domingo, 1 de julio de 2007

La Casa de la Virgen Santísima en Éfeso

Ana Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 en el seno de una familia muy humilde. Fue bendecida por Dios de una manera particular, ya que se sabe que poseía uso de razón desde su mismo nacimiento y que podía comprender el latín litúrgico desde su primera Misa.

Ingresó en la Orden Agustina en Dulmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.

Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)

El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.

Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, narrados en otro de nuestros artículos, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.


« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.

Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.

La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.

Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.

A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.

La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.

Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.

Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.

A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.

La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.

La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.

Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.

Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»



Publicado en formato 1.0 en julio de 2007

El Control de la Desinformación

El papel de los medios de comunicación en los vanos y desoladores intentos del mal por imponerse a la voluntad de Dios es cada vez mayor y más poderoso. De la propaganda nazi o el control de la información por los soviéticos se ha llegado a este dislate permanente de los medios de comunicación de la globalización de la dictadura del dinero.

Acaso una interesante sinopsis de este vasto tema sea el extraordinario artículo que el filósofo y escritor Hervé Pascua escribiera para el no menos fantástico sitio www.iglesia.org, y que reproducimos a continuación.


LOS DESINFORMADORES DESENMASCARADOS

(1) La libertad y la verdad

Un temblor de tierra ha tenido lugar en un gran país. Nadie ha sabido nada, salvo algunos lectores privilegiados de revistas especializadas que han conocido la noticia gracias a la pluma de un vulcanólogo sagaz. Esta noticia no ha sido difundida por los medios de comunicación; motivo: en una sociedad perfecta no puede haber temblores de tierra. Muchas sacudidas sísmicas pasan inadvertidas de esta manera. Pero no estamos hablando de los seísmos habituales. La mayoría de las veces se trata de seísmos espirituales que hacen resquebrajarse la costra de prejuicios, ideas recibidas, hábitos mentales y abren una vía de acceso a la libertad. Así vemos lo que ésta llegaría a ser en una sociedad en la que un partido, o un clan cualquiera, controlaran totalmente el poder de informar.

Desde el momento en que se manipula la verdad, la libertad está en peligro. Vivir libre, en efecto, más que en elegir, consiste en ser lo que se es. Cuando de un individuo o de una institución se dice lo que no son, o no se dice lo que son, algo grave está ocurriendo: su libertad ha sido lesionada. La libertad está indisociablemente unida a la verdad; por eso, todos los medios para suprimirla conducen a uno solo: la mentira.

El Diccionario define la mentira como «una afirmación, a sabiendas, contraria a la verdad, hecho con la intención de engañar». Mentir, precisa, es «afirmar lo que se sabe falso, callar o negar lo que se debería decir».

(2) Arma mortal

La difusión instantánea y universal de la palabra, gracias a los medios de comunicación, puede estar al servicio de la libertad difundiendo la verdad, o puede esclavizar las conciencias inculcándoles la imagen engañosa de un mundo que corresponde al designio de los tiranos. Sin embargo, los hijos de las tinieblas son más hábiles que los hijos de la luz. ¿Es que vamos a asistir al dominio de los primeros sobre los medios de comunicación, en detrimento de los segundos? Nos tememos que esto es posible en la medida en que la ley del más fuerte es siempre la mejor...

La sociedad totalitaria gusta especialmente de los medios de comunicación. Es otra manera de ejercer el poder, pues en ellos encuentra la forma de imponerse sin derramar sangre. La destrucción de las conciencias se revela mucho más rentable que la del cuerpo, este último de gran utilidad en caso de escasez de máquinas. «La verdadera guerra moderna, escribe Vladimir Volkoff en su novela Le montage, provocará pocas muertes, alguna tortura y ninguna destrucción material. Será totalmente económica y permitirá al vencedor ampararse de territorios y de pueblos de más cerca que lo que haya podido hacerlo rey alguno. Todos nosotros nos hallamos involucrados en la aurora del despliegue de una nueva arma tanto más eficaz cuanto menos mortal». Ha habido que crear una nueva palabra para designar esta nueva arma: «la desinformación». De ella se ha propuesto la siguiente definición: «Técnica que permite abastecer a terceros de las informaciones generales erróneas, conduciéndoles a cometer actos colectivos o a difundir juicios deseados por los desinformadotes» (ídem). Entre los medios de comunicación que se disponen a este proyecto encontramos a la radio y la televisión en cabeza.

(3) La técnica es bien conocida

Esta técnica, magistralmente analizada por el autor de Le montage, recupera la palabra orden de Mao: «Haced un molde para la conciencia de las masas adversas». Para preparar y orientar la opción a través de la información tendenciosa hay numerosos medios: la contra verdad no verificable, la mezcla falso verdadero, la deformación de la verdad, la modificación del contexto, la difuminación de la idea, las verdades seleccionadas, el comentario autorizado, la ilustración, la generalización, las partes desiguales, las partes iguales. Es necesario buscar un adversario para desviar la atención del público, habrá que buscar o inventar un chivo expiatorio. Ya que la mentira se alimenta del odio, sobre todo del odio a la verdad. Una vez encontrada su víctima, resulta fácil proporcionarle palabras ficticias creadas para disgustar. Un buen medio para este fin es el dar un valor peyorativo a las palabras cuyo sentido no lo es o, a la inversa, dar un sentido positivo a una realidad odiosa como en la expresión: «Liberalización» o «despenalización» del aborto. La devaluación lingüística, puesta al servicio de la intoxicación ideológica, se revela siendo fulgurantemente eficaz. Pero antes de instaurar el nuevo orden hay que saber esperar. Hay que sugerir antes, al adversario, las intenciones que él seguidamente intentará realizar. Por ejemplo, ¿quiere asegurar su superioridad militar? Sugiérale sentimientos pacifistas. ¿Quién no desea la paz? Para derribar mejor al enemigo, no proponga nada preciso en lugar del orden combativo e instaure una nueva orden en cuanto la antigua se convierta en incapaz de ser defendida.

(4) Lo que no se debe olvidar

En resumen, el buen desinformador debe seguir estos mandamientos:

1. Desacredita el bien.

2. Compromete a los jefes.

3. Haz vacilar la fe de los hombres.

4. Utiliza hombres viles.

5. Desorganiza a las autoridades.

6. Siembra la discordia entre los ciudadanos.

7. Pon a los jóvenes en contra de los viejos.

8. Ridiculiza las tradiciones.

9. Perturba el avituallamiento.

10. Haz escuchar a músicos lascivos.

11. Extiende la lujuria.

12. Paga.

13. Sé informado.


(5) De la opinión particular a la mentira general

La radio y la televisión sirven formidablemente como «caja de resonancia» para los objetivos de la desinformación. Basta escuchar la radio o ver la televisión para darse cuenta de ello. Los responsables de estos organismos, verdaderos agentes de su partido o del poder reinante, pretenden ser objetivos. Y en efecto, son objetivos, lo son, pero cara a un número de personas cada vez más restringido, que piensa cada vez menos como todo el mundo. El desinformador se encuentra sólo, con la nariz pegada al objetivo de la cámara, que es el único testigo, y nadie más puede afirmarlo. Se acaba al final por no creer nunca a los mentirosos y sólo ellos pueden creer sus mentiras. En verdad, su drama íntimo es tomar sus palabras por realidades y pensar que, informando, nos enseñan.

Platón distinguía entre el saber y la opinión. El desinformador los confunde, toma la opinión como fuente del saber. Su espíritu, fácilmente satisfecho, convierte un sondeo de opinión en el criterio de la verdad. ¡La estadística obliga! Sin embargo, tantear una opinión es, habitualmente, sinónimo de propagar un rumor. La opinión, de suyo, es versátil, superficial, influenciable, refleja el devenir y pasa con el tiempo. Pero esto le importa muy poco al desinformador, porque a sus ojos la verdad es puro devenir. Él se «las arregla» muy bien llamando mentira a la verdad de ayer y verdad a la mentira de hoy. Todo valor eterno se excluye en provecho del valor de uso. La imposición del desinformador es tanto más competente entre los espectadores cuanto que ninguno de ellos puede responderle. Se haría, aunque fuera demasiado tarde: «Los desmentidos pasan, las mentiras permanecen». El dictador dicta a las masas lo que tienen que pensar. Tiene la facultad de ponerse en el lugar del otro, «de asaltar la conciencia, e incluso el inconsciente de los otros de la misma manera que uno se hace con los mandos de un vehículo».

(6) Sólo la verdad

Ante tal amenaza para la libertad del espíritu, hay que afirmar con fuerza que sólo la verdad nos hará libres. Nunca lo repetiremos bastante: vivir libre es vivir sin mentir. El mentiroso vive encadenado a su mentira. Pero la verdad resiste al flujo de las palabras y tarde o temprano acaba emergiendo, sumergiendo en la confusión a aquel que la ha negado. ¡Las cosas son lo que son!

Hervé Pascua (http://www.iglesia.org)
Publicado en formato 1.0 en julio de 2007

Logaritmos


Continuando con la seguidilla de ensayos sobre conceptos matemáticos aplicados con frecuencia en el lenguaje científico, ha llegado el turno de repasar las operaciones con logaritmos.
Para ello, volvemos a la idea de la potenciación, que hemos detallado con mayor extensión en otros textos de Fides et Ratio. De hecho, el primero de los ejemplos que utilizáramos en esa ocasión fue:

24 = 2 x 2 x 2 x 2 = 16 (se lee «dos a la cuarta»)

El número en superíndice se conoce con el nombre de exponente, y nos indica la cantidad de veces que ha de multiplicarse por sí mismo el otro número, llamado base. En otro ejemplo:

210 = 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 = 1024 (se lee «dos a la décima»)

contamos con una base («2») y un exponente («10»)

La logaritmación es una de las operaciones inversas de la potenciación, y consiste en obtener el valor del exponente conociendo la base y el resultado. Retomando los mismos ejemplos:

log2 1024 = 10 (porque debemos elevar 210 para obtener 1024)

log2 16 = 4 (porque debemos elevar 24 para obtener 16)

log10 1000 = 3 (porque debemos elevar 103 para obtener 1000)

Cuando trabajamos con logaritmos en base 10, puede no escribirse el número base porque se da por sobreentendido. En consecuencia, si leemos:
log 1000000 = 6 (ya que 106 es un millón)

Si hasta aquí no hay dificultades, debemos avanzar entonces sobre estos logaritmos en base 10. Tomemos puntualmente los primeros tres evidentes:

log 10 = 1 (dado que 101 = 10)

log 100 = 2 (dado que 102 = 100)

log 1000 = 3 (dado que 103 = 1000)

Ustedes se preguntarán... ¿cual es el logaritmo, por ejemplo, del número 200? Parecería que debe tratarse de un número comprendido entre 2 y 3. De hecho, eso es real. En el siglo XVIII, el matemático y físico Howell calculó manualmente durante años estos valores para expresarlos en las tablas que llevan su nombre. Hoy día, las calculadoras científicas permiten su cálculo inmediato.

