domingo, 1 de junio de 2008

¿Quién es la tal Fátima?

(1) Para saber

Al empezar mayo, el Santo Padre fue invitado a la Basílica de Santa María la Mayor para dirigir el rezo del Santo Rosario. El Papa aceptó con gusto, diciéndoles que desde su infancia ha vivido esa costumbre: “En efecto, en la experiencia de mi generación, las tardes de mayo evocan dulces recuerdos relacionados con las citas vespertinas para rendir homenaje a la Virgen. ¿Cómo olvidar la oración del Rosario en la parroquia, en los patios de las casas o en las calles de las aldeas?”

Afirmó el Papa que el rezo del Rosario no se puede considerar una práctica del pasado, al contrario, “el rosario está experimentando una nueva primavera”.



(2) Para pensar

El Papa invitó a acudir a María para que nos ayude a acoger en nosotros la gracia de Dios y que, a través de nosotros, pueda difundirse en la sociedad a fin de purificarla de las numerosas fuerzas negativas.

Podemos recordar cómo esa protección de la Santísima Virgen María se manifestó de modo notable la tarde del día 13 de mayo de 1981 cuando el Papa Juan Pablo II sufrió un atentado a manos de un asesino profesional. Su nombre es Ali Agca y es turco. Poco antes había escapado de una cárcel de seguridad en la que estaba porque había matado a un famoso periodista.

Poco después del atentado, lo visitó el Cardenal Vicario de Roma, Ugo Poletti. Ali Agca le preguntó: “¿Quién es esa Fátima que dicen que ha salvado el Papa?, porque yo sé disparar y tiré a matar”.

Y es que el día del atentado era aniversario del 13 de mayo de 1917 cuando la Virgen María se apareció en Fátima a tres pastorcillos. La Iglesia recuerda cada año su mensaje en que nos propone rezar el Santo Rosario y ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores.

Juan Pablo II mencionó poco después: “Una mano disparó y otra desvió la bala”. Se refería a la protección de la Virgen María. Y como agradecimiento, cuando se cumplió un año del atentado, el Papa Juan Pablo II puso la misma bala en la Corona de la Virgen en la misma ciudad de Fátima.

Nos dice el papa Benedicto XVI que cuando se reza el Santo Rosario de modo auténtico, no mecánico y superficial sino profundo, trae paz y reconciliación. Encierra en sí la fuerza sanadora del Nombre Santísimo de Jesús, invocado con fe y con amor en el centro de cada avemaría.



(3) Para vivir

En una ocasión, un Papa anterior, el beato Juan XXIII, hablando con unas personas, éstas se excusaban de no rezar el Santo Rosario porque se les hacía monótono. Entonces les dijo: “Pues el peor Rosario es el que no se reza”.

Algo semejante escribió San Josemaría en su libro Santo Rosario ante quienes se excusaban de no rezarlo porque era decir siempre lo mismo: “¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios?”

Por último, el Papa nos pide que cuando recemos el Santo Rosario lo tengamos presente, así como la paz en el mundo y la unidad de los cristianos.
Padre José Martínez Colín (España)
Publicado en versión 1.0 en junio de 2008

Un Dinosaurio Momificado


De acuerdo con la noticia publicada por la agencia Associated Press en marzo de 2008, el cuerpo completado y momificado de un dinosaurio está siendo desenterrado con extrema precisión desde 2004 en los Estados Unidos.

Se trata probablemente de los restos de un edmontosaurio, en realidad identificado ya en 1999, según lo que describe uno de los paleontólogos a cargo, Phillip Manning.

En función del relato de los investigadores, no se trataría del primer caso de estas características. No obstante, no dejan de sorprenderse debido al notable estado de conservación de la pieza, aún semienterrada en la antigua roca de una región desértica de Dakota del Norte. En función del uso de tecnología portátil con rayos X, se estima que la longitud del ejemplar completo es de alrededor de nueve metros.

«Puede tratarse quizás de la mejor de las momias, ya que la calidad y la extensión de la piel que encontramos supera a la de otros casos», acotó Stephen Begin, otro miembro del proyecto.

Como hemos mencionado en otros ensayos, el proceso de momificación implica la preservación natural de los tejidos, por acción de un medio ambiente que le permite a un mismo tiempo perder humedad, siempre y cuando los organismos carroñeros no lo consuman antes. Según los científicos a cargo de este fascinante proyecto, el dinosaurio (al que llamaron Dakota), debió haber muerto en forma abrupta y, simultáneamente, ser sepultado por la roca; de esta manera, «el proceso de putrefacción fue evitado por la fosilización, preservándose la mayor parte de los tejidos blandos», en palabras de Manning. «No se trata de la frase interrumpida o de los fragmentos de una palabra que el registro fósil nos brinda en general de las formas de vida antigua. Esto es un capítulo completo.»


La roca que atrapó a Dakota al momento de su muerte, según los métodos de datación radiométrica, tendría unos 65 millones de años de edad. Además de la imposibilidad de ser objetivos con este método, nos topamos con la consistente realidad del hallazgo de una momia con conservación de tejidos blandos, al igual que ha ocurrido con un T.rex con anterioridad.
¿Cabe acaso plantearse que nuestros conceptos sobre el proceso de momificación son erróneos? O, por el contrario, ¿estamos en un error al considerar la antigüedad de seres que, llamativamente, se encuentran tan bien preservados como nuestras recientes y milenarias momias incaicas?
Publicado en formato 1.0 en junio de 2008

La Realidad del Infierno (tercero de 3 artículos)



Continuando con este tema tan olvidado como candente, reproducimos en esta edición algunos fragmentos de la biografía de Santa Faustina realizada por la religiosa Sophia Michalenko. Entre otras visiones que la Santa recibió por permisión divina, nos describió estos párrafos acerca del infierno como realidad indudable y contundente.

«Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a Sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: "Hoy día fui llevada por un Ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es! Las clases de torturas que vi:

La primera es la privación de Dios;

la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia;

la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;

la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual-, prendido por la ira de Dios.

La quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos;

la sexta es la compañía constante de Satanás;

la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia.

Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido.

Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la Omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie a estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo."El Señor fue preparando de esta forma el corazón de Santa Faustina para que por medio de su intercesión se salvaran muchas almas.»

Cuadragésimo Aniversario de la Encíclica Humanae Vitae

El diez de mayo de 2008, el papa Benedicto XVI recordó la notable actualidad de la encíclica Humanae vitae de Pablo VI al cumplirse su cuadragésimo aniversario. Ofrecemos para ustedes el texto oficial traducido del original italiano por la Librería Editrice Vaticana:

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:

Con gran placer os acojo al final de los trabajos, en los que habéis reflexionado sobre un problema antiguo y siempre nuevo como es el de la responsabilidad y el respeto al surgir de la vida humana. Saludo en particular a Monseñor Rino Fisichella, rector magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense, que ha organizado este Congreso internacional, y le agradezco las palabras de saludo que me ha dirigido.
Mi saludo se extiende a todos los ilustres relatores, profesores y participantes, que con su contribución han enriquecido estas jornadas de intenso trabajo. Vuestra aportación se inserta eficazmente en la producción más amplia que, a lo largo de los decenios, ha ido aumentando sobre este tema controvertido y, a pesar de ello, tan decisivo para el futuro de la humanidad.

El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes, ya se dirigía a los hombres de ciencia invitándolos a aunar sus esfuerzos para alcanzar la unidad del saber y una certeza consolidada acerca de las condiciones que pueden favorecer «una honesta ordenación de la procreación humana» (n. 52). Mi predecesor, de venerada memoria, el siervo de Dios Pablo VI, el 25 de julio de 1968, publicó la carta encíclica Humanae vitae. Ese documento se convirtió muy pronto en signo de contradicción.

Elaborado a la luz de una decisión sufrida, constituye un significativo gesto de valentía al reafirmar la continuidad de la doctrina y de la tradición de la Iglesia. Ese texto, a menudo mal entendido y tergiversado, suscitó un gran debate, entre otras razones, porque se situó en los inicios de una profunda contestación que marcó la vida de generaciones enteras. Cuarenta años después de su publicación, esa doctrina no sólo sigue manifestando su verdad; también revela la clarividencia con la que se afrontó el problema.

De hecho, el amor conyugal se describe dentro de un proceso global que no se detiene en la división entre alma y cuerpo ni depende sólo del sentimiento, a menudo fugaz y precario, sino que implica la unidad de la persona y la total participación de los esposos que, en la acogida recíproca, se entregan a sí mismos en una promesa de amor fiel y exclusivo que brota de una genuina opción de libertad. ¿Cómo podría ese amor permanecer cerrado al don de la vida? La vida es siempre un don inestimable; cada vez que surge, percibimos la potencia de la acción creadora de Dios, que se fía del hombre y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza.

El Magisterio de la Iglesia no puede menos de reflexionar siempre profundamente sobre los principios fundamentales que conciernen al matrimonio y a la procreación. Lo que era verdad ayer, sigue siéndolo también hoy. La verdad expresada en la Humanae vitae no cambia; más aún, precisamente a la luz de los nuevos descubrimientos científicos, su doctrina se hace más actual e impulsa a reflexionar sobre el valor intrínseco que posee.

La palabra clave para entrar con coherencia en sus contenidos sigue siendo el amor. Como escribí en mi primera encíclica, Deus caritas est: “El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; (...) ni el cuerpo ni el espíritu aman por sí solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma" (n. 5). Si se elimina esta unidad, se pierde el valor de la persona y se cae en el grave peligro de considerar el cuerpo como un objeto que se puede comprar o vender (cf. ib.).

En una cultura marcada por el predominio del tener sobre el ser, la vida humana corre el peligro de perder su valor. Si el ejercicio de la sexualidad se transforma en una droga que quiere someter al otro a los propios deseos e intereses, sin respetar los tiempos de la persona amada, entonces lo que se debe defender ya no es sólo el verdadero concepto del amor, sino en primer lugar la dignidad de la persona misma. Como creyentes, no podríamos permitir nunca que el dominio de la técnica infecte la calidad del amor y el carácter sagrado de la vida.

No por casualidad Jesús, hablando del amor humano, se remite a lo que realizó Dios al inicio de la creación (cf. Mt 19, 4-6). Su enseñanza se refiere a un acto gratuito con el cual el Creador no sólo quiso expresar la riqueza de su amor, que se abre entregándose a todos, sino también presentar un modelo según el cual debe actuar la humanidad. Con la fecundidad del amor conyugal el hombre y la mujer participan en el acto creador del Padre y ponen de manifiesto que en el origen de su vida matrimonial hay un "sí" genuino que se pronuncia y se vive realmente en la reciprocidad, permaneciendo siempre abierto a la vida.

