sábado, 1 de septiembre de 2007

Don Bosco y la Visión del Infierno


Uno de los grandes santos de nuestro tiempo, San Juan Bosco, gozaba de don profético. Fueron numerosas las visiones que sus biógrafos han consignado por medio de sueños, siendo acaso una de las más impactantes aquellas sobre el infierno. Relatamos a continuación una visión de mayo de 1860 que resulta intensamente aleccionadora.

En la noche del domingo tres de mayo, festividad del Patrocinio de San José, Don Bosco prosiguió el relato de cuanto había visto en los sueños:


— Debo contarles otra cosa — comenzó diciendo— que puede considerarse como consecuencia o continuación de cuanto les referí en las noches del jueves y del viernes, que me dejaron tan quebrantado que apenas si me podía tener en pie. Ustedes las pueden llamar sueños o como quieran; en suma, le pueden dar el nombre que les parezca.


Les hablé de un sapo espantoso que en la noche del 17 de abril amenazaba tragarme y cómo al desaparecer, una voz me dijo: — ¿Por qué no hablas? —Yo me volví hacia el lugar de donde había partido la voz y vi junto mi lecho a un personaje distinguido. Como hubiese entendido el motivo de aquel reproche, le pregunté: — ¿Qué debo decir a nuestros jóvenes?



— Lo que has visto y cuanto se te ha indicado en los últimos sueños y lo que deseas conocer, que te será revelado la noche próxima. Y se retiró. Yo, pues, al día siguiente pensaba continuamente en la mala noche que tendría que pasar y al llegar la hora no me determinaba a irme a acostar. Y así estuve en mi mesa de trabajo entretenido en algunas lecturas hasta la medianoche. Me llenaba de terror la idea de tener que contemplar nuevos espectáculos espantosos. Al fin, haciéndome violencia, me acosté.

Para no dormirme tan pronto, y por temor a que la imaginación me enfrascara en los sueños acostumbrados, dispuse la almohada de tal forma que estaba en el lecho casi sentado. Pero pronto, cansado como estaba, me dormí sin darme cuenta. Y he aquí que de pronto veo en la habitación, cerca de la cama, al hombre de la noche precedente, el cual me dijo:
—¡Levántate y vente conmigo! Yo le contesté: —Se lo pido por caridad. Déjeme tranquilo, estoy cansado. ¡Mire! Hace varios días que sufro de dolor de muelas. Déjeme descansar. He tenido unos sueños, espantosos y estoy verdaderamente agotado. Y decía estas cosas porque la aparición de este hombre es siempre indicio de grandes agitaciones, de cansancio y de terror. El tal me respondió: —¡Levántate, que no hay tiempo que perder! Entonces me levanté y lo seguí.
Mientras caminábamos le pregunté: —¿Adonde quiere llevarme ahora? —Ven y lo verás. Y me condujo a un lugar en el cual se extendía una amplia llanura. Dirigí la mirada a mi alrededor, pero aquella región era tan grande que no se distinguían los confines de la misma. Era un vasto desierto. No se veía ni un alma viviente, ni una planta, ni un riachuelo; un poco de vegetación seca y amarillenta daba a aquella desolación un aspecto de tristeza. No sabía ni dónde me encontraba, ni qué era lo que iba a hacer. Durante unos instantes no vi a mi guía. Me pareció haberme perdido. No estaban conmigo ni Don Rua ni Don Francesia ni ningún otro.

Cuando he aquí que diviso a mi amigo que me sale al encuentro. Respiré y dije: — ¿Dónde estoy? —Ven conmigo y lo sabrás. —Bien; iré contigo. El iba delante y yo le seguía sin chistar. Después de un largo y triste viaje, San Juan Bosco, al pensar que tenía que atravesar una tan dilatada llanura pensaba para sí: —¡Ay mis pobres muelas! Pobre de mí, con las piernas tan hinchadas... Pero, de pronto, se abrió ante mí un camino. Entonces interrumpí el silencio preguntando a mi guía: —¿Adonde vamos a ir ahora? —Por aquí— me dijo. Y penetramos por aquel camino. Era una senda hermosa, ancha, espaciosa y bien pavimentada. De un lado y de otro la flanqueaban dos magníficos setos verdes cubiertos de hermosas flores. En especial despuntaban las rosas entre las hojas por todas partes. Aquel sendero, a primera vista, parecía llano y cómodo, y yo me eché a andar por él sin sospechar nada. Pero después de caminar un trecho me di cuenta de que insensiblemente se iba haciendo cuesta abajo y aunque la marcha no parecía precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ir por el aire. Incluso noté que avanzaba casi sin mover los pies.

Nuestra marcha era, pues, veloz. Pensando entonces que el volver atrás por un camino semejante hubiera sido cosa fatigosa y cansada, dije a mi amigo: —¿Cómo haremos para regresar al Oratorio? —No te preocupes —me dijo—, el Señor es omnipotente y querrá que vuelvas a él. El que te conduce y te enseña a proseguir adelante, sabrá también llevarte hacia atrás. El camino descendía cada vez más. Proseguíamos la marcha entre las flores y las rosas cuando vi que me seguían por el mismo sendero todos los jóvenes del Oratorio y otros numerosísimos compañeros a los cuales ya jamás había visto. Pronto me encontré en medio de ellos. Mientras los observaba veo que de repente, ora uno, ora otro, comienzan a caer al suelo, siendo arrastrados por una fuerza invisible que los llevaba hacia una horrible pendiente que se veía aún en lontananza y que conducía a aquellos infelices de cabeza a un horno. —¿Qué es lo que hace caer a estos jóvenes?— pregunté al guía. —Acércate un poco— me respondió. Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban al ras del suelo y otros a la altura de la cabeza; estos lazos no se veían. Por tanto, muchos de los muchachos al andar quedaban presos por aquellos lazos, sin darse cuenta del peligro, y en el momento de caer en ellos daban un salto y después rodaban al suelo con las piernas en alto y cuando se levantaban corrían precipitadamente hacia el abismo. Algunos quedaban presos, prendidos por la cabeza, por una pierna, por el cuello, por las manos, por un brazo, por la cintura, e inmediatamente eran lanzados hacia la pendiente.

Los lazos colocados en el suelo parecían de estopa, apenas visibles, semejantes a los hilos de la araña y, al parecer, inofensivos. Y con todo, pude observar que los jóvenes por ellos prendidos caían a tierra. Yo estaba atónito, y el guía me dijo: —¿Sabes qué es esto? —Un poco de estopa— respondí. —Te diría que no es nada —añadió—; el respeto humano, simplemente. Entretanto, al ver que eran muchos los que continuaban cayendo en aquellos lazos, le pregunté al desconocido: —¿Cómo es que son tantos los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Qué es lo que los arrastra de esa manera? Y él: —Acércate más; obsérvalo bien y lo verás. Lo hice y añadí: —Yo no veo nada. —Mira mejor— me dijo el guía. Tomé, en efecto, uno de aquellos lazos en la mano y pude comprobar que no daba con el otro extremo; por el contrario, me di cuenta de que yo también era arrastrado por él. Entonces seguí la dirección del hilo y llegué a la boca de una espantosa caverna. Y me detuve porque no quería penetrar en aquella vorágine y tiré hacia mí de aquel hilo y noté que cedía, pero había que hacer mucha fuerza. Y he aquí que después de haber tirado mucho, salió fuera, poco a poco, un horrible monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente cogido con sus garras la extremidad de una cuerda a la que estaban ligados todos aquellos hilos. Era este monstruo quien apenas caía uno en aquellas redes lo arrastraba inmediatamente hacia sí. Entonces me dije: —Es inútil intentar hacer frente a la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será mejor combatirlo con la señal de la Santa Cruz y con jaculatorias.

Me volví, por tanto, junto a mi guía, el cual me dijo: —¿Sabes ya quién es? —¡Oh, sí que lo sé!, —le respondí—. Es el Demonio quien tiende estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el infierno. Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba escrito su propio título: el lazo de la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del sexto mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de la ira, etc. Hecho esto me eché un poco hacia atrás para ver cuál de aquellos lazos era el que causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude comprobar que era el de la deshonestidad (impureza), la desobediencia y la soberbia. A este último iban atados otros dos. Después de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos, pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de observación vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velocidad que los demás. Y pregunté: —¿Por qué esta diferencia? —Porque son arrastrados por los lazos del respeto humano— me fue respondido. Mirando aún con mayor atención vi que entre aquellos lazos había esparcidos muchos cuchillos, que manejados por una mano providencial cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Otro cuchillo, también muy grande, pero no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual bien hecha. Había también dos espadas. Una de ellas representaba la devoción al Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión frecuente; otra, la devoción a la Virgen María. Había, además, un martillo: la confesión; y otros cuchillos símbolos de las varias devociones a San José, a San Luis, etc., etc.

Con estas armas no pocos rompían los lazos al quedar prendidos en ellos, o se defendían para no ser víctimas de los mismos. En efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre aquellos lazos de forma que jamás quedaban presos en ellos; bien lo hacían antes de que el lazo estuviese tendido, y si lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de forma que les caía sobre los hombros, o sobre las espaldas, o en otro lado diferente sin lograr capturarlos. Cuando el guía se dio cuenta de que lo había observado todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero a medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada vez más raras, empezando a aparecer punzantes espinas. Finalmente, por mucho que me fijé no descubrí ni una rosa y, en el último tramo, el seto se había tornado completamente espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas; después, de los matorrales ralos y secos, partían ramajes que al tenderse por el suelo lo cubrían, sembrándolo de espinas de tal forma que difícilmente se podía caminar. Habíamos llegado a una hondonada cuyos acantilados ocultaban todas las regiones circundantes; y el camino, que descendía cada vez de una manera más pronunciada, se hacía tan horrible, tan poco firme y tan lleno de baches, de salientes, de guijarros y de piedras rodadas, que dificultaba cada vez más la marcha. Había perdido ya de vista a todos mis jóvenes; muchísimos de ellos habían logrado salir de aquella senda insidiosa, dirigiéndose por otros atajos.

Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba más áspera era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba, cayendo al suelo, donde permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos de las piernas. Entonces dije anhelante a mí guía: —Querido, las piernas se niegan a sostenerme. Me encuentro tan falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino. Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas. Consideraba también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto, exclamando: —Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después esta subida! Y el guía me contestó resueltamente: —Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte solo? Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante: —¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje? —Pues bien, sigúeme— añadió el guía. Me levanté y continuamos bajando.

