligan bajo las penas más graves, en virtud del juramento prestado sobre las santas Escrituras, a guardar un secreto inviolable sobre todo cuanto sucede en sus asambleas."

"Pero como tal es la naturaleza humana del crimen que se traiciona a sí mismo, y que las mismas precauciones que toma para ocultarse lo descubren por el escándalo que no puede contener, esta sociedad y sus asambleas han llegado a hacerse tan sospechosas a los fieles, que todo hombre de bien las considera hoy como un signo poco equívoco de perversión para cualquiera que las adopte. Si no hiciesen nada malo no sentirían ese odio por la luz."


"Por ese motivo, desde hace largo tiempo, estas sociedades han sido sabiamente proscritas por numerosos príncipes en sus Estados, ya que han considerado a esta clase de gentes como enemigos de la seguridad pública."

"Después de una madura reflexión, sobre los grandes males que se originan habitualmente de esas asociaciones, siempre perjudiciales para la tranquilidad del Estado y la salud de las almas, y que, por esta causa, no pueden estar de acuerdo con las leyes civiles y canónicas, instruidos por otra parte, por la propia palabra de Dios, que en calidad de servidor prudente y fiel, elegido para gobernar el rebaño del Señor, debemos estar continuamente en guardia contra las gentes de esta especie, por miedo a que, a ejemplo de los ladrones, asalten nuestras casas, y al igual que los zorros se lancen sobre la viña y siembren por doquier la desolación, es decir, el temor a que seduzcan a las gentes sencillas y hieran secretamente con sus flechas los corazones de los simples y de los inocentes."

"Finalmente, queriendo detener los avances de esta perversión, y prohibir una vía que daría lugar a dejarse ir impunemente a muchas iniquidades, y por otras varias razones de Nos conocidas, y que son igualmente justas y razonables; después de haber deliberado con nuestros venerables hermanos los Cardenales de la santa Iglesia romana, y por consejo suyo, así como por nuestra propia iniciativa y conocimiento cierto, y en toda la plenitud de nuestra potencia apostólica, hemos resuelto condenar y prohibir, como de hecho condenamos y prohibimos, los susodichos centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos de Liberi Muratori o FrancMassons o cualquiera que fuese el nombre con que se designen, por esta nuestra presente Constitución, valedera a perpetuidad."

"Por todo ello, prohibimos muy expresamente y en virtud de la santa obediencia, a todos los fieles, sean laicos o clérigos, seculares o regulares, comprendidos aquellos que deben ser muy especialmente nombrados, de cualquier estado grado, condición, dignidad o preeminencia que disfruten, cualesquiera que fuesen, que entren por cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos antes mencionados, ni favorecer su progreso, recibirlos u ocultarlos en sus casas, ni tampoco asociarse a los mismos, ni asistir, ni facilitar sus asambleas, ni proporcionarles nada, ni ayudarles con consejos, ni prestarles ayuda o favores en público o en secreto, ni obrar directa o indirectamente por sí mismo o por otra persona, ni exhortar, solicitar, inducir ni comprometerse con nadie para hacerse adoptar en estas sociedades, asistir a ellas ni prestarles ninguna clase de ayuda o fomentarlas; les ordenamos por el contrario, abstenerse completamente de estas asociaciones o asambleas, bajo la pena de excomunión, en la que incurrirán por el solo hecho y sin otra declaración los contraventores que hemos mencionado; de cuya excomunión­ no podrán ser absueltos más que por Nos o por el Soberano Pontífice entonces reinante, como no sea en articulo mortis. Queremos además y ordenamos que los obispos, prelados, superiores, y el clero ordinario, así como los inquisidores, procedan contra los contraventores de cualquier grado, condición, orden, dignidad o preeminencia; trabajen para redimirlos y castigarlos con las penas que merezcan a titulo de personas vehementemente sospechosas de herejía."

"A este efecto, damos a todos y a cada uno de ellos el poder para perseguirlos y castigarlos según los caminos del derecho, recurriendo, si así fuese necesario, al Brazo secular."

"Queremos también que las copias de la presente Constitución tengan la misma fuerza que el original, desde el momento que sean legalizadas ante notario público, y con el sello de una persona constituida en dignidad eclesiástica."

"Por lo demás, nadie debe ser lo bastante temerario para atreverse a atacar o contradecir la presente declaración, condenación, defensa y prohibición. Si alguien llevase su osadía hasta este punto, ya sabe que incurrirá en la cólera de Dios todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo."

"Dado en Roma, en la iglesia de Santa María la mayor, en el año de 1738 después de la Encarnación de Jesucristo, en las 4 calendas de mayo de nuestro octavo año de pontificado”.
Publicado en formato 1.0 en septiembre de 2008

La Historia del Collar de Perlas


¿Sabemos ser generosos?


María era una linda niña de siete años de ojos relucientes y vivos. Un día, mientras ella visitaba una tienda con su mamá, vio un collar de perlas de plástico que costaba noventa pesos.

¡Cuánto le gustó! Quería tener uno y se lo pidió a su mamá. Su mamá le contestó que se lo regalaría el día de su cumpleaños. Ese día María estaba feliz con sus perlas. Las llevaba puestas a todos lados, al colegio, cuando salía con su mamá a las tiendas, y ni para dormir se las quitaba. Sólo no las usaba para bañarse pues se podían despintar.

María tenía un padre que la quería muchísimo. Cuando María iba a la cama, él se levantaba de su sillón favorito para leerle su cuento preferido.

