domingo, 1 de febrero de 2009

El mito de la anestesia y el pecado

Un nuevo timo: que la Iglesia enseñó que la anestesia es pecado. No fue así; el origen del bulo parece ser una predicación de calvinistas escoceses en el siglo XIX, pero algunos hoy lo atribuyen al catolicismo.

Para defender la vida de los seres humanos más débiles (los embriones) y la dignidad de todos los humanos (con derecho a ser engendrados, no producidos en laboratorio), la Iglesia Católica y muchos especialistas en Bioética se oponen a prácticas como la investigación que destruye embriones, la fecundación in vitro, la clonación de humanos y su destrucción para obtener células madre.

Parte de la industria biotecnológica y de las clínicas de fecundación in vitro, junto con un sector de la sociedad, acusan a la Iglesia de "condenar al dolor" a muchos enfermos y estar en contra de avances médicos aún hipotéticos.

"De hecho, la Iglesia ya estuvo en contra de la anestesia en los partos porque los curas decían que la voluntad de Dios, según pone en la Biblia, es parir con dolor, pero al final han tenido que aceptar la anestesia". Esta es la idea que circula en debates y foros de Internet.

Pero ¿cuándo, en qué documento del Papa, del Magisterio, en qué concilio la Iglesia predicó contra la anestesia y el alivio del dolor? La respuesta es: en ninguno.

Cuando pides a los acusadores que ofrezcan citas o documentos no cuentan con nada. Excepto con un caso que implicó no a católicos, sino a algún predicador calvinista escocés en el siglo XIX.


El parto de la Reina Victoria

No existe ninguna declaración en la cual la Iglesia Católica haya pronunciado una palabra sobre este tema desde los inicios de la anestesiología a mediados del siglo XIX, gracias al uso del éter de doctores como Crawford Williamson Long o William Morton, hasta el día de hoy.

La anestesia sí fue criticada por algún pastor calvinista escocés. Encontraban en la anestesia una “blasfemia contra la divina Providencia” y un modo de evitar que se cumplieran las palabras de Dios a Eva: “Parirás con dolor”. Este minoritario sector del calvinismo acusó al doctor James Simpson y a John Snow de herejes tras llevar a cabo en 1848 el primer parto sin dolor, administrando cloroformo a la madre quien, agradecida, llamó a su hija Anestesia. Agradecida debía estar también la Reina Victoria de Inglaterra cuando años después también decidió inhalar cloroformo para aliviar los dolores de su octavo parto, con ayuda del doctor Snow. Tras el parto, la Reina -y Cabeza de la Iglesia Anglicana- lo nombró Sir, por tanto, no tan hereje.

No hay ninguna explicación para que la moral cristiana y su concepción del hombre impidan el uso de un sedante que facilite una intervención médica, de otro modo imposible. Es cierto que la Iglesia se niega a la experimentación con las células madre embrionarias, aunque más que oponerse lo que hace es levantar la voz de alarma y recordar: ahí hay una vida humana.

También se opone al uso del preservativo ya que está fuera de lo que un cristiano entiende por apertura al Amor, pero sobre todo porque ha demostrado no ser plenamente eficaz ni para impedir un embarazo ni para evitar el contagio de enfermedades. Pero extrapolar de ahí hasta la anestesia no tendría ningún sentido.
Al contrario, sólo ha sido al amparo de la cultura cristiana occidental donde la ciencia moderna ha podido surgir, gracias a la insistencia medieval en la racionalidad de Dios. Esta visión fue la condición necesaria que posibilitó su nacimiento como ninguna otra religión.


Científicos cristianos desde siempre

Los científicos famosos en los siglos XIII al XVII fueron cristianos devotos que creían que la perfecta Creación de Dios sólo necesitaba una explicación racional y científica. Como San Basilio, padre capadocio de la Iglesia, buen conocedor de Medicina y cuestiones científicas, o Nicolás de Oresme, economista, matemático y físico, uno de los principales fundadores de la Ciencia moderna además de teólogo católico y obispo de Lisieux, conocido como el Einstein del siglo XIV. El mismo Einstein, a pesar de no practicar religión ninguna, el científico afirmaba “cuánto más estudio la ciencia más creo en Dios”.

También contamos con ejemplos actuales del director del proyecto Genoma Humano, el norteamericano Francis S. Collins, converso tras plantearse que, con tan pocos datos sobre el cristianismo, no podía negarse como científico a que éste fuera posible, y públicamente declarado creyente en Dios, sin ver incompatibilidad entre su creencia y la ciencia. Éstos son los hombres que demuestran que la Iglesia no sólo no ha ido a rastras, sino que ha ido por delante, en muchas cuestiones modernas.

En cuando al concepto del hombre que, como decíamos antes, ha heredado todo el occidente cristiano es el de un ser dotado con una dignidad superior a la del resto de los animales, que le hace merecedor de la misericordia del corazón de Dios. Una misericordia dirigida a cada hombre, pero especial o más pronunciada aún hacia los enfermos, los que sufren y los moribundos. Es en atención de estos cuando tiene su razón de ser la anestesia.

El eslogan de una clínica de fisioterapia de Madrid reza “La solución a todos tus males, físicos”. Un recordatorio que quizá duela a la sociedad actual que huye en una carrera desenfrenada de todo lo que signifique sufrimiento. Hasta un límite la medicina alivia el dolor físico, pero no está en la mano de los médicos terminar con el sufrimiento del ser humano. Es interesante recordarlo para no caer en el extremo contrario de rechazar la anestesia.

Los adelantos médicos alejan la hora de la muerte, pero en ocasiones la otra cara de la moneda es la prolongación del padecimiento de la enfermedad. En definitiva, el sufrimiento es una cuestión de difícil respuesta para el hombre de hoy si no cuenta con el legado del sufrimiento cristiano, no el daño buscado por sí mismo, sino la identificación del mismo con los dolores de Cristo. O en un ejemplo mucho más reciente, el Papa Juan Pablo II quien ha encarnado en vida su teología sobre el sufrimiento.

Ciencia y cristianismo no son asuntos irreconciliables... de hecho, el primer anestesista de la Historia fue el mismo Dios, que durmió a Adán en el jardín del Edén.


Raquel Teresa (España) para Forum Libertas

Publicado en formato 1.0 en febrero de 2009

¿Qué evitó la Guerra entre Argentina y Chile?

Texto original de Monseñor Carmelo Giaquinta para AICA

El fantasma de la guerra

En 1978, la embriaguez del Mundial de Fútbol, con la victoria argentina, nos hizo olvidar, por un momento, la pesadilla que vivíamos, con etapas cada vez más terribles. Primero había sido el estado de terror creado por la guerrilla revolucionaria que, además de convulsionar a la sociedad, había puesto en jaque a las comisarías y a los cuarteles. Después, fue el terror que impuso el Estado, con un estilo de represión que emuló el vivido en la Alemania nazi con Himmler y en la Rusia soviética con Laurenti Beria, cuyas consecuencias todavía lloramos.

Pasada la resaca de la borrachera del Mundial, ¿nos hacía falta otra? ¿Y esta vez con sangre, en una guerra con la nación hermana de Chile? Nadie en el pueblo la quería. Sin embargo, un laudo arbitral sobre tres islas inhóspitas en el lejano Sur, rechazado por la Argentina, comenzó a proyectar su fantasma. Éste se corporizó y agigantó tanto que la guerra pareció inevitable. ¿Cómo enfrentarlo y vencerlo?

Hubo medios de prensa que propiciaron la paz, gestiones de representaciones diplomáticas ante las dos naciones, en especial de las dos Nunciaturas Apostólicas, tiras y aflojas dentro de ambas Fuerzas armadas. Y, desde el comienzo del conflicto, conversaciones entre los Episcopados.

Pero ¿quiénes fueron los que miraron de frente al fantasma, y se propusieron vencerlo, como David a Goliat, con el arma sencilla de una intervención pacificadora, que reportó la victoria de la paz para nuestros pueblos?


Sólo recordaré los pasos dados por el Episcopado argentino, y también por el chileno, ante la Santa Sede, y las respuestas de ésta, hasta que el Papa Juan Pablo II aceptó actuar como mediador entre la Argentina y Chile. O sea, las gestiones realizadas durante poco menos de cuatro meses, entre el 26 de agosto, cuando fue elegido el Papa Juan Pablo I, y el 22 de diciembre de 1978 diciembre, cuando el Papa Juan Pablo II decidió enviar a un representante suyo especial.

Monseñor Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia (imagen del Diario La Nación de Buenos Aires)


El cónclave del Papa Luciani (agosto 1978)

El 6 de agosto de 1978 murió el Papa Pablo VI, incansable apóstol de la paz. El Cónclave que eligió al Papa Juan Pablo I se realizó los días 25 y 26 de agosto. El sábado 26, poco antes de las 18,30 hs., resultó elegido el Cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia.

Esa misma noche, tras escoger su nuevo nombre como Juan Pablo I, recibió el saludo y la obediencia de los Cardenales electores. Cuando llegó el turno del Cardenal Primatesta, Arzobispo de Córdoba y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, le dijo: “Le hago presente la obediencia de todo el Episcopado argentino. Le pido por la pronta beatificación del Cura Brochero y de Fray Mamerto Esquiú. Y hoy, sobre todo, le pido que tenga una palabra sobre la cuestión del Beagle”. Y le anunció que le enviaría una carta. El día 30 de agosto, durante la reunión del Papa con el Colegio Cardenalicio, éste le comentó al Cardenal: ‘Leí su carta y lamento todo lo que dicen los diarios”.

Ciertamente que los Cardenales de Argentina y Chile, Raúl Silva Henríquez, Juan Carlos Aramburu y Raúl Francisco Primatesta, conversaron en los pasillos del Cónclave sobre el peligro de una guerra. Pero también lo hicieron formalmente. El domingo 27 por la mañana, el Cardenal Silva Henríquez se entrevistó con el Cardenal Primatesta. “Una guerra sería un suicidio, le dijo. No es una iniciativa que cuente con el apoyo popular de los chilenos”. Y enterado de lo que el Cardenal Primatesta le había dicho al Papa, prometió hacer lo mismo. Y ambos quedaron en pedirle que dijera alguna palabra a los Episcopados para alentar su accionar de paz.

El domingo 3 de septiembre, día del inicio del ministerio del Supremo Pastor, llamado antes de la “entronización” o “coronación”, entre las numerosas misiones especiales llegadas a Roma, estaba el Presidente de la Argentina, Tte. General Jorge Rafael Videla. No le había sido fácil sortear la oposición interna para viajar. De Chile estaba el Ministro de Relaciones Exteriores, D. Hernán Cubillos Sallato. Durante el saludo protocolar posterior a la Misa, ¿el Papa intercambió alguna palabra con cada uno de dichos representantes sobre la preocupante cuestión? No es fácil saberlo.

Sin embargo, la semillita de la futura mediación estaba sembrada. Pero habría que cultivarla y defenderla de muchas malezas y abrojos.



Reunión de Obispos argentinos y chilenos en Mendoza (septiembre 1978)

El martes 5 de septiembre, en Buenos Aires, se reunió la Comisión Permanente del Episcopado Argentino. Se dispuso hacer una reunión entre Obispos argentinos y chilenos, para redactar un documento conjunto exhortando a la paz. Tal reunión era propiciada desde noviembre de 1977 por el Obispo de San Felipe, Francisco de Borja Valenzuela Ríos, Presidente de la Conferencia Episcopal Chilena, pero estaba demorada por recelar la parte argentina de su oportunidad. El miércoles 6, al sumarse a la reunión los dos Cardenales recién llegados, la votación fue fácil. Y se resolvió que una Comisión episcopal integrada por el Cardenal Primatesta, y por los Arzobispos Vicente Zaspe, de Santa Fe, y Olimpo Maresma, de Mendoza, se reuniese con representantes del Episcopado Chileno para redactar una declaración exhortando a la paz.