El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran altas como una montaña y más aún. San Juan Bosco preguntó al guía: — ¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto? —Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta —me respondió— , y la inscripción te hará comprender dónde estamos. Miré y sobre la puerta se leía: Ubi non est redemptio. Me di cuenta de que estábamos a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una regular distancia, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente. Discedite, maledicti, in ignem aeternum qui paratus est diabolo et angelis eius... Omnis arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur.

Yo saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: —¡Detente! ¿Qué haces? —Voy a tomar nota de esas inscripciones. —No hace falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos. Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio, pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos llevado hasta entonces. Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: —¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento y los brazos tendidos hacia adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle un mayor impulso en la carrera. —Corramos, detengámoslo, ayudémosle— gritaba yo tendiendo las manos hacia él. Y el guía: —No; déjalo. —¿Y por qué no puedo detenerlo? —¿No sabes lo tremenda que es la venganza de Dios? ¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor? Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos si la ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino, como si no hubiese encontrado en su huida otra solución que ir a dar contra aquella puerta de bronce. —¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?, — pregunte yo—. —Porque la ira de Dios traspasa todas las puertas del infierno e irá a atormentarle aún en medio del fuego.

En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras puertas impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo. Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una delante de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella se elevaban numerosos globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me tomó del brazo y me dijo: —Detente —me ordenó— y observa de nuevo. Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a tres jóvenes de nuestras casas que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno detrás del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. San Juan Bosco al instante conoció a los tres. Y la puerta se abrió y después de ella las otras mil; los jóvenes fueron empujados a aquella larguísima galería, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron y las puertas se cerraron.

Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en cuando... Vi precipitarse en el infierno a un pobrecillo impulsado por los empujones de un pérfido compañero. Otros caían solos, otros acompañados; otros tomados del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte. —He aquí las causas principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi guía—: los compañeros, las malas lecturas y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio. Al ver caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación: —Entonces es inútil que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas? Y el guía me contestó: —Este es el estado actual en que se encuentran y si mueren en él vendrán a parar aquí sin remedio. —¡Oh, déjame anotar los nombres para que yo les pueda avisar y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso! —¿Y crees tú que algunos se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les impresionará; después no harán caso, diciendo: se trata de un sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera espontánea y meritoria, porque no proceden rectamente.

Otros se confesarán por un temor pasajero a caer en el infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado. —¿Entonces para estos desgraciados no hay remisión? Dame algún aviso para que puedan salvarse. —Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Entretanto, como se precipitase al abismo un nuevo grupo de jóvenes, las puertas permanecieron abiertas durante un instante y: —Entra tú también— me dijo el guía. Yo me eché atrás horrorizado. Estaba impaciente por regresar al Oratorio para avisar a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para que no siguieran rodando hacia la perdición. Pero el guía me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más de una cosa. Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado? Esto me lo dijo para que yo reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y al mismo tiempo la necesidad de su benévola asistencia; a lo que contesté: —¿Me he de quedar solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino del retorno? Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por el juicio y yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo.

Después exclamé resueltamente: —¡Entremos, pues! Y penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con luz velada una inscripción amenazadora. Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una rústica portezuela, cuyas hojas eran de un grosor como jamás había visto y encima de la cual se leía esta inscripción: Ibunt impii in ignem aeternum. Los muros en todo su perímetro estaban recubiertos de inscripciones. Yo pedí a mi guía permiso para leerlas y éste me contestó: —Haz como te plazca. Entonces lo examiné todo. En cierto sitio vi escrito lo siguiente: Dabo ignem in carnes eorum ut comburantur in sempiternum. Cruciabuntur die ac nocte in saecula saeculorum. Y en otro lugar: Hic univérsitas malorum per omnia saecula saeculorum. En otros: Nullus est hic ordo, sed horror sempiternus inhabitat.Fumus tormentorum suorum in aeternum ascendit. —Non est pax impiis.Clamor et stridor dentium. Mientras yo daba la vuelta alrededor de los muros leyendo estas inscripciones, el guía, que se había quedado en el centro del patio, se acercó a mí y me dijo: —Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola: hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar? —Quiero ver solamente— respondí. —Ven, pues, conmigo— añadió el amigo, y tomándome de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la abrió. Esta ponía en comunicación con un corredor en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una larga ventana con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta la bóveda y a través del cual se podía mirar dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me detuve preso de un terror indescriptible. Vi ante mis ojos una especie de caverna inmensa que se perdía en las profundidades cavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con sus llamas movibles, sino de una forma tal que todo lo dejaba incandescente y blanco a causa de la elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje, piedras, madera, carbón; todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calores millares y millares de veces al fuego de la tierra sin consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba.

Me sería imposible describir esta caverna en toda su espantosa realidad. Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar con indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta de nada, lanzando un grito agudísimo, como quien estaba para caer en un lago de bronce hecho líquido, y que precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la caverna y queda inmóvil, mientras que por un momento resonaba en el ambiente el eco de su voz mortecina. Lleno de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos. —Pero ¿este no es uno de mis jóvenes?, —pregunté al guía—. ¿No es fulano? —Sí, sí— me respondió. —¿Y por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse? Y él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no debes hablar; observa y verás. Por lo demás omnis enim igne salietur et omnis victima sale salietur. Apenas si había vuelto la cara y he aquí otro joven con una furia desesperada y a grandísima velocidad que corre y se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó un grito de dolor y su voz se confundió con el último murmullo del grito del que había caído antes.
Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue en aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero se había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra.
Algunos tenían los pies por alto, otros el rostro pegado al suelo. Quiénes estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie o de una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o tirados; unos apoyados sobre un lado, otros de pie o de rodillas, con las manos entre los cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en posiciones muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte me eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de lo que dice la Biblia, que según se cae la primera vez en el infierno así se permanecerá para siempre: Lignum, in quocumque loco cecíderit, ibi erit. Al notar que aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía: —¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta que vienen a parar aquí? —¡Oh!, sí que saben que van al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo voluntariamente al no detestar el pecado y al no quererlo abandonar, al despreciar y rechazar la Misericordia de Dios que los llama a penitencia, y, por tanto, la justicia Divina, al ser provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue y no se pueden parar hasta llegar a este lugar. —¡Oh, qué terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!—, exclamé. —¿Quieres conocer la furia íntima y el frenesí de sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el guía.

Di algunos pasos hacia adelante y acercándome a la ventana vi que muchos de aquellos miserables se propinaban mutuamente tremendos golpes, causándose terribles heridas, que se mordían como perros rabiosos; otros se arañaban el rostro, se destrozaban las manos, se arrancaban las carnes arrojando con despecho los pedazos por el aire. Entonces toda la cobertura de aquella cueva se había trocado como de cristal a través del cual se divisaba un trozo de cielo y las figuras luminosas de los compañeros que se habían salvado para siempre. Y aquellos condenados rechinaban los dientes de feroz envidia, respirando afanosamente, porque en vida hicieron a los justos blanco de sus burlas. Yo pregunté al guía: —Dime, ¿por qué no oigo ninguna voz? —Acércate más— me gritó. Me aproximé al cristal de la ventana y oí cómo unos gritaban y lloraban entre horribles contorsiones; otros blasfemaban e imprecaban a los Santos. Era un tumulto de voces y de gritos estridentes y confusos que me indujo a preguntar a mi amigo: —¿Qué es lo que dicen? ¿Qué es lo que gritan? Y él: —Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se ven obligados a confesar: Nos insensatii vitam illorum aestimabamus insaniam et finem illorum sine honore. Ecce quómodo computati sunt ínter filios Dei et ínter sanctos sors illorum est. Ergo errávimus a via veritatis. Por eso gritan: Lassati sumus in via iniquitatis et perditionis. Erravimus per vias difficiles, viam autem Domini ignoravimus. Quid nobis profuit superbia? Transierunt omnia illa tamquam umbra. Estos son los cánticos lúgubres que resonarán aquí por toda la eternidad. Pero gritos, esfuerzos, llantos son ya completamente inútiles. Omnis dolor irruet super eos! Aquí no cuenta el tiempo, aquí sólo impera la eternidad. Mientras lleno de horror contemplaba el estado de muchos de mis jóvenes, de pronto una idea floreció en mi mente. —¿Cómo es posible —dije— que los que se encuentran aquí estén todos condenados? Esos jóvenes, ayer por la noche estaban aún vivos en el Oratorio. Y el guía me contestó:

—Todos ésos que ves ahí son los que han muerto a la gracia de Dios y si les sorprendiera la muerte y si continuasen obrando como al presente, se condenarían. Pero no perdamos tiempo, prosigamos adelante. Y me alejó de aquel lugar por un corredor que descendía a un profundo subterráneo conduciendo a otro aún más bajo, a cuya entrada se leían estas palabras: Vermis eorum non moritur, et ignis non extinguitur... Dabit Dominus omnipotens ignem et vermes in carnes eorum, ut urantur et sentiant usque in sempiternum. Aquí se veían los atroces remordimientos de los que fueron educados en nuestras casas. El recuerdo de todos y cada uno de los pecados no perdonados y de la justa condenación; de haber tenido mil medios y muchos extraordinarios para convertirse al Señor, para perseverar en el bien, para ganarse el Paraíso. El recuerdo de tantas gracias y promesas concedidas y hechas a María Santísima y no correspondidas. ¡El haberse podido salvar a costa de un pequeño sacrificio y, en cambio, estar condenado para siempre! ¡Recordar tantos buenos propósitos hechos y no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones completamente ineficaces está lleno el infierno, dice el proverbio. Y allí volví a contemplar a todos los jóvenes del Oratorio que había visto poco antes en el horno, algunos de los cuales me están escuchando ahora, otros estuvieron aquí con nosotros y a otros muchos no los conocía. Me adelanté y observé que todos estaban cubiertos de gusanos y de asquerosos insectos que les devoraban y consumían el corazón, los ojos, las manos, las piernas, los brazos y todos los miembros, dejándolos en un estado tan miserable que no encuentro palabras para describirlo.