Esta palabra del Señor sigue conservando siempre su profunda verdad y no puede ser eliminada por las diversas teorías que a lo largo de los años se han sucedido, a veces incluso contradiciéndose entre sí. La ley natural, que está en la base del reconocimiento de la verdadera igualdad entre personas y pueblos, debe reconocerse como la fuente en la que se ha de inspirar también la relación entre los esposos en su responsabilidad al engendrar nuevos hijos. La transmisión de la vida está inscrita en la naturaleza, y sus leyes siguen siendo norma no escrita a la que todos deben remitirse. Cualquier intento de apartar la mirada de este principio queda estéril y no produce fruto.

Es urgente redescubrir una alianza que siempre ha sido fecunda, cuando se la ha respetado. En esa alianza ocupan el primer plano la razón y el amor. Un maestro tan agudo como Guillermo de Saint Thierry escribió palabras que siguen siendo profundamente válidas también para nuestro tiempo: «Si la razón instruye al amor, y el amor ilumina la razón; si la razón se convierte en amor y el amor se mantiene dentro de los confines de la razón, entonces ambos pueden hacer algo grande» (Naturaleza y grandeza del amor, 21, 8).

¿Qué significa ese «algo grande» que se puede conseguir? Es el surgir de la responsabilidad ante la vida, que hace fecundo el don que cada uno hace de sí al otro. Es fruto de un amor que sabe pensar y escoger con plena libertad, sin dejarse condicionar excesivamente por el posible sacrificio que requiere. De aquí brota el milagro de la vida que los padres experimentan en sí mismos, verificando que lo que se realiza en ellos y a través de ellos es algo extraordinario. Ninguna técnica mecánica puede sustituir el acto de amor que dos esposos se intercambian como signo de un misterio más grande, en el que son protagonistas y partícipes de la creación.

Por desgracia, se asiste cada vez con mayor frecuencia a sucesos tristes que implican a los adolescentes, cuyas reacciones manifiestan un conocimiento incorrecto del misterio de la vida y de las peligrosas implicaciones de sus actos. La urgencia formativa, a la que a menudo me refiero, concierne de manera muy especial al tema de la vida. Deseo verdaderamente que se preste una atención muy particular sobre todo a los jóvenes, para que aprendan el auténtico sentido del amor y se preparen para él con una adecuada educación en lo que atañe a la sexualidad, sin dejarse engañar por mensajes efímeros que impiden llegar a la esencia de la verdad que está en juego.

Proporcionar ilusiones falsas en el ámbito del amor o engañar sobre las genuinas responsabilidades que se deben asumir con el ejercicio de la propia sexualidad no hace honor a una sociedad que declara atenerse a los principios de libertad y democracia. La libertad debe conjugarse con la verdad, y la responsabilidad con la fuerza de la entrega al otro, incluso cuando implica sacrificio; sin estos componentes no crece la comunidad de los hombres y siempre está al acecho el peligro de encerrarse en un círculo de egoísmo asfixiante.

La doctrina contenida en la encíclica Humanae vitae no es fácil. Sin embargo, es conforme a la estructura fundamental mediante la cual la vida siempre ha sido transmitida desde la creación del mundo, respetando la naturaleza y de acuerdo con sus exigencias. El respeto por la vida humana y la salvaguarda de la dignidad de la persona nos exigen hacer lo posible para que llegue a todos la verdad genuina del amor conyugal responsable en la plena adhesión a la ley inscrita en el corazón de cada persona.

Con estos sentimientos, os imparto a todos la bendición apostólica.

jueves, 1 de mayo de 2008

La Datación Radiométrica


Existe un tema que ha generado un profundo debate en relación a comprender cual es la real antigüedad de piezas históricas y prehistóricas: la datación radiométrica. Esta técnica se basa en conocimientos físicos de Nucleónica y requiere ciertos conceptos (¿y preconceptos?) para su aplicación adecuada.

Intentaremos en este ensayo describir los lineamientos básicos de su fundamento y como la información surgida puede incluso ser manipulada de forma sorprendente.


Para comenzar, es importante que recordemos, en forma simplificada, la estructura del átomo, formado por una nube de electrones con carga negativa y un núcleo, conformado a su vez por 2 tipos de partículas:

- los protones, con carga eléctrica positiva, quienes determinan el "tipo" de átomo, llamado técnicamente elemento

- los neutrones, sin carga eléctrica, que contribuyen a la masa total del átomo.


Así, por ejemplo, la gran mayoría de los átomos de carbono presentes en la naturaleza tienen en su núcleo un total de 6 protones y de 6 neutrones. Como hemos relatado con anterioridad, el número de protones (también llamado número atómico) es el que determina de qué clase de elemento se trata. Siguiendo con nuestro caso, aclaramos que todos los átomos de carbono del universo tienen 6 protones en su núcleo, sin que importe el número de neutrones. Por lo tanto, cualquier circunstancia que modifique dicho número hará que el átomo deje de ser carbono para convertirse en otro elemento. Esto, que impresiona un fantasioso sueño de alquimistas, ocurre segundo a segundo en el Sol, en nuestra atmósfera y en los equipos de radioterapia de las instituciones de salud, por citar sólo algunas condiciones.


La suma del número de protones y de neutrones del núcleo de un átomo se llama número másico (antes conocido como peso atómico). Así, si resumimos nuestro ejemplo anterior tendremos:

- átomo: carbono

- número de protones = número atómico = 6

- número de neutrones = 6

- número de protones + número de neutrones = número másico = 12

Por eso, llamamos a este átomo "carbono 12" ó C12.



Carbono 12 (protones representados en azul, neutrones en rojo)




Sin embargo, un pequeño porcentaje de átomos de carbono presentes en la Creación se caracterizan por poseer en su núcleo un número mayor de neutrones que la inmensa mayoría de sus congéneres. Ocurre entonces la siguiente situación:

- átomo: carbono

- número de protones = número atómico = 6

- número de neutrones = 8

- número de protones + número de neutrones = número másico = 14

Por eso, llamamos a este átomo "carbono 14" ó C14.



Carbono 14 (protones representados en azul, neutrones en rojo)






Se sabe que aproximadamente el 99.6% de todos los átomos de carbono existen bajo la forma de C12. Esto sucede porque dicha configuración nuclear es estable, esto es, se preserva a lo largo de los siglos. Sin embargo, el C14 tiene la particularidad de ser un núcleo inestable (radioactivo). Esto significa que cada cierto tiempo más o menos conocido, existe la posibilidad de que algunos de sus neutrones, por una reacción física que libera energía, pierdan parte de su masa en forma de un electrón y se convierta en protones.


En consecuencia, a raíz de este proceso, tendremos que:


6 protones + 8 neutrones ------------------> 7 protones + 7 neutrones + liberación de energía (radiación)


Como comprenderemos, el átomo resultante ha dejado de ser carbono, ya que ahora tiene un número diferente de protones en su núcleo (de hecho, ha pasado a ser nitrógeno).

El lapso necesario para que se desintegren la mitad de los núcleos de una muestra inicial de una sustancia se llama período de semidesintegración o semivida. Se elige como referencia la mitad de ellos debido a que en realidad la desintegración es aleatoria. Para nuestro ejemplo del carbono 14, se ha calculado que ese lapso es de 5730 años. En términos prácticos, si tenemos 100 átomos de carbono 14 en una muestra, pasados 5730 años quedarán allí 50 átomos; transcurridos 11460 años tendremos 25 átomos; ocurridas 3 semividas (17190 años), permanecerán 12.5 átomos, y continuará la progresión.

Utilizando la fórmula así deducida, tendremos finalmente:



Donde:

- At es la actividad actual de la muestra

- Ao es la actividad INICIAL de átomos

- t es el tiempo transcurrido

- lambda es la constante de desintegración


Conocidos estos lineamientos, es comprensible que, merced a esa fórmula, pueda deducirse el tiempo de existencia de una muestra en función de su actividad actual, de conocer la semivida de la sustancia que medimos... y de la actividad inicial de la muestra.


Una de las rocas que ofrecen mejores posibilidades de aprovechar los métodos de datación radiométrica son aquellas que proceden de erupciones volcánicas, ya que son ricas en sustancias como la dacita; además, resultan un interesante modelo ya que, si utilizamos fragmentos tomados en tiempos históricos, conocemos con absoluta exactitud su fecha de origen, esto es, de solidificación.

En las rocas ígneas, se suele utilizar como par de isótopos al llamado "potasio-argón": los átomos de potasio 40 decaen por los fenómenos que explicamos a argón 40. El período de semidesintegración es del orden de los 1300 millones de años: un gramo de potasio 40, en ese lapso, dejará como resultado 0.5 gramos del citado elemento y otros 0.5 gramos de argón 40.

Existe un detalle elemental: la cantidad INICIAL de potasio 40 presente en la roca no se conoce, y, por lo tanto, esto valor se asume mediante "modelos teóricos" que se consideran estandarizados.

Acaso el ejemplo más difundido es el ocurrido cuando, en junio de 1992, se tomaron muestras procedentes de la erupción del volcán Santa Elena ocurrida en 1980. Las rocas ígneas tenían, por ende, 12 años comprobados de antigüedad. Los fragmentos fueron procesados de modo habitual y remitidos al reconocido laboratorio Geochron de Massachussetts para su análisis a simple ciega, esto es, sin informar su procedencia, sino sólo su naturaleza química y la "presunción teórica" de origen reciente.

Las cinco muestras separadas fueron informadas con estas características:

Muestra 1 (roca completa) --> Antigüedad 350 mil ± 50 mil años

Muestra 2 (feldespato) --> Antigüedad 340 mil ± 60 mil años

Muestra 3 (anfibola y otros compuestos) --> Antigüedad 900 mil ± 200 mil años

Muestra 4 (piroxeno y otros compuestos) --> Antigüedad 1.7 millones ± 300 mil años

Muestra 5 (ídem) --> Antigüedad 2.8 millones ± 600 mil años

Estos resultados revelan, en primer lugar, poca correlación entre las 5 muestras, tomadas en el mismo sitio y al mismo tiempo, y la falencia de la "presunción teórica" en cuanto al CONTENIDO INICIAL de isótopos en la muestra. Vale recordar que la totalidad de los ejemplares remitidos tenían sólo 12 años de formación. La cita del estudio completo es CEN Tech. J. 1996; 10(3); 335-343, no disponible para su lectura directa en Internet.

¿Acaso se trata de una falla en el par de isótopos elegidos? Resulta un planteo racional y claramente científico. Una buena respuesta es remitirnos al trabajo original que dató la antigüedad de nuestro planeta en aproximadamente 4 500 millones de años, el conocido ensayo de Clare Patterson publicado allá por 1956 en Geochimica et Cosmochimica Acta, el órgano oficial de la Geochemical Society de los Estados Unidos.