La reunión se concretó en Mendoza, casi de inmediato los días 11 y 12 de septiembre. De la parte chilena vinieron Mons. Valenzuela y Mons. Fresno. Y se redactó el “Mensaje de los obispos de Argentina y Chile sobre la Paz”, que se publicó el día 12. Sin perder tiempo, ya el día anterior, los Presidentes de ambos Episcopados, el Cardenal Primatesta y Mons. Valenzuela, le enviaron una carta al Papa Juan Pablo I, pidiéndole “una paterna intervención ante nuestros respectivos gobernantes para confirmarlos en la decisión cristiana de resolver las diferencias limítrofes por los caminos de la paz”.

La respuesta papal no tardó en llegar. El 20 de septiembre, nueve días antes de su inesperada muerte, el Papa Luciani escribió a los Obispos de la Argentina y de Chile, exhortando “a que, con toda la fuerza moral a vuestra disposición, hagáis obra de pacificación, alentando a todos, gobernantes y gobernados, hacia metas de entendimiento mutuo y de generosa comprensión para con quienes, por encima de barreras nacionales, son hermanos en humanidad, hijos del mismo Padre, a Él unidos por idénticos vínculos religiosos”.


El cónclave del Papa Wojtyla (octubre 1978)


Juan Pablo II (papa entre 1978 y 2005)



Los miembros del Colegio Cardenalicio se reunieron nuevamente en Cónclave en Roma entre el 14 y 16 de octubre. El día 16, a las 18,18, la chimenea comenzó a despedir la famosa “fumata bianca”. Media hora después, el Cardenal Pericle Felici hizo el asombroso anuncio de la elección de un Cardenal no italiano, proveniente de Polonia, país de régimen comunista, el Arzobispo de Cracovia Carlos Wojtyla, que tomó el nombre de Juan Pablo II.


Es muy probable que esa noche, en el saludo al nuevo Papa, los tres Cardenales de la Argentina y Chile, Silva Henríquez, Aramburu y Primatesta, le hayan hecho presente la delicadísima situación que se vivía entre las dos naciones y lo interesasen en la propuesta hecha al Papa Luciani. Ciertamente lo hicieron el día 18, durante la primera audiencia del Papa a los Cardenales. Cuando llegó el turno del Cardenal Primatesta, a su saludo el Papa le respondió: “Polonia y la Argentina están muy lejanas del centro, pero quizás vivan situaciones más o menos semejantes. Ahora tenemos que estar muy unidos”. Al día siguiente, 19 de octubre, los tres Cardenales, le dirigieron una carta de dos páginas, “para solicitar su alto consejo y apoyo en las difíciles circunstancias que amenazan la paz de nuestras naciones”, y “reiterar nuestro pedido” de intervención de la Santa Sede ante los gobiernos de las dos naciones. El Cardenal Siva Henríquez, por su parte, fue recibido por el Papa en audiencia privada, el martes 24 de octubre.


No deja de tener interés que los Presidentes de ambos países se hiciesen presentes con telegramas. En el de Augusto Pinochet se lee: “Confiamos en que nos iluminéis con cristiana bondad”. El domingo 22 de octubre, para la inauguración oficial del nuevo pontificado, ambos países enviaron misiones especiales. La de la Argentina, representada por el Ministro de Relaciones Exteriores, Vicealmirante Oscar Antonio Montes. Y la de Chile, por el Dr. Enrique Ortúzar Escobar, Miembro del Consejo de Estado. Además, el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, D. Hernán Cubillos Sallato, fue recibido por el Papa en audiencia privada el día 30. Más allá de la cortesía propia de esos eventos, ¿se trataba de tantear la posibilidad de una intervención papal?

En Buenos Aires, el Presidente Videla lo intentaba desde su viaje a Roma. En una cena en la Nunciatura, a la que Mons. Pio Laghil invitó también a los Cardenales, el Presidente los tomó aparte para preguntarles cuáles serían las posibilidades de acudir al Papa en ese problema, si no sería cosa fuera de lugar. Los Cardenales respondieron que ya habían considerado ese tema con el Nuncio, y que acudir al Papa, no como árbitro, sino como mediador, podría ser interesante.


Pugna entre el fantasma de la guerra y el empeño por la paz (noviembre-diciembre 1978)


A pesar de los tanteos y esfuerzos, el fantasma de la guerra siguió tomando cuerpo. Se dispuso, por tanto, que la Asamblea del Episcopado a reunirse en noviembre de 1978, tratase el tema de la paz. Sobre su conveniencia se venía especulando desde la reunión de la Comisión Permanente en marzo de ese año. Fue así que la Asamblea episcopal, el 18 de noviembre publicó una enjundiosa carta pastoral, “La Paz es obra de todos”, de nueve capítulos, orientada a desarmar el corazón de los cristianos y de la opinión pública, a armarlo espiritualmente para la paz, desistiendo de recurrir a la violencia en todos los ámbitos de la vida. Un capítulo está dedicado a “la paz y la naciones”, referido directamente a la situación entre la Argentina y Chile. Y otro, a “la paz interior”, referido a la situación nacional, especialmente la derivada de la represión del Estado, que el Mundial no había logrado hacer olvidar.


Viaje relámpago a Roma del Cardenal Primatesta (diciembre 1978)

Cardenal Raúl Francisco Primatesta (1919 - 2006)


Qué información sobre los preparativos para la guerra tenía el Cardenal Primatesta, no es fácil conocerlo. A comienzos de diciembre, estando en Córdoba, decide un viaje relámpago a Roma. Le pide a Miguel Pérez Gaudio, su encargado de prensa, hacer un llamado telefónico “persona a persona” con el Cardenal Villot, Secretario de Estado. Luego informa por teléfono de su decisión al Presidente de la Nación, y parte. El hecho que el Cardenal es miembro del Consejo de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, que se reúne por esos días, es una buena pantalla para ocultar el motivo más profundo de su viaje.


Apenas llegado a Roma, el Cardenal se entrevistó con el P. Cavalli, del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, encargado del área “Argentina”, para preparar la entrevista con el Papa. El Santo Padre lo mandó llamar enseguida. El Cardenal estaba muy preocupado. El Papa, un tanto receloso. La cuestión no era fácil. Había un laudo arbitral de por medio. En un momento el Cardenal le dice: “Perdóneme, Santidad, si la Santa Sede no tomara interés en este asunto y llega a declararse la guerra…”. El Cardenal se cortó allí.

Roma da pronto una buena señal. El 12 de diciembre, el Papa Juan Pablo II dirigió una carta a los Presidentes de la Argentina y de Chile, en vista del encuentro que ese día tenían los Cancilleres de ambos países en Buenos Aires, haciendo votos para que “el coloquio allane el camino para una ulterior reflexión, la cual, obviando pasos que pudieran ser susceptibles de consecuencias imprevisibles, consienta la prosecución de un examen sereno y responsable del contraste”.

El Cardenal se entrevistó también con Monseñor Casaroli, responsable del Consejo mencionado, y con el Cardenal Villot, secretario de Estado. El 17 de diciembre, en el aeropuerto de Roma de regreso a Buenos Aires, el Cardenal es despedido por el Embajador Rubén Blanco con malas noticias. “El Presidente de la República me acaba de comunicar que el estallido es cuestión de horas”. El Cardenal le pidió que fuera a verlo a Mons. Casaroli y le explicara todo.


Último round entre el fantasma de la guerra y el don de la paz (diciembre 1978)

Llegado a Buenos Aires 18 de diciembre, el Cardenal se rehúsa hablar con los periodistas. El 19, por la mañana, preside la reunión de la Comisión Permanente del Episcopado, informa de su gestión ante la Santa Sede, pide el apoyo de la Comisión, e informa que a las 11 horas tiene una audiencia con el Presidente de la Nación. Frente a la sugerencia de los Obispos de esperar su regreso antes de hablar a Roma, el Cardenal es taxativo: “La diferencia horaria los obligará a hablar a Roma recién mañana. Y eso es demasiado”. No quiere forzar a la Comisión a dar su consentimiento a su iniciativa. Pero insiste en que, desde que llegó de Roma, hay una situación mucho más urgente, y pregunta si ante eso es posible que los Obispos no digan nada al Papa. Los Obispos resuelven, entonces, enviar el siguiente telegrama: “Ante urgencia crítica situación Episcopado Argentino pide al Santo Padre interponga su paternal influencia de manera apremiante ante Gobiernos Argentino y Chileno, para encontrar caminos de convivencia, equidad y paz”.

El Cardenal sale para la audiencia con el Presidente de la Nación. La Comisión Permanente sigue sesionando y resuelve invitar al Episcopado chileno a hacer igual gestión ante la Santa Sede, y, además, con fecha 20 de diciembre, publica un breve comunicado de exhortación a la paz, recomendando la lectura de la carta pastoral.

El viernes 22, en Roma, en la reunión con el Colegio de Cardenales para los saludos natalicios, el Papa Juan Pablo II revela que, “en el día de ayer (jueves 21), frente a las noticias siempre más alarmantes que llegaban sobre el agravamiento y la posible precipitación de la situación, temida por no pocos como inminente, hice conocer a las partes mi disposición – e incluso el deseo- de enviar a las dos capitales un representante mío especial, para tener informaciones más directas y concretas sobre las respectivas posiciones y para examinar y buscar juntos las posibilidades de una composición honorable y pacífica de la controversia. A la noche ha llegado la noticia de la aceptación de tal propuesta por parte de ambos Gobiernos, con expresiones de gratitud y de confianza”.


David voltea a Goliat y embate final

David había derribado al gigante Goliat. Faltaba el golpe de gracia. El embate final para degollarlo, aunque largo y difícil de dar, comenzó casi enseguida. El día de Navidad, el Cardenal Antonio Samoré, representante especial del Papa, acompañado de un joven sacerdote español, Faustino Sainz Muñoz, partió de Roma rumbo a Buenos Aires y Santiago de Chile. El 26 comenzaron las rondas de entrevistas. El 8 de enero de 1979, los Cancilleres de Argentina y de Chile, reunidos en Montevideo, suscribieron un acta por la que ambos Gobiernos acordaron solicitarle al Sumo Pontífice Juan Pablo II que actúe “como Mediador con la finalidad de guiarlos en las negociaciones y asistirlos en la búsqueda de una solución del diferendo para el cual ambos Gobiernos convinieron buscar el método de solución pacífica que consideraran más adecuado”.


El miércoles 24 de enero de 1979 el Papa Juan Pablo II aceptó actuar como mediador. Lo que siguió después está ampliamente documentado.

El Cardenal Primatesta, apóstol de la paz entre la Argentina y Chile

Al Cardenal no me vinculó una relación de afecto. Pero siempre sentí respeto por él. Y en situaciones delicadas lo consulté. Aunque no era muy sonriente, nunca lo vi irritado. A veces me parecía titubeante. Pero varias veces admiré su capacidad de resolución. Por ejemplo, cuando se redactó el documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, y algunos Obispos perfeccionistas hubiésemos deseado su postergación. Pero fue en la crisis entre la Argentina y Chile cuando el Cardenal mostró al máximo su capacidad de decisión. El que ayer titubeaba en reunirse con los Obispos chilenos, de pronto viaja a Roma, y, contra toda humana prudencia, logra del Papa una desacostumbrada intervención.