Una noche, cuando terminó el cuento, le dijo: "¿María, tú me quieres?" María inmediatamente le respondió: “Sí, papá, tú sabes que te quiero mucho”.

"Entonces, ¿me podrías regalar tus perlas?"

María se quedó sorprendida y triste. "¡Oh papá!, mis perlas no. Pero si quieres te doy a Rosita, mi muñeca favorita ¿la recuerdas? Tú me la regalaste el año pasado para mi cumpleaños y te doy su ropa también, ¿está bien, papá?”

"¡Oh no, hijita!, está bien, no importa", y dándole un beso en la mejilla se despidió: "Buenas noches, pequeña".

Una semana después, nuevamente su papá le preguntó al terminar de leerle su cuento: "María, ¿tú me quieres?"

"¡Claro que sí, papá! ¡Tú sabes que te quiero!"

"Entonces regálame tus perlas"

“Pero papá, ¡mis perlas no! Pero te doy mi caballo de juguete. Es mi favorito, su pelo es tan suave y tú puedes jugar con él y hacerle trencitas. Tú puedes tenerlo si quieres, papá”.

"Oh no hijita, está bien" le dijo su papá dándole nuevamente un beso en la mejilla: "Dios te bendiga. Buenas noches y dulces sueños".

Algunos días después, cuando el papá de María entró a su dormitorio para leerle el cuento, María estaba sentada en su cama muy seria con un paquete pequeño. Le temblaban los labios, pero decidida le dijo: "Toma, papá, te lo regalo" y estiró su mano para darle el paquete. Su papá lo abrió y en su interior estaba su tan querido collar, el cual regaló a su padre.

Con una mano él tomó las perlas de plástico y con otra extrajo de su bolsillo una cajita de terciopelo azul y se lo dio a su hija. María abrió la cajita y dentro había un collar con unas hermosas perlas genuinas. Él las había tenido todo ese tiempo, esperando que su hija renunciara a la baratija para poderle darle la pieza de gran valor. María no pudo evitar llorar de alegría mientras abrazaba a su padre y ver el hermoso collar con preciosas perlas que ahora era suyo.

De modo semejante nos sucede con nuestro Padre celestial. Él está esperando a que renunciemos a las cosas sin valor en nuestras vidas para podernos dar preciosos tesoros. A veces nos resistimos, pero no podemos dudar nunca de la bondad de Dios.

Esto nos puede hacer pensar en las cosas a las cuales nos aferramos y no queremos dárselas al Señor. Mejor podríamos preguntarnos, ¿qué será lo que Dios me quiere dar en su lugar? Cuando le damos a Él todas nuestras inquietudes, Él verá por nosotros.

San Pablo tuvo una visión del Cielo y nos dejó escrito su impresión: "Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman". (I Cor 2, 9).
Publicado en formato 1.0 en septiembre de 2008

Jérôme LeJeune



"Cada uno de nosotros tiene un momento preciso en que comenzamos. Es el momento en que toda la necesaria y suficiente información genética es recogida dentro de una célula, el huevo fertilizado y este momento es el momento de la fertilización. Sabemos que esta información esta escrita en un tipo de cinta a la que llamamos DNA... La vida esta escrita en un lenguaje fantásticamente miniaturizado." (Dr. Lejeune, pionero en genética y ciencia pre-natal, Universidad de Paris).


En la XIII Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida, el 25 de Febrero, 2007, se anunció la apertura de la causa de beatificación del Profesor Jérôme LeJeune.
El Dr. Jérôme LeJeune es reconocido tanto por su fidelidad a la Iglesia como por su excelencia como científico. A los 33 años, en 1959, publicó su descubrimiento sobre la causa del síndrome de Down, la trisomía 21.

En 1962 fue designado como experto en genética humana en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en 1964 fue nombrado Director del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia y en el mismo año se crea para él en la Facultad de Medicina de la Sorbona la primera cátedra de Genética Fundamental.

El profesor LeJeune era reconocido por todos. Se esperaba que recibiera el Premio Nobel. Pero en 1970 se opone firmemente al proyecto de ley de aborto eugenésico de Francia. Esto causa que caiga en "desgracia" ante el mundo. Prefirió mantenerse en gracia ante la verdad y ante Dios: matar a un niño por estar enfermo es un asesinato. Siempre utilizó argumentos racionales fundamentados en la ciencia.

Llevó la causa provida a las Naciones Unidas. Se refirió a la Organización Mundial de la Salud diciendo: “he aquí una institución para la salud que se ha transformado en una institución para la muerte”. Esa misma tarde escribe a su mujer y a su hija diciendo: “Hoy me he jugado mi Premio Nobel”. Tenía razón. No se lo dieron. No querían a un científico que se opusiera a la agenda abortista.

LeJeune también rechazó los conceptos ideológicos que se utilizan para justificar el aborto, como el de "pre-embrión". Fue acusado de querer imponer su fe católica en el ámbito de la ciencia. No faltaron miembros de la Iglesia que lo rechazaran. Le cortaron los fondos para sus investigaciones. De repente se convirtió en un paria.

Juan Pablo II reconoció la excelencia del Dr. Le Jeune nombrándolo Presidente de la Pontificia Academia para la Vida, el 26 de febrero de 1994. Muere el 3 de abril del mismo año, un Domingo de Pascua.