Patterson realizó su conocido análisis examinando el contenido de isótopos de plomo en rocas terrestres, en dos meteoritos de alto contenido en hierro y en una muestra de sedimento del fondo oceánico. Volcó sus resultados en un gráfico y formó lo que se denomina un isócrono, en forma análoga a las isobaras e isotermas de la meteorología. Mediante algunas conjeturas y extrapolaciones matemáticas, Patterson concluyó que la edad de la Tierra debía estar próxima a los 4 550 millones de años




Entre otras consideraciones, existe un error estadístico, por el hecho de utilizar una sola muestra de sedimento oceánico en lugar de las múltiples necesarias para minimizar el riesgo de error fruto de las variedades regionales. Paralelamente, geólogos de la misma talla (Hutchinson, Gale, Arden) realizaron muestreos parecidos con resultados completamente diferentes; de hecho al utilizar la misma línea de razonamiento de Patterson han llegado a la conclusión irracional de... ¡una edad negativa para la Tierra! (Nature 1972, 240; páginas 56-57)

Además, existe otra consideración que hasta aquí no hemos mencionado: la siniestra seguidilla de detonaciones nucleares provocadas por el hombre desde mediados de la década de 1940, incluyendo tanto las pruebas como el uso de armamento nuclear en la Segunda Guerra Mundial, han cambiado drásticamente el contenido de radioisótopos de la Tierra, lo cual hace imposible la medición (y menos aún la "presunción") del contenido de isótopos de una muestra dada.

En resumen, los métodos de datación resultan poco confiables para medir la antigüedad tanto de los fósiles como de las rocas inertes, por lo cual cualquier estimación de la edad de un objeto con esta técnica resulta por lo menos temeraria.


Publicado en formato 1.0 entre mayo y junio de 2008


El Cuento de la Carpintería

Recibí un bello cuento del que me parece podemos aprender mucho y que a continuación transcribo.

Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.

Ante el ataque, el tornillo aceptó también su culpa, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con todos los demás.

Y la lija estuvo de acuerdo: “Me voy, pero siempre y cuando sea echado fuera la cinta métrica, pues siempre se la pasa midiendo a todos los demás según su medida, como si fuera el único perfecto".

Otros acusaban al serrucho por lastimarles tanto. En fin, que en la carpintería era un caos. Todos se acusaban de diversos “defectos” al notarse tan diferentes unos de otros.


En eso entró el carpintero y todos se callaron. El buen hombre se puso el delantal e inició su trabajo. Primero tomó la cinta métrica y comenzó a medir unos tablones de madera y a marcarlos con un lápiz. Utilizó el serrucho para hacer las tablas precisas. Luego las unió con tornillos y se ayudó del martillo. Por último les dio un acabado perfecto y liso con la lija. Así fue que la tosca madera inicial se había convertido en una linda y útil mesa para comer. El carpintero entonces se fue a su casa con su familia.

Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo: "Señores, óiganme todos. Ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades, no con nuestros defectos. Eso es lo que nos hace muy valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos".

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas, el serrucho permitía moldear la madera y observaron que el metro era preciso y exacto.

Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.



Lo mismo nos puede ocurrir. Al tratar de percibir los puntos fuertes de los demás, es cuando florecen los mejores logros humanos.

Es fácil encontrar defectos, cualquiera puede hacerlo, pero encontrar cualidades, eso es para los espíritus superiores que son capaces de inspirar todos los éxitos humanos.

Para terminar recordemos las palabras de la Sagrada Escritura que nos invita a vivir en unidad: “Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es el Dios, que obra todas las cosas en todos. Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu. De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan" (cfr. 1 Cor 12, 6. 13.26).



La Realidad del Infierno (segundo de 3 artículos)

Recordamos que, en la primera parte de esta colección de ensayos, hemos considerado el mea culpa que como católicos debemos realizar por hablar pobremente de la realidad del Infierno. Tentados por el propio demonio y arrastrados por los vientos del relativismo moral, negamos implícitamente una contundente verdad de nuestra Fe. A tal fin, seguimos adelante con nuestros artículos al respecto, en esta oportunidad repitiendo las aseveraciones de José Ureña Toledo, volcadas en un sitio español dedicado a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Algunos engaños básicos de Satanás en nuestros días

► Satanás no existe (se parte con frecuencia del falso principio de que los ángeles no existen). Así el enemigo puede actuar con muchísima más libertad. Están lamentablemente equivocados quienes piensan que tan sólo debe creerse lo que ha sido proclamado como dogma de Fe dentro de la Iglesia. Precisamente una verdad tan esencial como la Resurrección de Cristo, sin la cual nuestra fe cristiana perdería todo su valor, no ha sido jamás declarada como dogma de fe. Pero la razón ha sido que se trata de una verdad tan clara en la Sagrada Escritura, y que ningún teólogo de categoría se atrevió a negar, que no se ha considerado necesario hacer una declaración dogmática ex profeso. Pues bien: aunque no se trate ciertamente de algo tan importante, ocurre algo análogo con la existencia del diablo. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, atendiendo al requerimiento de Pablo VI, se expresó así en junio de 1975: "Las afirmaciones sobre el diablo son asertos indiscutibles de la conciencia cristiana. Si bien la existencia de Satanás y de los demonios no ha sido nunca objeto de una declaración dogmática, es precisamente porque parece superflua, ya que tal creencia resulta obvia para la fe constante y universal de la Iglesia, basada sobre su principal fuente, la enseñanza de Cristo..."

Con anterioridad, en noviembre de 1972, el Cardenal Joseph Ratzinger, siguiendo la doctrina del mismo Papa, había negado el punto de vista de ciertos teólogos que no consideran al demonio como un ser personal: «se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica todo aquel que rehúsa reconocer [esta entidad espiritual] como existente... o que la explica... como una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias... el demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. sabemos que este ser oscuro y perturbador existe realmente y sigue actuando.» O sea, fuerzan el lenguaje de la Escritura y de la constante enseñanza de la Iglesia, hasta tergiversarlo y aún darle la vuelta, quienes únicamente pretenden ver en el demonio algo así como un personaje inventado por la mente del hombre, de modo más o menos espontáneo, y a quien éste señala como el responsable de todos sus males.
Hilando más fino, no pocos pseudoteólogos actuales enseñan que, cuando en la escritura se habla del demonio, no hay que atribuir a este término un significado literal, es decir, no debe entenderse que el diablo es un ser personal: sólo se trataría de representar el mal, incluidas nuestras bajas tendencias, como una persona de extraordinaria maldad. El Malo (el demonio) pasaría así a ser la simple representación simbólica del mal. Pero este concepto del diablo, interpretado como un mero símbolo, se opone frontalmente al Magisterio de la Iglesia. Basta con leer atentamente lo expresado en 1975 por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y con anterioridad, en 1972, por el Cardenal Ratzinger.

El propio Pablo VI, cuando advirtió con su penetrante inteligencia que los errores teológicos de más nefastas consecuencias se habían introducido en el interior mismo de la Iglesia, pronunció estas graves palabras: «se diría que, a través de alguna grieta, ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios... ¿cómo ha ocurrido esto? Ha habido un poder perverso: el demonio» (29-VI-72).

En cuanto a Juan Pablo II, ya en 1986, dedicó una serie de catequesis sobre Satanás y los otros demonios, refiriéndose también a los Santos Ángeles (audiencias de julio y agosto). Recordemos que hoy abundan los teólogos que, cuando menos, ponen en duda la existencia de los ángeles (entiéndanse como seres espirituales dotados de entendimiento y voluntad). Pero cuestionar este punto de la doctrina cristiana no es algo inocente y falto de interés. Con extraordinaria agudeza, escribe Winklhofer: «Si quisiéramos librarnos de la existencia de los ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la Salvación» (Die welt der engel, ettal 1961, p. 144, nota 2; en Mysterium salutis, II, 2, p. 796). Naturalmente, si empezamos negando la existencia de los ángeles, deberíamos negar la existencia de Satanás y de los otros demonios (ángeles todos ellos); es más, también el origen mismo del mal en la Creación, incluyendo la tentación a nuestros primeros padres y su caída consecuente. Perdería su sentido el pecado original y la redención misma. ¿Y cómo explicar adecuadamente la finalidad del Sacramento del Bautismo? Por otra parte, ¿qué sentido tendría el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por Pío IX?... etc. Atacar el aserto de la existencia de los ángeles sería sembrar el caos en la doctrina cristiana. Pero eso se da a menudo por obra de sedicentes teólogos más o menos irresponsables, inspirados seguramente por el padre de la mentira. Satanás sabe lo que se hace.

Muy consciente de ello, como es obvio, la Iglesia, basándose en la Sagrada Escritura, ha enseñado desde el comienzo la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios, en el símbolo niceno-constantinopolitano, doctrina que confirmó en el Concilio Lateranense IV (1215), cuya formulación recogió el Concilio Vaticano I: «[Dios] creó de la nada juntamente al principio del tiempo, a ambas clases de creaturas: las espirituales y las corporales, es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre; y después, la creatura humana que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos». (Concilio Vat. I, const. dogm. De Fide Catholica, ds 3.002). (texto citado por Juan Pablo II en su audiencia general del 6-VIII-1986). Ahora bien, el diablo o Satanás y los otros demonios no son más que los ángeles que se rebelaron contra Dios: «fueron creados buenos por Dios, pero se hicieron malos por su propia voluntad.» (Conc. Lateranense IV, año 1215). (cit. por el mismo Papa, Audiencia General 13-VIII-1986).

Para terminar este comentario, y con el fin de subrayar el carácter de engaño satánico que entraña el negar la existencia del demonio, atendamos a la autorizada enseñanza de Juan Pablo II: «El influjo del espíritu maligno puede 'ocultarse' de forma más profunda y eficaz: pasar inadvertido corresponde a sus 'intereses': la habilidad de Satanás en el mundo es la de inducir a los hombres a negar su existencia en nombre del racionalismo y de cualquier otro sistema de pensamiento que busca todas las escapatorias con tal de no admitir la obra del diablo.» (Audiencia General 13-VIII-86).


► A Dios no se le puede amar directamente en modo alguno: sólo se le puede amar en el hombre. Prácticamente: homo homini Deus (el hombre es el verdadero y único dios para el hombre).

► Es más fácil amar a Dios que amar al hombre, hasta el punto de que amar a Dios viene a ser una evasión para desentenderse de los hombres. ¡Cómo si amar a Dios verdaderamente no implicara amar lo que Dios ama: al hombre y al mismo Dios con entrega absoluta! De ese engaño se deriva que ni se ama realmente a Dios ni se ama al hombre.

► No es cierto que hay que amar a Dios sobre todo otro ser.