Los argentinos no tenemos idea de la magnitud de los males de los que nos salvó la mediación del Papa Juan Pablo II y de los beneficios que nos ha reportado. Esto vale también de la paciente y sabia labor realizada por el Cardenal Antonio Samoré, en llevar a cabo la tarea concreta de la mediación. Pero vale, igualmente, de la labor del Cardenal Raúl Francisco Primatesta para lograr una intervención papal ante los dos gobiernos, que desembocó en la mediación.


Tal vez no se le levante un monumento, como en justicia lo merecería según el sentir de muchos. Pero el Cardenal tiene ya levantado un monumento: el más bello y perdurable de todos, esculpido por el mismo Jesús en las Bienaventuranzas del Sermón del Monte: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5,9).

Publicado en formato 1.0 en febrero de 2009

Credo de San Atanasio

Esta oración se conoce desde antaño como “Credo de San Atanasio” o Quicumque («quien quiera») y se recitaba antes en el Oficio Divino de los domingos. Incluso algunos grupos protestantes lo incluyen entre sus celebraciones.

El texto se atribuye a San Atanasio (siglo IV), pero las iglesias de Oriente lo comenzaron a emplear hacia el siglo XII. Algunos historiadores sitúan su origen en el sur de Francia en el siglo V, ya que la copia manuscrita más antigua se obtuvo de la colección de homilías de San Cesáreo de Arles (503-542).

Reproducimos este bello texto en su original latino y su traducción al castellano.

Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est, ut teneat catholicam fidem:
Quienquiera desee salvarse debe, ante todo, guardar la Fe Católica:

Quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternam peribit.
quien no la observare íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente.

Fides autem catholica haec est: ut unum Deum in Trinitate, et Trinitatem in unitate veneremur.
Esta es la Fe Católica: que veneramos a un Dios en la Trinidad y a la Trinidad en unidad.

Neque confundentes personas, neque substantiam seperantes.
Ni confundimos las personas, ni separamos las substancias.

Alia est enim persona Patris alia Filii, alia Spiritus Sancti:
Porque otra es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo:

Sed Patris, et Fili, et Spiritus Sancti una est divinitas, aequalis gloria, coeterna maiestas.
Pero la divinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una, es igual su gloria, es coeterna su majestad.

Qualis Pater, talis Filius, talis Spiritus Sanctus.
Como el Padre, tal el Hijo, tal el Espíritu Santo.

Increatus Pater, increatus Filius, increatus Spiritus Sanctus.
Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo.

Immensus Pater, immensus Filius, immensus Spiritus Sanctus.
Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo.

Aeternus Pater, aeternus Filius, aeternus Spiritus Sanctus.
Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.

Et tamen non tres aeterni, sed unus aeternus.
Y, sin embargo, no tres eternos, sino uno eterno.

Sicut non tres increati, nec tres immensi, sed unus increatus, et unus immensus.
Como no son tres increados ni tres inmensos, sino uno increado y uno inmenso.

Similiter omnipotens Pater, omnipotens Filius, omnipotens Spiritus Sanctus.
Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo.

Et tamen non tres omnipotentes, sed unus omnipotens.
Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino uno omnipotente.

Ita Deus Pater, Deus Filius, Deus Spiritus Sanctus.
Como es Dios el Padre, es Dios el Hijo, es Dios el Espíritu Santo.

Et tamen non tres dii, sed unus est Deus.
Y, sin embargo, no tres dioses, sino un Dios.

Ita Dominus Pater, Dominus Filius, Dominus Spiritus Sanctus.
Como es Señor el Padre, es Señor el Hijo, es Señor el Espíritu Santo.

Et tamen non tres Domini, sed unus est Dominus.
Y, sin embargo, no tres señores sino un Señor.

Quia, sicut singillatim unamquamque personam Deum ac Dominum confiteri christiana veritate compelimur: ita tres Deos aut Dominos dicere catholica religione prohibemur.
Porque, así como la verdad cristiana nos compele a confesar que cualquiera de las personas es, singularmente, Dios y Señor, así la religión católica nos prohibe decir que son tres Dioses o Señores.

Pater a nullo est factus: nec creatus, nec genitus.
Al Padre nadie lo hizo: ni lo creó, ni lo engendró.

Filius a Patre solo est: non factus, nec creatus, sed genitus.
El Hijo es sólo del Padre: no hecho, ni creado, sino engendrado.

Spiritus Sanctus a Patre et Filio: non factus, nec creatus, nec genitus, sed procedens.
El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo: no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente de ellos.

Unus ergo Pater, non tres Patres: unus Filius, non tres Filii: unus Spiritus Sanctus, non tres Spiritus Sancti.
Por tanto, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos, un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos.

Et in hac Trinitate nihil prius aut posterius, nihil maius aut minus: sed totae tres personae coaeternae sibi sunt et coaequales.
En en esta Trinidad nada es primero o posterior, nada mayor o menor: sino todas la tres personas son coeternas y coiguales las unas para con las otras.

Ita ut per omnia, sicut iam supra dictum est, et unitas in Trinitate, et Trinitas in unitate veneranda sit.
Así, para que la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad sea venerada por todo, como se dijo antes.

Qui vult ergo salvus esse, ita de Trinitate sentiat.
Quien quiere salvarse, por tanto, así debe sentir de la Trinidad.

Sed necessarium est ad aeternam salutem, ut incarnationem quoque Domini nostri Iesu Christi fideliter credat.
Pero, para la salud eterna, es necesario creer fielmente también en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo.

Est ergo fides recta ut credamus et confiteamur, quia Dominus noster Iesus Christus, Dei Filius, Deus et homo est.
Es pues fe recta que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo , Hijo de Dios, es Dios y hombre.

Deus est ex substantia Patris ante saecula genitus: et homo est ex substantia matris in saeculo natus.
Es Dios de la substancia del Padre, engendrado antes de los siglos, y es hombre de la substancia de la madre, nacido en el tiempo.

Perfectus Deus, perfectus homo: ex anima rationali et humana carne subsistens.
Dios perfecto, hombre perfecto: con alma racional y carne humana.

Aequalis Patri secundum divinitatem: minor Patre secundum humanitatem.
Igual al Padre, según la divinidad; menor que el Padre, según la humanidad.

Qui licet Deus sit et homo, non duo tamen, sed unus est Christus.
Aunque Dios y hombre, Cristo no es dos, sino uno.

Unus autem non conversione divinitatis in carnem, sed assumptione humanitatis in Deum.
Uno, no por conversión de la divinidad en carne, sino porque la humanidad fue asumida por Dios.

Unus omnino, non confusione substantiae, sed unitate personae.
Completamente uno, no por mezcla de las substancias, sino por unidad de la persona.

Nam sicut anima rationalis et caro unus est homo: ita Deus et homo unus est Christus.
Porque, como el alma racional y la carne son un hombre, así Dios y hombre son un Cristo.

Qui passus est pro salute nostra: descendit ad inferos: tertia die resurrexit a mortuis.
Que padeció por nuestra salud: descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos.

Ascendit ad caelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis: inde venturus est iudicare vivos et mortuos.
Ascendió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios Padre omnipotente; de allí vendrá a juzgar a vivos y muertos.

Ad cuius adventum omnes homines resurgere habent cum corporibus suis: et reddituri sunt de factis propriis rationem.
A su venida, todos los hombres tendrán que resucitar con sus propios cuerpos, y tendrán que dar cuenta de sus propios actos.

Et qui bona egerunt, ibunt in vitam aeternam: qui vero mala, in ignem aeternum.
Los que actuaron bien irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno.

Haec est fides catholica, quam nisi quisque fideliter firmiterque crediderit, salvus esse non poterit. Amen.
Esta es la fe católica, quien no la crea fiel y firmemente, no podrá salvarse. Amén.
Publicado en formato 1.0 en febrero de 2009

La Relatividad y George Lemaître

La teoría del Big Bang, la Gran Explosión que habría originado nuestro mundo, pertenece a la cultura general de nuestra época. Originalmente fue formulada por el belga Georges Lemaître, físico y sacerdote católico. Con ocasión del centenario de su nacimiento se ha editado un libro que ilustra la vida y obra de Lemaître (*).

Todo el mundo sabe algo de Galileo, Newton o Einstein, por citar tres nombres especialmente ilustres de la física. Pero pocos han oído hablar de Georges Lemaître, el padre de las teorías actuales sobre el origen del universo.


Una trayectoria singular

Lemaître nació en Charleroi (Bélgica) el 17 de julio de 1894, y murió el 20 de junio de 1966. No fue un sacerdote que se dedicó a la ciencia ni un científico que se hizo sacerdote: fue, desde el principio, las dos cosas. Desde muy joven descubrió su doble vocación, y lo comentó con su familia. Su padre le aconsejó estudiar primero Ingeniería, y así lo hizo, aunque su trayectoria se complicó porque se pasó a la física y además porque, en mitad de sus estudios, estalló la primera guerra mundial.

En 1911 fue admitido en la Escuela de Ingenieros. En verano de 1914 pensaba pasar sus vacaciones yendo al Tirol en bicicleta con un amigo, pero tuvo que cambiar las vacaciones por la guerra en la que se vio envuelto su país hasta 1918. Después volvió a la Universidad de Lovaina y cambió su orientación: se dedicó a las matemáticas y a la física. Como seguía con su idea de ser sacerdote, tras obtener el doctorado en física y matemáticas ingresó en el Seminario de Malinas y fue ordenado sacerdote por el Cardenal Mercier, el 22 de septiembre de 1923. Ese mismo año le fueron concedidas dos becas de investigación, una del gobierno belga y otra de una Fundación norteamericana, y fue admitido en la Universidad de Cambridge (Inglaterra) como investigador de astronomía.

El observatorio astronómico de Cambridge estaba entonces dirigido por Sir Arthur Eddington, uno de los astrofísicos más importantes del siglo XX. Eran unos años muy importantes para la física. Einstein había formulado la relatividad especial en 1905, y en 1915 la relatividad general, que por vez primera permitía estudiar científicamente el universo en su conjunto. Lemaître siguió las enseñanzas de Eddington y también las de Rutherford, padre de la física nuclear. En junio de 1924 volvió a Bruselas, pero ese mismo año volvió a viajar por motivos científicos, esta vez a Canadá y Estados Unidos. En América, además de encontrar a Eddington, tuvo la oportunidad de conocer directamente a algunos físicos que, en aquellos momentos, estaban realizando trabajos pioneros en las observaciones astronómicas, y pasó el curso 1924-1925 trabajando en Harvard con uno de ellos, Harlow Shapley.

Desde octubre de 1925, Lemaître fue profesor de la Universidad de Lovaina. Abierto y simpático, tenía grandes dotes para la investigación y era un profesor nada convencional. Ejerció una gran influencia en muchos alumnos y promovió la investigación en la Universidad. Además, en 1930 se hizo famoso en la comunidad científica mundial y sus viajes, especialmente a los Estados Unidos, fueron ya una constante durante muchos años.

Lemaître se hizo famoso por dos trabajos que están muy relacionados y se refieren al universo en su conjunto: la expansión del universo, y su origen a partir de un «átomo primitivo».


La expansión del universo

Las ecuaciones de la relatividad general, formuladas por Einstein en 1915, permitían estudiar el universo en su conjunto. El mismo Einstein lo hizo, pero se encontró con un universo que no le gustaba: era un universo que cambiaba con el tiempo, y Einstein, por motivos no científicos, prefería un universo inalterable en su conjunto. Para conseguirlo, realizó una maniobra que, al menos en la ciencia, suele ser mala: introdujo en sus ecuaciones un término cuya única función era mantener al universo estable, de acuerdo con sus preferencias personales. Se trataba de una magnitud a la que denominó «constante cosmológica». Años más tarde, dijo que había sido el peor error de su vida.