Aquellos desgraciados permanecían inmóviles, expuestos a toda suerte de molestias, sin poderse defender de ellas en modo alguno. Yo avancé un poco más, acercándome para que me viesen, con la esperanza de poderles hablar y de que me dijesen algo, pero ellos no solamente no me hablaron sino que ni siquiera me miraron. Pregunté entonces al guía la causa de esto y me fue respondido que en el otro mundo no existe libertad alguna para los condenados: cada uno soporta allí todo el peso del castigo de Dios sin variación alguna de estado y no puede ser de otra manera. Y añadió: —Ahora es necesario que desciendas tú a esa región de fuego que acabas de contemplar. —¡No, no!, —repliqué aterrado—. Para ir al infierno es necesario pasar antes por el juicio, y yo no he sido juzgado aún. ¡Por tanto no quiero ir al infierno! —Dime —observó mi amigo—, ¿te parece mejor ir al infierno y libertar a tus jóvenes o permanecer fuera de él abandonándolos en medio de tantos tormentos? Desconcertado con esta propuesta, respondí: —¡Oh, yo amo mucho a mis queridos jóvenes y deseo que todos se salven! ¿Pero, no podríamos hacer de manera que no tuviésemos que ir a ese lugar de tormento ni yo ni los demás? —Bien —contestó mi amigo—, aún estás a tiempo, como también lo están ellos, con tal que tú hagas cuanto puedas. Mi corazón se ensanchó al escuchar tales palabras y me dije inmediatamente: Poco importa el trabajo con tal de poder librar a mis queridos hijos de tantos tormentos. —Ven, pues —continuó mi guía—, y observa una prueba de la bondad y de la Misericordia de Dios, que pone en juego mil medios para inducir a penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte eterna. Y tomándome de la mano me introdujo en la caverna. Apenas puse el pie en ella me encontré de improviso transportado a una sala magnífica con puertas de cristal. Sobre ésta, a regular distancia, pendían unos largos velos que cubrían otros tantos departamentos que comunicaban con la caverna.

El guía me señaló uno de aquellos velos sobre el cual se veía escrito: Sexto Mandamiento; y exclamó: —La falta contra este Mandamiento: he aquí la causa de la ruina eterna de tantos jóvenes. —Pero ¿no se han confesado? —Se han confesado, pero las culpas contra la bella virtud las han confesado mal o las han callado de propósito. Por ejemplo: uno, que cometió cuatro o cinco pecados de esta clase, dijo que sólo había faltado dos o tres veces. Hay algunos que cometieron un pecado impuro en la niñez y sintieron siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal o no lo dijeron todo. Otros no tuvieron el dolor o el propósito suficiente. Incluso algunos, en lugar de hacer el examen, estudiaron la manera de engañar al confesor. Y el que muere con tal resolución lo único que consigue es contarse en el número de los réprobos por toda la eternidad. Solamente los que, arrepentidos de corazón, mueren con la esperanza de la eterna salvación, serán eternamente felices. ¿Quieres ver ahora por qué te ha conducido hasta aquí la Misericordia de Dios? Levantó un velo y vi un grupo de jóvenes del Oratorio, todos los cuales me eran conocidos, que habían sido condenados por esta culpa. Entre ellos había algunos que ahora, en apariencia, observan buena conducta. —Al menos ahora —le supliqué— me dejarás escribir los nombres de esos jóvenes para poder avisarles en particular. —No hace falta— me respondió. —Entonces, ¿qué les debo decir? —Predica siempre y en todas partes contra la inmodestia. Basta avisarles de una manera general y no olvides que aunque lo hicieras particularmente, te harían mil promesas, pero no siempre sinceramente. Para conseguir un propósito decidido se necesita la gracia de Dios, la cual no faltará nunca a tus jóvenes si ellos se la piden.

Dios es tan bueno que manifiesta especialmente su poder en el compadecer y en perdonar. Oración y sacrificio, pues, por tu parte. Y los jóvenes que escuchen tus amonestaciones y enseñanzas, que pregunten a sus conciencias y éstas les dirán lo que deben hacer. Y seguidamente continuó hablando por espacio de casi media hora sobre las condiciones necesarias para hacer una buena confesión. El guía repitió después varias veces en voz alta: —Avertere!... Avertere!... —¿Qué quiere decir eso? —¡Que cambien de vida!... ¡Que cambien de vida!... Yo, confundido ante esta revelación, incliné la cabeza y estaba para retirarme cuando el desconocido me volvió a llamar y me dijo: —Todavía no lo has visto todo. Y volviéndose hacia otra parte levantó otro gran velo sobre el cual estaba escrito: Qui volunt díuites fieri, íncidunt in tentationem et láqueum diáboli. Leí esta sentencia y dije: —Esto no interesa a mis jóvenes, porque son pobres, como yo; nosotros no somos ricos ni buscamos las riquezas. ¡Ni siquiera nos pasa por la imaginación semejante deseo!

Al correr el velo vi al fondo cierto número de jóvenes, todos conocidos, que sufrían como los primeros que contemplé, y el guía me contestó: —Sí, también interesa esa sentencia a tus muchachos. —Explícame entonces el significado del término divites. Y él: —Por ejemplo, algunos de tus jóvenes tienen el corazón apegado a un objeto material, de forma que este afecto desordenado le aparta del amor a Dios, faltando, por tanto, a la piedad y a la mansedumbre. No sólo se puede pervertir el corazón con el uso de las riquezas, sino también con el deseo inmoderado de las mismas, tanto más si este deseo va contra la virtud de la justicia. Tus jóvenes son pobres, pero has de saber que la gula y el ocio son malos consejeros. Hay algunos que en el propio pueblo se hicieron culpables de hurtos considerables y a pesar de que pueden hacerlo no se han preocupado de restituir. Hay quienes piensan en abrir con las ganzúas la despensa y quien intenta penetrar en la habitación del Prefecto o del Ecónomo; quienes registran los baúles de los compañeros para apoderarse de comestibles, dinero y otros objetos; quien hace acopio de cuadernos y de libros para su uso... Y después de decirme el nombre de estos y de otros más, continuó: —Algunos se encuentran aquí por haberse apropiado de prendas de vestir, de ropa blanca, de mantas y manteles que pertenecían al Oratorio, para mandarlas a sus casas. Algunos, por algún otro grave daño que ocasionaron voluntariamente y no lo repararon. Otros, por no haber restituido objetos y cosa que habían pedido a título de préstamo, o por haber retenido sumas de dinero que les habían sido confiadas para que las entregasen al Superior.

Y concluyó diciendo: —Y puesto que conoces el nombre de los tales, avísales, diles que desechen los deseos inútiles y nocivos; que sean obedientes a la ley de Dios y celosos del propio honor, de otra forma la codicia los llevará a mayores excesos, que les sumergirán en el dolor, en la muerte y en la perdición. Yo no me explicaba cómo por ciertas cosas a las que nuestros jóvenes daban tan poca importancia hubiese aparejados castigos tan terribles. Pero el amigo interrumpió mis reflexiones diciéndome: —Recuerda lo que se te dijo cuando contemplabas aquellos racimos de la vid echados a perder—, y levantó otro velo que ocultaba a otros muchos de nuestros jóvenes, a los cuales conocí inmediatamente por pertenecer al Oratorio. Sobre aquel velo estaba escrito: Radix omnium malorum. E inmediatamente me preguntó: —¿Sabes qué significa esto? ¿Cuál es el pecado designado por esta sentencia? —Me parece que debe ser la soberbia. —No, me respondió.—Pues yo siempre he oído decir que la raíz de todos los pecados es la soberbia.—Sí; en general se dice que es la soberbia; pero en particular, ¿sabes qué fue lo que hizo caer a Adán y a Eva en el primer pecado, por lo que fueron arrojados del Paraíso terrenal? —La desobediencia. —Cierto; la desobediencia es la raíz de todos los males. —¿Qué debo decir a mis jóvenes sobre esto?
—Presta atención. Aquellos jóvenes los cuales tú ves que son desobedientes se están preparando un fin tan lastimoso como éste. Son los que tú crees que se han ido por la noche a descansar y, en cambio, a horas de la madrugada se bajan a pasear por el patio, sin preocuparse de que es una cosa prohibida por el reglamento; son los que van a lugares peligrosos, sobre los andamios de las obras en construcción, poniendo en peligro incluso la propia vida. Algunos, según lo establecido, van a la iglesia, pero no están en ella como deben, en lugar de rezar están pensando en cosas muy distintas de la oración y se entretienen en fabricar castillos en el aire; otros estorban a los demás. Hay quienes de lo único que se preocupan es de buscar un lugar cómodo para poder dormir durante el tiempo de las funciones sagradas; otros crees tú que van a la iglesia y, en cambio, no aparecen por ella. ¡Ay del que descuida la oración! ¡El que no reza se condena! Hay aquí algunos que en vez de cantar las divinas alabanzas y las Vísperas de la Virgen María, se entretienen en leer libros nada piadosos, y otros, cosa verdaderamente vergonzosa, pasan el tiempo leyendo obras prohibidas (¡hasta pornografía!). Y siguió enumerando otras faltas contra el reglamento, origen de graves desórdenes. Cuando hubo terminado, yo le miré conmovido y él clavando sus ojos en mí, prestó atención a mis palabras. —¿Puedo referir todas estas cosas a mis jóvenes?—, le pregunté. —Sí, puedes decirles todo cuanto recuerdes. —¿Y qué consejos he de darles para que no les sucedan tan grandes desgracias? —Debes insistir en que la obediencia a Dios, a la Iglesia, a los padres y a los superiores, aún en cosas pequeñas, los salvará. —¿Y qué más? —Les dirás que eviten el ocio, que fue el origen del pecado del Santo Rey David: incúlcales que estén siempre ocupados, pues así el demonio no tendrá tiempo para tentarlos.

Yo, haciendo una inclinación con la cabeza, se lo prometí. Me encontraba tan emocionado que dije a mi amigo: —Te agradezco la caridad que has usado para conmigo y te ruego que me hagas salir de aquí. El entonces me dijo: —¡Ven conmigo!—, y animándome, me tomó de la mano y me ayudó a proseguir porque me encontraba agotado. Al salir de la sala y después de atravesar en un momento el hórrido patio y el largo corredor de entrada, antes de trasponer el dintel de la última puerta de bronce, se volvió de nuevo a mí y exclamó: —Ahora que has visto los tormentos de los demás, es necesario que pruebes un poco lo que se sufre en el infierno. —¡No, no!—, grité horrorizado. El insistía y yo me negaba siempre. —No temas —me dijo—; prueba solamente, toca esta muralla. Yo no tenía valor para hacerlo y quise alejarme, pero el guía me detuvo insistiendo: —A pesar de todo, es necesario que pruebes lo que te he dicho— y aferrándome resueltamente por un brazo, me acercó al muro mientras decía: —Tócalo una sola vez, al menos para que puedas decir que estuviste visitando las murallas de los suplicios eternos, y para que puedas comprender cuan terrible será la última si así es la primera. ¿Ves esa muralla? Me fijé atentamente y pude comprobar que aquel muro era de espesor colosal.