► Lo que importa sólo aquí en este mundo es el amor en sentido horizontalista, prescindiendo así de la fe y de la esperanza, que deben estar unidas al amor -contra la enseñanza diabólica- mientras vivimos en la tierra. Ciñéndonos ahora sólo a la fe y el amor: no importa la fe, sino el amor, olvidándose de que si no hay fe, no puede darse un amor sobrenatural y perfecto (1ra Tim 1,5). Satanás sugiere frecuentemente la fraternidad al estilo masónico, incitando a interpretar acomodaticiamente y de modo erróneo a San Pablo cuando éste sitúa al amor como la reina de las virtudes (porque es la virtud o el ejercicio que perdurará en la otra vida). Se quita así importancia al ateísmo, con tal de que se dé el imposible utópico de que haya auténtico amor sin fe en este mundo.

► Lo primero que hay que hacer con los pobres es "llenarles la barriga" (se suele preferir esta expresión en castellano), lo cual, en principio, parece de lo más realista y sensato. Pero ¿qué hay muchas veces detrás de esta insistencia? ¿se les llena de verdad el estómago y se les conforta y adoctrina también hablándoles de Dios, tema éste por cierto muy urgente?

► Hay que respetar las otras creencias y no predicar a Cristo. Hablar de Cristo sería una imposición. Pero ¿es faltar el respeto a otros creyentes equivocados o insuficientemente informados exponerles la verdad plena? No nos extrañemos de la decadencia del impulso misionero en muchas partes del mundo.

► No comprender que hemos de sufrir en la tierra para santificarnos, a imitación de Jesucristo, envolviendo este radical rechazo al dolor bajo frases tan bonitas como que la Resurrección es más importante que la Pasión, sin caer en la cuenta de que para que haya Resurrección hay que pasar por la Pasión. ¡Satanás nos ciega fácilmente con el hedonismo!

► Mantener una actitud hipercrítica ante los casos de apariciones marianas o de Jesús, negándolas prácticamente todas "a priori", so capa de prudencia. Lo que decimos de las apariciones es aplicable igualmente a los milagros. Con ello se niega en la práctica la Resurrección, porque de este modo se opone uno a la convicción de que Jesús sigue vivo, así como su Santa Madre, y, por tanto, ambos pueden manifestarse como seres libres y sabios que son, de acuerdo con las necesidades y contingencias que van presentándose en la historia del hombre.

► La eficacia de la evangelización, del apostolado, etc. depende sobre todo de nuestras programaciones humanas y de nuestra actividad (en realidad, activismo en muchos casos). Se prescinde así de la vida interior, fuente de la exterior, con lo que ésta última se vuelve ineficaz, estéril y complicada.

► El Infierno no existe y, si existe, "en él no hay nadie" (sic, como si fuera un lugar físico), afirmación esta equivalente en la práctica a la anterior. El hombre se confía así y no teme al estado en que ciertamente puede caer por sus pecados. Este aserto viene unido a la consideración, parcialmente hecha, de que Dios es amor o, dicho de otro modo, misericordia, olvidándose de que en él misericordia y justicia son la misma cosa, como ocurre con todos lo demás atributos divinos, aparte de que es el mismo hombre quien elige el camino que conduce a su perdición. La existencia del infierno, como un castigo eterno para los condenados, así como la de un premio igualmente eterno para los justos o elegidos, es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el Concilio Lateranense IV (1215): «Jesucristo... ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos (o condenados) como a los elegidos (o justos): todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras –buenas o malas–: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (De Fide Catholica, cap. 1).

► Pensar que todo lo nuevo, por el hecho de ser nuevo, es siempre lo mejor y que negar este principio, presupuesto como una especie de axioma, es merecer los más humillantes calificativos. De este modo, Satanás nos mantiene preparados para aceptar todos los nuevos errores (a menudo sólo errores resucitados de viejos tiempos) que él va sembrando o proponiendo. Con este fin ha potenciado el valor supuestamente positivo de todo término y toda actitud que impliquen innovación, así como el negativo de todo lo que implique volverse a los valores del pasado. Pero imponer o proponer, como dicotomía básica, lo moderno / lo antiguo es superficial, acrítico y fundamentalmente necio. Previo a ello es distinguir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo conveniente de lo nocivo, etc.

► Tendencia "materializante" y franco materialismo. como ya enseñaba Nietzsche, orientado por Satanás, lo espiritual no se ve porque no existe.

► Descuido de la oración, incluso entre las almas consagradas, como ineficaz. Se sustituye por el activismo, las lecturas de libros perniciosos (frecuentemente heréticos), la televisión, periódicos innecesarios, etc.

► Superficialidad frente a la reflexión profunda. La verdad es que hoy tendemos a ahogarnos en un océano de palabras y de imágenes; pero faltan personas de reflexión profunda y que a la vez sepan sintetizar su pensamiento.

► Relativismo total y desenfrenado. Cada cual tendría "su" verdad, no existiría ninguna verdad universal y absolutamente válida en ningún sentido. ¡Buena preparación para no ponerse de acuerdo en el diálogo y para combatir la Verdad revelada!

► Con el pretexto de que la realidad en general evoluciona constantemente (?), ataque a principios fundamentales y a la misma enseñanza de Dios y su Iglesia -cambiarlo todo a troche y a moche, caóticamente, secundando a Satanás.

► Ecuación o, si se prefiere, igualdad: progreso = mayor libertad, "no sólo para hacer el bien, sino también el mal" (como supo ver y expresar Pablo VI ya en su tiempo). Así se considera lícito y moral prácticamente todo: anarquía, libertinaje, licencia...

► Arruinar ciertas palabras, como la de "pecado", considerando que representan conceptos anticuados y hasta ridículos. Igualmente se hace con diversos puntos de vista verdaderamente sabios y hasta con formas de devoción en otros tiempos consideradas venerables por personas eminentes por su santidad y su ciencia (Rosario, Corazón de Jesús, etc.)

► Bajo el pretexto de un auténtico ecumenismo, sincretismo disolvente entre las diversas religiones, de manera que apenas se llega a un vago deísmo o a unas prácticas y teorías que no comprometen a nada.

► Desplazar la responsabilidad personal a la social o a las estructuras sociopolíticas.

► Cambiar el concepto genuino de religión por el de sociología, abierta o solapadamente. Posición afín: la tendencia a considerar el Reino de Dios como algo que se refiere de modo especial a este mundo temporal.

► Un concepto de educación en el cual cada vez se exige menos, con el pretexto de respetar la libertad del educando. Este permisivismo ha dado y sigue dando, como frutos fáciles de observar, la desintegración de la moral y la ética en grandes sectores del mundo.

► Tildar toda autoridad firme, sea lícita o no lícita, de autoritarismo, dictadura, etc. Quien tiene alguna forma de autoridad actúa muchas veces blandamente, cediendo en lo que no es justo y procurando por todos los medios "parecer simpático", llevado por el temor y el puro deseo de aprobación.

► Pretender resolverlo todo democráticamente, como si el número de votos fuera decisivo para establecer principios éticos, religiosos, etc. o modificarlos. Ello se ha erigido hoy en muchos países en un dogma inatacable. Poniendo Satanás de manifiesto ante los hombres la verdad del notable valor que tiene la democracia como régimen especialmente político, pasa a la exageración, universalización y absolutización de ese valor: la misma verdad dependería del número de votos.

► Fuerte tendencia a interpretar toda la Biblia de forma simbólica, pretextando la existencia en ella -hecho real- de diversos géneros literarios y la manifestación de otra cultura muy diferente de la nuestra. Como casi siempre, Satanás sugiere lúcidamente buenas razones para, desconcertando luego a las almas, apartarlas de la verdad y el bien. Así la palabra de Dios llega a ser, no sólo distorsionada, sino incluso negada, o, cuando menos, puesta seriamente en duda.

► Sobre todo en el caso de muchos intelectuales, convencimiento más o menos profundo de que la religión (sea cual sea) se reduce a una serie de creencias y mitos pertenecientes a épocas muy primitivas, en que imperaba la ignorancia, y que deben considerarse plenamente superados por nuestra cultura actual, en la cual la ciencia y la técnica ofrecen las soluciones más adecuadas y correctas a las necesidades del hombre. Dios no existe o es innecesario. Y, como dice un personaje de Dostoiewsky: "Si Dios no existe, todo está permitido". Es la conclusión de Satanás mismo.

Los Husitas

Prácticamente la totalidad de los cismas surgidos en el cristianismo, acaso con la excepción del arrianismo, han tenido su origen en motivaciones económicas y políticas, sutilmente ocultas con apariencias teológicas. Acaso el movimiento husita de fines del siglo XIV nos demuestra con claridad esta realidad.

De hecho, puede considerarse a la herejía husita como una suerte de prólogo de la Reforma protestante. Ha tomado su nombre de Jan Hus, sacerdote checo que llegó a ser rector de la Universidad de Praga. Profundamente nacionalista, este gran orador aprovechó la repulsión de sus conciudadanos contra el dominio alemán para protestar contra los abusos en la distribución en las indulgencias.

Hus se consideró a sí mismo el intérprete verdadero de las Sagrado Escrituras, exigiendo de la autoridad papal una reforma de la Iglesia. El arzobispado de Praga prohibió sus prédicas, lo cual provocó la expulsión de Hus y sus principales discípulos de la ciudad. El antipapa Alejandro V decidió finalmente su excomunión en 1412.

Sin embargo, tres años después el papa Gregorio XII lo convocó al Concilio Ecuménico de Constanza a fines de que intentara defender sus teorías, las cuales fueron condenadas al ser consideradas una herejía.

La situación fue aprovechada políticamente por el emperador alemán Segismundo, quien condenó a muerte a Hus y sus principales discípulos, lo cual motivó sublevaciones en la población, quien consideraba a Hus como un prócer. De hecho, Hus es considerado clave en la difusión de la cultura y la literatura de su pueblo, siendo el creador del háček que simplificó notablemente la escritura popular en lengua checa.

Pese a ello, la pérdida del jefe del movimiento llevó a sucesivas divisiones entre los husitas, incluyendo a aquellos que se alzaron en armas contra el poder imperial. Este último grupo, también conocido como taboritas, liderado por Ziska, se convirtió en un verdadero ejército, responsable de masacres de cientos de católicos checos, alemanes y húngaros. Para mediar la situación de tensión, el papa Martín V ofreció a los husitas participar en el Concilio de Basilea para pacificar el interior del Imperio.