En efecto, si nos planteamos:

log 200 = ¿?

... nuestro razonamiento ha de ser:

10¿? = 200

Ya sea por medio de las tablas o de la calculadora, el resultado que obtendremos es:
102.30301 = 200

Notaremos enseguida que, al igual que la notación científica, el uso del logaritmo nos permite expresar grandes cantidades con números más simples. Supongamos que tengo interés en describir cuantos ejemplares («copias») del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) hay en un mililitro de la sangre de un enfermo. Un estudio especializado intentará decirme que, quizás, el paciente tenga 400 000 copias en ese milímetro cúbico. Sin embargo, es común que el resultado nos diga que la «carga viral» de esta persona es de 5.606 unidades-log. Si repetimos los razonamientos previos, entenderemos que:

105.606 = 400 000

Ahora bien, imaginemos que este enfermo es tratado con uno de los actuales esquemas antivirales de alta eficacia, y regresa a los 3 meses con un nuevo resultado que nos cuenta que su carga viral es de 2.803 unidades-log. A primera vista, parecería que el número de copias del VIH se ha reducido a exactamente la mitad. Sin embargo, al aplicar este logaritmo nos encontramos que:

102.803 = 635

Como vemos, en realidad la cantidad de virus se ha reducido de un modo absolutamente dramático... ¿qué es lo que ocurre? Sucede que la escala de unidades logarítmicas no es decimal, sino que al pasar de 2 a 3, por ejemplo, existe un cambio de decenas a centenas, esto es, un cambio «de a 10» niveles. Dicho de otro modo, 2 unidades-log equivalen a 100 mientras que 3 unidades-log equivalen a 1000 (hay un salto de «10 niveles»); 4 unidades-log equivalen a 10 000 (hay un salto de «10 niveles» con respecto a las 3 unidades-log y de «100 niveles» con respecto a las 2 unidades-log).

¿Complejo? Pues bien, las escalas logarítmicas son de uso cotidiano en muchas disciplinas científicas, como en nuestro ejemplo relacionado con el tratamiento de la enfermedad por VIH. Complementando los conceptos, veremos una aplicación usual en física para los "temidos" logaritmos.

Para ello intentaremos recordar en un lenguaje coloquial de que se trata el fenómeno de la radiactividad. Es prudente que, a tal fin, repasemos que la materia está formada por átomos, los cuales en su núcleo presentan pequeñísimas partículas llamadas nucleones, los cuales incluyen:

- protones (con carga positiva)

- neutrones (sin carga)

En "órbita" a ese núcleo, los átomos presentan una "nube" de electrones, partículas aún más pequeñas (casi 2000 veces menores a un nucleón) de carga negativa. En condiciones habituales, un átomo tiene exactamente la misma cantidad de protones y de electrones, por lo cual la suma total de partículas con carga positiva y carga negativa equivale a cero, por lo cual el átomo es electroneutro.

Un buen ejemplo de esta situación es el átomo de carbono, presente en todas las moléculas que constituyen a los seres vivos. El 99% de los átomos de carbono en el planeta Tierra tiene:
- 6 protones en su núcleo (el número de protones es denominado por los físicos "número atómico". El hecho de que el átomo sea "carbono" se debe al número de protones; este concepto es aplicable a cualquier otro elemento de la naturaleza)

- 6 neutrones en su núcleo
- 6 electrones en sus "órbitas"

Entonces, el átomo de carbono tiene en total 12 nucleones, y por ello se lo llama C12. Sin embargo, algunos átomos de carbono están constituidos de la siguiente manera:

- 6 protones (como todo átomo de carbono)
- 8 neutrones
- 6 electrones

Como es entendible, estos átomos se denominan C14. Ocurre que este pequeño porcentaje de átomos de carbono son inestables, ya que uno de los neutrones "sobrantes" tiende a liberar energía y convertirse en un protón. Como se pueden imaginar, el núcleo pasa a contar con 7 protones... por lo cual ya NO es carbono.

Esto que impresiona absolutamente alquímico es el fenómeno conocido como radiactividad, por el cual el núcleo de un átomo "inestable" tiende a una forma de mayor estabilidad a costa de emitir energía en forma de partículas o de radiación electromagnética. Lo concreto es que se ha determinado que, si se cuenta con un número de átomos inestables, puede calcularse en que tiempo probable "decaerán" a un forma más estable.

En el caso particular del C14, se conoce que la mitad de los átomos de carbono presentes en una masa dada decaerán en C12 en exactamente 5760 años. Esto significa que la "vida media" del C14 es de 5760 años.

¿Dónde entran los logaritmos en todo esto? Existe una fórmula conocida por los físicos que permite estimar la antigüedad de la materia orgánica (abundante en carbono) en base a la actividad de C14 presente en ella. Esa ecuación incluye logaritmos:

At = Ao . e–lambda . t

Siendo "At" la actividad radiactiva de la muestra, "Ao" la actividad inicial, "lambda" la constante de decaeimiento (los 5760 años en nuestro ejemplo) y "t" el tiempo transcurrido. Aplicando logaritmos, a través de una serie de operaciones nos encontraríamos que el citado tiempo "t" podría calcularse merced a:

- lambda
t = ---------------------
log At - log Ao

Así, hemos visto una de los múltiples aplicaciones en la física de la logaritmación. Podríamos continuar con múltiples ensayos más, pero excede a los objetivos de esta divulgación.

La Lepra


En otro artículo podemos deleitarnos con la formidable tarea del Beato Damián de Molokai, y su apostolado para con los enfermos de lepra. La sola mención de la enfermedad parece remontarnos a tiempos ignotos, relatando una plaga del pasado que sólo habita en los libros de Historia. Nada más lejos de la realidad.

En muchos países, la lepra es bastante más frecuente de lo que las personas, incluidos los profesionales médicos, pueden sospechar. La OMS estima que, a nivel mundial, una de cada cuatro personas está al menos expuesta a la enfermedad, con mayor prevalencia en áreas tropicales y con un número total de casos mundiales cercano a los 15 millones. En el caso de la Argentina, las regiones del Litoral y del Chaco son las que reportan mayor número de casos.

El diagnóstico de la lepra no es difícil de establecer; la mayoría de los casos se presentan bajo patrones clínicos que permiten su reconocimiento, siempre que se conozcan los signos clínicos y el laboratorio que permiten confirmar su diagnóstico… y que se recuerde que la enfermedad existe.

La lepra, también llamada enfermedad de Hansen, es una entidad infecciosa, crónica, que afecta de forma casi exclusiva al género humano atacando sobre todo los troncos nerviosos periféricos y la piel, si bien potencialmente puede afectar cualquier órgano. En el siglo XXI es posible su curación sin lesiones permanentes si el diagnóstico es precoz. De lo contrario, puede causar mutilaciones, deformidades e invalidez, razones del estigma que ha acompañado a la lepra a lo largo de la historia y de todas las culturas.

La causa de la lepra es una bacteria llamada Mycobacterium leprae, descubierta en 1873 y emparentada biológicamente con el bacilo de la tuberculosis. La fuente de contagio del germen es un paciente portador de la enfermedad y a través del tracto respiratorio, más que de la propia piel. Un dato fundamental para comprender a esta enfermedad es que un importante componente de la misma consiste en la predisposición de cada persona para adquirir o no lepra; un viejo adagio de la medicina dice que «no se contagia lepra quien quiere, sino quien puede».

Izquierda: paciente afectada de lepra lepromatosa. Derecha: el bacilo de Hansen en una biopsia

Ocurre que la predisposición de cada individuo y su estado inmunitario (fuertemente relacionado con aspectos sociales y económicos) son claves para que ese individuo adquiera o no lepra tras exponerse a la bacteria. Incluso esto se vincula con la forma de evolución de la enfermedad en cada persona en particular.

Gran parte de las lesiones deformantes son fruto de la afectación neurológica, ya que a consecuencia de la misma se altera la sensibilidad de manos, pies y rostro, sufriendo inadvertidos traumatismos, quemaduras y heridas… así se altera la arquitectura natural de los dedos y de la cara

Sin embargo, el tratamiento de la lepra según las pautas expuestas de hoy día es muy efectivo: la capacidad de contagio desaparece en pocas semanas y la mejoría clínica se hace evidente en pocos meses. Más allá de esta información, la asociación entre la pobreza socioeconómica y esta enfermedad se ha manifestado a lo largo de los siglos, y la mayor parte de los enfermos afectados no llega jamás a la consulta o bien accede a ella tardíamente.

Acercarse a estos pacientes, evitando su marginación y ofreciendo verdaderas chances de tratamiento integral (médico, psicológico y sobre todo social) es un desafío más cercano a lo ético y moral que a lo realmente sanitario. Acaso el ejemplo de hombres como el Beato Damián pueda servirnos de guía para el auxilio de nuestros hermanos enfermos de modo integral y cristiano.

«El afán de dinero es la raíz de todos los males del mundo» (1 Tim; 6,10)

La Fotosíntesis

Uno de los mecanismos más sorprendentes de la Creación toda es sin dudas el de la fotosíntesis, acaso la maquinaria que permite la existencia de todos los ecosistemas del planeta tal como lo conocemos.

Se llama fotosíntesis a un proceso por el cual algunos organismos (específicamente todas las plantas verdes, la mayoría de las algas y un gran número de bacterias) son capaces de transformar la energía lumínica en energía química. En términos sencillos, convierten los rayos del Sol en alimentos.

El color verde de estas formas de vida se debe a la presencia de un pigmento llamado clorofila, el cual es capaz de “captar” la luz del Sol para utilizar la energía allí presente. Este pigmento está contenido, en las plantas y algas, en unas estructuras presentes dentro de las células llamadas cloroplastos. Puntualmente, la clorofila y otros pigmentos emparentados se encuentran integrados en un grupo de proteínas que se conocen en Biología con el nombre de fotosistemas (PS I y PS II, por sus siglas en inglés).