Otros físicos también habían desarrollado los estudios del universo tomando como base la relatividad general. Fueron especialmente importantes los trabajos del holandés Willem de Sitter en 1917, y del ruso George Friedman en 1922 y 1924. Friedman formuló la hipótesis de un universo en expansión, pero sus trabajos tuvieron escasa repercusión en aquellos momentos.

Lemaître trabajó en esa línea hasta que consiguió una explicación teórica del universo en expansión, y la publicó en un artículo de 1927. Pero, aunque ese artículo era correcto y estaba de acuerdo con los datos obtenidos por los astrofísicos de vanguardia en aquellos años, no tuvo por el momento ningún impacto especial, a pesar de que Lemaître fue a hablar de ese tema, personalmente, con Einstein en 1927 y con de Sitter en 1928: ninguno de los dos le hizo caso.

Para que a uno le hagan caso, suele ser importante tener un buen intercesor. El gran intercesor de Lemaître fue Eddington, quien le conocía por haberle tenido como discípulo en Cambridge el curso 1923-1924. El 10 de enero de 1930 tuvo lugar en Londres una reunión de la Real Sociedad Astronómica. Leyendo el informe que se publicó sobre esa reunión, Lemaître advirtió que tanto de Sitter como Eddington estaban insatisfechos con el universo estático de Einstein y buscaban otra solución. ¡Una solución que él ya había publicado en 1927! Escribió a Eddington recordándole ese trabajo de 1927. A Eddington, como a Einstein y por motivos semejantes, tampoco le hacía gracia un universo en expansión; pero esta vez se rindió ante los argumentos y se dispuso a reparar el desaguisado. El 10 de mayo de 1930 dio una conferencia ante la Sociedad Real sobre ese problema, y en ella informó sobre el trabajo de Lemaître: se refirió a la «contribución decididamente original avanzada por la brillante solución de Lemaître», diciendo que «da una respuesta asombrosamente completa a los diversos problemas que plantean las cosmogonías de Einstein y de de Sitter». El 19 de mayo, de Sitter reconoció también el valor del trabajo de Lemaître que fue publicado, traducido al inglés, por la Real Sociedad Astronómica. Lemaître se hizo famoso.

La fama de Lemaître se consolidó en 1932. Muchos astrónomos y periodistas estaban presentes en Cambridge (Estados Unidos), en la conferencia que Eddington pronunció el día 7 de septiembre en olor de multitud, y en esa conferencia Eddington se refirió a la hipótesis de Lemaître como una idea fundamental para comprender el universo (Lemaître estaba presente en la conferencia). El día 9, en el Observatorio de Harvard, se pidió a Eddington y Lemaître que explicasen su teoría.


El átomo primitivo

Si el universo está en expansión, resulta lógico pensar que, en el pasado, ocupaba un espacio cada vez más pequeño, hasta que, en algún momento original, todo el universo se encontraría concentrado en una especie de «átomo primitivo». Esto es lo que casi todos los científicos afirman hoy día, pero nadie había elaborado científicamente esa idea antes de que Lemaître lo hiciera, en un artículo publicado en la prestigiosa revista inglesa Nature el 9 de mayo de 1931.

El artículo era corto, y se titulaba «El comienzo del mundo desde el punto de vista de la teoría cuántica». Lemaître publicó otros artículos sobre el mismo tema en los años sucesivos, y llegó a publicar un libro titulado «La hipótesis del átomo primitivo».

En la actualidad estamos acostumbrados a estos temas, pero la situación era muy diferente en 1931. De hecho, la idea de Lemaître tropezó no sólo con críticas, sino con una abierta hostilidad por parte de científicos que reaccionaron a veces de modo violento. Especialmente, Einstein encontraba esa hipótesis demasiado audaz e incluso tendenciosa.

Llegamos así a una situación que se podría calificar como «síndrome Galileo». Este síndrome tiene diferentes manifestaciones, según los casos, pero responde a un mismo estado de ánimo: el temor de que la religión pueda interferir con la autonomía de las ciencias. Sin duda, una interferencia de ese tipo es indeseable; pero el síndrome Galileo se produce cuando no existe realmente una interferencia y, sin embargo, se piensa que existe.

En nuestro caso, se dio el síndrome Galileo: varios científicos (entre ellos Einstein) veían con desconfianza la propuesta de Lemaître, que era una hipótesis científica seria, porque, según su opinión, podría favorecer a las ideas religiosas acerca de la creación. Pero antes de analizar más de cerca las manifestaciones del «síndrome Galileo» en este caso, vale la pena registrar cómo se desarrollaron las relaciones entre Lemaître y Einstein.


Einstein y Lemaître

El artículo de Lemaître de 1927, sobre la expansión del universo, no encontró mucho eco. Desde luego, Lemaître no era un hombre que se quedase con los brazos cruzados. Convencido de la importancia de su trabajo, fue a explicárselo al mismísimo Einstein.

El primer encuentro fue, más bien, un encontronazo. Del 24 al 29 de octubre de 1927 tuvo lugar, en Bruselas, el famoso quinto congreso Solvay, donde los grandes genios de la física discutieron la nueva física cuántica. Lemaître buscó hablar con Einstein sobre su artículo, y lo consiguió. Pero Einstein le dijo: «He leído su artículo. Sus cálculos son correctos, pero su física es abominable». Lemaître, convencido de que Einstein se equivocaba esta vez, buscó prolongar la conversación, y también lo consiguió. El profesor Piccard, que acompañaba a Einstein para mostrarle su laboratorio en la Universidad, invitó a Lemaître a subir al taxi con ellos. Una vez en el coche, Lemaître aludió a la velocidad de las nebulosas, tema que en aquellos momentos era objeto de importantes resultados que Lemaître conocía muy bien y que se encuentra muy relacionado con la expansión del universo. Pero la situación se volvió bastante embarazosa, porque Einstein no parecía estar al corriente de esos resultados. Piccard decidió huir hacia adelante: para salvar la situación, ¡comenzó a hablar con Einstein en alemán, idioma que Lemaître no entendía!

Las relaciones de Lemaître con Einstein mejoraron más tarde. La primera aproximación vino a través de los reyes de Bélgica, que se interesaron por los trabajos de Lemaître y le invitaron a la corte. Einstein pasaba cada año por Bélgica para visitar a Lorentz y a de Sitter, y en 1929 encontró una invitación de la reina Elizabeth, alemana como Einstein, en la que le pedía que fuera a verla llevando su violón (tocar el violón era una afición común a la reina y a Einstein): esa invitación fue seguida por muchas otras, de modo que Einstein llegó a ser amigo de los reyes. En una conversación, el rey preguntó a Einstein sobre la famosa teoría acerca de la expansión del universo, e inevitablemente se habló de Lemaître; notando que Einstein se sentía incómodo, la reina le invitó a improvisar, con ella, un dúo de violón. Ya llovía sobre mojado.

Otra aproximación se produjo en 1930, en una ceremonia en Cambridge, donde Einstein encontró a Eddington. De nuevo salió en la conversación la teoría del sacerdote belga, y Eddington la defendió con entusiasmo.

Einstein tuvo varios años para reflexionar antes de encontrarse de nuevo personalmente con Lemaître, en los Estados Unidos. Lemaître había sido invitado por el famoso físico Robert Millikan, director del Instituto de Tecnología de California. Entre sus conferencias y seminarios, el 11 de enero de 1933 dirigió un seminario sobre los rayos cósmicos, y Einstein se encontraba entre los asistentes. Esta vez, Einstein se mostró muy afable y felicitó a Lemaître por la calidad de su exposición. Después, ambos se fueron a discutir sus puntos de vista. Einstein ya admitió entonces que el universo está en expansión; sin embargo, no le convencía la teoría del átomo primitivo, que le recordaba demasiado la creación. Einstein dudó de la buena fe de Lemaître en ese tema, y Lemaître, por el momento, no insistió.

En mayo de 1933, Einstein dirigió algunos seminarios en la Universidad Libre de Bruselas. Al enterarse de que Hitler había sido nombrado Canciller de la República Alemana, fue a la Embajada alemana en Bruselas para renunciar a la nacionalidad alemana y dimitir de sus puestos en la Academia de Ciencias y en la Universidad de Berlín. Einstein permaneció varios meses en Bélgica, preparando su porvenir de exiliado. En esas circunstancias, Lemaître fue a verle y le organizó varios seminarios. En uno de ellos, Einstein anunció que la conferencia siguiente la daría Lemaître, añadiendo que tenía cosas interesantes que contarles. El pobre Lemaître, cogido esta vez por sorpresa, pasó un fin de semana preparando su conferencia, y la dio el 17 de mayo. Einstein le interrumpió varias veces en la conferencia manifestando su entusiasmo, y afirmó entonces que Lemaître era la persona que mejor había comprendido sus teorías de la relatividad.

De enero a junio de 1935, Lemaître estuvo en los Estados Unidos como profesor invitado por el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. En Princeton encontró por última vez a Einstein.


Ciencia y religión

Volvamos al síndrome Galileo. A Einstein le costó aceptar la expansión del universo, aunque finalmente tuvo que rendirse ante ella, porque sus ideas religiosas se situaban en una línea que de algún modo podría calificarse, con los debidos matices, como panteísta. Por tanto, al otorgar de algún modo un carácter divino al universo, le costaba admitir que el universo en su conjunto va cambiando con el tiempo. Los mismos motivos le llevaron a rechazar la teoría del átomo primitivo. Un universo que tiene una historia y que comienza en un estado muy singular le recordaba demasiado la idea de creación.

Einstein no era el único científico que sufría los efectos del síndrome Galileo. El simple hecho de ver a un sacerdote católico metiéndose en cuestiones científicas parecía sugerir una intromisión de los eclesiásticos en un terreno ajeno. Y si ese sacerdote proponía, además, que el universo tenía un origen histórico, la presunta intromisión parecía confirmarse: se trataría de un sacerdote que quería meter en la ciencia la creación divina. Pero los trabajos científicos de Lemaître eran serios, y finalmente todos los científicos, Einstein incluido, lo reconocieron y le otorgaron todo tipo de honores.

Lamaître jamás intentó explotar la ciencia en beneficio de la religión. Estaba convencido de que ciencia y religión son dos caminos diferentes y complementarios que convergen en la verdad. Al cabo de los años, declaraba en una entrevista concedida al New York Times: «Yo me interesaba por la verdad desde el punto de vista de la salvación y desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que los dos caminos conducen a la verdad, y decidí seguir ambos. Nada en mi vida profesional, ni en lo que he encontrado en la ciencia y en la religión, me ha inducido jamás a cambiar de opinión».

Un hecho resulta especialmente significativo en este contexto. El 22 de noviembre de 1951, el Papa Pío XII pronunció una famosa alocución ante la Academia Pontificia de Ciencias. Algún pasaje parece sugerir que la ciencia, y en particular los nuevos conocimientos sobre el origen del universo, prueban la existencia de la creación divina. Lemaître, que en 1960 fue nombrado Presidente de la Academia Pontificia de Ciencias, pensó que era conveniente clarificar la situación para evitar equívocos, y habló con el jesuita Daniel O'Connell, director del Observatorio Vaticano, y con los Monseñores dell'Acqua y Tisserand, acerca del próximo discurso del Papa sobre cuestiones científicas. El 7 de septiembre de 1952, Pío XII dirigió un discurso a la asamblea general de la Unión astronómica internacional y, aludiendo a los conocimientos científicos mencionados en el discurso precedente, evitó extraer las consecuencias que podían prestarse a equívocos.