Los taboritas propusieron la eliminación de los bienes del clero y la pena de muerte para aquellos sacerdotes que se encontraran en pecado mortal. La resistencia inicial obtenida concluyó con el retiro de los husitas del concilio. Sin embargo, los obispos enviaron en actitud de mediación a un grupo de teólogos a la capital checa con el objeto de revisar dichas propuestas: los husitas moderados llegaron así a un acuerdo conocido como Compactata, logrando con esto la vuelta a la comunión con la Iglesia Católica. Los taboritas, sin embargo, rechazaron esta postura, llevando a un nuevo enfrentamiento militar que concluyó con la batalla de Lipania en 1434, la cual significó la disolución de los husitas.

Las notables similitudes con la Reforma explican acaso porque los últimos seguidores del movimiento se incorporaron oportunamente a los discípulos de Lutero casi cien años después.

Beata Ana Catalina Emmerich

Anne Catherine Emmerick nació el 8 de septiembre de 1774, en Flamsche, diócesis de Münster en Alemania, siendo además bautizada en ese mismo día.

Desde muy pequeña gozó del don de comprender el latín litúrgico y ya desde los cuatro años fue bendecida con visiones de la Historia Sagrada, incluyendo la Creación, la caída de los ángeles malvados, la vida de los patriarcas del Antiguo Testamento, la Encarnación, Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Además de sus visiones, tenía locuciones interiores y frecuentes estados de éxtasis.

Sus visiones eran lo suficientemente intensas para sentirse verdaderamente transportada hacia los sitios y épocas en cuestión, resultándole hasta más familiares los rostros de Noé, Elías o la Santísima Virgen que los de sus contemporáneos en Alemania.

Este don se vio acompañado de enormes sufrimientos y un estado de progresiva postración por enfermedad. Pese a la oposición de su familia, ingresó en 1802 a la vida religiosa en el monasterio de Agnetenberg, en Dülmen.

La guerra contra las huestes de Napoleón llevó a la supresión del monasterio por los gobernantes, donde fue forzosamente enclaustrada. Recibió entonces los estigmas de Jesucristo y la enfermedad la llevó a la inmovilidad definitiva, nutriéndose durante 11 años solamente de la Sagrada Eucaristía. Por otro lado, en su condición de alma víctima, Ana Catalina ofrecía sus penitencias y sufrimientos por los pecadores.

Fue sometida a distintas investigaciones por las autoridades de la diócesis y por las tropas napoleónicas. Durante este periodo final de su vida experimentó la pasión de Nuestro Señor, la cual describió con claridad en su alemán natal.

Su compatriota escritor, Clemens Brentano, al tener noticia de ello, comenzó a transcribir los relatos de Ana Catalina en sus diarios. Brentano, reconocido ateo, se convirtió a la fe católica y empezó a visitar diariamente a la vidente, a quien releía los textos para corroborar su fidelidad. De este modo, durante 6 años, el escritor volcó al papel volúmenes sobre la vida terrena de Jesucristo, de la Santísima Virgen, de los apóstoles y Santos, sin olvidar los relatos de la Creación.

El lunes 9 de febrero de 1824, Ana Catalina falleció con sólo 50 años de vida. Al fallecer la religiosa, Brentano ordenó sus textos, preparando un índice y editándolos. En primer lugar se publicó «La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo». El escritor alemán comenzó entonces a ordenar las visiones de la «Vida de María», pero murió antes de concluir su trabajo. Distintos especialistas luego editaron los «Diarios» y compilaron las visiones sobre la Iglesia, el Antiguo Testamento, la Vida Pública de Jesús y la Iglesia naciente. Muchas de ellas se encuentran disponibles en América Latina gracias a editoriales locales.

Entre otras pruebas históricas, fue merced a una de sus visiones que se logró encontrar la casa de la Santísima Virgen en Éfeso.

Fue declarada Venerable a fines del siglo XIX, pero su beatificación llegó recién por Juan Pablo II en octubre de 2004. «Llevó consigo los estigmas de la Pasión del Señor y recibió carismas extraordinarios que empleó para consuelo de numerosos visitantes. Desde el lecho desarrolló un gran y fructífero apostolado», constató el prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, el cardenal José Saraiva Martins, al leer el decreto de reconocimiento del milagro ante el Santo Padre.

¡Beata Ana Catalina Emmerick, ruega por nosotros!


Publicado en formato 1.0 en mayo de 2008

martes, 1 de abril de 2008

Beata Ana María Taigi

Ana María nació en 1799 en Siena (Italia), en el seno de una familia pobre. Su padre se vio obligado a partir a Roma, ubicando a la pequeña en una escuela que debió cerrar tras una epidemia de viruela.

Así, casi analfabeta, Ana creció en el contexto de la pobreza extrema en un arrabal de la capital italiana, donde su padre consiguió un puesto como obrero. Víctima de violencia familiar, la joven aprendió a coser, con lo cual ayudaba a conseguir sustento para los suyos. La extrema dureza que vivía encontraba consuelo en la oración.

Se generó en el lugar donde trabajaba su padre un puesto de sirvienta, y él llevó para allí a Ana María y a su madre. Ambas fueron admitidas para esa tarea, con lo cual sus necesidades materiales mejoraron. Rápidamente Ana María se destacó por su capacidad de trabajo alegrando sensiblemente a sus empleadores. Allí conoció a Domingo Taigi, obrero que trabajaba en el lugar, con quien se casó y tuvo 7 hijos.

Un día en que Domingo y Ana María fueron a visitar la Basílica de San Pedro, un santo sacerdote, el padre Ángel, sintió que cuando ella pasaba por frente a él, una voz en la conciencia le decía: "Fíjese en esa mujer. Dios se la va a confiar para que la dirija espiritualmente. Trabaje por su conversión, que está destinada a hacer mucho bien". El padre grabó bien la imagen de Ana, pero ella se alejó sin saber aquello que había sucedido.

Guiada sin dudas por el Espíritu Santo, la joven comenzó a sentir un deseo inmenso de encontrar un sacerdote que la dirigiera espiritualmente. Recorrió varios templos pero ningún religioso parecía querer comprometerse a ayudarla. Pero en una ocasión vio al padre Ángel, el cual al verla llegar le dijo: "Por fin ha venido, buena mujer. La estaba aguardando. Dios la quiere guiar hacia la santidad. No desatienda esta llamada de Dios". Y le contó las palabras que había escuchado el día que la vio por primera vez en la Basílica de San Pedro.

Se inició una nueva etapa en la vida de Ana María, bajo la dirección espiritual del padre Ángel y su lema "La mejor penitencia es la paciencia", que demostró cuando su marido estallaba con su mal carácter. Madrugaba desde tempranas horas para organizar los estudios de los pequeños y educarlos de la mejor manera posible.

A partir de entonces, Ana María comenzó a percibir visiones del futuro, en medio de la imagen de una suerte de globo de fuego que se le aparecería con frecuencia. Cardenales, sacerdotes, obreros y gente de las más diversas profesiones comenzaron a acercarse para consultarla, anunciando sucesos por venir o eventos ya ocurridos... que ni siquiera podía transcribir en un papel.

Su marido dejó escrito: "Cuando llegaba a mi casa la encontraba llena de gente desconocida que venía a consultar a mi mujer. Pero ella tan pronto me veía, dejaba a cualquiera, aunque fuera un monseñor o una gran señora y se iba a atenderme, y a servirme la comida, y a ayudarme con ese inmenso cariño de esposa que siempre tuvo para conmigo. Para mí y para mis hijos, Ana María era la felicidad de la familia. Ella mantenía la paz en el hogar, a pesar de que éramos bastantes y de muy diversos temperamentos. La nuera era muy mandona y autoritaria y la hacía sufrir bastante, pero jamás Ana María demostraba ira o mal genio. Hacía las observaciones y correcciones que tenía que hacer, pero con la más exquisita amabilidad. A veces yo llegaba a casa cansado y de mal humor y estallaba en arrebatos de ira, pero ella sabía tratarme de tal manera bien que yo tenía que calmarme al muy poco rato. Cada mañana nos reunía a todos en casa para una pequeña oración, y cada noche nos volvía reunir para la lectura de un libro espiritual. A los niños los llevaba siempre a la Santa Misa los domingos y se esmeraba mucho en que recibieran la mejor educación posible".

Por meses y años tuvo que sufrir una gran sequedad espiritual y angustias interiores, que ofreció por los pecadores. Antes de morir padeció 7 meses de dolorosa agonía, sufriendo la pena de ver morir a 4 de sus 7 hijos.

Anunció también graves peligros y males que iban a llegar a la Santa Iglesia Católica y en verdad que llegaron. Pidió a Dios y obtuvo de Él que mientras que ella viviera no llegara una epidemia de tifus a Roma... y así sucedió. Ana murió el 9 de junio de 1867, llegando la epidemia a la capital 8 días después. Su cuerpo se conserva incorrupto en Roma.


Beata Ana María, ruega por nosotros.
Publicado en formato 1.0 en abril de 2008

La Luna es un Cuerpo Geológicamente Activo

Nuestra hermosa Luna es un cuerpo geológicamente activo. A lo largo de los últimos siglos, por medio de los distintos tipos de telescopios desarrollados, los observadores nos han descriptos cambios de color, brillo, distribución de «manchas» y distintos fenómenos en la superficie lunar. Basta recordar al astrónomo más conocido del siglo XVIII, William Herschel (el descubridor de Urano y de los sistemas de estrellas dobles, entre otros), quien relata incluso fenómenos volcánicos activos en sus diarias observaciones de la superficie lunar.


Estos procesos suelen ser de corta duración, motivo por el cual se los ha denominado Fenómenos Lunares Transitorios (TLP, por la abreviatura inglesa de Transient Lunar Phenomena).
A partir del siglo XIX se ha especulado con una edad lunar del orden de los 4500 millones de años, lo cual, de acuerdo con las hipótesis que se sostienen para su origen, obligarían a una Luna geológicamente inactiva (dado que nuestro satélite tiene una masa sensiblemente menor que la de la Tierra, debería haberse enfriado mucho más rápidamente y carecer prácticamente de magma en su interior).


En contraste con dicha hipótesis, el número de los citados TLP es tan alto, que obligó a la publicación inicial en 1968 de un reporte por parte de la NASA que conocemos como Chronological Catalog of Reported Lunar Events (haciendo un click aquí puede accederse al documento original en inglés). Este catálogo, también llamado NASA TR R-277, es el listado más completo de eventos de la superficie lunar desde el siglo XVI hasta la fecha de su publicación, incluyendo más de 500 citas por alrededor de 300 observadores diferentes en Occidente.


Resulta difícil compatibilizar la presunción teórica de un cuerpo celeste "muerto" desde hace teóricos miles de millones de años con siglos y siglos de observaciones debidamente reportadas por centenares de astrónomos sobre eventos en la superficie lunar.