Con motivo de su muerte, Juan Pablo II escribió al Cardenal Lustinger de Paris diciendo: “En su condición de científico y biólogo era una apasionado de la vida. Llegó a ser el más grande defensor de la vida, especialmente de la vida de los por nacer, tan amenazada en la sociedad contemporánea, de modo que se puede pensar en que es una amenaza programada. Lejeune asumió plenamente la particular responsabilidad del científico, dispuesto a ser signo de contradicción, sin hacer caso a las presiones de la sociedad permisiva y al ostracismo del que era víctima”.
Adaptado de Corazones.org

El Ateísmo y la Ciencia de Hoy

A Dios se le puede conocer por distintos caminos. Hay gente que ha llegado al conocimiento de Dios por una experiencia personal, porque lo siente, porque lo vive, por una vivencia íntima. Lo ha te­nido tan cerca, tan dentro de sí, que no puede du­dar de su existencia. Como el que ha tenido un do­lor de muelas; no necesita que le expliquen qué es.

Es el caso de san Pablo o de André Frossard, como dice en su libro "Dios existe, yo me lo encon­tré". Entró ateo en una iglesia y salió católico. Pero no es éste el único modo ni el más fre­cuente de conocer a Dios.

Vamos a reflexionar sobre lo que significa co­nocer a Dios por medio del entendimiento. No se trata de reducir la fe a la razón. La fe trasciende la razón, pero es razonable. Si no lo fuera, los cre­yentes seríamos unos estúpidos.

Por otra parte, ya nos lo dijo san Juan: «A Dios no lo ha visto nadie. Dios es espíritu.» Con los ojos de la cara, a Dios no se le ve. Eso no es nuevo. Eso lo sabemos de siempre. A Dios no lo ha visto nadie. A Jesucristo sí, porque Jesucristo es Dios hecho Hombre, con cuerpo de hombre; pero a Dios-Creador no lo ha visto nadie, pero esto no significa que Dios no exista.


Hay muchas cosas que existen y no se ven con los ojos de la cara. Los ojos no ven lo muy pequeño, y por eso necesitamos un microscopio; ni lo muy le­jano, y por eso nos servimos de unos prismáticos. Y, desde luego, los ojos no sirven para conocer el amor. ¿Se puede negar que existe el amor? Si sois padres de familia, tenéis amor a vuestras esposas, a vuestros hijos. Los solteros tienen amor a su no­via. ¿Quién ha visto el amor? ¿De qué color es el amor? ¿Es azul? ¿Es rojo? ¿Es verde? ¿Qué forma tiene el amor? ¿Es triangular? ¿Es cuadrado? ¿Es rectangular? Vemos personas que se aman, pero el amor no se ve. ¡Y el amor existe! Pero el amor es algo espiritual. El amor no se pesa con una ba­lanza, el amor no se mide con un metro, porque la balanza y el metro sirven para pesar y medir co­sas materiales. Existe amor y existen grados de amor. Hay quien ama mucho y hay quien ama poco.

Padre Loring


Ni el telescopio sirve para ver a Dios ni el mi­croscopio para ver a Cristo en la Eucaristía. Tam­poco el ojo capta una sinfonía de Beethoven ni el oído admira un cuadro de Velázquez. Para cada conocimiento es necesario el órgano adecuado. Los sentidos son una fuente de conocimientos, pero no son la única ni la mejor. Cuando Des­cartes dice: «pienso, luego existo» hace un razonamiento totalmente válido, aunque sea al margen de los sentidos.

Los sentidos ayudan a la inteligencia, que ope­ra con los datos que éstos le proporcionan. Los mismos sentidos se complementan mutuamente para la percepción de la realidad, pero solos no bastan.

Hay cosas que nuestros ojos no ven pero exis­ten. Así es Dios. Dios es algo espiritual a quien no vemos, pero lo vamos a conocer por el entendimiento. Y lo que conocemos por el entendimiento vale más que lo que conocemos por los ojos.

Los ojos muchas veces nos engañan. Muchas veces ves una cosa con los ojos, y parece lo que no es. Y no sólo ocurre con fantasmas sino también con cosas corrientes. Miramos la luna llena, y ¿qué vemos en el horizonte? Un gran disco rojo precioso. Los ojos, ¿qué nos dan? Un disco. Lo que nos dan los ojos es que la luna es como un plato. Sin embargo, la luna es esférica. Nosotros, mediante el estudio, sabemos que la luna es esfé­rica como una pelota. ¡Los ojos nos engañan!

Si en invierno nos asomamos de noche a con­templar el cielo estrellado, detrás del gigante Orión vemos la preciosidad de Sirio, una de las estrellas más inestables que conocemos. Pues puede que lo que estemos viendo ya no exista. Si­rio ha podido haber explotado y todavía no lo percibimos, puesto que la luz de la explosión tardará ocho años en llegar a nosotros. Está a ocho años luz. Podemos estar viéndola y que ya no exista.

Muchas veces lo que vemos con los ojos es mentira, y tenemos que usar el entendimiento para tener una noción clara de la verdad, porque los ojos pueden engañarnos. Por eso digo que cuan­do conocemos una cosa con el entendimiento tie­ne más fuerza que cuando la conocemos sólo con los ojos.

Nosotros vamos a conocer a Dios por el enten­dimiento, porque si conocemos algo mediante el entendimiento bien aplicado podemos estar seguros de que no nos equivocamos. Pongamos un ejemplo.