El guía prosiguió: —Es el milésimo primero antes de llegar adonde está el verdadero fuego del infierno. Son mil muros los que lo rodean. Cada muro es mil medidas de espesor y de distancia el uno del otro, y cada medida es de mil millas; este está a un millón de millas del verdadero fuego del infierno y por eso apenas es un mínimo principio del infierno mismo. Al decir esto, y como yo me echase atrás para no tocar, me tomo la mano, me la abrió con fuerza y me la acercó a la piedra de aquel milésimo muro. En aquel instante sentí una quemadura tan intensa y dolorosa que saltando hacia atrás y lanzando un grito agudísimo, me desperté. Me encontré sentado en el lecho y pareciéndome que la mano me ardía, la restregaba contra la otra para aliviarme de aquella sensación. Al hacerse de día, pude comprobar que mi mano, en realidad, estaba hinchada, y la impresión imaginaria de aquel fuego me afectó tanto que cambié la piel de la palma de la mano derecha. Tengan presente que no les he contado las cosas con toda su horrible crueldad, ni tal como las vi y de la forma que me impresionaron, para no causar en ustedes demasiado espanto.
Nosotros sabemos que el Señor no nombró jamás el infierno sino valiéndose de símbolos, porque aunque nos lo hubiera descrito como es, nada hubiéramos entendido. Ningún mortal puede comprender estas cosas. El Señor las conoce y las puede manifestar a quien quiere. Durante muchas noches consecutivas, y siempre presa de la mayor turbación, no pude dormir a causa del espanto que se había apoderado de mi ánimo. Les he contado solamente el resumen de lo que he visto en sueños de mucha duración; puede decirse que de todos ellos les he hecho un breve compendio. Más adelante les hablaré sobre el respeto humano, y de cuanto se relaciona con el sexto y séptimo Mandamiento y con la soberbia. No haré otra cosa más que explicar estos sueños, pues están de acuerdo con la Sagrada Escritura, aún más, no son otra cosa que un comentario de cuanto en ella se lee respecto a esta materia. Durante estas noches les he contado ya algo, pero de cuando en cuando vendré a hablarles y les narraré lo que falta, dándoles la explicación consiguiente.

Como lo prometió, así lo hizo —continúa Don Lemoyne —. Seguidamente expuso este mismo sueño a los jóvenes de Mirabello y de Lanzo, pero resumiendo la narración. Repitió cuanto había visto sin hacer cambios notables, no faltando tampoco algunas variantes. Al narrarlo privadamente a sus Sacerdotes y Clérigos, añadía algunos detalles más. En muchas ocasiones omitía algunas cosas y en otras ponía de manifesto otras. En la descripción de los lazos introdujo una nueva idea sobre la argucia del Demonio y de la manera de arrastrar a los jóvenes hacia el infierno, hablando de las malas costumbres. De muchas escenas no dio explicación: por ejemplo, de los personajes de agradable aspecto que se encontraban en la sala magnífica y que nosotros nos atreveríamos a decir que simbolizan: el tesoro de la Misericordia de Dios, para salvar a los jóvenes que de otra manera habrían perecido. Tal vez eran los principales ministros de innumerables gracias. Ciertas variantes provenían de la multiplicidad de las cosas vistas al mismo tiempo, las cuales el reproducirse en su imaginación le hacían escoger lo que el Santo juzgaba más oportuno para sus oyentes. Por lo demás, la meditación de los novísimos era cosa familiar en San Juan Bosco y como fruto de ella su corazón se encendía en una vivísima compasión hacia los pobres pecadores amenazados por el peligro de una eternidad tan horrible.
Este sentimiento de caridad le hacía sobreponerse al respeto humano, invitando a la penitencia con una prudente franqueza incluso a personajes distinguidos, siendo de tal eficacia sus palabras que conseguía numerosas conversiones. Nosotros hemos ofrecido fielmente aquí cuanto escuchamos de labios del mismo Santo y cuanto nos refirieron de viva voz o por escrito numerosos Sacerdotes, formando con el conjunto una sola narración. Ha sido un trabajo arduo, porque deseábamos reproducir con exactitud matemática cada una de las palabras, cada unión de una escena con la otra, el orden de los diferentes hechos, los avisos, los reproches, todas las ideas expuestas y no explicadas, entre las cuales no faltará alguna de las que se dejan sobrentender. ¿Hemos conseguido nuestro propósito? Podemos asegurar a los lectores que hemos buscado una sola cosa con la mayor diligencia, a saber: exponer con la mayor fidelidad posible las palabras de San Juan Bosco.

(De: SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO SOBRE EL INFIERNO -Memorias Biográficas de San Juan Bosco-, Tomo IX, págs. 166-181)

La Evolución y sus Frutos Corrompidos

En artículos anteriores de esta sección, hemos comentado algunos elementos que permiten corroborar que la hipótesis evolucionista presenta numerosas falencias desde el punto de vista científico, sin olvidar que acaso ha sido el punto de partida para la justificación filosófica de horrores como el nazismo, el comunismo, el propio capitalismo actual y otras desgracias para el género humano.

Como interesante reflexión, traducimos aquí el bello texto de Anthony Nevard escrito para el sitio hermano Theotokos, de origen británico. El artículo original puede leerse haciendo click aquí.

El Papa Pío XII nos advirtió en 1950 sobre "el fruto mortal" de las novedosas opiniones teológicas surgidas en torno a la evolución. La encíclica Humani Generis comenzaba con estas palabras: "El desacuerdo y el error entre los hombres sobre temas morales y religiosos han sido siempre causa de honda pena para todos los hombres de bien, pero sobre todo para los verdaderos y fieles hijos de la Iglesia, en especial hoy, cuando vemos que los principios de la cultura cristiana son atacados desde todas partes."

El Papa apunta a que el intelecto humano es tentado para conocer las verdades divinas "por la acción de los sentidos y de la imaginación, y por las pasiones malignas nacidas del pecado original. En consecuencia, los hombres se persuaden a sí mismos en estos temas, pensando que lo que no desean creer es falso o al menos materia de opinión"

Así, el ateísmo puede atarse a su creencia en la evolución, aún cuando se ha probado científicamente que esta idea es insostenible, ya que puede cumplir su deseo de evitar la adherencia moral a un Creador. Las siguientes citas ilustran algunos de los muchos malos efectos que arrastra la teoría darwiniana de la evolución.

En ciencias:
«Tras haber agredido a los teólogos por sus creencias sobre mitos y milagros, la ciencia se encuentra a sí misma en la inviable posición de haber creado su propia mitología: haber asumido lo que, tras largo esfuerzo, no pudo ser probado a la fecha acerca de lo sucedido en el pasado primitivo» (Dr. Loren Eisely, 1957)

«Los mitos seculares de la evolución han provocado un "efecto dañino sobre la investigación científica", llevando a la "distorsión, a la controversia innecesaria y al uso erróneo y grosero de la ciencia"» (DDR John Durant, 1980)

En sociología y política:

«La cosmología darwiniana ha marcada a una etapa entera de la historia. Convencidos de que su conducta estaba en consonancia con la tarea de la naturaleza, los industriales estaban armados con la justificación última que necesitaban para continuar con la explotación irracional del medio ambiente y de sus hermanos humanos sin siquiera pasar un momento para reflexionar sobre las consecuencias de sus actos» (Jeremy Rifkin, 1983)

«En un período futuro, no muy distante en siglos, las razas civilizadas del hombre casi seguramente exterminarán y reemplazarán a las razas salvajes en todo el mundo» (Charles Darwin, 1874)

«Para ver las medidas de la evolución y de la moralidad tribal aplicadas en forma rigurosa en los asuntos de una gran nación moderna, debemos mirar otra vez a la Alemania de 1942. Veremos a un Hitler devotamente convencido de que la evolución es la única base real para una política nacional.» (Sir Arthur Keith, 1947)

«Para conservar las sensaciones de estos tiempos, tanto Marx como Darwin nos han dado los medios para su desarrollo.» (Jacques Barzun, 1958)

«El darwinismo niega a Dios, al alma humana y a la vida después de la muerte, y deja un vacío a ser llenado por el comunismo.» (Obispo Cuthbert O´Gara, 1968)

En eugenesia:

«Podemos claramente aseverar que hay muchas clases de personas que no queremos. Incluimos a los criminales, los psiquiátricos, los imbéciles, los débiles mentales, aquellos con trastornos congénitos, los deformados, los sordos, los ciegos, etcétera, etcétera. Como disminuir su número será considerado en capítulos posteriores.» (Major Leonard Darwin, 1928)

En humanismo:

«Como ateos, comenzamos con humanos, no con Dios, con la naturaleza, no con el deber... pero no podemos descubrir propósitos divinos o providencia para la especie humana. Dado que hay mucho que no sabemos, los humanos son responsables por lo que son o han de ser. Ninguna deidad nos salvará, debemos salvarnos somos... las promesas de salvación inmortal o condenación eterna son ilusorias y dañinas, ya que la ciencia afirma que la especie humana es el resultado de las fuerzas evolucionistas de la naturaleza. Hasta donde sabemos, la totalidad de la persona es función de un organismo biológico interactuando en un contexto social y cultural. No hay evidencia creíble de que la vida continúe después de la muerte del cuerpo.» (Segundo Manifiesto Humanista, 1973)

En moralidad y ateísmo:

«El largo pasado evolucionista remueve al Dios judeocristiano a una distancia infinita y finalmente lo extingue en nuestra creencia de que las especies son el producto casual de fuerzas naturales ciegas. Somos autónomos y en consecuencia podemos hacer lo que queramos, libres de prohibiciones ancestrales y de códigos divinos.» (Hiram Caton, 1987)

En religión:

«La religión, en nuestro tiempo, se ha acomodado a la doctrina de la evolución... se nos dice hoy que la evolución es el desarrollo de una idea que ha estado en la mente de Dios. Pareciera que durante aquellas eras... en las cuales los animales se torturaban unos a otros con cuernos feroces y aguijones hirientes, la Omnipotencia estaba tranquilamente esperando el surgimiento del hombre, con su difusa crueldad aún mayor. El motivo por el cual el Creador ha preferido alcanzar su objetivo mediante un proceso en lugar de en forma directa, es algo que estos teólogos modernos no nos han dicho.» (Bertrand Russell, 1961)

«El cristianismo ha peleado, pelea y peleará hasta la desesperación contra la evolución, ya que la evolución destruye profunda y finalmente la razón misma de la Encarnación de Cristo... ¡Si Jesús no fue el Redentor que murió por nuestros pecados, y esto es lo que la evolución significa, entonces el cristianismo es nada! Todo esto significa que el cristianismo no puede perder el concepto de la Creación del Génesis y seguir adelante. Debe pelearse la batalla, ya que el cristianismo está luchando por su propia vida.» (Richard Bozarth, 1978)

La Escalera Milagrosa de San José




Son numerosas las pruebas a lo largo de la historia de lo que en el Credo rezamos como Comunión de los Santos, esto es, la intercesión que cada cristiano realiza por otro, ya sea en nuestra vida terrena o en la realidad definitiva del más allá. Quienes hemos vivido realidades que la ciencia secular no puede explicar sabemos que realmente los santos interceden por nosotros, quienes aún transitamos nuestro peregrinar por la Tierra.