Si la Luna es una esfera rocosa de interior glacial, sin terremotos ni actividad volcánica, resulta difícil explicar este frondoso anecdotario de TLP. Esta contradicción es explicable acaso si en realidad nuestro sistema Tierra - Luna es notablamente más joven de lo que pensamos, con lo cual nuestro satélite, aún en proceso de enfriamiento, nos revela que aún está geológicamente vivo, en coincidencia con lo descripto por astrónomos de la talla de Galileo, Herschel o los modernos observadores de fines del siglo XX.

Judas Iscariote


La figura de Judas Iscariote ha sido motivo de controversias a lo largo de toda la historia de la cristiandad, muchas veces aprovechada para continuar con la traición a las enseñanzas de Cristo a lo largo de los siglos («predestinado», «partícipe necesario», «marcado por la historia», «autor de un Evangelio» y un extenso etcétera merecedor de varios volúmenes de texto).


Si existe una voz autorizada para transmitirnos la realidad, es, sin dudas, la de uno de los teólogos más extraordinarios de las últimas centurias, nuestro Papa Benedicto XVI, que se refirió a este tema en su catequesis de la Audiencia General del 18 de octubre de 2006. La traducción del italiano al castellano fue realizada oportunamente por el equipo de Zenit.


Queridos hermanos y hermanas:

Al terminar de recorrer hoy la lista de los 12 apóstoles llamados directamente por Jesús durante su vida terrena, no podemos dejar de mencionar a quien siempre aparece en último lugar: Judas Iscariote. Queremos asociarle con la persona que después fue escogida en su sustitución, es decir, Matías.

Ya sólo el nombre de Judas suscita entre los cristianos una instintiva reacción de reprobación y de condena. El significado del apelativo «Iscariote» es controvertido: la explicación más utilizada dice que significa «hombre de Queriyyot», en referencia al pueblo de origen, situado en los alrededores de Hebrón, mencionado dos veces en la Sagrada Escritura (Josué 15, 25; Amós 2, 2).


Otros lo interpretan como una variación del término «sicario», como si aludiera a un guerrillero armado de puñal, llamado en latín «sica». Por último, algunos ven en el apodo la simple trascripción de una raíz hebreo-aramea que significa: «aquel que iba a entregarle». Esta mención se encuentra 2 veces en el cuarto Evangelio, es decir, después de una confesión de fe de Pedro (Juan 6, 71) y después durante la unción de Betania (Juan 12, 4).


Otros pasajes muestran que la traición estaba en curso, diciendo: «aquel que le traicionaba», como sucede durante la Última Cena, después del anuncio de la traición (Mateo 26, 25) y después en el momento en que Jesús fue arrestado (Mateo 26, 46.48; Juan 18,2.5). Sin embargo, las listas de los doce recuerdan la traición como algo ya acontecido: «Judas Iscariote, el mismo que le entregó», dice Marcos (3, 19); Mateo (10, 4) y Lucas (6, 16) utilizan fórmulas equivalentes. La traición, en cuanto tal, tuvo lugar en dos momentos: ante todo en su fase de proyecto, cuando Judas se pone de acuerdo con los enemigos de Jesús por treinta monedas de plata (Mateo 26,14-16), y después en su ejecución con el beso que le dio al Maestro en Getsemaní (Mateo 26, 46-50).

De todos modos, los evangelistas insisten en que le correspondía plenamente su condición de apóstol: es llamado repetidamente «uno de los doce» (Mateo 26,14.47; Marcos 14, 10.20; Juan 6, 71) o «del número de los doce» (Lucas 22, 3). Es más, en dos ocasiones, Jesús, dirigiéndose a los apóstoles y hablando precisamente de él, le indica como «uno de vosotros» (Mateo 26, 21; Marcos 14,18; Juan 6, 70; 13, 21). Y Pedro dirá que Judas «era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio» (Hechos 1, 17).


Se trata, por tanto, de una figura perteneciente al grupo de aquellos a los que Jesús había escogido como compañeros y colaboradores cercanos. Esto plantea dos preguntas a la hora de explicar lo acaecido. La primera consiste en preguntarnos cómo es posible que Jesús escogiera a este hombre y confiara en él. De hecho, si bien Judas es el ecónomo del grupo (Juan 12,6b; 13,29a), en realidad también se le llama «ladrón» (Juan 12,6a). El misterio de la elección es todavía más grande, pues Jesús pronuncia un juicio muy severo sobre él: «¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!» (Mateo 26, 24). Este misterio es todavía más profundo si se piensa en su suerte eterna, sabiendo que Judas «fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé entregando sangre inocente”» (Mateo 27, 3-4). Si bien él se alejó después para ahorcarse (Mateo 27, 5), a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en lugar de Dios, quien es infinitamente misericordioso y justo.

Una segunda pregunta afecta al motivo del comportamiento de Judas: ¿por qué traicionó a Jesús?

La cuestión suscita varias hipótesis. Algunos recurren a la avidez por el dinero; otros ofrecen una explicación de carácter mesiánico: Judas habría quedado decepcionado al ver que Jesús no entraba en el programa de liberación político-militar de su propio país. En realidad, los textos evangélicos insisten en otro aspecto: Juan dice expresamente que «el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle» (Juan 13,2); del mismo modo, Lucas escribe: «Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los doce» (Lucas 22, 3). De este modo, se va más allá de las motivaciones históricas y se explica lo sucedido basándose en la responsabilidad personal de Judas, quien cedió miserablemente a una tentación del Maligno. En todo caso, la traición de Judas sigue siendo un misterio. Jesús le trató como a un amigo (Mateo 26, 50), pero en sus invitaciones a seguirle por el camino de las bienaventuranzas no forzaba su voluntad ni le impedía caer en las tentaciones de Satanás, respetando la libertad humana.

De hecho, las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. El único modo de prevenirlas consiste en no cultivar una visión de la vida que sólo sea individualista, autónoma, sino en ponerse siempre de parte de Jesús, asumiendo su punto de vista. Tenemos que tratar, día tras día, de estar en plena comunión con Él. Recordemos que incluso Pedro quería oponerse a Él y a lo que le esperaba en Jerusalén, pero recibió una fortísima reprensión: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Marcos 8,32-33). Tras su caída, Pedro se arrepintió y encontró perdón y gracia. También Judas se arrepintió, pero su arrepentimiento degeneró en desesperación y de este modo se convirtió en autodestrucción. Es para nosotros una invitación a recordar siempre lo que dice san Benito al final del capítulo V, fundamental, de su «Regla»: «no desesperar nunca de la misericordia de Dios». En realidad, «Dios es mayor que nuestra conciencia», como dice san Juan (1 Juan 3, 20).

Recordemos dos cosas. La primera: Jesús respeta nuestra libertad. La segunda: Jesús espera que tengamos la disponibilidad para arrepentirnos y para convertirnos; es rico en misericordia y perdón. De hecho, cuando pensamos en el papel negativo que desempeñó Judas, tenemos que enmarcarlo en la manera superior con que Dios dispuso de los acontecimientos. Su traición llevó a la muerte de Jesús, quien transformó este tremendo suplicio en un espacio de amor salvífico y en la entrega de sí mismo al Padre (Gálatas 2, 20; Efesios 5,2.25). El verbo «traicionar» es la versión griega que significa «entregar». A veces su sujeto es incluso el mismo Dios en persona: Él mismo por amor «entregó» a Jesús por todos nosotros (Romanos 8, 32). En su misterioso proyecto de salvación, Dios asume el gesto injustificable de Judas como motivo de entrega total del Hijo por la redención del mundo.

Al concluir, queremos recordar también a quien, después de Pascua, fue elegido en lugar del traidor. En la Iglesia de Jerusalén se presentaron dos a la comunidad, y después sus hombres fueron echados a suerte: «José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y Matías» (Hechos l, 23). Precisamente este último fue el escogido, y de este modo «fue agregado al número de los doce apóstoles» (Hechos 1, 26). No sabemos nada más de él, a excepción de que fue testigo de la vida pública de Jesús (Hechos 1, 21-22), siéndole fiel hasta el final. A la grandeza de su fidelidad se le añadió después la llamada divina a tomar el lugar de Judas, como compensando su traición.

Sacamos de aquí una última lección: si bien en la Iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada uno de nosotros nos corresponde contrabalancear el mal que ellos realizan con nuestro testimonio limpio de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

La Realidad del Infierno (primero de 3 artículos)



No puede cabernos duda alguna de la existencia del infierno, más allá de cualquier comentario negativo al respecto de cientos de "líderes", "pastores", "comunicadores sociales" y personajes emparentados. Basta con recordar que Nuestro Señor Jesucristo en persona ha hecho mención repetidas veces del Infierno (Mateo 5,22; 5,29; 10,28, sólo para hacer mención a uno de los 4 Evangelios). Asimismo, la realidad infernal es descripta por San Juan en el Apocalipsis y es verdad de Fe contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica (cánones 1033 al 1037).

Por culpa de nosotros mismos, los católicos, en tiempos del relativismo moral se habla muy poco del Infierno, y, de hecho, incluso algunos consagrados especulan con su inexistencia, con una visión inadecuada de la Misericordia Divina («Dios no condenará a nadie a los tormentos del Infierno»), olvidándonos sin dudas de que, además de ser infinitamente misericordio, Dios es infinitamente justo y su Misericordia y su Justicia son un mismo atributo.

Iniciamos así una serie de artículos en referencia a este aspecto descuidado de nuestra Fe, en el cual expondremos distintas opiniones, visiones y hechos a los fines de enfatizar la realidad del Infierno y los tristes caminos que pueden llevarnos a ese lugar.

A tal fin, comenzaremos con el discurso que pronunció el padre canadiense Marcel Nault en la Conferencia Mundial de la Paz de los Obispos Católicos (Fátima, Portugal, 1992):

«Nuestro Señor Jesucristo vino a la tierra por un motivo, para salvar a las almas del infierno. Enseñar la realidad del infierno es la tarea más importante e ineludible de la Santa Iglesia Católica. Uno de los grandes Padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, continuamente enseñaba que Nuestro Señor Jesucristo predicaba con más frecuencia sobre el infierno que sobre el Cielo. Algunos piensan que es mejor predicar sobre el Cielo. No estoy en acuerdo. Predicar sobre el infierno produce muchas más y mejores conversiones que las obtenidas con la mera predicación sobre el Cielo.»

«A San Benito, el fundador de los Benedictinos, al estar viviendo en Roma el Espíritu Santo le dijo: "Tú vas a perder tu alma en Roma e irás al infierno". Él dejó Roma y se retiró a vivir en el silencio y la solicitud fuera de Roma para meditar sobre la vida de Jesús y el Santo Evangelio. San Benito huyó de todas esas ocasiones de pecado de la Roma pagana. Él oró, se sacrificó por sí mismo y por los pecadores. El Espíritu Santo difundió la noticia de su santidad. Como resultado, la gente lo visitaba para ver, escuchar y seguir su ejemplo y consejo. San Benito se apartó por sí mismo de toda ocasión de pecado y alcanzó la santidad. La Santidad atrae a las almas.»