Estos 2 sistemas necesitan, además de la necesaria presencia de luz, una sustancia capaz de aportar átomos de carbono. Esta molécula no es otra que el CO2, presente en la atmósfera de nuestro planeta y producto de desecho de nuestro proceso de respiración.

Puntualmente, el CO2 es “fijado” durante la noche por algas y plantas por medio de una serie de enzimas. Además, se logra incorporar otros átomos básicamente por el aporte de sustancias presentes en el suelo o en el agua. La más importante de ellas es la misma agua, captada por las raíces de las plantas superiores. Como recordamos, cada molécula de agua está formada por H2O, por lo cual existe aporte de hidrógeno.

Así, mediante el uso del CO2 procedente del aire que nosotros exhalamos y del H2O, algas y plantas “capturan” la energía presente en la luz del Sol mediante la siguiente ecuación simplificada:

6 CO2 + 6 H2O >>>>>>>>>>>>>>>>>> C6H12O6 + 6 O2

dióxido de carbono + agua >>>>>>>>> glucosa + oxígeno

energía lumínica >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> energía química

Como puede observarse, las moléculas inorgánicas se convierten, en este caso, en glucosa y como “desecho”… se obtiene oxígeno, esencial para la vida de aquellos seres vivos que no somos capaces de efectuar fotosíntesis. Es por ello que esta forma de fotosíntesis se denomina “oxigénica” (existe por parte de otros organismos una forma “anoxigénica” de fotosíntesis que detallamos líneas abajo).

En este detalle harto simplificado del proceso de fotosíntesis, advertimos como es posible obtener energía química, estable y de reserva, a partir de la energía lumínica producida por el sol a decenas de millones de kilómetros de distancia. Por otro lado, debemos destacar que la fotosíntesis es la gran productora de oxígeno en nuestro mundo (por ello se menciona a las grandes extensiones selváticas y boscosas de la Tierra como “pulmones del planeta”).

Es digno de mencionarse que los cloroplastos, presentes en las células de plantas verdes y algas, al igual que las mitocondrias, contienen su propio ADN, lo que ha suscitado especulaciones evolucionistas, según las cuales los cloroplastos han sido otrora organismos independientes, ahora en simbiosis con las plantas superiores.

De acuerdo a la hipótesis evolucionista, las condiciones iniciales de la atmósfera del planeta habrían sido muy diferentes a las actuales. Se utiliza el término «atmósfera reductora» para hacer referencia a un mundo casi sin oxígeno. Este elemento, cardinal para la vida en la Tierra, habría empezado a producirse con la aparición de los organismos fotosintéticos, puntualmente algunas bacterias y algas unicelulares. Los organismos multicelulares como nosotros requieren mayor cantidad de energía para permanecer vivos, con lo cual la demanda de oxígeno es mucho mayor que la de aquella presunta «atmósfera reductora» de la Tierra primitiva.

Las citadas bacterias, en teoría, contarían solamente con la posibilidad de realizar fotosíntesis oxigénica; ¿cómo fue posible entonces la «mutación» que desembocó en un segundo sistema?

Por otro lado, hemos citado la hipótesis según la cual los cloroplastos de las células vegetales modernas habrían sido alguna vez organismos independientes que en algún momento de la historia se convirtieron en simbiontes para vivir por siempre en armoniosa unidad con las plantas superiores.

Esta idea se fundamenta en que los cloroplastos cuentan con su propio ADN y se los homologa con pequeñas bacterias. Sin embargo, las cianobacterias y otros microorganismos similares son capaces de realizar fotosíntesis a través de organelas llamadas mesosomas. Dicho de otro modo, formas de vida radicalmente diferentes (las plantas superiores como los árboles; las algas como el sargazo; las diatomeas de nuestros mares; las bacterias fotosintéticas) tienen capacidad de convertir la luz del Sol en energía química y paralelamente producir oxígeno en abundancia.

Sin embargo, la teoría de la evolución de las especies separa a estos organismos en el abismo de los tiempos y (curiosamente) no ha habido cambios en el genoma necesario para la fotosíntesis a lo largo de los milenios. Este fenómeno es explicado con el concepto de “evolución convergente”, el mismo paradigma por el cual se intenta explicar que organismos “evolutivamente” diferentes tengan “adaptaciones” similares (el delfín y el tiburón, por ejemplo).

¿Cómo surgieron los genes de ambos fotosistemas, el oxigénico y el anoxigénico? Duplicación de uno de ellos seguido de mutación del copiado, es la explicación del caso. Sin embargo… ¿cómo puede una mutación agregar información, cuando en realidad lo que genera es pérdida de la misma?

Una explicación alternativa es el fenómeno conocido como transferencia lateral de genes o pasaje de plásmidos, un mecanismo conocido en microbiología por el cual una bacteria puede “transferirle” ADN a otra (este mecanismo explica muchos casos de resistencia a antibióticos).
Sin embargo, la “supervivencia del más apto”, fruto de la presión de selección, parecería no cumplirse en este punto, ya que en el contexto de la atmósfera reductora no habría resultado más útil contar con ambos fotosistemas en lugar de uno solo.

¿No resulta más claro concebir que ambos sistemas fueron creados en un único acto y dispuesto para que organismos completamente diferentes compartan su utilidad? Un marco así no requiere explicaciones alternativas ni necesita hipótesis ad hoc y no satisfactorias. Basta acaso contemplar la naturaleza con otros ojos para darnos cuenta de su asombrosa complejidad, diseñada por la gran Inteligencia de un Creador soberano.

El texto original fue publicado en formato 1.0 en 2 partes (julio y agosto de 2007)

Casa de la Virgen María en Éfeso

Ana Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 en el seno de una familia muy humilde. Fue bendecida por Dios de una manera particular, ya que se sabe que poseía uso de razón desde su mismo nacimiento y que podía comprender el latín litúrgico desde su primera Misa.

Ingresó en la Orden Agustina en Dülmen en su país natal; sin embargo, numerosas enfermedades limitaron su capacidad física, hasta llevarla a su real postración. Durante los últimos 12 años de su vida sólo ingería agua y, como único alimento, la Sagrada Eucaristía.

Acaso además de su conocida condición de estigmatizada, el dato más sorprendente de la hermana Emmerich haya sido sus visiones místicas. En los últimos años de su vida y hasta su muerte en 1824, Catalina recibió visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María, de los patriarcas del Antiguo Testamento, e incluso de acontecimientos para ella futuros (el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, los ataques de la masonería contra la Iglesia, etc.)

El componente histórico de sus visiones permitió, entre otros, el descubrimiento del sitio exacto de la antigua Ur, en la Mesopotamia asiática, o de los pasadizos bajo el templo de Jerusalén.

Más allá de los aspectos biográficos de Catalina, que se detallan en otro artículo de Fides et Ratio, transcribiremos a continuación lo concerniente a la casa donde María Santísima vivió en Éfeso después de la Resurrección de Jesús. Recordemos que estas visiones son de principios del siglo XIX y que el sitio fue confirmado por arqueólogos más de 100 años después.

« ... María no moraba en Éfeso, sino en las cercanías, donde se habían establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene del sureste, Éfeso parece reunida al pie de la montaña; pero a medida que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Éfeso se ven hileras de árboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el suelo. Un poco hacia el mediodía, estrechos senderos conducen sobre la montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie ondulada y fértil de una media legua de contorno: es ahí donde se estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso y cuyas ramas dan una amplia sombra.

Antes de conducir a la Santa Virgen a Éfeso, Juan había hecho construir para ella una casa en ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara. Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras; esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los árboles, la villa de Éfeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba más cercano al mar que Éfeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este lugar fue más tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y Éfeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.

La casa de María era cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las ventanas estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba, una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado. Encima de esta apertura, vi un tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el tejado.

Esta parte anterior de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas (cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que le visitaban.

A derecha y a izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo, estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje, tenían una apariencia simple y decente.

La extremidad de esta pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco, de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor. Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz. Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No sé tampoco si la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de madera; o si esta cruz de María había sido hecha así para proveer un alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores naturales.

Vi también un paño posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado ante mis ojos.

Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del Redentor en el Santo Sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo, me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la cruz.

A la derecha de este oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta, a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía o trabajaba.

La celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual se hallaba suspendida una lámpara con varios brazos. La cama de María era una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.

La santa Virgen vivía sola con una persona más joven, que la servía y que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa. A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.

Vi frecuentemente entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo entre esas personas. Él iba y venía. Se vestía de distinta manera que cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil, tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles, tenía algo de femenino y de virginal.

Vi a María, en los últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya casi no tomaba alimento. Parecía que sólo su cuerpo estuviera sobre la tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la sostenía y la conducía en la casa...»
Publicado en formato 1.0 en julio de 2007

viernes, 1 de junio de 2007

Damián de Molokai

En nuestros orgullosos días del siglo XXI, la ciencia médica ha logrado dominar en muchas regiones del mundo a una de las enfermedades más estigmatizantes de la historia: la lepra.

Sin embargo, en aquellos tiempos donde la humanidad aceleraba sus pasos al abismo de la mano de la «diosa razón», los leprosos eran abandonados en lo que sería el preludio de los campos de concentración de Hitler, Stalin y las dictaduras latinoamericanas.
Sólo unos pocos hombres (en su mayoría, no científicos) entendieron el camino del amor para con los hermanos enfermos. Y quizás quien más se ha destacado más en este aspecto haya sido el Padre Damián de Molokai, «el leproso voluntario».

Nacido como José de Veuster, vio por primera vez la luz en enero de 1840 en Tremeloo, un área rural de Bélgica, donde desde niño desempeñó tareas en el campo junto a su familia. Allí adquirió conocimientos en el labrado de la tierra y en la construcción de viviendas. Era destacable su capacidad física: entre otras anécdotas, se recuerda que fue embestido por una carroza con caballos sin sufrir siquiera un rasguño.

Alcanzados los 18 años, fue enviado a Bruselas para completar sus estudios, optando 2 años después por la vocación religiosa en la Comunidad de los Sagrados Corazones. Desde un principio, solicitó la posibilidad de misionar, gracia concedida por su devoción al santo jesuita San Francisco Javier ya que, por enfermedad de un compañero, fue a él a quien enviaron con destino misionero a Polinesia.