Si alguien me demostrara matemáticamente que el hijo es más viejo que su madre, aunque yo no supiera dónde está el fallo de la demostración, no por eso me dejaría convencer, pues mi enten­dimiento me advierte claramente que se trata de un engaño, porque yo sé que es imposible que el hijo sea mayor que su madre.

Si yo digo: «No he contado las estrellas del cie­lo, no sé cuántas hay; pero me atrevo a afirmar que el número de estrellas es... » ¡No las he contado!, pero estoy convencido de que nadie me pue­de convencer de lo contrario si afirmo que el ­mero de las estrellas es par o impar.

Claro, si no es par, es impar. Porque en vues­tro entendimiento sabéis que el número que sea, cualquiera que sea, o será par o impar. El enten­dimiento lo comprende y no hay vuelta de hoja.

Si digo: «el todo es mayor que su parte» me das la razón. Con el entendimiento caes en la cuenta de que el todo es siempre mayor que su parte. El conjunto de la humanidad es siempre mayor que parte de la humanidad. Leer un libro entero siempre es más que leer una parte del li­bro.

Estos conocimientos que adquirimos con el entendimiento bien aplicado tienen mucha más fuerza, más firmeza, más seguridad, que las cosas que vemos con los ojos. Lo comprendemos con tanta claridad y con tanta seguridad que tenemos la certeza de que nunca nadie puede convencer­nos de lo contrario.

Por lo tanto, aunque a Dios no se le ve con los ojos de la cara, no importa. Lo conocemos con el entendimiento, que tiene más fuerza todavía.

Padre Loring (de su libro "Motivos para creer")

Publicado en formato 1.0 en septiembre de 2008

viernes, 1 de agosto de 2008

Astrología (1ra parte)

La astrología es una pseudociencia heterogénea, versátil y adaptable, quizás tan antigua como el mismo género humano. Es un verdadero compendio de las artes adivinatorias, que se basa en la presunta influencia del movimiento y acción de los distintos cuerpos celestes en los actos de las personas.

Distintos cultos paganos, muchos de veces vinculados de manera más o menos sistemática con formas primitivas o elaboradas del satanismo, desarrollaron la astrología hasta convertirla en cuestión de Estado. Hoy día, en pleno siglo XXI, son numerosos los gobernantes que recurren a esta patraña idolátrica para la toma de decisiones.

Dado que se trata de un tema amplio, hemos de profundizarlo en distintos ensayos. En esta primera parte, les ofrecemos la opinión del padre Jordi Rivero, del extraordinario Centro de Evangelización de los Corazones Traspasados de Jesús y María, publicado en dicho sitio en 2004.

Introducción

La astrología es el estudio del movimiento de los cuerpos celestes con el fin de interpretar y predecir el futuro. Se trata de una forma de adivinación y no de un método científico. No se debe confundir con la ciencia de la astronomía la cual merece todo respeto.

La astrología se practicaba en varias culturas antiguas. En el mundo helenista (griego) se hizo en el siglo III a. C. una síntesis de las religiones astrales de los caldeos y los egipcios con las matemáticas y la astronomía griega. En la actualidad la astrología se encuentra en todas partes, desde la cultura tradicional hindú (astrología védica), hasta la sociedad secularizada de Occidente. Muchos no salen de sus casas sin antes consultar su signo zodiacal en el horóscopo.

La Iglesia Católica ante la astrología

Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone "desvelan" el porvenir. La consulta de horóscopo, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a mediums encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.

Catecismo de la Iglesia Católica #2116: Desde el principio los cristianos comprendieron que Jesús es el Camino, La Verdad y La Vida. Una vez encontrado, no se puede retornar a la dependencia en la superstición, en los espíritus o en las fuerzas del mundo.

San Pablo: "Mas, ahora que habéis conocido a Dios, o mejor, que él os ha conocido, ¿cómo retornáis a esos elementos sin fuerza ni valor, a los cuales queréis volver a servir de nuevo? Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años. Me hacéis temer no haya sido en vano todo mi afán por vosotros." -Gálatas 4,9-11. Se aconseja ver también Romanos 8,38; Col 1,16, 2,8-20.

Los Padres (Tertuliano, Agustín y otros) denunciaron las predicciones astrológicas, a menudo identificándolas como demoníacas. San Agustín acusó la astrología en su tratado La Ciudad de Dios, por ser un sistema fatalista que niega la libertad humana.

El influjo del Islam en la filosofía medieval europea trajo consigo algo de apertura a la astrología. El Papa Inocencio VIII condenó enérgicamente la astrología. Hubo papas (Julio II, Pablo III, León X) que permitieron el uso de signos astrológicos, pero no enseñaron falsa doctrina al respecto. La Reforma protestante estuvo dividida ante la astrología.

¿No utiliza Dios la astrología para comunicarse con nosotros?

Dios puede utilizar los astros para guiar a los que no tienen aún conocimiento de la revelación. Guió a los magos de Oriente por medio de una estrella (Cf Mat 2,1-10), pero una vez que lo encontraron ya no necesitaban depender del astro. Quien ha descubierto a Jesús ha descubierto la plenitud de la Revelación, la Sabiduría encarnada, el pastor y guía de nuestras almas, el "sol que nace de lo alto". Su luz es incomparablemente mayor que la de todos los astros. Por eso no sería justo revertirse a las antiguas prácticas.