El santo patrono de los carpinteros es el mismísimo San José, el padre terrenal de Jesús, el devotísimo esposo de la Santísima Virgen. Existe un milagro permanente, visible a los ojos de toda la humanidad, fruto sin dudas de su intercesión, en la ciudad de Santa Fe (Nuevo Méjico, Estados Unidos).

En 1872, el obispado local encargó la construcción de un convento a cuidado de la Hermanas de Loretto. Lamentablemente, durante el proceso de edificación el arquitecto falleció y sólo a posteriori los constructores notaron un error de diseño en los planos: no había escalera que llevara al segundo nivel del templo. Para colmo, en esa fase de la construcción, cualquier escalera a instalar necesitaría del espacio adecuado y alteraría todo el diseño.

Las hermanas iniciaron una novena en honor a San José, que como hemos citado es el patrono de los carpinteros. El décimo día, un hombre de aspecto desaliñado llegó al lugar con un burro; las hermanas le permitieron pasar a su pedido para observar la construcción. Pese al espacio limitado, afirmó que él podía levantar una escalera allí y le permitieron así trabajar con ese fin.

Se ofreció a empezar de inmediato siempre que le permitiera absoluta privacidad mientras se encontrara trabajando. Así, no permitió una sola visita durante 90 días, tras los cuales abrió las puertas.

La Madre Superiora fue la primera en entrar y quedó asombrada al ver una hermosa escalera de doble espiral que llegaba al segundo piso. Cada escalón se hallaba instalado sin clavos que lo sostuvieran, sin pilar central, sin adherencia a las paredes y sin signos de pegamento alguno. De hecho, la madera utilizada no era de la región... pese a que el carpintero no había traido un solo listón consigo. Cuando llegó el momento del pago, nadie pudo encontrar al carpintero el cual no volvió a ser visto, incluso tras ofrecer recompensas para quien lo localizara.

La escalera aún está allí, desafiando a la arquitectura y a la física, convertida en centro de devoción de los fieles de Nuevo Méjico, quienes sin dudas creen que el carpintero no era otro que el propio San José.

miércoles, 1 de agosto de 2007

La Madre María Benita Arias

María Benita Arias nació en La Carlota el 3 de abril de 1822, hija de Rafaela Arias; a poco de nacer la niña fue confiada a los esposos Manuel Mena y Florencia Videla: él era zambo y ella india, excelentes padres adoptivos.

María Benita se dio cuenta en su niñez de su situación de huérfana, aceptándola con resignación y ponderando a los Mena, a los que trató con gran cariño y respeto como si fueran sus verdaderos padres. Se sabe que en aquellos años, ya era una niña de gran compasión para con los desamparados; no se avergonzaba de pedir limosnas y deremolcar por las calles un carrito, con el que iba a los mercados a solicitar la colaboración de los puesteros.




Los descendientes de la barbarie esclavista fueron liberados en la Argentina desde principios del siglo XIX e incorporaron gran parte de su amplio repertorio musical a la naciente cultura latinoamericana. Manuel Mena era un buen guitarrista y enseñó a Benita a tocar y a cantar, enriqueciendo su sensibilidad musical.




Cuando Benita cumplió siete años, sus parientes biológicos fueron en su búsqueda. La familia prefirió fugarse antes de entregar a la niña; aprovechando la confusión reinante en Córdoba en tiempos de guerras civiles y malones de los ranqueles, se incorporaron a una tropa de carretas que, rumbo a Buenos Aires, llegó a la región que actualmente es Salto.

Allí, su madre Florencia se dedicó a realizar tareas domésticas, afincándose en la casa de un hacendado apellidado Sierra. Esta familia notó la inteligencia y bondad de Benita y se encargaron de enseñarle a leer y escribir. Poco bastó para iniciar su formación en el catecismo y en tomar la Primera Comunión.

Ya en su infancia y adolescencia, Benita comenzó a volcar todo lo aprendido a las niñas de menor edad. Fue a los 17 años cuando tuvo la oportunidad de realizar un primer retiro en la Santa Casa de Ejercicios de Buenos Aires; poco bastó para que Benita se convirtiera en colaboradora de esta obra y finalmente ingresó allí para consagrarse a Dios.

Progresivamente comenzó como maestra, encargada de jóvenes asiladas, sacristana, directora de los ejercitantes, ecónoma, maestra de novicias y secretaria de la rectora. Su cultura musical le permitió expresarse en liturgias, poesías, coplas e incluso payadas.



Benita intentó modificar a la comunidad de las Beatas en una verdadera Congregación de Hermanas con los votos religiosos. Al resistirse la mayoría de las compañeras, ella dirigió sus pasos hacia la "fundación de un instituto para mayor gloria de Dios, salvación de las almas y esplendor de la Iglesia, mediante la Adoración Eucarística, los ejercicios de san Ignacio y la asistencia a las niñas pobres y desamparadas".



La idea fue recibida por el entonces Arzobispo Mario José de Escalada, pero sin fecha de realización. Aconsejada y alentada, viajó a Roma para exponer a Su Santidad Pío IX sus aspiraciones (vale recordar que nos referimos al tiempo de la unificación italiana con la invasión del Papado por parte de las huestes del rey Víctor Manuel). Pese a todo, el Papa pudo recibirla e le indicó a Benita la redacción del Reglamento para la futura Congregación.

A su regreso a Buenos Aires, la madre Benita consiguió la aprobación del arzobispo Federico Aneiros en noviembre de 1872. Comenzó a congregar así a las primeras Siervas de Jesús Sacramentado en la Capilla del Carmen. Tan sólo un año después, funcionaba una Casa Madre con una escuela para niñas, un taller de costura y un orfanato.



Desde entonces, gracias a las numerosas vocaciones surgidas, María Benita avanzó con la apertura de casas en distintos rincones de la Argentina, sobre todo donde las carencias eran mayores. Asimismo, la Congregación trabajó en la Pastoral de la Salud, sobre todo en el Hospital Fernández (donde se derivaban en aquel tiempo a las pacientes víctimas de la sífilis), el Hospital Muñiz (de enfermedades infecciosas), el antiguo Hospital Vieytes (de salud mental) y el Hospital Tornú, entonces dedicado exclusivamente a pacientes tuberculosos.Su prolífica actividad en la tierra concluyó el 25 de septiembre de 1894, a los 72 años, cuando retornó a la casa del Padre. Su proceso de beatificación se encuentra avanzado; se guarda en la memoria su fama de caridad para con los indigentes, necesitados y huérfanos.

¡Madre Benita Arias, ruega por nosotros!

Publicado en formato 1.0 en agosto de 2007

La Tumba de San Pedro

Fueron dos sacerdotes jesuitas, los padres Kirschbaum y Ferrúa, quienes en 1939, bajó el pontificado de Pío XII, quienes descubrieron un mosaico que les llamó la atención mientras se preparaba la tumba del Papa anterior, Pío XI.

Este hallazgo suscitó la necesidad de continuar con la excavación ya que la tradición narraba la existencia de un cementerio debajo del baldaquín de Bernini. En efecto, los trabajos llevaron al hallazgo de toda una necrópolis romana, que incluía mausoleos de los Flavios, entre otros.
Entre las excavaciones por debajo de la basílica de San Pedro, se puso en evidencia la presencia de una tumba cavada en la tierra, abierta y vacía.

Sabemos por la Tradición, como se ha descrito en otro artículo, que san Pedro fue crucificado cabeza abajo, en el circo construido por Calígula y Nerón, junto al monte Vaticano. El príncipe de los Apóstoles fue sepultado allí, en una tumba pobre.

Siglos después del martirio de San Pedro, corriendo ya el año 312, el emperador Constantino vencería a los tropas de Majencio, según describiría, tras haber visto el signo de Cristo en el firmamento, según recogió el historiador Eusebio de Ce­sárea. En agradecimiento a Nuestro Señor Jesucristo, el emperador se convirtió al cristianismo (junto a la basílica Lateranense, en Roma, hay un obelisco que reza: «Aquí fue bautizado Constantino por el papa Silvestre.»)

Constantino edificó entonces una serie de templos cristianos; uno de ellos fue la basílica en honor de san Pedro, sobre la tumba del apóstol. El emperador supo de la localización de la sepultura por el propio San Silvestre, quien a su vez lo sabía por transmisión de las pocas generaciones transcurridas desde la crucifixión del primer Papa.

No deja de llamar la atención que Constantino levantara una gigantesca basílica sobre la desnivelada ladera de un monte, debiendo efectuarse un enorme corrimiento de tierra para crear una explanada, en pleno siglo IV. Además, no debe olvidarse que debió sepultar bajo la basílica una necrópolis que había llegado a ser una de las más importantes de Roma, y donde estaban enterradas muchas familias ilustres.

Es evidente que la razón esencial por la cual Constantino levantó la basílica en la ladera de un monte y sepultando un cementerio completo pese a todas las dificultades, era porque sabía indudablemente que allí estaba la tumba de san Pedro.

La mencionada tumba, abierta y vacía, estaba protegida por muros para defenderla de las frecuentes filtraciones de agua en esa ladera del monte, remarcando la importancia de la persona allí sepultada. Su Santidad Pío XII no vaciló en anunciar en 1950 que se había hallado la tumba de San Pedro.

Las investigaciones prosiguieron en 1952; fue la doctora Margarita Guarducci la encargada en descifrar las inscripciones labradas en los muros; entre otros, las paredes describen en grafitos griegos: «Pedro, ruega por los cristianos que estamos sepultados junto a tu cuerpo» y «Pedro, el de las llaves» (en referencia a la entrega de las llaves del reino de los Cielos por parte de Cristo a Pedro).