El padre Damián en su juventud


A los 23 años fue embarcado hacia las Islas Hawai; aún en tiempos de su formación sacerdotal, le predijo al capitán del barco, confeso apóstata, que algún día lo confesaría para absolverlo de sus pecados.

Ya en territorio hawaiano, fue ordenado sacerdote, en un área repartida entre protestantes y pobladores que practicaban cultos animistas locales. Construyó la primera capilla con techo de paja y catequizó a la mayoría de los habitantes, echando por tierra gran parte de los ritos paganos.

Estando allí tomó conocimiento de la existencia de la isla de Molokai, convertida en leprosario forzoso, donde eran «exiliados» los aquejados por la enfermedad. Esta comunidad obligada era además flagelada por el alcoholismo y la proliferación incesante de supersticiones variadas.

El padre Damián logró la autorización del Obispado para emigrar a Molokai, permiso obtenido en 1873. Se conserva de ese entonces su sentencia más famosa: «Sé que voy a un perpetuo destierro, y que tarde o temprano me contagiaré de la lepra. Pero ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por Cristo».

El padre llegó a la isla, donde ni siquiera tenía techo para cobijarse, a consolar a los moribundos y a crear espacios de vida para los demás enfermos. Se recuerda que no sólo logró crear fuentes de trabajo en la propia isla, sino que formó una banda de música que él mismo integraba, al margen de obtener por carta numerosas donaciones del extranjero para mejorar la calidad de vida de sus leprosos.

Se sabe que, merced a lo aprendido en su niñez, reconstruía las casas dañadas por los frecuentes tifones y era capaz de construir los ataúdes de los fallecidos y de cavar las tumbas para ellos.

Pese a todo, las creencias contemporáneas atribuían a la lepra una alta contagiosidad, y el gobierno terminó prohibiéndole al padre Damián salir de Molokai. Lo cierto es que él mismo resultó víctima de la enfermedad que, de acuerdo con los relatos de la época, fue en su caso particular muy virulenta.

El padre Damián, víctima de la lepra


En sus últimos días, el padre vio cumplida aquella profecía de sus tiempos de seminarista, ya que ancló en Molokai el barco que lo había traído de Bélgica con el capitán dispuesto a confesarse. Así ocurrió, logrando que el marino iniciara el camino de su conversión.

Finalmente, el 15 de abril de 1889, con sólo 49 años de vida, el Apóstol de los Leprosos partió a la Casa del Padre. En 1994 otro verdadero santo contemporáneo, el Papa Juan Pablo II, después de haber comprobado milagros obtenidos por la intercesión del padre Damián, lo declaró beato y patrono de los que trabajan con los enfermos de lepra.

Beato Damián de Molokai, ruega por nosotros.

Publicado en formato 1.0 en junio de 2007

martes, 1 de mayo de 2007

Advertencia de la Virgen Santísima en Salta

Nuestra bendita tierra ha sido objeto de innumerables manifestaciones marianas, siendo las más reconocidas las ocurridas en el siglo XVII en Luján y a fines del siglo XX en San Nicolás, ambas en la provincia de Buenos Aires.

Un fenómeno de proporciones similares esta llevándose a cabo en Salta desde1990, a partir de las manifestaciones de María Santísima a la vidente María Livia Obeid, brindando mensajes para ser difundidos a la humanidad, alentando a la conversión y a la oración para volver a nuestro Dios Creador.

De los numerosos mensajes, hemos seleccionado para su publicación las palabras que Nuestra Señora dio a María Livia el 13 de abril de 1996:

«Mis hijos:

Hoy he venido a pediros que oren y oren con gran urgencia por la Paz del mundo, que está seriamente amenazada por la iniquidad del terrible enemigo de Dios.

Confiad en mi Inmaculado Corazón, que os guiará en medio de terribles tribulaciones. Seré vuestra Consejera, no os apartéis de mi guía, no os separéis del Santo Rosario y orad permanentemente con él. Yo soy vuestra Madre y como Madre os hablo.

El mensaje que hoy os quiero transmitir es muy duro y difícil de entender para los que viven olvidados de que Dios existe, y aún de los que teniendo conciencia de Dios viven despreocupados de salvar sus almas viviendo según la carne y el mundo.

Terribles cosas os esperan, mis hijos, si no volvéis vuestros ojos a Dios, pues el tremendo castigo que Dios mandará al mundo va a comenzar.

Os revelaré una parte de este y será para llevarlos a la oración y al sacrificio y así tengan la esperanza de mitigar con vuestros rezos este castigo tan terrible. Esto es una advertencia llena del AMOR DE DIOS hacia la humanidad.

Muchas almas religiosas caerán y se apartarán del camino del Señor para vivir en la tibieza del mundo. Los sacerdotes que queden no se diferenciarán en nada de los seglares, seguirán el camino del mundo que los llevará a la apostasía, las religiosas seguirán ese mismo camino y muchas almas buenas se perderán por su causa. El mundo sin religión y sin Dios será morada de seres salvajes y animalezcos y cambiarán la fisonomía humana y así el cuerpo será el reflejo del alma. Estos aterradores humanos convertidos en discípulos de Satanás, aprovechando el caos que sobrevendrá por los grandes e inminentes castigos que caerán sobre el mundo, perseguirán a los buenos en feroz cacería. No habrá diferencia de sexos y, por un tiempo determinado por Dios Padre, el infierno reinará en el mundo. Pero mi Inmaculado Corazón apartará las tinieblas y el horror de mis hijos consagrados a Mí; el Señor esperará hasta último momento la conversión a mi Corazón Inmaculado y así todos tendrán la oportunidad de salvarse y el perdón de Dios infinitamente misericordioso.

Oren, oren con intenso Amor.
Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús, en Tí confío.»

Eutanasia y Bioética

El desprecio por la vida humana, por cada uno de nuestros hermanos, creados a imagen y semejanza de Dios, no respeta edades, límites o fronteras. Un creciente «debate» se ha instalado en el día a día en la sociedad en relación a la eutanasia; sin embargo, es poco lo que se informa con objetividad al respecto, prefiriendo implantar la idea en forma propagandística y con un sinfín de golpes bajos.

Al margen de los aspectos históricos que se detallan en la sección correspondiente de esta misma edición, creemos que un excelente modo de profundizar en el tema es releyendo la entrevista que la editora Zenit realizó al Dr. William Sullivan con motivo del coloquio de expertos en Bioética y Salud efectuado en septiembre de 2004 por el Canadian Catholic Bioethics Institute, basado en un discurso papal sobre eutanasia y estado vegetativo de aquel mismo año.

Zenit: -¿Qué se sabe sobre la condición médica de las personas que se encuentran en estado vegetativo persistente (Persistent Vegetative State, PVS) o en ausencia de reacción como consecuencia de un estado de coma (Post-Coma Unresponsiveness, PCU)?

Dr. William Sullivan: -El coma tiene lugar después de varios tipos de lesiones que afectan la función del cerebro, tales como traumatismo de cráneo, situación de casi ahogo («near drowning»), enfermedad cerebral vascular, paro cardíaco o sobredosis de drogas. El PCU describe el estado en el cual un individuo que estaba en coma parece despertarse y tener lo que se llaman ciclos sueño-vigilia. A pesar de esto, la persona permanece totalmente inconsciente y ajena a su alrededor.

Z: -¿Se da alguna actividad cognitivo-afectiva en el cerebro?

WS: -La medicina se basa en observaciones, que incluyen medidas de la actividad eléctrica y del metabolismo del cerebro. Por lo que sabemos hasta ahora, podemos decir que el metabolismo del cerebro parece ser bajo en el estado vegetativo persistente o en los pacientes no reactivos. Sin embargo, no sabemos si esto significa que hay un daño global en las neuronas del cerebro, o sólo en algunas regiones vitales del mismo cerebro y en las conexiones entre ellas.

Según mi opinión, la ciencia médica no puede excluir definitivamente la presencia de una vida espiritual en estado vegetativo persistente o en pacientes que no tienen capacidad de reacción en los cuales todavía se dan signos de alguna actividad cerebral, aunque los niveles de percepción consciente sean bajos. La ciencia médica es incapaz de afirmar o de negar que pueda haber alguna verdad en la afirmación bíblica del Cantar de los Cantares: «Duermo, pero mi corazón vela» (5, 2).

Z: -¿Cuál es la diferencia entre el estado vegetativo «persistente» y el «permanente»?

WS: -A medida que aumenta el tiempo de un estado no reactivo sucesivo al coma, la recuperación parece cada vez menos probable. Tras una cierta etapa, normalmente 12 meses, los neurólogos concluyen que este estado de falta de reacción continuará seguramente sin que se dé recuperación.

Sin embargo, esto no quiere decir que sea imposible un cierto nivel de recuperación a través de intervenciones de rehabilitación adecuadas. En algún caso se ha observado una recuperación de las funciones cerebrales normales. En la mayor parte de los casos, sin embargo, si hay recuperación, la persona tendrá graves daños a nivel cognitivo-afectivo.

Según un estudio de 1994, si un estado vegetativo, o un estado de no reacción como consecuencia de un coma, es «permanente», quiere decir que si la conciencia se recupera, el paciente permanecerá probablemente seriamente mermado. En este caso, lo que está en juego es la idea de que la vida de un individuo consciente pero gravemente disminuido no tiene ningún valor.

Z: -¿Qué se entiende por ausencia de reacción como consecuencia de un estado de coma (PCU)?

WS: -La alimentación e hidratación artificiales no se refiere solamente a la alimentación a través de sondas, sino también a los diferentes modos de asistir a un individuo que tenga dificultad para ingerir comida y agua oralmente. Intentar alimentar por la boca a un paciente no reactivo sería como intentar nutrir a alguien que está durmiendo. Para proporcionar a un individuo en estas condiciones un apoyo adecuado y seguro, es necesario superar la dificultad de masticar y deglutir, y suministrar el mantenimiento adecuado a su estómago.

Z: -¿Pueden compararse la alimentación e hidratación artificiales con otras formas de sostener la vida o con tecnologías de preservación, como la diálisis renal o las máquinas para la respiración artificial?

WS: -Algunos expertos en ética sostienen que hay un significado social en el hecho de alimentar a la persona vulnerable y dependiente. Esto hace que la alimentación e hidratación artificiales sean substancialmente diferentes de otros medios tecnológicos para mantener la vida. Dar alimento y agua a los hambrientos y sedientos es una expresión simbólica de la solidaridad humana.