Dios puede valerse de la naturaleza y de los astros para manifestar Su presencia o la de un mensajero (María, ángeles, santos). Por ejemplo, al morir Jesús, el sol se ocultó. (Mat. 27: 45; Mc. 15:33; Lc 23:44). En Fátima ocurrió el milagro del sol. Estos eventos, a diferencia de la astrología, corroboran o confirman un mensaje que Dios ha revelado y tienen como único propósito apuntar hacia la revelación divina. Son iniciativa de Dios y no, como en la astrología, iniciativa del hombre en busca del futuro.

Credibilidad académica

El periódico británico Telegraph (17 de agosto del 2003) informó sobre un estudio científico del horóscopo llevado a cabo con personas nacidas a principios de marzo de 1958. Muchos nacieron con una diferencia de minutos entre si. Según la astrología, deberían tener muchos rasgos en común. Los investigadores, sin embargo, descubrieron que no había evidencia de similitudes.
Los lectores del horóscopo se apropian de los vaticinios como si fuesen expresamente escritos para ellos. No se percatan de que son generalizaciones tan amplias que, tan solo por la ley de probabilidad, en algo aciertan o se puede interpretar que aciertan. Las predicciones erradas, sin embargo, se olvidan.

Nuestra sociedad, mientras se jacta de ser razonable y científica, tiene hambre por algo que pacifique la ansiedad que ocasiona un futuro incierto. No queriendo aceptar las exigencias de Cristo a renunciar al pecado y comprometerse con la verdad, se van tras el horóscopo y otras formas de astrología que les ayuda a escapar hacia las estrellas.

Padre Jordi Rivero (Estados Unidos)

Publicado en formato 1.0 en agosto de 2008

Dios Hijo fue un Embrión

El Cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos fue designado en abril de 2000 como Presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, la cual surgió por iniciativa de Juan Pablo II para mantener la unidad de la Iglesia ante el cisma de Monseñor Lefebvre. En ese año, pronunció en Roma su discurso conocido como “La medicina hoy a la luz de la Palabra de Dios”, cuya lectura completa les recomendamos desde este enlace.

En esta edición de Fides et Ratio, transcribimos un hermoso fragmento del texto para deleite de nuestros lectores.


“En ese embrión estaba la salvación de los hombres”

Tenemos que hacer violencia a nuestra mente para descubrir en el misterio del desarrollo de un embrión humano al Verbo de Dios que se hace hombre.

Apenas hoy, 2000 años después del nacimiento de Cristo, estamos en condiciones de describir todas las etapas del proceso del desarrollo del embrión, pero seguimos echando mano de la fe para comprender que el Dios que da la vida, el Creador, el Señor de todas las cosas, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de la misma naturaleza del Padre, estuvo presente en todas y cada una de las fases del desarrollo embrionario. Ese y sólo ese es el significado profundo de la frase evangélica: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".

Hace dos mil años, un óvulo fue fecundado prodigiosamente por la acción sobrenatural de Dios. ¡Qué hermosa expresión: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios"! Así, de esa maravillosa unión, resultó un zigoto con una dotación cromosómica propia. Pero en ese zigoto estaba el Verbo de Dios. En ese zigoto se encontraba la salvación de los hombres.

Unos siete días después, se produjo el adosamiento del blastocito en la mucosa del endometrio y Dios se redujo a la nada que es un embrión humano. Pero ese embrión era el Hijo de Dios y en Él estaba la salvación de los hombres.

Ese huevo alecítico se fue desarrollando paulatinamente y, a medida que progresaba la segmentación del huevo, iniciaron su diferenciación y crecimiento los esbozos de tejidos, órganos y aparatos embrionarios. Y ese huevo alecítico era el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, y en Él estaba la salvación de los hombres, de todos los hombres, de cada ser humano.

Y, todavía en el primer mes del embarazo, cuando el feto medía ya de 0,8 a 1,5 centímetros, el corazón de Dios comenzó a latir con la fuerza del corazón de María, y comenzó a utilizar el cordón umbilical para alimentarse de su Madre, la Virgen Inmaculada. [...] Todavía tendrían que trascurrir nueve meses en los que el Verbo de Dios flotó en el líquido amniótico, dentro de la placenta que le protegía del frío y del calor y le daba alimento y oxígeno, antes de nacer en Belén y ver el primer rostro humano, seguramente el de su Madre, con unos ojos recién abiertos.

Así fue como Jesucristo, llegó a ser el primogénito de toda criatura, el nuevo Adán de la nueva creación.

El Hijo de Dios redimió la creación desde la obra más maravillosa de ella, el ser humano. La redención del hombre comenzó desde un estado embrionario. Por eso, el médico católico debe pasar por esta lente para comprender su misión: el Hijo de Dios fue un zigoto, un embrión y un feto, antes de juguetear por las calles de Nazaret, predicar en las orillas del mar de Galilea, o morir crucificado en las afueras de Jerusalén. El Hijo de Dios asumió completamente y, sin rebajas, la vocación de ser hombre.
Publicado en formato 1.0 en agosto de 2008

Galileo, Lavoisier y Durham

Probablemente, una de las personas que más aportes realizó para la conciliación entre la fe y la razón haya sido el sacerdote español Mariano Artigas, fallecido en 2006, quien fue además Doctor en Física y en Filosofía. El padre Artigas fue uno de los fundadores del Grupo de Investigación sobre Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra.
Dentro de su frondosa obra, hemos seleccionado para nuestros lectores un artículo que esclarece la desfigurada visión sobre Galileo que nos ha llegado con el sesgo intencional de algunos historiadores seculares.