Finalmente, un tercer grafito destacado sobre un muro rojo confirmaba que «Pedro está aquí.». En ese sitio se encontró un nicho forrado de mármol blanco con huesos humanos.
La cátedra de Antropología de la Universidad de Palermo, a cargo del profesor Venerando Correnti, tuvo a cargo el estudio de dichos restos. Los mismos se encontraban con tierra adherida de las mismas condiciones que la de la tumba abierta y vacía que mencionábamos antes. Por otro lado, los huesos estaban coloreados de rojo, por haber estado envueltos en un paño púrpura; quedaba en evidencia que los restos habían sido retirados de la tumba antedicha para ser envueltos en un paño púrpura y protegidos en el nicho, el cual había permanecido intacto desde tiempos de Constantino.

Por otro lado, las pruebas forenses destacaron que se trataban de huesos de un varón, robusto (un pescador), fallecido en la ancianidad (cerca de los 70 años) en el siglo I.

Fuente esencial: Las reliquias de San Pedro, por la doctora Guarducci, Editorial Vaticana, 1965.

El Pecado que no se Perdona


Para saber

En un palacio muy antiguo, de la Edad Media, que existe al norte de Italia, hay una barra de plata incrustada en un muro. Los turistas suelen preguntar para qué querrían los antiguos pobladores esa barra. El guardia que cuida el palacio gustoso explica siempre su existencia: “Es una barra que mide un metro exacto, y a ella venían los ciudadanos para verificar que el tejido o tela comprados tenía la medida justa. Así se evitaban inútiles discusiones sobre quien tenía la razón”.

En nuestra vida también tenemos esas “barras” que son válidas para todos los hombres, ante las cuales podemos comparar nuestra conducta: son las normas morales. Fueron condensadas en los mandamientos de la ley de Dios, que nos dicen aquello que va de acuerdo a nuestra naturaleza humana. No son normas arbitrarias, ni tampoco van en contra nuestra felicidad. Al contrario, cumpliéndolas nos perfeccionamos y ganamos el Cielo.

Todo aquello que va en contra de esas leyes, va en contra del mismo hombre y en contra de la voluntad de Dios, y a eso se le llama pecado.

Para pensar

Hay unas palabras de Jesús en donde dice: “el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón, será reo de un pecado eterno” (Mc 3,29).

Ante estas palabras nos podríamos cuestionar: ¿En qué quedamos? ¿No decíamos que todo pecado se perdona? ¿Por qué no se puede perdonar dicho pecado? ¿En qué consiste?

Jesús les dice esas palabras a los fariseos, quienes, no obstante haber visto los milagros que Él realizaba, se obstinaban en no creerle.

El pecado contra el Espíritu Santo consiste en cerrar el corazón a la gracia, al perdón de Dios. No se perdona porque no hay arrepentimiento. La culpa es del pecador, y no de Dios que siempre está dispuesto a perdonar. Sucede como el que quisiera curarse negándose a tomar la medicina.

El Papa Juan Pablo II nos enseñaba que es muy grave este pecado porque se rechaza la Redención obrada por Jesucristo. Lo comete quien se encierra en su pecado, sin darle importancia (Dominum et vivificantem, n. 46). Se necesita humildad para reconocer que nuestra falta y pedirle su perdón. Pensemos en la gran alegría que recuperamos y en el gran bien que obtenemos al buscar el perdón de Dios.


Para vivir

Se oye decir en ocasiones: “Desde que se inventaron las disculpas, desaparecieron los culpables”. Y es que es muy fácil disculparse de las propias faltas.

El hombre puede cometer pecados, y algunos muy graves, pero si los reconozca, siempre habrá la esperanza de ser perdonados. Lo grave viene cuando se comienza a pensar que no hay tales pecados y se busca una disculpa para la mala conducta.

Dios ha dispuesto modos muy prácticos para obtener su perdón, por ejemplo, en el Sacramento de la Confesión. Quien acude a este Sacramento con frecuencia, nunca le faltará la alegría del perdón y la ayuda divina para recomenzar el camino hacia Él. En el Sacramento de la Penitencia todo pecado puede ser perdonado: no importa el tamaño del pecado, ni la cantidad de pecados que se hayan cometido.

Alguien podría sorprenderse de que cualquier pecado, por grande que sea, puede ser perdonado por Dios. La razón es que la misericordia y el amor de Dios son infinitos, que sólo espera nuestro arrepentimiento para perdonarnos todo.

domingo, 1 de julio de 2007

La Casa de la Virgen Santísima en Éfeso

Ana Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 en el seno de una familia muy humilde. Fue bendecida por Dios de una manera particular, ya que se sabe que poseía uso de razón desde su mismo nacimiento y que podía comprender el latín litúrgico desde su primera Misa.

Ingresó en la Orden Agustina en Dulmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.

Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)

El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.

Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, narrados en otro de nuestros artículos, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.


« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.

Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.

La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.

Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.

A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.

La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.

Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.

Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.

A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.

La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.

La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.

Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.

Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»



Publicado en formato 1.0 en julio de 2007

El Control de la Desinformación

El papel de los medios de comunicación en los vanos y desoladores intentos del mal por imponerse a la voluntad de Dios es cada vez mayor y más poderoso. De la propaganda nazi o el control de la información por los soviéticos se ha llegado a este dislate permanente de los medios de comunicación de la globalización de la dictadura del dinero.

Acaso una interesante sinopsis de este vasto tema sea el extraordinario artículo que el filósofo y escritor Hervé Pascua escribiera para el no menos fantástico sitio www.iglesia.org, y que reproducimos a continuación.


LOS DESINFORMADORES DESENMASCARADOS

(1) La libertad y la verdad

Un temblor de tierra ha tenido lugar en un gran país. Nadie ha sabido nada, salvo algunos lectores privilegiados de revistas especializadas que han conocido la noticia gracias a la pluma de un vulcanólogo sagaz. Esta noticia no ha sido difundida por los medios de comunicación; motivo: en una sociedad perfecta no puede haber temblores de tierra. Muchas sacudidas sísmicas pasan inadvertidas de esta manera. Pero no estamos hablando de los seísmos habituales. La mayoría de las veces se trata de seísmos espirituales que hacen resquebrajarse la costra de prejuicios, ideas recibidas, hábitos mentales y abren una vía de acceso a la libertad. Así vemos lo que ésta llegaría a ser en una sociedad en la que un partido, o un clan cualquiera, controlaran totalmente el poder de informar.

Desde el momento en que se manipula la verdad, la libertad está en peligro. Vivir libre, en efecto, más que en elegir, consiste en ser lo que se es. Cuando de un individuo o de una institución se dice lo que no son, o no se dice lo que son, algo grave está ocurriendo: su libertad ha sido lesionada. La libertad está indisociablemente unida a la verdad; por eso, todos los medios para suprimirla conducen a uno solo: la mentira.

El Diccionario define la mentira como «una afirmación, a sabiendas, contraria a la verdad, hecho con la intención de engañar». Mentir, precisa, es «afirmar lo que se sabe falso, callar o negar lo que se debería decir».

(2) Arma mortal

La difusión instantánea y universal de la palabra, gracias a los medios de comunicación, puede estar al servicio de la libertad difundiendo la verdad, o puede esclavizar las conciencias inculcándoles la imagen engañosa de un mundo que corresponde al designio de los tiranos. Sin embargo, los hijos de las tinieblas son más hábiles que los hijos de la luz. ¿Es que vamos a asistir al dominio de los primeros sobre los medios de comunicación, en detrimento de los segundos? Nos tememos que esto es posible en la medida en que la ley del más fuerte es siempre la mejor...

La sociedad totalitaria gusta especialmente de los medios de comunicación. Es otra manera de ejercer el poder, pues en ellos encuentra la forma de imponerse sin derramar sangre. La destrucción de las conciencias se revela mucho más rentable que la del cuerpo, este último de gran utilidad en caso de escasez de máquinas. «La verdadera guerra moderna, escribe Vladimir Volkoff en su novela Le montage, provocará pocas muertes, alguna tortura y ninguna destrucción material. Será totalmente económica y permitirá al vencedor ampararse de territorios y de pueblos de más cerca que lo que haya podido hacerlo rey alguno. Todos nosotros nos hallamos involucrados en la aurora del despliegue de una nueva arma tanto más eficaz cuanto menos mortal». Ha habido que crear una nueva palabra para designar esta nueva arma: «la desinformación». De ella se ha propuesto la siguiente definición: «Técnica que permite abastecer a terceros de las informaciones generales erróneas, conduciéndoles a cometer actos colectivos o a difundir juicios deseados por los desinformadotes» (ídem). Entre los medios de comunicación que se disponen a este proyecto encontramos a la radio y la televisión en cabeza.

(3) La técnica es bien conocida

Esta técnica, magistralmente analizada por el autor de Le montage, recupera la palabra orden de Mao: «Haced un molde para la conciencia de las masas adversas». Para preparar y orientar la opción a través de la información tendenciosa hay numerosos medios: la contra verdad no verificable, la mezcla falso verdadero, la deformación de la verdad, la modificación del contexto, la difuminación de la idea, las verdades seleccionadas, el comentario autorizado, la ilustración, la generalización, las partes desiguales, las partes iguales. Es necesario buscar un adversario para desviar la atención del público, habrá que buscar o inventar un chivo expiatorio. Ya que la mentira se alimenta del odio, sobre todo del odio a la verdad. Una vez encontrada su víctima, resulta fácil proporcionarle palabras ficticias creadas para disgustar. Un buen medio para este fin es el dar un valor peyorativo a las palabras cuyo sentido no lo es o, a la inversa, dar un sentido positivo a una realidad odiosa como en la expresión: «Liberalización» o «despenalización» del aborto. La devaluación lingüística, puesta al servicio de la intoxicación ideológica, se revela siendo fulgurantemente eficaz. Pero antes de instaurar el nuevo orden hay que saber esperar. Hay que sugerir antes, al adversario, las intenciones que él seguidamente intentará realizar. Por ejemplo, ¿quiere asegurar su superioridad militar? Sugiérale sentimientos pacifistas. ¿Quién no desea la paz? Para derribar mejor al enemigo, no proponga nada preciso en lugar del orden combativo e instaure una nueva orden en cuanto la antigua se convierta en incapaz de ser defendida.