Para pensadores como Daniel Callahan, la norma sobre cuidar a otro dándole comida y agua pierde su sentido si la alimentación e hidratación artificiales se subministran a algunos individuos, pero no a otros. Por otra parte, la mayor parte de pensadores médicos, legales y éticos, consideran que la alimentación e hidratación artificiales son parecidas a otras formas de tecnologías para mantener la vida. Si la alimentación e hidratación artificiales comportan un peso notable para el individuo y la familia respecto a los beneficios que se derivan de ello, entonces podría considerarse como algo opcional.

Según este punto de vista, en el caso de la alimentación e hidratación artificiales es necesario analizar los beneficios y los costos de la intervención. Valdrían las mismas consideraciones para otras intervenciones, como el respirador o la diálisis. Por ejemplo, si el hecho de dar agua y comida por la boca puede ser parte de un tratamiento general, subministrarlo con sondas a un paciente que no ha expresado la voluntad de recibirlo no lo sería.

Z: -¿Qué dijo el Papa en su discurso sobre la alimentación y la hidratación artificiales para pacientes en estado vegetativo persistente o en ausencia de reacción como consecuencia de un estado de coma?

WS: -La alimentación e hidratación artificiales comienzan como parte de un recorrido de recuperación de un paciente en un contexto en el que los doctores no están seguros del pronóstico del mismo paciente.

Después de 6 ó 12 meses, depende del caso de ausencia de reacción como consecuencia de un estado de coma, la probabilidad de recuperación es cada vez más remota. Es en este contexto cuando surge la cuestión sobre si hay que continuar o no con la alimentación e hidratación artificiales.

El discurso del Papa establece que la alimentación e hidratación artificiales «se considera, en línea de principio, ordinaria y proporcionada, y como tal moralmente obligatoria, en la medida en que demuestre alcanzar su propia finalidad». En este caso, el objetivo es «procurar alimento al paciente y disminución de sus sufrimientos».

Z: --¿De qué manera han interpretado los participantes al Congreso de Toronto estas afirmaciones del Papa?

WS: -Los participantes han llegado a estas interpretaciones:

Primero, que el discurso papal se tiene que comprender en el contexto de la tradición católica. Así, las palabras «en línea de principio» no quieren decir «absoluto» en el sentido de «sin excepciones», sino permitiendo la consideración de otros elementos.

En segundo lugar, las personas que se encuentran en un estado de capacidad cognitiva y afectiva reducida, mantienen un alma espiritual. Su vida tiene un valor intrínseco y una dignidad personal que deben ser tratadas con el pleno respeto y con el tratamiento debido a todo ser humano.

En tercer lugar, para los pacientes sin reacción a los que se les puede aplicar la alimentación e hidratación artificiales sin entrar en conflicto con otras graves responsabilidades o con gastos exageradamente costosos o complicadas, la alimentación e hidratación artificiales deberían considerarse como algo ordinario y proporcionado, y en cuanto tal moralmente obligatorio.

Contrariamente a algunas interpretaciones tempestivas en los medios, el discurso del Papa no propone que la alimentación y la hidratación artificiales sean siempre y sin excepción una obligación moral para los pacientes en estado vegetativo persistente o en ausencia de reacción como consecuencia de un estado de coma, o en cualquier otra condición clínica.

El texto del Papa es coherente con la moral católica tradicional en la que la alimentación e hidratación artificial y otras medidas para mantener la vida son evaluadas en términos de beneficio y límite de la intervención para el paciente.

Sin embargo, el discurso papal hace declaraciones fuertes sobre las condiciones de la discapacidad. No continuar la alimentación e hidratación artificial por razones que tengan que ver con la condición de discapacidad de un paciente, y no a causa de la desproporción entre costes y beneficios de una intervención para el mismo paciente, es inaceptable.

Basándose en esta interpretación, los participantes subrayaron una serie de implicaciones éticas de esta enseñanza para los tratamientos aplicados a personas mayores frágiles o a pacientes en estado terminal en condiciones médicas para las cuales la alimentación e hidratación artificiales se usan frecuentemente, como el ictus cerebral, la enfermedad de Alzheimer, enfermedad de Parkinson y cáncer.

Z: -Los participantes en el Congreso, ¿pensaban que lo que el Papa afirmó en su discurso sobre alimentación e hidratación artificiales a personas en estado vegetativo persistente o que carecen de reacción como consecuencia de un estado de coma era relevante para otras personas que se encuentran en otras situaciones clínicas?

WS: -Sí, pues el discurso papal afirma el valor y la dignidad intrínsecos a todas las personas. Las decisiones sobre la alimentación y sobre la hidratación artificiales) no se tendrían que tomar basándose en la idea de que las personas con graves daños cognitivos y/o limitaciones físicas valen menos o tienen una dignidad inferior respeto a otras personas.

El discurso papal afirma también la distinción entre medidas ordinarias y extraordinarias para sostener la vida.

Esto implica que los pacientes y sus familias tienen la responsabilidad de valorar con atención los beneficios y costos de varias opciones de tratamientos y de cuidados, a la luz de su situación personal. Esta responsabilidad se da también ante cada condición médica y cada paciente.

Z: -¿Por qué los participantes al congreso consideraron que es importante aplicar el discurso del Santo Padre a los ancianos en los que se usa más a menudo la alimentación e hidratación artificiales?

WS: -Un principio de razonamiento es que los casos similares tienen que considerarse de manera similar.

Un segundo principio es que los casos difíciles llevan a leyes inadecuadas. Esto quiere decir que las condiciones excepcionales o inusuales son una base insuficiente para formular políticas generales.

Los participantes eran conscientes de que en los casos en los que la alimentación e hidratación artificiales se usan para el cuidado de ancianos, generalmente menos del 1% corresponden a casos de personas que se encuentran en un estado vegetativo persistente o de no-reacción como consecuencia de un coma. Hay muchos factores clínicos particulares y contingentes que distingue el estado vegetativo persistente de otras condiciones como un ictus, la enfermedad de Alzheimer, el Parkinson o el cáncer craneal o del cuello.

Estos factores pueden ser importantes para evaluar los costos y beneficios de la alimentación e hidratación artificiales en estas condiciones.

Z: -¿Podría darnos ejemplos de cómo las diferencias clínicas podrían cambiar la valoración sobre la alimentación e hidratación artificiales en estas condiciones?

WS:- La gente que sufre un ictus o la enfermedad de Parkinson en general es consciente y puede ser capaz de ingerir comida y líquidos con la asistencia de otras técnicas de alimentación que comportan el uso de las manos.

En estos casos, la alimentación con el uso de las manos puede ser una alternativa eficaz a las sondas. La alimentación con las manos también puede favorecer un mayor sentido de solidaridad con los pacientes y humanizar su curación.

La gente afectada por la enfermedad de Alzheimer puede que no entienda el motivo por el que se utiliza una sonda para alimentarse e intentar rechazarlo, a veces hiriéndose gravemente. Para estas personas podría ser un grave peso el uso de formas de control con las que se evita que expelan el tubo de la alimentación.

Las personas que tienen dificultad para deglutir a causa de un cáncer en la cabeza o en el cuello podrían no responder positivamente a la alimentación e hidratación artificiales.

Z: -A los pacientes con una condición neurológica degenerativa como la enfermedad de Alzheimer, ¿se les debería ofrecer siempre la alimentación e hidratación artificiales? Y, una vez iniciada este tipo de alimentación artificial, ¿se debe interrumpir, o no?

WS: -El Congreso no intentaba establecer lo que se debe hacer en cada situación en la que se toma una decisión acerca de la alimentación e hidratación artificiales en un paciente anciano.

La declaración final del congreso llama la atención sobre algunos principios morales y lanza una invitación a optar por la vida en el marco de la tradición moral católica afirmada en el discurso papal.

Una guía fundamental para tomar decisiones sobre cualquier tratamiento, en particular la alimentación e hidratación artificiales, se establece en el párrafo 7 de la declaración del Congreso de Toronto: «Los cuidados no pueden ser clasificados anticipadamente como ordinarios o extraordinarios», es decir, como moralmente obligatorios u opcionales. Se tiene que hacer una valoración adecuada de sus costes y beneficios a la luz de la situación del paciente.

La enfermedad de Alzheimer es uno de los muchos casos clínicos de demencia. Es difícil hacer afirmaciones generales sobre el hecho de ofrecer siempre, o nunca, la alimentación e hidratación artificiales a la gente afectada por una demencia, porque en la literatura médica hay límites a los estudios que muestran sus beneficios y costes.

Un principio fundamental de la medicina es «primum non nocere», es decir, «en primer lugar no perjudicar». Si es evidente, en un caso particular de demencia avanzada, que la alimentación e hidratación artificiales tienen o podrían tener pocos beneficios o podrían causar daños significativos, en este caso no tendría que subministrarse y, si ya se hace, tendría que suspenderse.

Z: -¿Quién tendría que decir si se recurre o no, en circunstancias particulares, a la alimentación e hidratación artificiales?

WS: -Las reflexiones del congreso han subrayado que es responsabilidad del paciente y de la familia tomar las decisiones en los casos particulares, después de que éstos hayan considerado la evidencia de los hechos a la luz de las circunstancias personales relevantes.

Es en cambio responsabilidad del personal médico informar, en un contexto adecuado, al paciente o a la familia de las opciones y de los beneficios y costes de cada opción.

Aunque la responsabilidad sobre la decisión es del paciente, de la familia o de alguien que tome la decisión en su lugar, el personal médico tiene la facultad de dar una opinión de carácter médico.

Z: -A juicio de los participantes en el congreso, ¿las voluntades anticipadas sobre la alimentación e hidratación artificiales son una buena idea?

WS: -Sí, los participantes han pensado que la expresión de la voluntad del paciente, si se hacen de manera apropiada, podrían ser una buena idea. Es importante que las personas se anticipen y hablen con sus seres queridos y con los que los cuidan sobre los cuidados al final de la vida, antes de que surja una crisis clínica.

La declaración del encuentro de Toronto reconoce que puede haber variaciones culturales y jurisdiccionales en la práctica de las voluntades anticipadas. Cuando se han formulado voluntades anticipadas, el representante del paciente que está autorizado a tomar las decisiones, el personal médico y las instituciones, tendrán que respetar siempre el valor y la dignidad intrínsecos del paciente.