Introducción

A veces, los prejuicios contra la Iglesia provienen de la presunta oposición de la religión hacia la ciencia. Es interesante considerar algunos datos al respecto.

Todo el mundo ha oído hablar del caso de Galileo, casi siempre de modo deformado. Pocos saben que Lavoisier, uno de los fundadores de la química, fue guillotinado por la Revolución Francesa. Casi nadie tiene noticia de Pierre Duhem, físico importante, autor de una monumental obra de historia y filosofía de la ciencia. Y es que, cuando se habla de ciencia y fe, a mucha gente le pasan por la cabeza dos palabras: «oposición» y Galileo. Pocos piensan en «colaboración», y nadie en Duhem. Es una lástima.

Cuando hablo de Galileo en mis clases y conferencias, suelo recordar que el sabio italiano murió de muerte natural cuando tenía 78 años. Seguramente, muchos oyentes piensan que Galileo fue quemado por la Inquisición. Casi siempre, al terminar, algunos me dicen: es verdad, yo creía que a Galileo lo quemaron.

Me llamó especialmente la atención lo que me sucedió en enero de 1992. Vino a verme un sacerdote que había asistido a mi conferencia. Estaba indignado, y con razón. Nos encontrábamos en Roma, donde él trabajaba en su tesis doctoral en teología, y me preguntaba: «¿Cómo se explica que una persona como yo, que soy sacerdote católico desde hace varios años, que he estudiado en un Seminario y en una Universidad Pontificia, me entere ahora, a estas alturas, de que a Galileo no le mataron?» Y añadió: «Hace pocos días, un compañero de mi Residencia estuvo visitando el Palacio del Quirinal, y nos contó que el guía, en un momento de la visita, señaló un balcón bien visible y dijo: "desde ese balcón, el Papa hizo el gesto de poner el dedo pulgar hacia abajo, para condenar a Galileo a muerte"».





La hoguera inexistente

¿Cómo se explica todo esto? No lo sé. Es muy extraño. La verdad es que Galileo nació el martes 15 de febrero de 1564, y murió el miércoles 8 de enero de 1642, en su casa, una villa en Arcetri, cerca de Florencia. Su discípulo Viviani, que permaneció continuamente junto a él en los últimos treinta meses, cuenta que su salud estaba muy agotada: tenía una grave artritis desde los 30 años, a la que se unía «una irritación constante y casi insoportable en los párpados» y «otros achaques que trae consigo una edad tan avanzada, sobre todo cuando se ha consumido en el mucho estudio y vigilia». Añade que, a pesar de todo, seguía lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin «le asaltó una fiebre, que le fue consumiendo lentamente, y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y veinte días».


En 1633 tuvo lugar en Roma el famoso proceso contra Galileo. No fue condenado a muerte, ni nadie lo pretendió. Nadie le torturó, ni le pegó, ni le puso un dedo encima; no hubo ninguna clase de malos tratos físicos. Fue condenado a prisión y, teniendo en cuenta sus buenas disposiciones, la pena fue inmediatamente conmutada por arresto domiciliario. Desde el proceso hasta que murió, vivió en su casa. Siguió trabajando con intensidad, y publicó en esa época su obra más importante.

Tres de los diez altos dignatarios del tribunal se negaron a firmar la sentencia. El Papa nada tuvo que ver oficialmente ni con el tribunal ni con la sentencia. Desde luego, el proceso no debió producirse, y me parece lamentable. Pero los trabajos de Galileo siguieron adelante.

Por tanto, se han cumplido ya 350 años desde la muerte natural de Galileo. Estoy de acuerdo con mi oyente de Roma: parece mentira que, a estas alturas, casi todo el mundo, curas católicos incluidos, estén seriamente equivocados sobre importantes aspectos de un caso que se utiliza continuamente para atacar a la Iglesia y para afirmar, como si fuera un hecho histórico, que la religión en general y la Iglesia católica en particular siempre han estado en contra del progreso científico.

Una gran cabeza guillotinada

¿Quién sabe algo, en cambio, acerca del caso de Lavoisier, que tuvo bastante peor suerte que Galileo?

Antoine Laurent Lavoisier, nacido el 26 de agosto de 1743 en París, realizó muchos trabajos científicos importantes. En la Academia de Ciencias se publicaron más de 60 comunicaciones suyas. Fue uno de los protagonistas principales de la revolución científica que condujo a la consolidación de la química, por lo que se le considera, con frecuencia, como el padre de la química moderna.

Su gran pecado consistió en trabajar en el cobro de las contribuciones. Por este motivo, fue arrestado en 1793. Importantes personajes hicieron todo lo que pudieron para salvarle. Parece que Halle expuso al tribunal todos los trabajos que había realizado Lavoisier, y se dice que, a continuación, el presidente del tribunal pronunció una famosa frase: «La República no necesita sabios». Lavoisier fue guillotinado el 8 de mayo de 1794, cuando tenía 51 años. Joseph Louis Lagrange, destacado matemático cuyo apellido es bien conocido por todos los matemáticos y físicos dijo al día siguiente: «Ha bastado un instante para segar su cabeza; habrán de pasar cien años antes de que nazca otra igual».

Evidentemente, Lavoisier no fue guillotinado por la fe. Y no estoy empeñado en atacar a la Revolución, ni a la República, ni a nadie. Simplemente, me sorprende mucho que exista tanta desproporción entre lo que llega a la opinión pública acerca de los casos de Galileo y de Lavoisier.