Lemaître dejó clara constancia de sus ideas sobre las relaciones entre ciencia y fe. Uno de sus textos resulta especialmente esclarecedor: «El científico cristiano debe dominar y aplicar con sagacidad la técnica especial adecuada a su problema. Tiene los mismos medios que su colega no creyente. También tiene la misma libertad de espíritu, al menos si la idea que se hace de las verdades religiosas está a la altura de su formación científica. Sabe que todo ha sido hecho por Dios, pero sabe también que Dios no sustituye a sus creaturas. La actividad divina omnipresente se encuentra por doquier esencialmente oculta. Nunca se podrá reducir el Ser supremo a una hipótesis científica. La revelación divina no nos ha enseñado lo que éramos capaces de descubrir por nosotros mismos, al menos cuando esas verdades naturales no son indispensables para comprender la verdad sobrenatural. Por tanto, el científico cristiano va hacia adelante libremente, con la seguridad de que su investigación no puede entrar en conflicto con su fe.
Incluso quizá tiene una cierta ventaja sobre su colega no creyente; en efecto, ambos se esfuerzan por descifrar la múltiple complejidad de la naturaleza en la que se encuentran sobrepuestas y confundidas las diversas etapas de la larga evolución del mundo, pero el creyente tiene la ventaja de saber que el enigma tiene solución, que la escritura subyacente es al fin y al cabo la obra de un Ser inteligente, y que por tanto el problema que plantea la naturaleza puede ser resuelto y su dificultad está sin duda proporcionada a la capacidad presente y futura de la humanidad. Probablemente esto no le proporcionará nuevos recursos para su investigación, pero contribuirá a fomentar en él ese sano optimismo sin el cual no se puede mantener durante largo tiempo un esfuerzo sostenido. En cierto sentido, el científico prescinde de su fe en su trabajo, no porque esa fe pudiera entorpecer su investigación, sino porque no se relaciona directamente con su actividad científica». Estas palabras, pronunciadas el 10 de septiembre de 1936 en un Congreso celebrado en Malinas, sintetizan nítidamente la compatibilidad entre la ciencia y la fe, en un mutuo respeto que evita indebidas interferencias, y a la vez muestran el estímulo que la fe proporciona al científico cristiano para avanzar en su arduo trabajo.

Padre Mariano Artigas (1938-2006), sacerdote y doctor en Física
Texto original reproducido por la Universidad de Navarra

jueves, 1 de enero de 2009

El axolotl



Quizás muchos de nuestros lectores recuerden a Julio Cortázar al leer el título de este ensayo. El prodigioso redactor elaboró una joya del relato fantástico, disponible en nuestra biblioteca, en la cual un escritor vive una verdadera transmigración de mentes con una de estas criaturas.


El axolotl (nombre nahuatl que significa “perro de agua” y que se ha castellanizado como ajolote) es un anfibio, esto es, un vertebrado que pertenece a la misma clase que las ranas, los sapos, los escuerzos y los tritones. En el mundo científico se lo denomina Ambystoma mexicanum.



Como otras salamandras, los animales adultos tienen 4 patas cortas y son de hábitos carnívoros, ya que se alimentan de gusanos, pequeños moluscos e incluso algunos peces, los que ingieren en forma completa debido a su pobre dentición.


Además de su sorprendente capacidad de regeneración, en permanente estudio con fines médicos, acaso la característica más sorprendente de los ajolotes es que rara vez alcanzan la forma adulta que describíamos con anterioridad. La mayor parte de los anfibios presentan un proceso de metamorfosis de sus formas larvarias, que fácilmente reconocemos en la transición de los renacuajos (animales jóvenes con branquias, cola y ojos desnudos) a las ranas (animales maduros con pulmones, sin apéndice caudal y con párpados). Los ajolotes, en cambio, detienen su proceso de desarrollo en formas larvarias, pese a lo cual pueden reproducirse en ese estado. Este fenómeno se denomina neotenia.


Cuando se analiza esta situación desde el punto de vista de la hipótesis de la evolución, se postula que estos batracios eran en un principio salamandras como las demás, que, en lugar de “evolucionar” hacia formas más avanzadas como los reptiles… regresaron al medio acuático en forma gradual, por lo cual habrían perdido “las ventajas evolutivas” de la vida terrestre. De hecho, se lo considera un “salto atrás” o una regresión en la evolución.


Desde una concepción no evolucionista, es más simple comprender que se trata de animales con miembros, branquias y ojos adecuados para su entorno salvaje habitual, esto es, las aguas con bajo contenido en yodo del lago Xochimilco de Méjico, el último reducto natural de estos animales. Por otra parte, se ha demostrado que pueden reproducirse de manera cruzada con otras salamandras, lo cual pone en discusión nuevamente la definición de “especie” en Biología. Se ha intentado subsanar este escollo con el argumento del “complejo de las salamandras tigre”, planteando la posibilidad de la existencia de subespecies que pueden aparearse con descendencia fértil.


En palabras de Cortázar: «Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar.» Acaso somos nosotros quienes necesitamos una visión crítica y diferente de la diversidad biológica, que, a medida que es comprendida con mayor detalle, revela día a día con mayor ímpetu la grandeza de la Creación.

Publicado en formato 1.0 en enero de 2009

sábado, 1 de noviembre de 2008

La Donación de Órganos




El Centro Nacional de Bioética Católica (National Catholic Bioethics Center, NCBC) es una institución estadounidense creada en 1972 para la promoción y la salvaguarda de la dignidad del hombre en el terreno de las ciencias de la vida en general y de la salud en especial.


Para la presente edición de Fides et Ratio, hemos traducido el original en inglés para nuestros lectores de habla hispana los comentarios sobre la “muerte cerebral”, para facilitar la comprensión de este controvertido concepto de la Biología y de la Medicina.

¿A qué se refiere la expresión “muerte cerebral”?

El concepto de “muerte cerebral” se relaciona con la determinación médica de considerar como fallecida a una persona en base a “criterios neurológicos”. Cuando se diagnostica apropiadamente, la “muerte cerebral” se refiere a la interrupción completa de toda la actividad neurológica organizada de la totalidad del encéfalo, lo que incluye el cerebro, el cerebelo y el tronco cerebral. Cuando esto ocurre, el organismo, considerado como una totalidad, deja irremediablemente de funcionar. La terminología apropiada en este caso es “el diagnóstico de muerte usando criterios neurológicos”.


¿Es adecuado utilizar los criterios neurológicos para determinar la muerte?

Habitualmente, los criterios que se usan para diagnosticar el fallecimiento son los cardiopulmonares, esto es, se confirma la defunción después del cese de la respiración y de los latidos cardiacos. Sin embargo, los avances tecnológicos de los Cuidados Intensivos hacen posible la preservación de la circulación y de la respiración aún después de la abolición del funcionamiento cerebral.

El uso de los criterios neurológicos para la determinación de la muerte es legítimo de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica. El Papa Juan Pablo II aprobó este enfoque en su exposición durante la 18va Conferencia Internacional de Especialistas en Trasplante de Órganos en agosto de 2000.

Dentro de los criterios diagnósticos se incluyen 4 signos cardinales: el coma, la ausencia de respuesta cerebral al estímulo doloroso en los cuatro miembros, la desaparición de los reflejos del tronco cerebral y la apnea. Tanto Pío XII como Juan Pablo II afirmaron que la Iglesia no es la encargada de diagnosticar la muerte, lo que corresponde a la ciencia médica.



¿Puedo recibir órganos para trasplante que proceden de personas cuyo fallecimiento fue diagnosticado por criterios neurológicos?


Sí, un católico fiel puede recibir órganos de este tipo de donantes y también puede donar sus propios órganos si su muerte se diagnostica por criterios cardiopulmonares o neurológicos.


¿Por qué existen controversias con los criterios neurológicos?


Como se mencionó antes, cuando se desencadena el cese total de las funciones cerebrales, el corazón puede continuar latiendo mediante la asistencia del apoyo técnico externo. Este soporte artificial hace que la persona impresione estar viva. Sin embargo, la evidencia médica señala que los 4 signos antes descritos permiten afirmar que la vida ha concluido. En resumen, no hay razón para las controversias.


¿Por qué la Iglesia acepta esta definición de muerte?


En realidad, no se trata de una definición de muerte, sino del uso de nuevos signos para determinarla. El concepto cristiano del fallecimiento siempre ha sido el de la separación del alma y el cuerpo. La Iglesia Católica se focaliza en los médicos para determinar los signos biológicos que, con certeza moral, confirman que el deceso ocurrió. Las investigaciones recientes parecen confirmar que la pérdida irreversible de las funciones cerebrales es un firme indicador de que la persona ha muerto.



¿Qué dice la Teología Católica sobre esta definición de la muerte?


Los criterios neurológicos son compatibles con la enseñanza católica de que el ser humano es una unión sustancial del cuerpo con un alma racional. La pérdida irreversible y completa de la función cerebral puede considerarse un comprensible indicador de que esa alma racional ya no está presente.


¿El uso de los criterios de muerte cerebral provoca la muerte del enfermo?


El uso de los criterios de muerte cerebral no causa la muerte del paciente, sino que confirma que ha fallecido. Es análogo a la manera en que tradicionalmente se utilizan los criterios cardiopulmonares.


¿Por qué hay quienes afirman que la ablación de órganos de las personas declaradas fallecidas mediante criterios neurológicos es una forma de homicidio?

Se trata de comentarios irresponsables de quienes creen, erróneamente, que una persona todavía vive porque el cadáver parece vivir por efecto de la sangre oxigenada que aún circula debido a los métodos artificiales. Las personas que rechazan el uso de los criterios neurológicos para diagnosticar la muerte sostienen que la causa de la muerte es la ablación de los órganos. Esa opinión está en contradicción con las enseñanzas de la Iglesia.


En la práctica clínica, el médico que diagnostica la muerte no debe pertenecer a los equipos de trasplante para evitar cualquier potencial conflicto de intereses. Debe remarcarse que el uso de los criterios neurológicos debe ser estrictamente aplicado, con la absoluta certeza de la muerte cerebral antes de declarar el fallecimiento.



¿Los medios de difusión agregan confusión?


Los medios de comunicación en general son imprecisos; es frecuente escuchar que a un paciente con muerte cerebral “se le retiró el soporte vital y murió”. Obviamente, alguien que ya ha fallecido no puede volver a morir. Estas descripciones constituyen el resultado del uso desprolijo del lenguaje y de la ignorancia general de los criterios neurológicos para realizar el diagnóstico de la muerte.
Publicado en formato 1.0 en noviembre de 2008

El Che Guevara: de Agitador Comunista a Marca Capitalista



El artículo original fue publicado por Álvaro Vargas Llosa en inglés para The New Republic en julio de 2005. La traducción al castellano fue realizada por Gabriel Gasave para Letras Libres.



El Che Guevara, quien hizo tanto (¿o tan poco?) por destruir al capitalismo, es en la actualidad la quintaesencia de una marca capitalista. Su semblante adorna jarros de café, caperuzas, encendedores, llaveros, billeteras, gorras de béisbol, tocados, bandadas, musculosas, camisetas deportivas, carteras finas, jeans de denim, té de hierbas, y por supuesto esas omnipresentes remeras con la fotografía, tomada por Alberto Korda, del galán socialista luciendo su boina durante los primeros años de la revolución, en el instante en que el Che de casualidad se introdujo en el visor del fotógrafo—y en la imagen que, treinta y ocho años después de su muerte, constituye aún el logotipo del revolucionario (¿o del capitalista?) “chic”. Sean O'Hagan sostuvo en The Observer que existe incluso un jabón en polvo con el eslogan "El Che lava más blanco."