(4) Lo que no se debe olvidar

En resumen, el buen desinformador debe seguir estos mandamientos:

1. Desacredita el bien.

2. Compromete a los jefes.

3. Haz vacilar la fe de los hombres.

4. Utiliza hombres viles.

5. Desorganiza a las autoridades.

6. Siembra la discordia entre los ciudadanos.

7. Pon a los jóvenes en contra de los viejos.

8. Ridiculiza las tradiciones.

9. Perturba el avituallamiento.

10. Haz escuchar a músicos lascivos.

11. Extiende la lujuria.

12. Paga.

13. Sé informado.


(5) De la opinión particular a la mentira general

La radio y la televisión sirven formidablemente como «caja de resonancia» para los objetivos de la desinformación. Basta escuchar la radio o ver la televisión para darse cuenta de ello. Los responsables de estos organismos, verdaderos agentes de su partido o del poder reinante, pretenden ser objetivos. Y en efecto, son objetivos, lo son, pero cara a un número de personas cada vez más restringido, que piensa cada vez menos como todo el mundo. El desinformador se encuentra sólo, con la nariz pegada al objetivo de la cámara, que es el único testigo, y nadie más puede afirmarlo. Se acaba al final por no creer nunca a los mentirosos y sólo ellos pueden creer sus mentiras. En verdad, su drama íntimo es tomar sus palabras por realidades y pensar que, informando, nos enseñan.

Platón distinguía entre el saber y la opinión. El desinformador los confunde, toma la opinión como fuente del saber. Su espíritu, fácilmente satisfecho, convierte un sondeo de opinión en el criterio de la verdad. ¡La estadística obliga! Sin embargo, tantear una opinión es, habitualmente, sinónimo de propagar un rumor. La opinión, de suyo, es versátil, superficial, influenciable, refleja el devenir y pasa con el tiempo. Pero esto le importa muy poco al desinformador, porque a sus ojos la verdad es puro devenir. Él se «las arregla» muy bien llamando mentira a la verdad de ayer y verdad a la mentira de hoy. Todo valor eterno se excluye en provecho del valor de uso. La imposición del desinformador es tanto más competente entre los espectadores cuanto que ninguno de ellos puede responderle. Se haría, aunque fuera demasiado tarde: «Los desmentidos pasan, las mentiras permanecen». El dictador dicta a las masas lo que tienen que pensar. Tiene la facultad de ponerse en el lugar del otro, «de asaltar la conciencia, e incluso el inconsciente de los otros de la misma manera que uno se hace con los mandos de un vehículo».

(6) Sólo la verdad

Ante tal amenaza para la libertad del espíritu, hay que afirmar con fuerza que sólo la verdad nos hará libres. Nunca lo repetiremos bastante: vivir libre es vivir sin mentir. El mentiroso vive encadenado a su mentira. Pero la verdad resiste al flujo de las palabras y tarde o temprano acaba emergiendo, sumergiendo en la confusión a aquel que la ha negado. ¡Las cosas son lo que son!

Hervé Pascua (http://www.iglesia.org)
Publicado en formato 1.0 en julio de 2007

Logaritmos


Continuando con la seguidilla de ensayos sobre conceptos matemáticos aplicados con frecuencia en el lenguaje científico, ha llegado el turno de repasar las operaciones con logaritmos.
Para ello, volvemos a la idea de la potenciación, que hemos detallado con mayor extensión en otros textos de Fides et Ratio. De hecho, el primero de los ejemplos que utilizáramos en esa ocasión fue:

24 = 2 x 2 x 2 x 2 = 16 (se lee «dos a la cuarta»)

El número en superíndice se conoce con el nombre de exponente, y nos indica la cantidad de veces que ha de multiplicarse por sí mismo el otro número, llamado base. En otro ejemplo:

210 = 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 = 1024 (se lee «dos a la décima»)

contamos con una base («2») y un exponente («10»)

La logaritmación es una de las operaciones inversas de la potenciación, y consiste en obtener el valor del exponente conociendo la base y el resultado. Retomando los mismos ejemplos:

log2 1024 = 10 (porque debemos elevar 210 para obtener 1024)

log2 16 = 4 (porque debemos elevar 24 para obtener 16)

log10 1000 = 3 (porque debemos elevar 103 para obtener 1000)

Cuando trabajamos con logaritmos en base 10, puede no escribirse el número base porque se da por sobreentendido. En consecuencia, si leemos:
log 1000000 = 6 (ya que 106 es un millón)

Si hasta aquí no hay dificultades, debemos avanzar entonces sobre estos logaritmos en base 10. Tomemos puntualmente los primeros tres evidentes:

log 10 = 1 (dado que 101 = 10)

log 100 = 2 (dado que 102 = 100)

log 1000 = 3 (dado que 103 = 1000)

Ustedes se preguntarán... ¿cual es el logaritmo, por ejemplo, del número 200? Parecería que debe tratarse de un número comprendido entre 2 y 3. De hecho, eso es real. En el siglo XVIII, el matemático y físico Howell calculó manualmente durante años estos valores para expresarlos en las tablas que llevan su nombre. Hoy día, las calculadoras científicas permiten su cálculo inmediato.

En efecto, si nos planteamos:

log 200 = ¿?

... nuestro razonamiento ha de ser:

10¿? = 200

Ya sea por medio de las tablas o de la calculadora, el resultado que obtendremos es:
102.30301 = 200

Notaremos enseguida que, al igual que la notación científica, el uso del logaritmo nos permite expresar grandes cantidades con números más simples. Supongamos que tengo interés en describir cuantos ejemplares («copias») del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) hay en un mililitro de la sangre de un enfermo. Un estudio especializado intentará decirme que, quizás, el paciente tenga 400 000 copias en ese milímetro cúbico. Sin embargo, es común que el resultado nos diga que la «carga viral» de esta persona es de 5.606 unidades-log. Si repetimos los razonamientos previos, entenderemos que:

105.606 = 400 000

Ahora bien, imaginemos que este enfermo es tratado con uno de los actuales esquemas antivirales de alta eficacia, y regresa a los 3 meses con un nuevo resultado que nos cuenta que su carga viral es de 2.803 unidades-log. A primera vista, parecería que el número de copias del VIH se ha reducido a exactamente la mitad. Sin embargo, al aplicar este logaritmo nos encontramos que:

102.803 = 635

Como vemos, en realidad la cantidad de virus se ha reducido de un modo absolutamente dramático... ¿qué es lo que ocurre? Sucede que la escala de unidades logarítmicas no es decimal, sino que al pasar de 2 a 3, por ejemplo, existe un cambio de decenas a centenas, esto es, un cambio «de a 10» niveles. Dicho de otro modo, 2 unidades-log equivalen a 100 mientras que 3 unidades-log equivalen a 1000 (hay un salto de «10 niveles»); 4 unidades-log equivalen a 10 000 (hay un salto de «10 niveles» con respecto a las 3 unidades-log y de «100 niveles» con respecto a las 2 unidades-log).

¿Complejo? Pues bien, las escalas logarítmicas son de uso cotidiano en muchas disciplinas científicas, como en nuestro ejemplo relacionado con el tratamiento de la enfermedad por VIH. Complementando los conceptos, veremos una aplicación usual en física para los "temidos" logaritmos.

Para ello intentaremos recordar en un lenguaje coloquial de que se trata el fenómeno de la radiactividad. Es prudente que, a tal fin, repasemos que la materia está formada por átomos, los cuales en su núcleo presentan pequeñísimas partículas llamadas nucleones, los cuales incluyen:

- protones (con carga positiva)

- neutrones (sin carga)

En "órbita" a ese núcleo, los átomos presentan una "nube" de electrones, partículas aún más pequeñas (casi 2000 veces menores a un nucleón) de carga negativa. En condiciones habituales, un átomo tiene exactamente la misma cantidad de protones y de electrones, por lo cual la suma total de partículas con carga positiva y carga negativa equivale a cero, por lo cual el átomo es electroneutro.

Un buen ejemplo de esta situación es el átomo de carbono, presente en todas las moléculas que constituyen a los seres vivos. El 99% de los átomos de carbono en el planeta Tierra tiene:
- 6 protones en su núcleo (el número de protones es denominado por los físicos "número atómico". El hecho de que el átomo sea "carbono" se debe al número de protones; este concepto es aplicable a cualquier otro elemento de la naturaleza)

- 6 neutrones en su núcleo
- 6 electrones en sus "órbitas"

Entonces, el átomo de carbono tiene en total 12 nucleones, y por ello se lo llama C12. Sin embargo, algunos átomos de carbono están constituidos de la siguiente manera:

- 6 protones (como todo átomo de carbono)
- 8 neutrones
- 6 electrones

Como es entendible, estos átomos se denominan C14. Ocurre que este pequeño porcentaje de átomos de carbono son inestables, ya que uno de los neutrones "sobrantes" tiende a liberar energía y convertirse en un protón. Como se pueden imaginar, el núcleo pasa a contar con 7 protones... por lo cual ya NO es carbono.

Esto que impresiona absolutamente alquímico es el fenómeno conocido como radiactividad, por el cual el núcleo de un átomo "inestable" tiende a una forma de mayor estabilidad a costa de emitir energía en forma de partículas o de radiación electromagnética. Lo concreto es que se ha determinado que, si se cuenta con un número de átomos inestables, puede calcularse en que tiempo probable "decaerán" a un forma más estable.

En el caso particular del C14, se conoce que la mitad de los átomos de carbono presentes en una masa dada decaerán en C12 en exactamente 5760 años. Esto significa que la "vida media" del C14 es de 5760 años.

¿Dónde entran los logaritmos en todo esto? Existe una fórmula conocida por los físicos que permite estimar la antigüedad de la materia orgánica (abundante en carbono) en base a la actividad de C14 presente en ella. Esa ecuación incluye logaritmos:

At = Ao . e–lambda . t

Siendo "At" la actividad radiactiva de la muestra, "Ao" la actividad inicial, "lambda" la constante de decaeimiento (los 5760 años en nuestro ejemplo) y "t" el tiempo transcurrido. Aplicando logaritmos, a través de una serie de operaciones nos encontraríamos que el citado tiempo "t" podría calcularse merced a:

- lambda
t = ---------------------
log At - log Ao

Así, hemos visto una de los múltiples aplicaciones en la física de la logaritmación. Podríamos continuar con múltiples ensayos más, pero excede a los objetivos de esta divulgación.

La Lepra


En otro artículo podemos deleitarnos con la formidable tarea del Beato Damián de Molokai, y su apostolado para con los enfermos de lepra. La sola mención de la enfermedad parece remontarnos a tiempos ignotos, relatando una plaga del pasado que sólo habita en los libros de Historia. Nada más lejos de la realidad.