En este vida se dan curiosas coincidencias. Cuando acababa de escribir el párrafo anterior, vino a verme un amigo, profesor de biología y buen católico. Comentamos lo que yo estaba escribiendo y me dijo que un colega suyo de otro país le había comentado poco tiempo antes: «¿Eres biólogo y católico a la vez?, ¡qué raro! ¡es el primer caso que conozco!».

El sucedido viene como anillo al dedo. Resulta un poco extraño, pero es real. Probablemente, por motivos que los historiadores y sociólogos podrían investigar, durante mucho tiempo se ha pensado, en muchos ambientes, que la ciencia y la religión son cosas opuestas. La verdad es que eso no es verdad. Los grandes pioneros de la ciencia moderna eran cristianos. Galileo siempre fue católico. Entre los científicos de todas las épocas no son pocos los cristianos convencidos. En la actualidad, los científicos no creyentes suelen reconocer que su agnosticismo no tiene nada que ver con la ciencia, y que no existe ninguna dificultad objetiva para ser buen científico y buen cristiano a la vez.




Duhem: físico, filósofo, historiador y católico


Esto nos lleva de la mano al caso de Duhem. Se trata de un personaje muy conocido, aunque no siempre bien interpretado, en el ámbito de la filosofía de la ciencia, y totalmente desconocido para la opinión pública. Sin embargo, vale la pena saber qué hizo.

Pierre Duhem fue un físico francés de gran talla intelectual. Nació en 1861 y murió en 1916. La lista de sus artículos y libros ocupa 17 páginas de un libro de buen tamaño. Escribió mucho sobre temas científicos muy especializados, y también se ocupó de filosofía e historia de la ciencia. Algunas de sus obras son libros en varios volúmenes, y una de ellas tiene 10 volúmenes de 500 páginas cada uno. Sin duda, fue uno de los físicos más importantes de su época. Fue un católico convencido y llevó una vida realmente ejemplar en todos los aspectos.

Que yo sepa, ninguna obra de Duhem, al menos de las más importantes, está traducida al castellano. Hay, en cambio, algunas traducidas a otros idiomas; incluso una de ellas, «La teoría física», fue traducida al alemán dos años después de su aparición, con un prefacio muy favorable de Ernst Mach, otro importante físico-filósofo, cuyas ideas tenían poco de católico.
Duhem es el pionero de los estudios históricos acerca de la ciencia medieval, tema que tiene una importancia cada vez mayor en la actualidad. Este es el aspecto en el que me voy a detener.
Duhem era un trabajador infatigable que, a pesar de su gran talla, no llegó a ser profesor en París, quizá debido a obstáculos ideológicos. Esto le permitió trabajar mucho por su cuenta. Estaba interesado en la historia de la ciencia y se puso a investigar en el pasado. Ante su sorpresa, fue encontrando en los archivos franceses muchos manuscritos antiguos nunca publicados, que arrojaban nuevas luces acerca del nacimiento de la ciencia moderna.

Según el cliché generalmente admitido, la ciencia moderna parecía haber nacido en el siglo XVII prácticamente de la nada. La Edad Media habría sido una época oscurantista, dominada por la teología y enemiga de la ciencia. El nacimiento de la ciencia moderna se habría producido sólo cuando el librepensamiento se emancipó de la Iglesia y de la teología. Pues bien, Duhem encontró una documentación abundantísima que deshacía ese cliché, y la fue publicando, comentada, en los 10 grandes tomos de su obra «El sistema del mundo».




Para comprender la situación, conviene tener en cuenta que la imprenta no existió hasta el siglo XVI. Las obras anteriores, y por lo tanto, las obras de los medievales, eran manuscritos. Cuando se descubrió la imprenta, muchos manuscritos quedaron en el olvido de los archivos. Los pioneros de la nueva ciencia no se preocuparon de señalar sus deudas intelectuales con los autores anteriores, sino más bien de subrayar la novedad de sus trabajos. La Edad Media quedó en la penumbra.

Duhem trabajó directamente con muchos manuscritos medievales inéditos. Su trabajo le llevó al convencimiento de que la Edad Media, especialmente en la Universidad de París, pero también en la de Oxford y en otros centros intelectuales, fue una época en la que paulatinamente se fueron desarrollando los conceptos que permitieron el nacimiento sistemático de la ciencia experimental moderna en el siglo XVII.


La matriz cultural cristiana

Los trabajos de Duhem abrieron un enorme campo de investigación que ha sido continuado por importantes historiadores de todo tipo de países e ideologías.

Uno de ellos es Stanley Jaki. Nacido en Hungría en 1924, se estableció en los Estados Unidos en 1951. Es doctor en física y en teología, profesor de la Universidad de Seton Hall (Nueva Jersey), y ha sido invitado a dar cursos en las Universidades de Edimburgo, Oxford, Princeton, Sidney y otras muchas de todo el mundo. Ha publicado cerca de 30 libros sobre las relaciones de la ciencia con la filosofía y la cultura. En 1987 recibió de manos del príncipe Felipe de Gran Bretaña el premio Templeton, como reconocimiento a sus publicaciones.

Jaki escribió la primera biografía amplia sobre Pierre Duhem, que fue publicada en 1984 por la Editorial Nijhoff de La Haya. Ha continuado y ampliado los trabajos de Duhem sobre el nacimiento de la ciencia moderna y sus relaciones con la religión.