Los productos del Che son comercializados por grandes corporaciones y por pequeñas empresas, tales como la Burlington Coat Factory, la cual difundió un comercial televisivo presentando a un joven en pantalones de fajina luciendo una remera del Che, o la Flamingo's Boutique en Union City, Nueva Jersey, cuyo propietario respondió a la furia de los exiliados cubanos locales con este argumento devastador: "Yo vendo lo que la gente desea comprar." Los revolucionarios también se unieron a este frenesí de productos—desde "The Che Store", que vende provisiones, hasta el sitio que atiende "todas sus necesidades revolucionarias" en Internet, y el escritor italiano Gianni Minà, quien le vendió a Robert Redford los derechos cinematográficos del diario del Che sobre su juvenil viaje alrededor de América del Sur en el año 1952 a cambio de poder acceder al rodaje del film "Diarios de Motocicleta" y de que Minà pudiese producir su propio documental. Para no mencionar a Alberto Granado, quien acompañó al Che en su viaje de juventud y ahora asesora documentalistas, y que se quejaba hace poco en Madrid, según el diario El País, ante un Rioja y un magret de pato, de que el embargo estadounidense contra Cuba le dificulta el cobro de las regalías. Para llevar a la ironía más lejos: el edificio en el cual nació Guevara en la ciudad de Rosario, Argentina, un espléndido inmueble de comienzos del siglo veinte sito en la esquina de las calles Urquiza y Entre Ríos, se encontraba hasta hace poco ocupado por la administradora de fondos de jubilaciones y pensiones privada Máxima AFJP, una hija de la privatización de la seguridad social argentina en la década de 1990.

La metamorfosis del Che Guevara en una marca capitalista no es nueva, pero la marca viene experimentando un renacimiento—un renacimiento especialmente destacable, dado que el mismo tiene lugar años después del colapso político e ideológico de todo lo que Guevara representaba. Esta suerte inesperada se debe sustancialmente a "Diarios de Motocicleta", la película producida por Robert Redford y dirigida por Walter Salles. (Es una de las tres películas más importantes sobre el Che ya realizadas o actualmente en rodaje en los últimos dos años; las otras dos han sido dirigidas por Josh Evans y Steven Soderbergh.) Hermosamente rodada en paisajes que claramente han eludido los efectos erosivos de la polución capitalista, el film exhibe al joven en un viaje de auto-descubrimiento a medida que su conciencia social en ciernes tropieza con la explotación social y económica, lo que va preparando el terreno para la reinvención del hombre a quien Sartre llamara alguna vez el ser humano más completo de nuestra era.

Pero para ser más preciso, el actual renacimiento del Che se inició en 1997, en el trigésimo aniversario de su muerte, cuando cinco biografías abrumaron las librerías y sus restos fueron descubiertos cerca de una pista de aterrizaje en el aeropuerto de Vallegrande, en Bolivia, después de que un general boliviano retirado, en una revelación espectacularmente oportuna, indicara la ubicación exacta. El aniversario volvió a centrar la atención en la famosa fotografía de Freddy Alborta del cadáver del Che tendido sobre una mesa, escorzado, muerto y romántico, luciendo como Cristo en un cuadro de Mantegna.

Es usual que los seguidores de un culto no conozcan la verdadera historia de su héroe. (Muchos rastafaris renunciarían a Haile Selassie si tuviesen alguna idea de quien fue en realidad.) No sorprende que los seguidores contemporáneos de Guevara, sus nuevos admiradores post-comunistas, también se engañen a sí mismos al aferrarse a un mito—excepto los jóvenes argentinos que corean una expresión de rima perfecta: "Tengo una remera del Che y no sé por qué."




Considérese a algunos de los individuos que recientemente han blandido o invocado el retrato de Guevara como un emblema de justicia y rebelión contra el abuso de poder. En el Líbano, unos manifestantes que protestaban en contra de Siria ante la tumba del ex primer ministro Rafiq Hariri portaban la imagen del Che. Thierry Henry, un jugador de fútbol francés que juega para el Arsenal, en Inglaterra, se apareció en una importante velada de gala organizada por la FIFA, el organismo del fútbol mundial, vistiendo una remera roja y negra del Che. En una reciente reseña publicada en The New York Times sobre Land of the Dead de George A. Romero, Manohla Dargis destacaba que "el mayor impacto aquí puede ser el de la transformación de un zombi negro en un virtuoso líder revolucionario," y agregó: "Creo que el Che en verdad vive, después de todo."

El héroe del fútbol Maradona ostentó el emblemático tatuaje del Che en su brazo derecho durante un viaje en el que se reunió con Hugo Chávez en Venezuela. En Stavropol, al sur de Rusia, unos manifestantes que reclamaban los pagos en efectivo de los beneficios del bienestar social tomaron la plaza central con banderas del Che. En San Francisco, City Lights Books, el legendario hogar de la literatura beat, invita a los visitantes a una sección dedicada a América Latina en la cual la mitad de los estantes se encuentra ocupada por libros del Che. José Luis Montoya, un oficial de policía mexicano que combate el crimen relacionado con las drogas en Mexicali luce una vincha del Che porque ella lo hace sentirse más fuerte. En el campo de refugiados de Dheisheh, en la margen occidental del río Jordán, los afiches del Che adornan un muro que le rinde tributo a la Intifada. Una revista dominical dedicada a la vida social en Sydney, Australia, enumera a los tres invitados ideales en una cena: Alvar Aalto, Richard Branson, y el Che Guevara. Leung Kwok-hung, el rebelde elegido a la junta legislativa de Hong Kong, desafía a Beijing al vestir una remera del Che. En Brasil, Frei Betto, consejero del Presidente Lula da Silva y encargado del programa de alto perfil "Hambre Cero," afirma que "deberíamos prestarle menos atención a Trotsky y mucha más al Che Guevara." Y lo más estupendo de todo, en la ceremonia de este año de los Premios de la Academia, Carlos Santana y Antonio Banderas interpretaron la canción principal del film Diarios de Motocicleta: Santana se presentó luciendo una remera del Che y un crucifijo. Las manifestaciones del nuevo culto del Che están por todas partes. Una vez más el mito está apasionando a individuos cuyas causas en su mayor parte representan exactamente lo opuesto de lo que era Guevara.

Ningún hombre carece de algunas cualidades atenuantes. En el caso del Che Guevara, esas cualidades pueden ayudarnos a medir el abismo que separa a la realidad del mito. Su honestidad (quiero decir: honestidad parcial) significa que dejó testimonio escrito de sus crueldades, incluido lo muy malo, aunque no lo peor. Su coraje—que Castro describió como "su manera, en los momentos difíciles y peligrosos, de hacer las cosas más difíciles y peligrosas"—significa que no vivió para asumir la plena responsabilidad por el infierno de Cuba. El mito puede decir tanto acerca de una época como la verdad. Y es así que gracias a los propios testimonios que el Che brinda de sus pensamientos y de sus actos, y gracias también a su prematura desaparición, podemos saber exactamente cuan engañados están muchos de nuestros contemporáneos respecto de muchas cosas.

Guevara puede haberse enamorado de su propia muerte, pero estaba mucho más enamorado de la muerte ajena. En abril de 1967, hablando por experiencia, resumió su idea homicida de la justicia en su "Mensaje a la Tricontinental": “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Sus primeros escritos se encuentran también sazonados con esta violencia retórica e ideológica. A pesar de que su ex novia Chichina Ferreyra duda de que la versión original de los diarios de su viaje en motocicleta contenga la observación de "siento que mis orificios nasales se dilatan al saborear el amargo olor de la pólvora y de la sangre del enemigo," Guevara compartió con Granado en esa temprana edad esta exclamación: "¿Revolución sin disparar un tiro? Estás loco." En otras ocasiones el joven bohemio parecía incapaz de distinguir entre la frivolidad de la muerte como un espectáculo y la tragedia de las victimas de una revolución. En una carta a su madre en 1954, escrita en Guatemala, donde fue testigo del derrocamiento del gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz, escribió: “Aquí estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”.

La disposición de Guevara cuando viajaba con Castro desde México a Cuba a bordo del Granma es capturada en una frase de una carta a su esposa que redactó el 28 de enero de 1957, no mucho después de desembarcar, publicada en su libro Ernesto: Una Biografía del Che Guevara en Sierra Maestra: “Estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre”. Esta mentalidad había sido reforzada por su convicción de que Arbenz había perdido el poder debido a que había fallado en ejecutar a sus potenciales enemigos. En una carta anterior a su ex novia Tita Infante había observado que “Si se hubieran producido esos fusilamientos, el gobierno hubiera conservado la posibilidad de devolver los golpes”. No sorprende que durante la lucha armada contra Batista, y luego tras el ingreso triunfal en La Habana, Guevara asesinara o supervisara las ejecuciones en juicios sumarios de muchísimas personas—enemigos probados, meros sospechados y aquellos que se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado.

En enero de 1957, tal como lo indica su diario desde la Sierra Maestra, Guevara le disparó a Eutimio Guerra porque sospechaba que aquel se encontraba pasando información: “Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola del calibre 32 en la sien derecha, con orificio de salida en el temporal derecho...sus pertenencias pasaron a mi poder”. Más tarde mató a tiros a Aristidio, un campesino que expresó el deseo de irse cuando los rebeldes siguieran su camino. Mientras se preguntaba si esta victima en particular "era en verdad lo suficientemente culpable como para merecer la muerte," no vaciló en ordenar la muerte de Echevarría, el hermano de uno de sus camaradas, en razón de crímenes no especificados: "Tenía que pagar el precio." En otros momentos simularía ejecuciones sin llevarlas a cabo, como un método de tortura psicológica.

Luis Guardia y Pedro Corzo, dos investigadores que se encuentran trabajando en Florida en un documental sobre Guevara, han obtenido el testimonio de Jaime Costa Vázquez, un ex comandante del ejército revolucionario conocido como "El Catalán," quien sostiene que muchas de las ejecuciones atribuidas a Ramiro Valdés (futuro ministro del interior de Cuba) fueron responsabilidad directa de Guevara, debido a que Valdés se encontraba bajo sus ordenes en las montañas. “Ante la duda, mátalo” fueron las instrucciones del Che. En vísperas de la victoria, según Costa, el Che ordenó la ejecución de un par de docenas de personas en Santa Clara, en Cuba central, hacia donde había marchado su columna como parte de un asalto final contra la isla. Algunos de ellos fueron muertos en un hotel, como ha escrito Marcelo Fernándes-Zayas, otro ex revolucionario que después se convertiría en periodista (agregando que entre los ejecutados había campesinos conocidos como casquitos que se habían unido al ejército simplemente para escapar del desempleo).

Pero la "fría máquina de matar" no dio muestra de todo su rigor hasta que, inmediatamente después del colapso del régimen de Batista, Castro lo pusiera a cargo de la prisión de La Cabaña. (Castro tenía un buen ojo clínico para escoger a la persona perfecta para proteger a la revolución contra la infección.) San Carlos de La Cabaña es una fortaleza de piedra que fue utilizada para defender a La Habana contra los piratas ingleses en el siglo dieciocho; más tarde se convirtió en un cuartel militar. De una manera que evoca al escalofriante Lavrenti Beria, Guevara presidió durante la primera mitad de 1959 uno de los períodos más oscuros de la revolución. José Vilasuso, abogado y profesor en la Universidad Interamericana de Bayamón en Puerto Rico, quien pertenecía al grupo encargado del proceso judicial sumario en La Cabaña, me dijo recientemente que “El Che dirigió la Comisión Depuradora. El proceso se regía por la ley de la sierra: tribunal militar de hecho y no jurídico, y el Che nos recomendaba guiarnos por la convicción. Esto es: “Sabemos que todos son unos asesinos, luego proceder radicalmente es lo revolucionario”. Miguel Duque Estrada era mi jefe inmediato. Mi función era de instructor. Es decir legalizar profesionalmente la causa y pasarla al ministerio fiscal, sin juicio propio alguno. Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a cabo de madrugada, poco después de dictar sentencia y declarar sin lugar (de oficio) la apelación. La noche más siniestra que recuerdo se ejecutaron siete hombres”.