«¿Por qué piensan que San Agustín cambió su vida? ¡Por temor al infierno! Yo predico con frecuencia sobre la trágica realidad del infierno. Es un dogma católico que sacerdotes y obispos ya no predican más. El Papa Pío IX, que pronunció los dogmas de la Infalibilidad del Papa y el de la Inmaculada Concepción de María, y que también emitió su famoso Sílabo condenatorio contra los errores y herejías del mundo moderno, solía pedir a los predicadores que enseñaran a los fieles con mayor frecuencia sobre las Cuatro Postrimerías, en especial sobre el infierno, así como él mismo daba ejemplo predicando. El Papa pidió esto porque la meditación sobre el infierno genera santos.»

Los santos temen al Infierno

Aquí nos encontramos con algo curioso, los santos temen ir al infierno pero los pecadores no sienten tal temor. San Francisco de Sales, San Alfonso María Liguorio, el Santo Cura de Ars, Santa Teresa de Ávila, Santa Teresita del Niño Jesús, tuvieron miedo de ir al Infierno. San Simón Stock, el Superior General del Carmelo, sabía que sus monjes tenían miedo de ir al infierno. Sus monjes ayunaban y hacían oración. Vivían recluidos, separados del peligroso mundo dominado por Satanás. Aún así tenían miedo de ir al infierno. En 1251, Nuestra Señora del Monte Carmelo se apareció en Aylesford, Inglaterra, a San Simón Stock. Ella le dijo: "No teman más, te entrego una vestidura especial; todo el que muera llevando esta vestidura no irá al infierno". Yo llevo puesto mi Escapulario del Carmen bajo mis vestiduras y llevo otro en mi bolsillo porque nunca sé cuándo la gente me pedirá que les hable sobre el Infierno o el Escapulario del Carmen.

María dijo al sacerdote dominico, el beato Alán de la Roche, "Yo vendré y salvaré al mundo a través de Mi Rosario y Mi Escapulario". Uno no puede especializarse en todo y enseñar sobre todo; uno debe elegir. Yo creo que ésta es la voluntad de Dios: que yo predique sobre el infierno. Un Monseñor, mi superior hace tiempo, me dijo en una ocasión: "Predicas con demasiada frecuencia sobre el infierno y eso asusta a la gente". Él agregó: "Marcel, yo nunca he predicado sobre el infierno, porque a la gente no le gusta. Tú los asustas". En un tono muy amistoso, Monseñor me dijo en su oficina: "Marcel, yo nunca he predicado sobre el infierno y nunca lo haré, y mira qué agradable y prestigiada posición he alcanzado". Yo guardé un largo silencio, luego lo mire a los ojos. "Monseñor", le dije, "usted está en la vía del infierno para toda la eternidad. Monseñor, usted predica para complacer al hombre, en lugar de predicar para complacer a Cristo y salvar a las almas del infierno. Monseñor, es un pecado mortal de omisión el rehusarse a enseñar el Dogma Católico sobre el infierno".
Cuando Dios envió Profetas en el Antiguo Testamento, fue para recordarle al hombre que regresara a la verdad, que regresara a la santidad. Jesús vino, predicó y envió a sus Apóstoles al mundo para predicar el Santo Evangelio. La Serpiente vino y difundió su veneno a través de herejías, pero Jesús envió a su Amadísima Madre, la Reina de los Profetas: "Ve a la tierra y destruye las herejías". Los Padres de la Iglesia han escrito que la Madre de Dios es el martillo de las herejías. Si se toman el tiempo de estudiar con gran atención el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, notarán que es un mensaje de lo más trágico y profundo, que refleja las enseñanzas del Santo Evangelio.

Las Lecciones dadas en Fátima

El resumen del Mensaje de Fátima es que el infierno existe. Que el infierno es eterno y que iremos ahí si morimos en estado de pecado mortal. "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?" Nuestra Señora vino y nos dijo que podemos salvarnos a través de sus 2 divinos sacramentos de predestinación: el Santo Rosario y el Escapulario del Carmen. También manifiesta un énfasis especial sobre la Devoción a su Inmaculado Corazón y la Devoción de los Primeros Cinco Sábados. En la primera aparición del Ángel de Portugal en el Cabeco, en mayo de 1916, el Ángel vino a los 3 niños y les mostró cómo adorar a Dios con la oración: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y Te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni adoran, ni esperan y no Te aman". El Ángel oró esta oración mientras se postraba con la frente en el suelo. El Ángel de Fátima les había mostrado a los 3 niños en el orden de las oraciones, qué es lo primero. Primero, uno debe adorar a Dios y después orar a los santos. Primero Dios, las criaturas después. El Ángel de Fátima mostró al hombre que debe adorar a Dios y orar ante Él de rodillas. Cuanto más conoce el hombre a Dios, más se humilla ante Dios su Creador.

El gran Obispo francés Bossuet dijo: "El hombre en verdad se engrandece cuando está de rodillas". Sí, el hombre realmente se engrandece cuando se arrodilla ante su Creador y Redentor, Jesús, en el Santísimo Sacramento. El Ángel de Fátima vino a enseñarles a los 3 niños que nuestro primer deber, de acuerdo con el Primer Mandamiento, es adorar a Dios. En su tercera aparición en el Cabeco, el Ángel de Portugal vino con un Cáliz en su mano izquierda y una Hostia en la mano derecha. Los niños se preguntaban qué estaba pasando. El Ángel milagrosamente suspendió el Cáliz y la Hostia en el aire y se postró en tierra y recitó una oración Trinitaria de profunda adoración: "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Te adoro profundamente y Te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de todas las ofensas, sacrilegios, abandonos e indiferencias con Él mismo es ofendido y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y por la intercesión del Inmaculado Corazón de María, Te pido la conversión de los pobres pecadores".

Dios desea que Le adoremos de rodillas. ¿Nos arrodillamos en adoración y oración ante Jesús en el Santísimo Sacramento? Debemos hacerlo. Cuando los tres Reyes Magos de Oriente fueron a Belén y entraron en donde estaba el Niño Jesús, se postraron frente a Él para adorarlo de rodillas. Tenemos este ejemplo en las Escrituras y del Ángel de Fátima, que Dios quiere que Le adoremos de rodillas.

El Reforzamiento de los Dogmas Católicos

Un año más tarde, el 13 de mayo de 1917, los niños vieron a una jovencita aparecerse ante ellos. Era la primera aparición de Nuestra Señora. Lucía le preguntó: "¿De dónde vienes?" Ella le contestó: "Vengo del Cielo". El Dogma Católico de la existencia del Cielo. Los niños preguntaron: "¿Iremos al Cielo?" Ella contestó: "Sí, irán al Cielo". Entonces preguntaron: "¿Nuestras dos amiguitas están en el Cielo?" María les contestó: "Una de ellas, sí". Los niños preguntaron: "¿Dónde está la otra chica? ¿Está en el Cielo?" María les contestó: "Ella está en el Purgatorio y lo estará hasta el fin del mundo". Esta chica tenía unos 18 años de edad. Un segundo Dogma Católico, el Purgatorio existe y prevalecerá hasta el fin de este mundo. La Madre de Dios no puede mentir. El Ángel de Fátima enseñó a los 3 niños cómo adorar a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Este es un reforzamiento del Dogma de la Santísima Trinidad, el mayor de todos, sin el cual la Cristiandad no podría permanecer. Debemos adorar a las Tres personas de la Santísima Trinidad.

Una Visión del Infierno

El viernes 13 de julio de 1917, Nuestra Señora se apareció en Fátima y les habló a los tres pequeños videntes. Nuestra Señora nunca sonrió. ¿Cómo podía sonreír, si en ese día les iba a dar a los niños la visión del Infierno? Ella dijo: "Oren, oren mucho porque muchas almas se van al infierno". Nuestra Señora extendió sus manos y de repente los niños vieron un agujero en el suelo. Ese agujero, decía Lucía, era como un mar de fuego en el que se veían almas con forma humana, hombres y mujeres, consumiéndose en el fuego, gritando y llorando desconsoladamente. Lucía decía que los demonios tenían un aspecto horrible como de animales desconocidos. Los niños estaban tan horrorizados que Lucía gritó. Ella estaba tan atemorizada que pensó que moriría. María dijo a los niños: "Ustedes han visto el infierno a donde los pecadores van cuando no se arrepienten".

Un Dogma Católico más, la existencia del infierno. El infierno es eterno. Nuestra Señora dijo: "Cada vez que recen el Rosario, digan después de cada década: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia". María vino a Fátima como profeta del Altísimo para salvar a las almas del infierno. El patrono de todos los pastores, San Juan María Vianney, solía predicar que el mayor acto de caridad hacia el prójimo era salvar su alma del infierno. Y el segundo acto de caridad es el aliviar y librar a las almas de los sufrimientos del Purgatorio. Un día en su pequeña iglesia (donde hasta este día se conserva su cuerpo incorrupto), un hombre poseído por el demonio se le acercó a San Juan María Vianney y le dijo: "Te odio, te odio porque arrebataste de mis manos a 85 mil almas". Eminencias, Excelencias, Sacerdotes, cuando seamos juzgados por Jesús, Jesús nos hará una sola pregunta: "Yo te constituí Sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, ¿cuántas almas salvaste del infierno? San Francisco de Sales, de acuerdo con estadísticas, ha convertido, y probablemente salvado, a más de 75 mil herejes. ¿Cuántas almas has salvado tú?
Cuando leemos a los Padres de la Iglesia, a los Doctores de la Iglesia y a los santos, uno se estremece ante una realidad: todos ellos enseñaron el Evangelio de Jesús y sobre las Cuatro Postrimerías: Muerte, Juicio, Infierno y Paraíso. Todos han predicado el Dogma Católico del infierno porque cuando meditamos en el destino de los condenados, no deseamos ir al infierno. No es mi intención criticar a los Obispos, pero debo confesar esta verdad. En mis 30 años de sacerdocio, es triste reconocer que nunca he visto, ni escuchado, que un Obispo, aún mi Obispo o cualquier otro Obispo, predique el Dogma de la Iglesia Católica Romana sobre el infierno. Supongo que en sus países o en otros lugares sí lo hacen, pero en Norteamérica no es predicado este Dogma de Fe.