Jaki afirma que en las grandes culturas de la antigüedad (Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, India, China, etc.), la ciencia experimental no encontró un terreno propicio. Más bien, los escasos intentos de nacimiento acabaron en sucesivos abortos. Un factor determinante fue que en esas culturas se representaba la naturaleza como sometida a unas divinidades caprichosas, o se pensaba en ella de modo panteísta. Jaki examina estos problemas desde el punto de vista histórico y concluye que el nacimiento de la ciencia moderna sólo fue posible en la Europa cristiana, cuando se llegó a dar lo que llama la «matriz cultural cristiana».

Esa matriz cultural incluía la creencia en un Dios personal creador, que ha creado libremente el mundo. Porque la creación es libre, el mundo es contingente, y sólo lo podemos conocer si lo estudiamos con ayuda de la observación y la experimentación. Porque Dios es infinitamente sabio, el mundo es racional y sigue leyes; como afirma repetidamente la revelación cristiana, el mundo está lleno de orden. Porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, el hombre participa de la inteligencia divina y es capaz de conocer el mundo.

De hecho, es fácil comprobar que los grandes pioneros de la ciencia moderna compartían estas convicciones, que las tenían porque eran cristianos y vivían dentro de una matriz cultural cristiana, y que en algunos casos ellos mismos afirmaron la importancia que esas ideas tenían para su trabajo científico.

Por ejemplo, Kepler hizo muchos intentos durante años hasta que encontró sus famosas leyes, convencido de que tenían que existir en un universo creado por la sabiduría divina, y que tenían que estar de acuerdo con los datos observacionales establecidos por el astrónomo danés Tycho Brahe.

Desde luego, no basta ser cristiano para hacer ciencia; la ciencia se hace con matemáticas y experimentos. Pero la ciencia moderna nació y se ha desarrollado durante siglos en un occidente cristiano que le ha proporcionado una matriz adecuada.

Comprendo que estas afirmaciones puedan extrañar a algunos. Las obras de Duhem, las de Jaki y otros autores semejantes, no suelen estar traducidas al castellanos. Además, durante mucho tiempo se ha presentado a la ciencia como si estuviera en perpetua lucha con la religión, aunque esto no se corresponda con la realidad. Pero si algo nos enseña la ciencia es a atenernos a los hechos y a superar los prejuicios.


El compromiso personal

Llegamos, por fin, a una tercera diferencia entre la fe y la razón. En concreto, las verdades de la fe cristiana comprometen seriamente la vida personal, el modo de comportarse.

Quizás sea ésta la dificultad principal que experimentamos frente a las verdades de la fe. El cristianismo no es una simple teoría, sino algo que afecta directamente a la vida.

Los primeros cristianos que vivían en un mundo pagano, cuando se convertían al cristianismo se veían obligados a cambiar no pocas de sus costumbres. Y lo hacían.

No puede extrañar que en la actualidad suceda algo semejante. En realidad, siempre ha sido así. Ser buen cristiano siempre ha supuesto un esfuerzo serio. No es compatible con una vida fácil. Exige obrar en conciencia y, con frecuencia, ir contra corriente. Jesucristo lo advirtió con gran claridad en varias ocasiones. Pero sigue siendo cierto lo que Él prometió: quien pierda su vida por amor suyo, la encontrará, y quien le siga de cerca tendrá el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna.

El amor auténtico, la rectitud de corazón, la generosidad, llevan consigo ciertos sacrificios. Pero se consiguen bienes muy superiores, que son los únicos que llenan realmente la vida humana. El conocimiento profundo de la fe cristiana reserva muchas sorpresas agradables. Y no es tan difícil. Si pusiéramos en este asunto un poco del esfuerzo que dedicamos con toda naturalidad a muchas cosas que tienen una importancia mucho menor, comprobaríamos que vale la pena de verdad.

La Cantidad de Estrellas del Cielo

¿Cuál es la cantidad de estrellas del universo? Esta pregunta puede ser interpretada desde la poesía o desde la ciencia, pero también desde la maravillosa mirada de la Fe.

Hacia la segunda mitad del siglo II, Claudio Ptolomeo describió un total de 1 022 estrellas en su obra “El gran libro”, más conocido por su nombre árabe Almagest. Más allá de los estudios efectuados de otras civilizaciones antiguas, a partir del siglo XVI los astrónomos incorporaron en forma sucesiva nuevos astros a los catálogos.

En realidad, en un cielo claro, el ojo humano puede ver, si sumamos ambos hemisferios, un total de diez mil estrellas de diferente magnitud en la bóveda celeste. Con un par de prismáticos clásicos, ese número se multiplica varias veces. Si incrementamos de manera creciente el recurso tecnológico e incluimos el telescopio óptico, los grandes observatorios, los radiotelescopios y los telescopios espaciales, las cifras superan nuestra capacidad de asombro.

Sin embargo, hace varios milenios que conocemos esta cantidad, a partir de una fuente de información notable y pocas veces apreciada: la Sagrada Biblia. Así, en referencia a los descendientes de Abraham, el Antiguo Testamento compara ese gran número y sostiene que «multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar» (Génesis 22,17).

Esta analogía, que parece puramente literaria, resulta sorprendentemente exacta. Se estima, de acuerdo con los cálculos actuales, que tanto el número de granos de arena de las orillas de los océanos, como el número de estrellas del universo conocido es de 1022, esto es, de diez mil trillones en nuestro sistema de numeración.

La historicidad y magnificencia de las Escrituras se pone de relieve una y otra vez, cada vez que recorremos la riqueza de sus palabras.