Z: -En su Congreso se han afrontado numerosos casos de vida real concernientes al uso de la alimentación y de la hidratación artificiales para pacientes en distintas condiciones clínicas. ¿Ha sido útil reflexionar sobre estos argumentos a la luz de la moral católica que distingue entre medidas ordinarias y extraordinarias?

WS: -Sí. El hecho de partir de casos de vida real ha hecho que nuestras discusiones se centraran en cuestiones concretas con las cuales la gente se encuentra. Y nos ha asegurado, además, que los participantes tuvieran siempre presentes los factores particulares y contingentes que pueden tener cierta relevancia a la hora de determinar los beneficios y costes de las distintas opciones.

Hemos constatado que algunos desajustes que se dieron al considerar los principios a nivel abstracto no eran moralmente relevantes en los casos concretos.

«El afán de dinero es la raíz de todos los males del mundo» (1 Tim; 6,10)

La Homeopatía

Como otras disciplinas pseudocientíficas, la homeopatía ha ganado terreno y respeto en la sociedad. Esta ¿ciencia? data del siglo XIX y se ha desarrollado en forma paralela a la medicina oficial, la cual se ha visto visiblemente impactada desde principios del siglo XX por los grandes cambios que representaron la radiología, los antibióticos, la vacunación, el uso de insulina y un largo etcétera.

Desde su nacimiento, esta «disciplina» ha buscado diferenciarse de la medicina tradicional (que técnicamente llamamos alopática) en forma cada vez más acentuada. Esta profunda división contrasta con la sorprendente difusión de la homeopatía entre los profesionales de la salud, en esencia entre médicos y farmacéuticos. Basta mencionar que en algunas universidades francesas se enseña homeopatía en las facultades de medicina. En nuestro medio local, alcanza con recorrer la mayoría de las farmacias de Buenos Aires para encontrarnos con relucientes luces de neón que anuncian la producción de «remedios» homeopáticos.

Quizás uno de los aspectos fundamentales de los partidarios de la homeopatía es que, a raíz de la explosión tecnológica y, sobre todo, de la creciente impersonalidad de la consulta médica actual (tema que merecería toda una monografía independiente), muchos pacientes perciben en el médico homeópata una atención más personal y acaso de mayor confianza.

Para comprender mejor el ideal pseudocientífico de la homeopatía, es prudente recordar que el propio Hipócrates, en el siglo V aJC, hacía mención a la existencia de dos principios terapéuticos: por similitud o por oposición. Este último fue tomado en tiempos del Imperio Romano por Galeno, constituyendo la raíz de la terapéutica actual de la medicina alopática (se trata una infección con un antimicrobiano, por ejemplo).

Desde el punto de vista estrictamente histórico, acaso el primer homeópata haya sido Paracelso, conocido médico y alquimista del siglo XVI, quien intentó retomar la idea hipocrática de similitud. Sin embargo, el sistematizador de la homeopatía tal como la conocemos en la actualidad fue Samuel Hahnemann, médico alemán nacido en 1755, quien profundizó sus estudios en Viena pero ejerció su profesión fundamentalmente en Leipzig.


Samuel Hahnemann (daguerrotipo, 1841)


Sin dudas, el punto de partida de su teoría nació con la traducción del libro Substances in Medicine del médico escocés Cullen. Le llamaron la atención los efectos que provocaba la quinina, uno de los primeros fármacos descubiertos para el tratamiento de la malaria. Gran parte de los efectos adversos de este medicamento, sobre todo en dosis altas, se asemejan a los de la propia malaria. Hahnemann incluso verificó estas reacciones probando en sí mismo la quinina, aún viviendo en una región de Europa libre de la enfermedad.

Tras este «descubrimiento», Hahnemann intensificó sus pruebas y formuló un principio que sería la piedra angular de la homeopatía: Similia similibus curantur (lo parecido cura a lo parecido, un análogo del principio de similitud de Hipócrates). En 1810 se produjo la primera edición de la obra fundamental de la homeopatía: «Órgano del Arte de Curar», en el cual se pusieron los cimientos de la ruptura con los principios tradicionales de la medicina clásica. Llamativamente (o no), en la página inicial de la obra original puede leerse aude sapere («atreverse a saber», en latín), una de las frases de cabecera de la masonería.

Lejos de ser fruto del azar, esta asociación entre los principios de la homeopatía y los «conocimientos» masónicos (incluyendo los de otras organizaciones como la antroposofía) obedece a conceptos ideológicos y, en el fondo, esotéricos desde el principio mismo de las actividades de esta pseudociencia.

Como describíamos antes, el basamento fundamental de esta línea de pensamiento mágico es similia similibus curantur, el principio de similitud, según el cual el tratamiento destinado a curar un enfermo es aquel que, aplicado a una persona sana, produciría trastornos y alteraciones semejantes a los sufridos por el paciente. Así, a un individuo con vómitos se le debería prescribir una sustancia (nux vomica, en este ejemplo) muy diluida, capaz de inducir vómitos en un persona sana.

Según el «Órgano en el arte de curar» de Hahnemann, el hombre es considerado una entidad tripartita, formada por el cuerpo (materia), el «pensamiento» (u hombre interior) y la «energía vital» (nótese la aterradora semejanza con múltiples grupos esotéricos y sectarios). Siempre de acuerdo con esta doctrina, tras el impacto de una noxa sobre el cuerpo físico, sólo se desarrollará enfermedad en caso de que se comprometa la «energía vital». En consecuencia, sólo es posible para curar al paciente actuar sobre la citada energía, asemejándose en todo lo posible al agente enfermante.

Los homeópatas clásicos sostienen que, en lugar de tratar una enfermedad orgánica, se busca personalizar la terapéutica, esto es, afirman buscar un tratamiento específico para el individuo puntual que los consulta. Sostienen que lograr este objetivo (siempre en función de los principios fundacionales establecidos por Hahnemann), deben basarse en 3 aspectos: el interrogatorio del paciente, por un lado; los hallazgos del examen físico, por otro... y a «síntomas olvidados» (morfología, astrología y un pavoroso etcétera). Debemos destacar en este aspecto que, si bien es absolutamente cierto que un correcto interrogatorio y un mejor examen físico llevan al diagnóstico en más del 80% de los enfermos, los citados «síntomas olvidados» se aproximan más a la charlatanería que a la ciencia.

Desde el punto de vista farmacéutico, los tratamientos en cuestión se realizan mediante diluciones de distintos productos, muchos de ellos de origen vegetal. Retomando el ejemplo de la nux vomica, se inicia en general con una dilución de 1 en 10 (solución decimal), colocando una gota de la tintura vegetal original en nueve gotas de agua.

El siguiente paso suele ser colocar una gota de esa nueva solución en otras 9 gotas de agua. Esta nueva solución decimal se identifica en homeopatía tradicional como D2, por ejemplo. Existen también soluciones centesimales (1 gota de tintura en 99 de agua, representadas en general con la letra «C» en lugar de la «D»)

Bastan una serie de cálculos simples y de algunos conocimientos básicos de fisicoquímica para notar que, sobre todo ante el uso de grandes moléculas orgánicas de origen vegetal, bastan unas pocas diluciones para que no exista siquiera un rastro del producto original en la solución brindada al paciente, pese a que hemos podido observar teóricas “C30” ó “D10” en más de una preparación homeopática, lo cual, por supuesto, no es más que agua pura.

Dado que esta simple explicación matemática echa por tierra cualquier superchería, muchos homeópatas se escudan en que el solo hecho de la agitación mecánica de estas soluciones muy diluidas les permite el fluir de cierta “energía vital” contenida en ellas. Basta recordar brevemente para notar que se trata del mismo «principio» de prácticas como el rei ki, el feng shui, la antroposofía y otras doctrinas esotéricas. De hecho, la homeopatía se vincula ideológica y metodológicamente con la auriculoterapia, la iridiología, la cura con cristales y otras actividades afines.

Además de carecer de bases científicas, muchos enfermos, creyendo con inocencia en esta disciplina, terminan por empeorar gravemente de su condición al no estar recibiendo el tratamiento adecuado. No en vano, resulta interesante notar que no existen modelos de medicina homeopática de emergencia, como la asistencia de la enfermedad coronaria aguda o de los enfermos politraumatizados...

Para incrementar aún más la confusión, muchos profesionales denominados «homeópatas» recurren en realidad a medicamentos alopáticos (con aval científico), los cuales son prescriptos en forma irregular a personas que desconocen en realidad lo que están recibiendo, violando la esencial libertad del paciente para participar en el tratamiento. En general, estos fármacos se indican en formulaciones magistrales con nombres de fantasía, afirmando que se trata de «medicamentos naturales» (la ya conocida estrategia de confundir natural con seguro...)

Quienes hemos practicado tanto la medicina general como la de emergencia nos hemos topado con pacientes desgraciadamente fallecidos o gravemente enfermos debido al uso de estos tratamientos, sobre todo indicados en aquellas áreas donde muchas personas han perdido la confianza en la ciencia (obesidad, psoriasis, depresión, alopecia y un largo etcétera).

Es harto probable que la despersonalización de la profesión médica (fruto en muchos casos de considerar a la salud un negocio y de olvidar el juramento hipocrático por amor al dinero) permita el florecimiento de prácticas mágicas, entre las cuales la homeopatía merece estar incluida. Lamentablemente, los únicos perjudicados con el derrumbe mercantilista de la medicina tradicional y con el crecimiento dantesco de las pseudociencias son los pacientes, el principio y el fin indudable de la profesión más noble de la tierra.


El texto original de este artículo se publicó en formato 1.0 en 2 partes entre mayo y junio de 2007.

domingo, 1 de abril de 2007

Exorcismo del padre Fortea

El hombre moderno ha perdido tanto la conciencia del mal como la capacidad de reconocer la habilidad del Maligno para hacernos creer que no existe. Si bien es imposible no advertir la fuerte presencia de los ángeles caídos en nuestro mundo de todos los días, existen casos donde esa influencia llega al absoluto extremo de la posesión diabólica.

Lejos de ser un mito primitivo, este tipo de acción de los demonios es real y concreto, siendo la Iglesia Católica la depositaria de la capacidad de expulsarlos de acuerdo con el mandamiento directo de Nuestro Señor Jesucristo.