Javier Arzuaga, el capellán vasco que les brindaba consuelo a aquellos condenados a morir y que presenció personalmente docenas de ejecuciones, habló conmigo recientemente desde su casa en Puerto Rico. Ex sacerdote católico de setenta y cinco años de edad, quien se describe como "más cercano a Leonardo Boff y a la Teología de la Liberación que al ex cardenal Cardinal Ratzinger," Arzuaga recuerda que “la cárcel de La Cabaña se mantuvo llena a rebosar. Sobre 800 hombres hacinados en un espacio pensado para no más de 300: militares batistianos o miembros de algunos de los cuerpos de la policía, algunos “chivatos”, periodistas, empresarios o comerciantes. El juez no tenía por qué ser hombre de leyes; sí, en cambio, pertenecer al ejército rebelde, al igual que los compañeros que ocupaban con él la mesa del tribunal. Casi todas las vistas de apelación estuvieron presididas por el Che Guevara. No recuerdo ningún caso cuya sentencia fuera revocada en esas vistas. Todos los días yo visitaba la “galera de la muerte”, donde permanecían los prisioneros desde que eran sentenciados a muerte. Corrió la voz de que yo hipnotizaba a los condenados antes de salir para el paredón y que por eso se daban tan fáciles las cosas, sin escenas desagradables, y el Che Guevara dio orden de que nadie fuera conducido al paredón sin que yo estuviera presente. Yo asistí a 55 fusilamientos hasta el mes de mayo, cuando me fui. Eso no quiere decir que no se siguiera fusilando. Herman Marks era un americano, se decía que era prófugo de la justicia. Lo llamábamos “el carnicero” porque gozaba gritando “pelotón, atención, preparen, apunten, fuego”. Conversé varias veces con el Che con el fin de interceder por determinadas personas. Recuerdo muy bien el caso de Ariel Lima que era menor de edad, pero fue inflexible. Lo mismo puedo decir de Fidel Castro, a quien acudí también en dos ocasiones con igual propósito. Sufrí un trauma. A finales de mayo me sentía mal y se me recomendó abandonar la parroquia de Casa Blanca, dentro de cuyos límites se encontraba La Cabaña y que yo había atendido en los últimos tres años. Me fui a México para un tratamiento. Cuando nos despedíamos, el Che Guevara me dijo que nos habíamos llevado bien, tratando los dos de sacar el otro de su campo para atraerlo al de uno. “Hemos fracasado los dos. Cuando nos quitemos las caretas que hemos llevado puestas, seremos enemigos frente a frente”.

¿Cuánta gente fue asesinada en La Cabaña? Pedro Corzo ofrece una cifra de unos doscientos, similar a la proporcionada por Armando Lago, un profesor de economía retirado que ha compilado una lista de 179 nombres como parte de un estudio de ocho años sobre las ejecuciones en Cuba. Vilasuso me dijo que cuatrocientas personas fueron ejecutadas entre el mes de enero y fines de junio de 1959 (fecha en el que el Che dejó de estar a cargo de La Cabaña). Los cables secretos enviados por la Embajada de los Estados Unidos en La Habana al Departamento de Estado en Washington hablan de "más de 500." Según Jorge Castañeda, uno de los biógrafos de Guevara, un católico vasco simpatizante de la revolución, el fallecido Padre Iñaki de Aspiazú, hablaba de setecientas victimas. Félix Rodríguez, un agente de la CIA quien fue parte del equipo a cargo de la captura de Guevara en Bolivia, me dijo que él encaró al Che después de su captura respecto de "las dos mil y pico" ejecuciones por las que fue responsable durante su vida. "Dijo que todos eran agentes de la CIA y no se refirió a la cifra," recuerda Rodríguez. Las cifras más altas pueden incluir ejecuciones que tuvieron lugar en los meses posteriores a la fecha en que el Che dejó de estar a cargo de la prisión.

Lo cual nos trae de regreso a Carlos Santana y a su elegante indumentaria del Che. En una carta abierta publicada en El Nuevo Herald el 31 de marzo de este año, el gran músico de jazz Paquito D'Rivera reprochó a Santana su vestuario en la ceremonia de los Premios Oscar, y agregó: “Uno de esos cubanos fue mi primo Bebo, preso allí precisamente por ser cristiano". Él me cuenta siempre con amargura cómo escuchaba desde su celda en la madrugada los fusilamientos sin juicio de mucho que morían gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

El ansia de poder del Che tenía otras maneras de expresarse además del asesinato. La contradicción entre su pasión por viajar—una especie de protesta contra las limitaciones del estado-nación—y su impulso por convertirse en un estado esclavizante en relación con otras personas es patético. Al escribir acerca de Pedro Valdivia, el conquistador de Chile, Guevara reflexionaba: "Pertenecía a esa clase especial de hombres a los que la especie produce de vez en cuando, en quienes un anhelo por el poder ilimitado es tan extremo que cualquier sufrimiento para lograrlo parece natural." Podría haber estado describiéndose así mismo. En cada etapa de su vida adulta, sus megalomanía se manifestaba en el impulso depredador por apoderarse de las vidas y de la propiedad de otras personas, y de abolir su libre voluntad.

En 1958, después de tomar la ciudad de Sancti Spiritus, Guevara intento sin éxito imponer una especie de sharia, regulando las relaciones entre los hombres y las mujeres, el uso del alcohol, y el juego informal—un puritanismo que no caracterizaba precisamente su propia forma de vida. Les ordenó también a sus hombres que asaltaran bancos, una decisión que justificó en una carta a Enrique Oltuski, un subordinado, en noviembre de ese año: "Las masas que luchan están de acuerdo con asaltar a los bancos porque ninguno de ellos tiene un centavo en los mismos." Esta idea de la revolución como una licencia para reasignar la propiedad según le conviniese condujo al puritano marxista a apoderarse de la mansión de un emigrante tras el triunfo de la revolución.

El impulso de desposeer a los demás de su propiedad y de reclamar la propiedad del territorio de otros fue central a la política opresiva de Guevara. En sus memorias, el líder egipcio Gamal Abdel Nasser cuenta que Guevara le preguntó cuántas personas habían abandonado su país debido a la reforma agraria. Cuando Nasser replicó que ninguna, el Che contestó enojado que la manera de medir la profundidad del cambio es a través del número de individuos "que sienten que no hay lugar para ellos en la nueva sociedad." Este instinto depredador alcanzó un apoteosis en 1965, cuando empezó a hablar, como Dios, acerca del "Hombre Nuevo" que él y su revolución crearían.

La obsesión del Che con el control colectivista lo llevó a colaborar en la formación del aparato de seguridad que fue establecido para subyugar a seis millones y medio de cubanos. A comienzos de 1959, una serie de reuniones secretas tuvo lugar en Tarará, cerca de La Habana, en la mansión a la cual el Che temporalmente se retiró para recuperarse de una enfermedad. Allí fue donde los líderes principales, incluido Castro, diseñaron al estado policíaco cubano. Ramiro Valdés, subordinado del Che durante la guerra de guerrillas, fue puesto al mando del G-2, un cuerpo inspirado en la Cheka. Angel Ciutah, un veterano de la Guerra Civil española enviado por los soviéticos que había estado muy cerca de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, y que más tarde entablaría amistad con el Che, desempeñó un papel fundamental en la organización del sistema, junto con Luis Alberto Lavandeira, quien había servido al jefe en La Cabaña. El propio Guevara se hizo cargo del G-6, el grupo al que se le encomendó el adoctrinamiento ideológico de las fuerzas armadas. La invasión respaldada por los EE.UU. de Bahía de Cochinos en abril de 1961 se convirtió en la ocasión perfecta para consolidar al nuevo estado policíaco, con el acorralamiento de decenas de miles de cubanos y una nueva serie de ejecuciones. Como el mismo Guevara le expresó al embajador soviético Sergei Kudriavtsev, los contrarrevolucionarios nunca "volverían a levantar su cabeza."

"Contrarrevolucionario" es el término que se le aplicaba a cualquiera que se apartara del dogma. Era el equivalente comunista de "hereje." Los campos de concentración eran una forma en la cual el poder dogmático era empleado para suprimir el disenso. La historia le atribuye al general español Valeriano Weyler, el capitán general de Cuba a finales del siglo diecinueve, haber empleado por vez primera a la palabra "concentración" para describir la política de cercar a las masas de potenciales opositores—en su caso a los simpatizantes del movimiento independentista cubano—con alambre de púas y empalizadas. Qué irónico (y apropiado) que los revolucionarios de Cuba más de medio siglo después continuasen con esta tradición local. Al principio, la revolución movilizó a voluntarios para construir escuelas y para trabajar en los puertos, plantaciones, y fábricas—todas ellas exquisitas oportunidades fotográficas para el Che el estibador, el Che el cortador de caña, el Che el fabricante de telas. No pasó mucho tiempo antes de que el trabajo voluntario se volviese un poco menos voluntario: el primer campamento de trabajos forzados, Guanahacabibes, fue establecido en Cuba occidental hacia el final de 1960. Así es como el Che explicaba la función desempeñada por este método de confinamiento: “A Guanahacabibes se manda a la gente que no debe ir a la cárcel , la gente que ha cometido faltas a la moral revolucionaria de mayor o menor grado... es trabajo duro, no trabajo bestial”.

Este campamento fue el precursor del confinamiento sistemático, a partir de 1965 en la provincia de Camagüey, de disidentes, homosexuales, victimas del sida, católicos, testigos de Jehová, sacerdotes afro-cubanos, y otras escorias por el estilo, bajo la bandera de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Hacinados en autobuses y camiones, los "desadaptados" serían transportados a punta de pistola a los campos de concentración organizados sobre la base del modelo de Guanahacabibes. Algunos nunca regresarían; otros serían violados, golpeados, o mutilados; y la mayoría quedarían traumatizados de por vida, como el sobrecogedor documental de Néstor Almendros "Conducta Impropia" se lo mostrara al mundo un par de décadas atrás.

De esta manera, la revista Time parece haber errado en agosto de 1960 cuando describió a la división del trabajo de la revolución con una nota de tapa presentando al Che Guevara como el "cerebro," a Fidel Castro como el "corazón" y a Raúl Castro como el "puño." Pero la percepción revelaba el papel crucial de Guevara en hacer de Cuba un bastión del totalitarismo. El Che era de alguna manera un candidato improbable para la pureza ideológica, dado su espíritu bohemio, pero durante los años de entrenamiento en México y en el periodo resultante de la lucha armada en Cuba emergió como el ideólogo comunista locamente enamorado de la Unión Soviética, en gran medida para molestia de Castro y de otros que eran esencialmente oportunistas dispuestos a utilizar cualquier medio necesario para ganar poder. Cuando los aspirantes a revolucionarios fueron arrestados en México en 1956, Guevara fue el único que admitió que era un comunista y que estaba estudiando ruso. (Habló abiertamente de su relación con Nikolai Leonov de la Embajada Soviética.) Durante la lucha armada en Cuba, forjó una férrea alianza con el Partido Socialista Popular (el partido comunista de la isla) y con Carlos Rafael Rodríguez, un jugador importante en la conversión del régimen de Castro al comunismo.