Cierto día en una catedral le dije a un Obispo: "Su Excelencia, usted realiza bellas meditaciones sobre el Santo Rosario cada noche por la radio. Esto es hermoso. Pero debo preguntarle, por qué no abrevia un poco su meditación e inserta después de cada decena del Rosario la oración: 'Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia'. ¿Por qué se rehúsa decir esta pequeña oración después de cada decena, tal como lo pidió Nuestra Señora de Fátima el 13 de julio de 1917, después de que les había mostrado el infierno a los tres videntes?" El Obispo me dijo: "Mire, a la gente no le gusta que prediquemos sobre el infierno, la palabra infierno les asusta."No estamos para predicar lo que complazca a las multitudes sino para salvar sus almas del infierno, para evitar que vayan al infierno eternamente. Es probable que esta afirmación no sea aceptada por todos los Obispos, pero con frecuencia los oigo rezar el Rosario omitiendo esta oración piadosa para salvar almas del infierno.

Yo creo que esta pequeña oración de Nuestra Señora de Fátima dada a los niños el 13 de julio de 1917, es más poderosa y más placentera a Dios que cualquier meditación por bella que sea, aunque haya sido expresada por un Obispo. Cada uno de nosotros hemos recibido nuestra misión de Dios, y creo que Jesús y Nuestra Señora desean que mi misión sea que yo predique sobre el infierno. Por esto es que predico sobre el infierno. Hay muchas revelaciones que podemos leer en la biografía de las almas privilegiadas. Algunas almas que están en el infierno han sido obligadas por Dios a hablarnos para ayudarnos a crecer en nuestra fe. Constituye un pecado mortal de omisión el rehusarse a predicar el Dogma Católico sobre el infierno. Tales almas condenadas han dicho:"Podríamos soportar estar en el infierno por mil años. Podríamos soportar estar en el infierno un millón de años, si supiéramos que un día dejaríamos el infierno". Amigos míos, debemos meditar, no sólo en el fuego del infierno, no sólo en la privación de contemplación de Dios, sino también en la eternidad del infierno. Meditar seriamente frente al Sagrario sobre el Dogma Católico sobre el infierno. Queridos Obispos, ustedes deben predicar por completo el Evangelio de Jesús, incluyendo la trágica realidad del infierno eterno.

Concepto Herético de la Misericordia de Dios

Un sacerdote en una conferencia carismática dijo a una multitud de unas 3 mil personas y unos 100 sacerdotes que: "Dios es amor, Dios es misericordia y verán su infinita Misericordia en el fin del mundo, cuando Jesús liberará a todas las almas del infierno, aún a los demonios". Este sacerdote sigue predicando y su Obispo no suspende sus facultades por enseñar tal herejía. "Vayan al fuego eterno", dijo Jesús. Fuego eterno, no fuego temporal. Con mi limitada inteligencia humana me atrevo a hacer una pequeña reflexión filosófica: "Dios es amor. Dios es Nuestro Padre. ¿Cómo puede un padre, ¡por amor de Dios!, tomar al pequeño Pedro y arrojarlo a un horno ardiente? Es imposible. Es un insulto a Dios, que Es amor". ¿Cuántas veces han escuchado esto? La verdad, sin embargo, es que el infierno existe. El infierno es eterno, y todos iremos al infierno si morimos en estado de pecado mortal. Yo puedo ir al infierno. Ustedes pueden ir al infierno. Si algunos de nosotros morimos en pecado mortal, estaremos en el infierno por toda la eternidad, ardiendo, llorando y gritando sin consuelo. No por un millón de años, sino por billones y billones y billones de años y más allá, por toda la eternidad.

En nuestra vida mortal, ¿quién no ha cometido un pecado mortal? Un solo pecado mortal no confesado con arrepentimiento, antes de morir, es suficiente para que Jesús nos arroje al infierno. Uno de los grandes Padres de la Iglesia, Patrón de todos los predicadores católicos, San Juan Crisóstomo dijo: "Pocos Obispos se salvan y muchos sacerdotes se condenan". Cuando venía de Lisboa a Fátima por autobús, tuve la ocasión de predicar a los laicos, sacerdotes y obispos presentes en el autobús. Les imploré: "Por favor, cuando lleguen a Fátima, por qué no se animan a hacer una buena confesión general de vida. Quizás hace diez años, quizás hace cincuenta, no han tenido el valor de confesar ese pecado grave por vergüenza. Por favor, hagan una confesión santa y completa en Fátima antes de su regreso. Hay muchos sacerdotes en Fátima que nunca más volverán a ver hasta que lleguen al Cielo". Yo predico a los Obispos como lo hago con toda persona, porque los Obispos también tienen un alma que salvar. Y si los Obispos son realmente humildes, aceptarán la verdad aún si proviene de un simple y ordinario sacerdote. No nos vayamos de Fátima sin hacer una Santa Confesión General.

Un Gran Acto de Caridad

Sus Excelencias, Jesús nos hizo sacerdotes. Jesús, Nuestro Señor, nos escogió entre millones de hombres para hacernos sacerdotes. Nos hicimos sacerdotes por un motivo: para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa a Dios Padre Todopoderoso, para rezar el Breviario cada día y para predicar el Evangelio de Jesús para salvar las almas del infierno. Nadie tiene la seguridad de ir al Cielo a menos que haya recibido una revelación privada de Dios como le ocurrió al Buen Ladrón en la cruz o a los tres videntes de Fátima. ¿Por qué no abrazar los medios seguros que el Cielo nos ha dado, el Santo Rosario ("la devoción a Mi Rosario es un signo seguro de predestinación"), el Escapulario del Carmen y el maravilloso Sacramento de la Confesión.

Prediquen, mis queridos Obispos, como los hacían los Padres de la Iglesia. La tarea principal de un Obispo es predicar, no sólo administrar una diócesis. La Iglesia necesita ver y escuchar a los Obispos predicando como lo hacían los Padres de la Iglesia. Si uno solo de ustedes, Obispos presentes aquí en Fátima, regresara a su diócesis y en ciertas ocasiones predicara sobre las Cuatro Postrimerías junto con todo el mensaje de Fátima, qué gran acto de caridad sería para todos sus amados fieles. Con la asistencia del Espíritu Santo digan a sus fieles: "Escuchen, mis hermanos en Cristo, yo soy su Obispo, estoy aquí para salvar su alma del infierno. Por favor escuchen, acepten y mediten mi enseñanza en este día. Ustedes también, mis amados sacerdotes de mi diócesis, imiten a su Obispo, y prediquen sobre el infierno con la autoridad que Jesús les ha dado. Prediquen cuanto menos una vez al año un sermón completo sobre el infierno". Si hacen esto, están realizando el mayor acto de caridad de su sacerdocio, de su episcopado.

Como mencioné anteriormente, en mis treinta años de sacerdocio, nunca he escuchado a un Obispo predicar sobre el infierno. Cuando deseo encontrar un sermón sobre el infierno, me veo obligado a leer a San Juan Crisóstomo, a los Padres de la Iglesia, a los Doctores de la Iglesia y a los santos predicadores. Queridos Obispos, por favor, prediquen sobre el infierno como lo hizo Jesús, Nuestra Señora de Fátima, los Padres y los Doctores de la Iglesia y salvarán a muchas almas. Quien salva a un alma, salva a su propia alma. Predicar sobre el infierno es un gran acto de caridad porque quienes los escuchan creerán por la autoridad que les confiere la Iglesia. Estas personas rectificarán su modo de vivir y harán una santa confesión de sus pecados.

El Vestido de Gracia

La gente con frecuencia me pregunta: "¿Por qué, Padre, es que ya no se predica sobre el Escapulario del Carmen? En el pasado recibíamos el Escapulario en nuestra Primera Comunión, pero ahora ya no hay más bendiciones e imposiciones del Escapulario del Carmen. ¿El Escapulario del Carmen sigue siendo válido como en el pasado?" Sí, el Escapulario del Carmen es válido en estos tiempos también, esta verdad no ha cambiado. El sábado 13 de octubre de 1917, durante el Milagro del Sol en Fátima, la Virgen María apareció ante los tres videntes sosteniendo el Escapulario del Carmen en una de sus manos. La hermana Sor Lucía dijo: "El Rosario y el Escapulario del Carmen son inseparables". ¿Por qué entonces los sacerdotes ya no predican sobre el Escapulario del Carmen? ¿Cómo podrían hacerlo si deliberadamente rehúsan predicar sobre el infierno? Si nunca predican sobre el infierno, la gente no creerá en el Infierno y por tal motivo, ¿cuál sería el objeto de recibir y llevar consigo el Escapulario del Carmen?

Jesús dijo: "Si tienen fe, moverán montañas". Si tienen fe, convertirán las almas con la gracia de Dios. Si predican sobre el infierno con fe, la gente creerá en el infierno. San Pablo dijo a sus discípulos: "Prediquen con convicción". Sólo pronunciar o leer una homilía en una iglesia no es predicar. La predicación debe buscar mover las voluntades; la predicación debe motivar a los hombres a cambiar sus vidas para salvar sus almas del infierno.

La Deserción Sacerdotal

Hay cuatro razones principales por las que 75 mil sacerdotes han abandonado el sacerdocio:
(1) Porque se han negado a orar cada día.
(2) Porque no evitaron las ocasiones de pecado y olvidaron que la prudencia es la ciencia de los santos.
(3) Porque no tuvieron la humildad y el valor para hacer confesiones santas y completas. Jesús dijo: "Sin Mí, nada pueden realizar."
(4) Porque vivían en pecado mortal y continuaban celebrando. Si un sacerdote está en estado de pecado mortal y celebra la Santa Misa, es una Misa sacrílega para él. Cuando recibe la Comunión en este estado, realiza una Comunión sacrílega. Entonces, ¿cómo puede un sacerdote en estado de pecado mortal predicar bajo la inspiración y la fuerza del Espíritu Santo? ¿Cómo puede predicar si está endemoniado?
Sacerdotes, vayan y hagan una santa confesión y se volverán en excelentes predicadores. El Espíritu Santo les hablará a ustedes y por medio de ustedes, y salvarán a miles de almas de ir al infierno. Un día, el Santo Cura de Ars recibió la visita de un joven sacerdote de una parroquia cercana. Este sacerdote tenía gran interés de conocer personalmente al Cura de Ars. Después del almuerzo, el Cura de Ars le dijo: "¿Serías tan amable de escuchar mi confesión?" El joven sacerdote por poco se cae de su silla ante la súplica del Cura de Ars de escuchar la confesión de este admirable sacerdote con fama de santidad. ¡Los Santos se confiesan! Y los que se confiesan se vuelven Santos.

Finalmente, Nuestra Señora de Fátima dijo: "Oren, oren mucho y hagan muchos sacrificios porque muchas almas se van al infierno porque no hay quien ore ni se sacrifique por ellas". Oremos continua y diariamente la oración que Ella nos enseñó: "Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia".

Los cronistas del evento han descripto que numerosos consagrados presentes en el momento se confesaron con el padre Nault, quien falleció 5 años después, el domingo de Pascua de 1997.