A título de ejemplo, reproducimos a continuación el artículo publicado por el periódico secular El Mundo de Madrid, el domingo 22 de septiembre de 2002, redactada por el periodista José Manuel Vidal, versado en temas religiosos (la nota original es accesible desde aquí).


–«Hic est dies» (éste es el día), dice el exorcista con el crucifijo en la mano.

–No, responde una voz ronca de hombre que sale de la garganta de la posesa, una preciosa chica de 20 años.

–«Exi nunc, Zabulon», (sal ahora, Zabulón), repite el sacerdote.

–No.

– ¿Por qué no quieres salir?

–Para servir de testimonio.

– ¿De testimonio de qué?

–De que Satanás existe.

Se corta la tensión en el ambiente penumbroso de la capilla. Satán luchando contra Dios. Una batalla a la que asisto atónito y en primera fila por primera vez en mi vida. «Esta debe de ser la razón por la que me invitó a presenciar el exorcismo. El diablo quiere publicidad», pienso en medio del shock. Mi mente gira a toda velocidad. Estamos en el clímax de un ritual que, hasta ahora, no encajaba en mis esquemas. Y eso que en el seminario los curas siguieron alimentando mi miedo infantil al Maligno, siempre dispuesto a tomar posesión de un alma. Después del Concilio Vaticano II, el dogma de la existencia del diablo pasó a ser una «parte vergonzosa de la doctrina» y, como tantos otros católicos, también yo prescindí de ella.

El exorcista, José Antonio Fortea, párroco de Nuestra Señora de Zulema, está exhausto. Y eso que sólo tiene 33 años. Pero lleva ya más de una hora luchando, crucifijo en ristre, contra Satanás. Marta (nombre ficticio de la posesa), en cambio, se encuentra tan fresca como al principio y no deja de rugir, bufar, revolverse y agitar su cuerpo como un resorte. Con una fuerza inusitada para una chica de 20 años, más bien menudita y de rasgos dulces. Son las 12,30 de la mañana de un día cualquiera y llevo hora y media presenciando un exorcismo.

Un par de días antes, recibí en mi móvil una llamada especial. Especial no por ser de un cura (recibo muchas), sino por ser de un exorcista católico (hay un par de ellos en España) que suelen mantenerse muy alejados de los periodistas. Quiere invitarme a presenciar un exorcismo. Me quedé de piedra. Asistir a un exorcismo oficiado por un sacerdote autorizado por el Vaticano es un auténtico caramelo para alguien especializado en información religiosa. Hasta ese momento y a pesar de llevar más de 20 años en la profesión, lo único que había conseguido fue entrevistar al exorcista oficial de Roma, el padre Gabriel Amorth. Ya entonces, al dedicarme su libro había escrito: «A José Manuel, con mi gratitud y con la advertencia de no tener jamás miedo del diablo».

Confieso que por miedo decidí devolverle la llamada al padre Fortea y pedirle que dejase venir conmigo a un compañero de la agencia EFE, también especialista en información religiosa. Aceptó. Nerviosos, el día señalado nos desplazamos en coche hasta la diócesis de Alcalá. Era un día radiante. Llegamos a la parroquia con mucha antelación. Cuestión de prepararse psicológicamente. Por el camino, bromitas y nervios. El exorcista nos había citado en su parroquia, una iglesia moderna, de ladrillo rojo, situada entre pinos. El interior, sencillo y limpio. Con un retablo y una gran cruz en medio. En un lateral, la pila del agua bendita con una inscripción: «El agua bendita aleja la tentación del demonio».

A las 10,30, el exorcista sale del templo y viene a nuestro encuentro. Es alto y delgado. Lleva gafas y una barbita bien recortada. Su aspecto impone. Quizá, por relacionarlo con su profesión de echador de demonios. Embutido en una sotana de un negro inmaculado, su tez blanquecina y su frente despoblada todavía resaltan más. Nos invita a dar un paseo para ponernos en antecedentes del caso.

«No soy ningún showman ni quiero publicidad. Si estáis aquí es porque os necesito para liberar a la chica. Tendréis que ser muy prudentes. No podréis dar pista alguna que permita la identificación ni de la muchacha ni de su madre. Preferiría que tampoco me nombraseis a mí, pero acepto ese sacrificio en aras de una mayor credibilidad. Pero sólo Dios sabe lo que me cuesta y los problemas que me puede acarrear. Y no tengáis miedo. A vosotros no os pasará nada». Insiste en la seriedad del tema. Asegura que en el Antiguo Testamento aparece 18 veces la palabra Satán. Y en el Nuevo Testamento, 35 veces la palabra diablo y 21 la palabra demonio. El propio Jesús hizo muchos exorcismos o lo que los Evangelios llaman «expulsar demonios».
Fortea recuerda también que Juan Pablo II ha realizado al menos tres exorcismos reconocidos y advierte que la creencia en el diablo constituye uno de los pocos rasgos comunes a la práctica totalidad de las religiones. «Es el punto ecuménico por excelencia». Aprovecha para hacer un pequeño repaso por las distintas religiones y épocas históricas y las diversas teorías. Sigo mostrándome incrédulo. Me da la sensación de que trata de condicionarnos buscando justificaciones en la Historia.

Para hacerlo aterrizar en lo concreto, le preguntamos detalles del caso. Nos cuenta que se trata de una chica poseída por siete demonios. Que ya expulsó a seis, pero que el último se resiste. «Se llama Zabulón, es un diablo casi mudo pero muy inteligente. Su nombre ya sale en la Biblia. Siempre queda el jefe para el final. Llevo ya 16 sesiones y todavía no he conseguido expulsarlo, cuando en los casos más normales, basta con dos o tres». No quiere dar más detalles de la endemoniada. Sólo dice que vendrá acompañada por su madre, «que es una santa», y que la posesión se debió a un hechizo que le hizo una compañera de instituto, a los 16 años. «En una de las primeras sesiones le pregunté cómo había entrado y me respondió un nombre que yo no conocía. Su madre me dijo que era una compañera de clase, que había invocado a Satán para hacer un hechizo de muerte contra ella. Y de hecho, primero estuvo gravísima y a punto de morir. Una vez que sanó, comenzaron los fenómenos raros».

Desde entonces, su madre empieza a detectar cosas raras en su hija: muebles que se mueven, objetos que se rompen y, sobre todo, una inquina especial hacia los objetos religiosos, cuando era de misa dominical. Hasta que un día, de noche, oye ruidos extraños, se levanta y, cuando abre la puerta de la habitación de su hija, la ve sobre la cama, levitando.

Como no quiere perder a su única hija, comienza a buscar remedios. Habla con el párroco, que la remite a dos famosos psiquiatras. Pero ambos diagnostican que la chica es absolutamente normal. Ninguna explicación científica para los constantes dolores de cabeza que torturan a su hija. Y entonces, María (nombre ficticio de la madre), a sus 60 años, se lanza a la búsqueda de un exorcista. Recorre casi todas las diócesis españolas. Ningún obispo quiere saber nada de su caso. Está ya dispuesta a trasladarse con ella a Italia a ver al padre Amorth, cuando le hablan de un exorcista español que acaba de salir en la tele porque ha publicado un libro, Demoniacum, sobre los exorcismos.

En ese instante vemos llegar un taxi. «Son ellas», dice Fortea. María, la madre, es pequeña, delgada. Su mirada es todo dolor: «Creo en Dios y sé que, tarde o temprano, liberará a mi hija de las garras de Zabulón. Llevo cinco años de calvario. No lo sabe nadie de mi familia. Ni mis hermanos», confiesa. María es viuda y, cada vez que se desplaza desde su casa a la cita con el exorcista (prácticamente, una sesión por semana), tiene que inventarse alguna excusa. «No lo entenderían y no quiero que mi hija quede marcada para siempre».

A su lado, Marta sonríe tímidamente. Pequeña, de grandes ojos negros, un poco tristes, tiene la cara picada de una mala adolescencia. Pelo negro, recogido en una coleta. Los labios gruesos y sin pintar, aunque contraídos en una mueca casi de dolor. Lleva unos vaqueros, un niqui azul cielo de manga corta y cuello alto y unos zapatos negros. Es guapa. Sus ojos llaman la atención, pero más que timidez desprenden miedo, mucho miedo. Me parece una chica de lo más normal que, nos cuenta, estudia Matemáticas en la Universidad. «Es imposible que esté poseída», pienso para mis adentros.

El padre Fortea abre la capilla, en los bajos de su parroquia donde dice misa a diario, y vuelve a cerrar con llave por dentro. Es pequeña, acogedora. Dentro, penumbra y silencio absoluto. Fuera, un sol radiante. El exorcista pide ayuda para transportar una colchoneta forrada de plástico verde, grande y pesada, para colocarla al pie del altar. La capilla, rectangular, tendrá unos 25 metros cuadrados. Sin ventanas. En el centro, un altar enorme. Encima un mantel blanco y seis velas encendidas, amén de una gran Cruz de Trinidad, apenas iluminada por la luz mortecina de un halógeno. Al fondo, la imagen de un Pantocrátor iluminado y el Santísimo. En un lateral, una imagen de la Virgen con el Niño en brazos.

Nada más entrar en la capilla, madre e hija se preparan para el rito. Marta se pone unos calcetines blancos, mientras su madre saca del bolso un rosario, un crucifijo de unos 15 centímetros y una postal de la Virgen de Fátima, y los coloca al lado de la colchoneta. Trato de registrar el más mínimo detalle en mi mente. Sigo pensando que asisto a un montaje. Marta se recuesta en la colchoneta boca arriba, mirando a la cruz. María se arrodilla a su lado, una postura que no abandonará durante las siguientes dos horas y media. El padre Fortea reza un rato de rodillas, se quita la sotana, bebe agua y se sitúa sobre el extremo de la colchoneta más alejado del altar.

Presiento que el rito va a comenzar. Me siento, expectante, en el banco. El exorcista extiende su mano derecha y la impone sobre el rostro de la joven, sin tocarla. Luego, cierra los ojos, agacha la cabeza y susurra varias veces una plegaria ininteligible. Un alarido desgarrador, el primero, rompe el silencio de la capilla, penetra en mi alma y me pone la carne de gallina. No es humano. Es un chillido sobrecogedor y profundo el que sale de la garganta de Marta. Pero no puede ser ella. No es su tono de voz. Es ronco y masculino. El padre Fortea sigue rezando y los rugidos se suceden. Poco a poco, el cuerpo de la joven se estremece vivamente. Su cabeza se mueve de un lado a otro con lentitud al principio, con inusitada rapidez después.