Esta fanática disposición convirtió al Che en una parte esencial de la "sovietización" de la revolución que se había jactado reiteradamente de su carácter independiente. Muy poco después de que los barbudos llegaran al poder, Guevara participó de negociaciones con Anastas Mikoyan, el vice primer ministro soviético, quien visitó Cuba. Le fue confiada la misión de promover las negociaciones soviético-cubanas durante una visita a Moscú a finales de 1960. (La misma fue parte de un largo viaje en el cual la Corea del Norte de Kim Il Sung fue el país que “más” le impresionó.) El segundo viaje a Rusia de Guevara, en agosto de 1962, fue aún más significativo, en razón de que el mismo selló el acuerdo para convertir a Cuba en una cabeza de playa nuclear soviética. Se reunió con Khrushchev en Yalta para finalizar los detalles sobre una operación que ya se había iniciado y que involucraba la introducción en la isla de cuarenta y dos misiles soviéticos, la mitad de los cuales estaban armados con ojivas nucleares, así como también lanzadores y unos cuarenta y dos mil soldados. Tras presionar a sus aliados soviéticos sobre el peligro de que los Estados Unidos pudiesen descubrir lo que estaba aconteciendo, Guevara obtuvo garantías de que la marina soviética intervendría—en otras palabras, de que Moscú estaba preparada para ir a la guerra.



Según la biografía de Guevara de Philippe Gavi, el revolucionario había alardeado que "su país se encuentra deseoso de arriesgarlo todo en una guerra atómica de inimaginable capacidad destructiva para defender un principio." Apenas después de finalizada la crisis de los misiles cubanos—cuando Khrushchev renegó de la promesa hecha en Yalta y negoció un acuerdo con los Estados Unidos a espaldas de Castro que incluía la remoción de los misiles estadounidenses de Turquía—Guevara dijo a un periódico comunista británico: "Si los cohetes hubiesen permanecido, los hubiésemos utilizado a todos y dirigido contra el mismo corazón de los Estados Unidos, incluida Nueva York, en nuestra defensa contra la agresión." Y un par de años más tarde, en las Naciones Unidas, fue leal a las formas: "Como marxistas hemos sostenido que la coexistencia pacífica entre las naciones no incluye a la coexistencia entre los explotadores y el explotado."

Guevara se distanció de la Unión Soviética en los últimos años de su vida. Lo hizo por las razones equivocadas, culpando a Moscú por ser demasiado blando ideológica y diplomáticamente, y hacer demasiadas concesiones—a diferencia de la China maoísta, a la cual llegó a ver como un refugio de la ortodoxia. En octubre de 1964, un memo escrito por Oleg Daroussenkov, un funcionario soviético cercano a él, cita a Guevara diciendo: "Les pedimos armas a los checoslovacos; y nos rechazaron. Luego se las pedimos a los chinos; dijeron que sí en pocos días, y ni siquiera nos cobraron, declarando que uno no le vende armas a un amigo." En realidad, Guevara se resintió por el hecho de que Moscú le estaba solicitando a otros miembros del bloque comunista, incluida Cuba, algo a cambio de su colosal ayuda y de su apoyo político. Su ataque final contra Moscú llegó en Argelia, en febrero de 1965, en una conferencia internacional en la que acusó a los soviéticos de adoptar la "ley del valor," es decir, el capitalismo. Su ruptura con los soviéticos, en síntesis, no fue un grito en favor de la independencia. Fue un alarido al estilo de Enver Hoxha en aras de la total subordinación de la realidad a la ciega ortodoxia ideológica.

El gran revolucionario tuvo una oportunidad de poner en práctica su visión económica—su idea de la justicia social—como director del Banco Nacional de Cuba y del Departamento de Industria del Instituto Nacional de la Reforma Agraria a fines de 1959, y, desde principios de 1961, como ministro de industria. El período en el cual Guevara estuvo a cargo de la mayor parte de la economía cubana atestiguó el cuasi colapso de la producción de azúcar, el fracaso de la industrialización y la introducción del racionamiento—todo esto en el que había sido uno de los cuatros países económicamente más exitosos de América Latina desde antes de la dictadura de Batista.

Su tarea como director del Banco Nacional, durante la cual imprimió billetes que llevaban la firma "Che," ha sido sintetizada por su asistente, Ernesto Betancourt: “Encontré en el Che una ignorancia absoluta de los principios más elementales de la economía”. Los poderes de percepción de Guevara respecto de la economía mundial fueron muy bien expresados en 1961, durante una conferencia hemisférica celebrada en Uruguay, donde predijo una tasa de crecimiento para Cuba del 10 por ciento "sin el menor temor," y, para 1980, un ingreso per capita mayor que el de "los EE.UU. en la actualidad." En verdad, hacia 1997, el trigésimo aniversario de su muerte, los cubanos se encontraban bajo una dieta consistente en una ración de cinco libras de arroz y una libra de frijoles por mes; cuatro onzas de carne dos veces al año; cuatro onzas de pasta de soja por semana; y cuatro huevos por mes.

La reforma agraria le quitó tierra al rico, pero se la dio a los burócratas, no a los campesinos. (El decreto fue redactado en la casa del Che.) En el nombre de la diversificación, el área cultivada fue reducida y la mano de obra disponible distraída hacia otras actividades. El resultado fue que entre 1961 y 1963, la cosecha se redujo a la mitad: apenas unos 3,8 millones de toneladas métricas. ¿Se justificaba este sacrificio por el fomento de la industrialización cubana? Desdichadamente, Cuba carecía de materias primas para la industria pesada, y, como una consecuencia de la redistribución revolucionaria, no contaba con una moneda sólida con la cual adquirirlas—o incluso adquirir los productos básicos. Para 1961, Guevara estaba teniendo que dar explicaciones embarazosas a los trabajadores en la oficina: "Nuestros camaradas técnicos en las compañías han producido una pasta dental... tan buena como la anterior; limpia exactamente lo mismo, a pesar de que después de un tiempo se vuelve una piedra." Para 1963, todas las esperanzas de industrializar a Cuba fueron abandonadas, y la revolución aceptó su rol de proveedora colonial de azúcar al bloque soviético a cambio de petróleo para cubrir sus necesidades y para revenderlo a otros países. Durante las tres décadas siguientes, Cuba sobreviviría en base a un subsidio soviético de más o menos entre $65 mil millones y $100 mil millones.

Habiendo fracasado como héroe de la justicia social, ¿merece Guevara un lugar en los libros de historia como un genio de la guerra de guerrillas? Su mayor logro militar en la lucha contra Batista—la toma de la ciudad de Santa Clara después de emboscar un tren con pesados refuerzos—es seriamente cuestionado. Numerosos testimonios indican que el conductor del tren se rindió de antemano, acaso tras aceptar sobornos. (Gutiérrez Menoyo, quien dirigía un grupo guerrillero diferente en esa área, está entre aquellos que han criticado la historia oficial de Cuba sobre la victoria de Guevara.) Inmediatamente después del triunfo de la revolución, Guevara organizó ejércitos guerrilleros en Nicaragua, la República Dominicana, Panamá, y Haití—todos los cuales fueron aplastados. En 1964, envió al revolucionario argentino Jorge Ricardo Masetti a su muerte al persuadirlo de que montase un ataque contra su país natal desde Bolivia, justo después de que la democracia representativa había sido restablecida en la Argentina.

Particularmente desastrosa fue la expedición al Congo en 1965. Guevara se alió con dos rebeldes—Pierre Mulele en el oeste y Laurent Kabila en el este—contra el desagradable gobierno congoleño, el cual era sostenido por los Estados Unidos, por mercenarios sudafricanos y exiliados cubanos. Mulele había tomado posesión de Stanleyville antes de ser repelido. Durante su reinado de terror, tal como lo ha escrito V.S. Naipaul, asesinó a todos aquellos que podían leer y a todos los que vestían una corbata. Respecto del otro aliado de Guevara, Laurent Kabila, se trataba meramente de un perezoso y un corrupto por aquel entonces; pero el mundo descubriría en los años 90 que también él era una máquina de matar. En cualquier caso, Guevara se pasó gran parte de 1965 ayudando a los rebeldes en el este antes de abandonar el país de manera ignominiosa. Poco tiempo después, Mobutu llegó al poder e instaló una tiranía de décadas. (En los países latinoamericanos, de Argentina al Perú, las revoluciones inspiradas en el Che tuvieron el mismo resultado practico de reforzar el militarismo brutal durante muchos años.)

En Bolivia, el Che fue nuevamente derrotado, y por última vez. Malinterpretó la situación local. Una reforma agraria había tenido lugar unos años antes; el gobierno había respetado muchas de las instituciones de las comunidades campesinas; y el ejército era cercano a los Estados Unidos a pesar de su nacionalismo. "Las masas campesinas no nos ayudan en absoluto" fue la melancólica conclusión de Guevara en su diario boliviano. Aún peor, Mario Monje, el líder comunista local, quien no tenía estómago para una guerra de guerrillas tras haber sido humillado en los comicios, condujo a Guevara hacia una ubicación vulnerable en el sudeste del país. Las circunstancias de la captura del Che en la quebrada del Yuro, poco después de reunirse con el intelectual francés Régis Debray y el pintor argentino Ciro Bustos, ambos arrestados cuando abandonaban el campamento, fueron, como gran parte de la expedición boliviana, cosa de aficionados.

Guevara fue ciertamente audaz y corajudo, y rápido para organizar la vida en base a principios militares en los territorios bajo su control, pero no era un General Giap. Su libro La Guerra de Guerrillas enseña que las fuerzas populares pueden vencer a un ejército, que no es necesario aguardar a que se den las condiciones necesarias ya que un foco insurreccional puede provocarlos, y que el combate debe tener lugar principalmente en el campo. (En su receta para la guerra de guerrillas, reserva también para las mujeres el rol de cocineras y enfermeras.) Sin embargo, el ejército de Batista no era un ejército sino un corrupto manojo de matones carente de motivación y sin mucha organización; los focos guerrilleros, con la excepción de Nicaragua, terminaron todos en cenizas para los foquistas, y América Latina se ha vuelto urbana en un 70 por ciento en estas últimas cuatro décadas. Al respecto, también, el Che Guevara fue un cruel alucinado.

En las últimas décadas del siglo diecinueve, Argentina tenía la segunda tasa de crecimiento más grande del mundo. Hacia la década de 1890, el ingreso real de los trabajadores argentinos era superior al de los trabajadores suizos, alemanes, y franceses. Para 1928, ese país ocupaba el duodécimo lugar en el mundo en cuanto a su PBI per capita. Ese logro, que las siguientes generaciones arruinarían, se debió en gran medida a Juan Bautista Alberdi.

Al igual que Guevara, a Alberdi le gustaba viajar: caminó a través de las pampas y de los desiertos de norte a sur a los catorce años de edad, rumbo a Buenos Aires. Como Guevara, Alberdi se oponía a un tirano, Juan Manuel Rosas. Igual que Guevara, Alberdi tuvo la oportunidad de influir sobre un líder revolucionario en el poder—Justo José de Urquiza, quien derrocó a Rosas en 1852. Como Guevara, Alberdi representó al nuevo gobierno en giras mundiales, y murió en el exterior. Pero a diferencia del viejo y nuevo predilecto de la izquierda, Alberdi nunca mató una mosca. Su libro, "Bases y puntos de partida para la organización de la República Argentina", fue la base de la Constitución de 1853 que limitó el Estado, abrió el comercio, alentó la inmigración y aseguró los derechos de propiedad, inaugurando de ese modo un periodo de setenta años de asombrosa prosperidad. No se entremetió en los asuntos de otras naciones, oponiéndose a la guerra de su país contra Paraguay. Su semblante no adorna el abdomen de Mike Tyson.