En muchos países, la lepra es bastante más frecuente de lo que las personas, incluidos los profesionales médicos, pueden sospechar. La OMS estima que, a nivel mundial, una de cada cuatro personas está al menos expuesta a la enfermedad, con mayor prevalencia en áreas tropicales y con un número total de casos mundiales cercano a los 15 millones. En el caso de la Argentina, las regiones del Litoral y del Chaco son las que reportan mayor número de casos.

El diagnóstico de la lepra no es difícil de establecer; la mayoría de los casos se presentan bajo patrones clínicos que permiten su reconocimiento, siempre que se conozcan los signos clínicos y el laboratorio que permiten confirmar su diagnóstico… y que se recuerde que la enfermedad existe.

La lepra, también llamada enfermedad de Hansen, es una entidad infecciosa, crónica, que afecta de forma casi exclusiva al género humano atacando sobre todo los troncos nerviosos periféricos y la piel, si bien potencialmente puede afectar cualquier órgano. En el siglo XXI es posible su curación sin lesiones permanentes si el diagnóstico es precoz. De lo contrario, puede causar mutilaciones, deformidades e invalidez, razones del estigma que ha acompañado a la lepra a lo largo de la historia y de todas las culturas.

La causa de la lepra es una bacteria llamada Mycobacterium leprae, descubierta en 1873 y emparentada biológicamente con el bacilo de la tuberculosis. La fuente de contagio del germen es un paciente portador de la enfermedad y a través del tracto respiratorio, más que de la propia piel. Un dato fundamental para comprender a esta enfermedad es que un importante componente de la misma consiste en la predisposición de cada persona para adquirir o no lepra; un viejo adagio de la medicina dice que «no se contagia lepra quien quiere, sino quien puede».

Izquierda: paciente afectada de lepra lepromatosa. Derecha: el bacilo de Hansen en una biopsia

Ocurre que la predisposición de cada individuo y su estado inmunitario (fuertemente relacionado con aspectos sociales y económicos) son claves para que ese individuo adquiera o no lepra tras exponerse a la bacteria. Incluso esto se vincula con la forma de evolución de la enfermedad en cada persona en particular.

Gran parte de las lesiones deformantes son fruto de la afectación neurológica, ya que a consecuencia de la misma se altera la sensibilidad de manos, pies y rostro, sufriendo inadvertidos traumatismos, quemaduras y heridas… así se altera la arquitectura natural de los dedos y de la cara

Sin embargo, el tratamiento de la lepra según las pautas expuestas de hoy día es muy efectivo: la capacidad de contagio desaparece en pocas semanas y la mejoría clínica se hace evidente en pocos meses. Más allá de esta información, la asociación entre la pobreza socioeconómica y esta enfermedad se ha manifestado a lo largo de los siglos, y la mayor parte de los enfermos afectados no llega jamás a la consulta o bien accede a ella tardíamente.

Acercarse a estos pacientes, evitando su marginación y ofreciendo verdaderas chances de tratamiento integral (médico, psicológico y sobre todo social) es un desafío más cercano a lo ético y moral que a lo realmente sanitario. Acaso el ejemplo de hombres como el Beato Damián pueda servirnos de guía para el auxilio de nuestros hermanos enfermos de modo integral y cristiano.

«El afán de dinero es la raíz de todos los males del mundo» (1 Tim; 6,10)

La Fotosíntesis

Uno de los mecanismos más sorprendentes de la Creación toda es sin dudas el de la fotosíntesis, acaso la maquinaria que permite la existencia de todos los ecosistemas del planeta tal como lo conocemos.

Se llama fotosíntesis a un proceso por el cual algunos organismos (específicamente todas las plantas verdes, la mayoría de las algas y un gran número de bacterias) son capaces de transformar la energía lumínica en energía química. En términos sencillos, convierten los rayos del Sol en alimentos.

El color verde de estas formas de vida se debe a la presencia de un pigmento llamado clorofila, el cual es capaz de “captar” la luz del Sol para utilizar la energía allí presente. Este pigmento está contenido, en las plantas y algas, en unas estructuras presentes dentro de las células llamadas cloroplastos. Puntualmente, la clorofila y otros pigmentos emparentados se encuentran integrados en un grupo de proteínas que se conocen en Biología con el nombre de fotosistemas (PS I y PS II, por sus siglas en inglés).

Estos 2 sistemas necesitan, además de la necesaria presencia de luz, una sustancia capaz de aportar átomos de carbono. Esta molécula no es otra que el CO2, presente en la atmósfera de nuestro planeta y producto de desecho de nuestro proceso de respiración.

Puntualmente, el CO2 es “fijado” durante la noche por algas y plantas por medio de una serie de enzimas. Además, se logra incorporar otros átomos básicamente por el aporte de sustancias presentes en el suelo o en el agua. La más importante de ellas es la misma agua, captada por las raíces de las plantas superiores. Como recordamos, cada molécula de agua está formada por H2O, por lo cual existe aporte de hidrógeno.

Así, mediante el uso del CO2 procedente del aire que nosotros exhalamos y del H2O, algas y plantas “capturan” la energía presente en la luz del Sol mediante la siguiente ecuación simplificada:

6 CO2 + 6 H2O >>>>>>>>>>>>>>>>>> C6H12O6 + 6 O2

dióxido de carbono + agua >>>>>>>>> glucosa + oxígeno

energía lumínica >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> energía química

Como puede observarse, las moléculas inorgánicas se convierten, en este caso, en glucosa y como “desecho”… se obtiene oxígeno, esencial para la vida de aquellos seres vivos que no somos capaces de efectuar fotosíntesis. Es por ello que esta forma de fotosíntesis se denomina “oxigénica” (existe por parte de otros organismos una forma “anoxigénica” de fotosíntesis que detallamos líneas abajo).

En este detalle harto simplificado del proceso de fotosíntesis, advertimos como es posible obtener energía química, estable y de reserva, a partir de la energía lumínica producida por el sol a decenas de millones de kilómetros de distancia. Por otro lado, debemos destacar que la fotosíntesis es la gran productora de oxígeno en nuestro mundo (por ello se menciona a las grandes extensiones selváticas y boscosas de la Tierra como “pulmones del planeta”).

Es digno de mencionarse que los cloroplastos, presentes en las células de plantas verdes y algas, al igual que las mitocondrias, contienen su propio ADN, lo que ha suscitado especulaciones evolucionistas, según las cuales los cloroplastos han sido otrora organismos independientes, ahora en simbiosis con las plantas superiores.

De acuerdo a la hipótesis evolucionista, las condiciones iniciales de la atmósfera del planeta habrían sido muy diferentes a las actuales. Se utiliza el término «atmósfera reductora» para hacer referencia a un mundo casi sin oxígeno. Este elemento, cardinal para la vida en la Tierra, habría empezado a producirse con la aparición de los organismos fotosintéticos, puntualmente algunas bacterias y algas unicelulares. Los organismos multicelulares como nosotros requieren mayor cantidad de energía para permanecer vivos, con lo cual la demanda de oxígeno es mucho mayor que la de aquella presunta «atmósfera reductora» de la Tierra primitiva.

Las citadas bacterias, en teoría, contarían solamente con la posibilidad de realizar fotosíntesis oxigénica; ¿cómo fue posible entonces la «mutación» que desembocó en un segundo sistema?

Por otro lado, hemos citado la hipótesis según la cual los cloroplastos de las células vegetales modernas habrían sido alguna vez organismos independientes que en algún momento de la historia se convirtieron en simbiontes para vivir por siempre en armoniosa unidad con las plantas superiores.

Esta idea se fundamenta en que los cloroplastos cuentan con su propio ADN y se los homologa con pequeñas bacterias. Sin embargo, las cianobacterias y otros microorganismos similares son capaces de realizar fotosíntesis a través de organelas llamadas mesosomas. Dicho de otro modo, formas de vida radicalmente diferentes (las plantas superiores como los árboles; las algas como el sargazo; las diatomeas de nuestros mares; las bacterias fotosintéticas) tienen capacidad de convertir la luz del Sol en energía química y paralelamente producir oxígeno en abundancia.

Sin embargo, la teoría de la evolución de las especies separa a estos organismos en el abismo de los tiempos y (curiosamente) no ha habido cambios en el genoma necesario para la fotosíntesis a lo largo de los milenios. Este fenómeno es explicado con el concepto de “evolución convergente”, el mismo paradigma por el cual se intenta explicar que organismos “evolutivamente” diferentes tengan “adaptaciones” similares (el delfín y el tiburón, por ejemplo).

¿Cómo surgieron los genes de ambos fotosistemas, el oxigénico y el anoxigénico? Duplicación de uno de ellos seguido de mutación del copiado, es la explicación del caso. Sin embargo… ¿cómo puede una mutación agregar información, cuando en realidad lo que genera es pérdida de la misma?

Una explicación alternativa es el fenómeno conocido como transferencia lateral de genes o pasaje de plásmidos, un mecanismo conocido en microbiología por el cual una bacteria puede “transferirle” ADN a otra (este mecanismo explica muchos casos de resistencia a antibióticos).
Sin embargo, la “supervivencia del más apto”, fruto de la presión de selección, parecería no cumplirse en este punto, ya que en el contexto de la atmósfera reductora no habría resultado más útil contar con ambos fotosistemas en lugar de uno solo.

¿No resulta más claro concebir que ambos sistemas fueron creados en un único acto y dispuesto para que organismos completamente diferentes compartan su utilidad? Un marco así no requiere explicaciones alternativas ni necesita hipótesis ad hoc y no satisfactorias. Basta acaso contemplar la naturaleza con otros ojos para darnos cuenta de su asombrosa complejidad, diseñada por la gran Inteligencia de un Creador soberano.

El texto original fue publicado en formato 1.0 en 2 partes (julio y agosto de 2007)

Casa de la Virgen María en Éfeso

Ana Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 en el seno de una familia muy humilde. Fue bendecida por Dios de una manera particular, ya que se sabe que poseía uso de razón desde su mismo nacimiento y que podía comprender el latín litúrgico desde su primera Misa.

Ingresó en la Orden Agustina en Dülmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.

Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)

El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.

Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, que se detallan en otro artículo de Fides et Ratio, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.

« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.

Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.

La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.

Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.

A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.

La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.

Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.

Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.

A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.

La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.

La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.

Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.

Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»
Publicado en formato 1.0 en julio de 2007