Ante la salmodia del exorcista, la joven gime y se retuerce sin parar. Al instante, el gemido se convierte en rugido desgarrador, altísimo, furioso. El exorcista acaba de colocar el crucifijo sobre su vientre y entre sus pechos, mientras la rocía con agua bendita. Patalea con tanta furia que el crucifijo se cae y la madre lo recoge una y otra vez y se lo vuelve a colocar de nuevo, mientras le acerca el rosario que Marta arroja a lo lejos, con furia. Parece tranquilizarse un poco pero, inmediatamente, vuelve a rugir. No hay un momento de respiro. El padre Fortea acaba de invocar a san Jorge y, al oírlo, la joven grita, bufa, pone los ojos totalmente en blanco, arquea el cuerpo y se levanta toda entera un palmo de la colchoneta. No doy crédito.

–Besa el crucifijo, dice el exorcista.

–No.

–Jesús es Rey.

–Assididididaj.

–Secuaz de Satanás, estás en tinieblas.

–Assididididaj

–Estás haciendo mucho bien. Por tu culpa, mucha gente va a creer en Dios.

–No.

–Sal, Zabulón, te lo ordeno en nombre de Cristo. Te espera la condenación eterna. No hay salvación para tí.

Mientras el padre Fortea sigue conminando a Zabulón, las manos de la joven se han ido transformando. Son como garras. El exorcista arrecia sus plegarias y sus exhortaciones: «Hoy es el día. Sal, Zabulón. Sal de esta criatura en nombre de Dios». La joven se desata en temblores. Los gritos se elevan hasta el espanto. Y con voz ronca dice: «Asesinos». Es entonces cuando el padre Fortea le pregunta por qué no sale y Zabulón le contesta: «Para que la gente crea en Satanás».

Agotado, tras hora y media de lucha, el exorcista se levanta y sale de la capilla. Esto no puede ser una impostura ni un montaje. Hay que tener muchas agallas para dedicarse a esto. Y menos mal que los casos de posesión, según cuenta después el padre Fortea, son muy pocos. Él lleva cinco años ejerciendo y sólo ha tenido cuatro en España. Pero, mientras preparaba su tesis, asistió a otros 13 exorcismos. Se nota que tiene práctica: manda, templa, insiste y, con voz suave pero enérgica, tortura al diablo sin piedad. Con lo que más le duele. Siempre en nombre de Dios. No parece tener miedo alguno. Y eso que ya sabe lo que es ser atacado por Satanás. Una vez, en un exorcismo, dice que el diablo le hizo sentir la misma sensación y el mismo dolor que el que lleva un puñal clavado en el brazo.

Fortea sale de la capilla y mi corazón se acelera, pensando qué puede ocurrir ahora sin la presencia tranquilizadora del exorcista. Pero no pasa nada. O sí. María, la madre, toma las riendas del rito y comienza a repetir las mismas o parecidas frases del exorcista. Con calma, pero con decisión, parece no dirigirse a su hija, sino al Maligno que la posee:

–En nombre de Cristo te ordeno que salir.

–No.

–Abre los ojos y mira a la Virgen, le increpa mientras pone a su vista una postal de la Virgen de Fátima. Pero, por toda respuesta, obtiene un bufido. Entonces coge el crucifijo.

–Es tu Creador, ¿lo ves?

–Sí, dice la voz de ultratumba acompañada de rugidos y bufidos constantes.

–Míralo, Zabulón, no te resistas. Sabes que es tu día y tu hora. Ha llegado tu día y tu hora.

–Noooo...

– ¿Por qué te resistes?

–Estoy harto. Ya te lo dije muchas veces.

–Di a esos señores por qué no te vas.

–Uhhhh.

–Díselo claramente.

–No quiero.

–Díselo en nombre de Cristo.

–Para que crean en Satanás.

–San Jorge, ven. San Jorge, ven. Ven, san Jorge. Sal de ella, san Jorge.

La posesa se detiene un segundo, sonríe y dice, con sorna:

–Sal, san Jorge...

Captura al vuelo el error de la improvisada exorcista y lo mismo hará, un rato después, con una pequeña equivocación del padre Fortea. Pero María no se da por vencida. Es una auténtica Dolorosa al pie de la cruz de su hija poseída. Me da tanta pena que también yo me arrodillo y, entre lágrimas, suplico a Dios (por lo bajo, no me atrevo a intervenir más directamente) que, por lo que más quiera, libere a Marta. Mi compañero hace lo mismo. Hacía tiempo que no rezaba con tanto fervor.

Entonces entra de nuevo el exorcista, toma una cajita con hostias consagradas del sagrario y se coloca delante de la joven:

–Mira al Rey de Reyes y arrodíllate ante Él.

–No.

–Siervo desobediente y rebelde, arrodíllate, repite el padre Fortea, mientras exhibe la hostia consagrada.

–Asesino, déjame.

–San Jorge, haz que se arrodille.

Y como un resorte, ante la mención de san Jorge, la posesa se arrodilla y el padre Fortea le hace abrir la boca para que reciba la Sagrada Comunión. Y continúa torturando al diablo que anida en Marta. Tras darle la comunión, toma una Biblia y recita el Apocalipsis: «Entonces el diablo fue arrojado a la lengua de fuego y azufre... allí será atormentado día y noche por los siglos de los siglos». Y hace repetir al diablo frase por frase.

–Repite: Cuánto más me hubiera valido seguir a la luz.

–Cuánto-más-me-hubiera-valido-seguir-a-la-luz, repite a regañadientes y arrastrando cada palabra.

Y así durante un buen rato. El exorcista parece un maestro que enseña a un niño rebelde, que repite a la fuerza, entre bufidos y alaridos, frases como éstas: «Señor, tú eres Rey. Yo soy tu criatura. Nada escapa a tu poder. Eres el Alfa y Omega...»

–Ya no más. Me estoy cansando, gruñe.

Pero el padre Fortea arrecia en su acoso, toma un banquito y se sienta ante la posesa con un crucifijo en la mano. «Hic est dies», repite con fuerza. Por un momento, creo que lo va a conseguir.

–Cuanto más tardes en salir, más gente creerá en Dios. Eres un predicador de Dios. Acércate, siéntate y besa a Cristo crucificado. Dale un beso de respeto y homenaje.

Como zombi, Marta se sienta y se acerca a la cruz. Tiene los ojos en blanco y echa espumarajos por la boca, pero besa el crucifijo. Entonces Fortea la toma suavemente por un brazo, le hace levantar y la obliga a recorrer la capilla y besar a la Virgen y al Sagrario.

–Aquí está Dios. Repite siete veces: Iesus, lux mundi. La posesa repite, pero al terminar le lanza una mirada como de fuego y le dice:

–Asesino, déjame, no puedo más. Pero el exorcista continúa un buen rato.

Ha pasado otra hora. Fortea se toma un respiro. «Ahora usted», le dice a la madre. Y sale de la capilla. Y María se inclina sobre su hija y comienza a increpar a Zabulón:

–Tienes que dejar esta criatura. Por la sangre de Cristo, déjala ya. Sus ángeles están con ella. Vienen los tres arcángeles. La Virgen te va a aplastar la cabeza...

Zabulón sigue bufando y retorciéndose, pero no parece que esté dispuesto a irse. Al rato entra de nuevo el padre Fortea:

– ¿No temes la sentencia de Dios?

–Sé cual es, grita desgarrada.

El padre Fortea mira a la madre: «No se va a ir. Dejémoslo por hoy». Se levanta y se va. Los gritos se detienen en seco. Noto cierta decepción en el rostro de María. Me da la sensación de que esperaba que fuese hoy. Ha pasado casi tres horas de rodillas, pero en su cara no hay signos de cansancio, sólo de cierta desilusión. Recoge con paciencia la estampa de la Virgen y el crucifijo y sale de la capilla. Mi compañero y yo nos quedamos solos con la endemoniada. Unos segundos que se hacen eternos. Nos hemos quedado pegados al banco, sin respiración. De pronto, se vuelve hacia nosotros, abre los ojos (que ha mantenido en blanco durante tres horas) y nos lanza una mirada que no olvidaré mientras viva. Sus ojos son de otro mundo. Nunca vi algo así en mi vida. Al instante, la mirada vuelve a ser la de Marta, que nos sonríe, se levanta con tranquilidad, se sienta en el banco y se quita los calcetines blancos que dobla con sumo cuidado. Noto que apenas suda, a pesar de las tres horas de ejercicio continuo. Se pone los pendientes y nos vuelve a sonreír.

– ¿Cómo éstas?

–Cansada

– ¿Sabes lo que ha ocurrido?

–No, no recuerdo. Y mientras nos habla, toma la estampa y el crucifijo, a los que hace un rato tanto odiaba, y los besa con cariño.

– ¿Te duele la garganta?

–No.

Y su voz es tan suave como cuando llegó. Nadie diría que por esa misma garganta salieron aullidos durante tres horas.

– ¿Sabes por qué estás aquí?

–Sí, eso lo sé. Sé que tengo...

No termina la frase. Respetamos su silencio. Salimos y nos sentamos en un salón contiguo los cinco. Marta está tranquila. Vuelve a ser la chiquilla tímida de antes. «Todas las noches», nos cuenta María, «antes de acostarme cojo el crucifijo, del que nunca me separo, y bendigo mi habitación: «En nombre de Dios, malos espíritus salid de esta habitación. Y ella, antes de acostarse, siempre me pregunta: "¿Mamá, has bendecido la habitación?"» Pero aún así pasa miedo. Como cuando las manos de su hija se convirtieron en garras al tocar la cruz o cuando la persigue con los dedos abiertos, en forma de cuernos, para clavárselos en los ojos. «Siempre amenazas que, afortunadamente, nunca cumple».

Y antes de despedirse, repite una súplica: «Que se conciencien la gente y los obispos. Que haya muchos más exorcistas». Abraza a su hija, se suben las dos al coche del padre Fortea y se van. Marta se vuelve y nos mira. Sus ojos son el grito de angustia del esclavo encadenado. El padre Fortea queda en llamarme cuando se produzca la liberación definitiva.

Rezo por Marta y por su madre. Lo que vi no es un montaje.